Agente durmiente 28
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La finca de sir Roland Sewell en los Hamptons ocupaba veinticinco acres de terreno costero, entre las majestuosas residencias de un magnate de los bonos basura y un príncipe menor de la familia real tailandesa.

Altos muros de piedra la protegían de la calle.

Y estos muros, a diferencia de los de su empleado, el profesor Schneider, estaban coronados con alambre electrificado y púas afiladas.

Densos bosquecillos de arces noruegos y pinos de Virginia se alzaban muy por encima de las defensas, resguardando aún más la intimidad del ricachón.

Varios carteles advertían de que los drones que sobrevolaran la propiedad serían derribados.

Con una semana para planear un ataque sigiloso y fondos ilimitados para equiparse y contratar apoyo táctico, Cooper supuso que podría haber entrado por mar.

Rolly era dueño absoluto del frente de playa.

A diferencia de lo que ocurría en su Inglaterra natal, las ordenanzas locales le permitían vallar el largo tramo de arena blanca para su uso y disfrute.

Sí, pensó Cooper. Entrar por mar. Como le habían enseñado. Eso habría sido lo sensato.

En cambio, condujo hasta la puerta principal y tocó el timbre. El sonido le calmó la confusión y los miedos. Ya no había vuelta atrás, y se aferró a eso por encima de todo.

Una voz crepitó con una afirmación, no con una pregunta.

—Da la vuelta y vete. No tienes cita.

—No —dijo él—. Solo dile a Rolly que Mike Garner está aquí. No voy armado.

La conexión se cortó con un chasquido.

Esperó.

Un minuto o dos después, se oyó otra voz.

Kristin Hegel.

—Hola, Mikey —dijo ella con alegría.

—Hola, cariño —respondió él con voz inexpresiva—. Ya estoy en casa.

—Qué va, novio. Pero adelante, pasa. Conduce hasta el puesto de control y detente. No tiene pérdida. Es la casita de madera más encantadora. Parece que vive un hobbit. Detén el coche, sal y túmbate boca abajo en el suelo con las manos detrás de la cabeza. ¿Puedes hacer eso, cariño?

—Sí, puedo hacerlo —dijo él.

—Estupendo —dijo Kristin, con un entusiasmo ridículo—.

Porque si no lo haces, tengo a dos tipos vigilándote.

Uno te tiene en el punto de mira de un Barrett XM500, y te meterá una bala del cincuenta en medio de tu linda cara si se lo digo o, ya sabes, si estornuda.

El otro solo tiene una ametralladora de mierda de esas de disparar a lo loco, pero está escondido en un árbol cerca de la puerta y no fallará.

Cooper suspiró.

—Siempre te encantó oírte hablar, Kristin.

Ella se rio.

—Es que es la única que merece la pena escuchar, Mikey. Adelante, entra.

Las enormes puertas de acero se deslizaron a un lado y él entró.

Cooper no dudaba de que varios tiradores lo tenían en el punto de mira, e hizo exactamente lo que Kristin le había indicado.

Condujo despacio por el camino de grava, atravesó el bosque perimetral y salió al primero de una serie de jardines cuidados.

Animales topiarios gigantes parecían retozar y jugar alrededor de un gran estanque con forma de riñón.

Una fuente de mármol blanco lanzaba un chorro de agua hacia lo alto, creando un efecto de arcoíris con la luz de la mañana.

El puesto de guardia, una pequeña cabaña de madera marrón, estaba al otro lado de los setos esculpidos.

Cooper detuvo el coche, salió y se tumbó boca abajo sobre el césped.

Se puso las manos detrás de la cabeza y esperó. Tardó un rato, pero finalmente oyó un extraño zumbido acompañado de un crujido. Levantó la cabeza todo lo que se atrevió y vio dos carritos de golf que se acercaban, cada uno con tres hombres armados.

No pudo evitar sonreír.

Parecía haber llegado a un club de campo para tipos tristes con fetiche de James Bond.

Eso sí, aquellos tipos eran buenos en lo suyo.

Ninguno se acercó lo suficiente como para que pudiera echarles el guante.

Se mantuvieron a distancia, lo encañonaron con sus armas y le ordenaron que se levantara.

Uno de los trajeados trajo un dispositivo del carrito.

Un detector de metales. La placa del sensor estaba unida a un brazo extralargo, lo que le permitía pasar el aparato por encima de Cooper desde una distancia segura.

La hebilla del cinturón, los tacones de las botas y el metal de los tobillos hicieron saltar la alarma.

El operador le ordenó quitarse las botas y el cinturón.

Siguió una rápida inspección de los pies descalzos y la parte inferior de las piernas.

—Implantes de titanio. Me reventaron en un helicóptero en Irak —dijo Cooper, explicando por qué seguía activando el detector de metales.

—Limpio —anunció el hombre.

Cooper se calzó y volvió a ponerse el cinturón.

—Empieza a andar, colega —dijo uno de los hombres. Un londinense, a juzgar por su acento. Un Royal Marine en otro tiempo. Cooper recordó haber conocido a algunos de ellos en el desierto. O al menos eso creía. Nunca andaban ni marchaban ni se apresuraban. «Yompeaban» a todas partes.

El grupo volvió a subirse a los carritos de golf.

—No parece muy justo —dijo Cooper mientras caminaba pesadamente delante de ellos, haciendo crujir la grava del camino.

—El que paga, manda, amigo —dijo alguien. Un estadounidense, esta vez.

La residencia de sir Roland Sewell en los Hamptons era una mansión de estilo Tudor de tres plantas con todos los adornos medievales de Disney.

Paredes de yeso encalado, vigas de roble negro toscamente labradas, medio millón de tejas de madera talladas a mano.

Todo estaba magníficamente fuera de lugar aquí, en el parque de atracciones de los megarricos del Nuevo Mundo, pero tampoco habría encajado en la tierra natal de Rolly.

Apestaba a dinero nuevo disfrazado con ropajes del viejo mundo.

Cooper hizo recuento de sus enemigos.

Sumó los seis hombres que lo habían interceptado en la casa del hobbit al francotirador y al pistolero del escondite elevado junto a la puerta principal. Ocho tiradores, pero la cosa no acababa ahí.

En el oscuro vestíbulo de entrada, otros dos trajeados esperaban.

Diez.

Lo escoltaron hasta una gran biblioteca ornamentada en la parte trasera de la mansión.

La enorme sala de lectura ocupaba dos plantas de altura y estaba revestida en tres de sus lados con estanterías que iban del suelo al techo, todas repletas de volúmenes de aspecto antiguo.

Una estrecha pasarela a modo de entresuelo rodeaba la colección donde debería haber estado el segundo piso.

La cuarta pared era una vasta extensión de cristal blindado que abría la sala a una vista panorámica del océano Atlántico. Un pesado escritorio antiguo ocupaba un extremo del panorama; una mesa de billar de tamaño reglamentario, el otro.

No, pensó Cooper. Era una mesa de snooker. Superficie más grande, troneras más pequeñas.

Sir Roland apuntaba un tiro con su único ojo bueno mientras el equipo de seguridad escoltaba a Cooper hasta la biblioteca. El otro ojo, cegado en una pelea callejera hacía muchos, muchos años, permanecía oculto tras un parche negro liso.

Ted Sorenson estaba junto al escritorio, haciendo girar distraídamente un gran globo terráqueo sobre un pesado soporte.

Kristin Hegel aguardaba con un taco de madera, esperando su turno en la mesa.

Eso hacía doce adversarios potenciales.

Kristin le guiñó un ojo a Cooper.

Chasqueó los dedos.

Uno de sus hombres desapareció por la puerta que Cooper acababa de cruzar.

Sir Roland no dio señal alguna de haber notado la llegada de Cooper ni de que fuera a prestarle la más mínima atención cuando lo hiciera.

Echó hacia atrás el taco y ejecutó un tiro de banda preciso que casi, aunque no del todo, salió bien.

—Mierda —dijo, irguiéndose y estirando la espalda mientras las bolas se detenían en su nueva constelación.

—Ha llegado la visita —dijo Kristin.

Sir Roland dejó el taco sobre la mesa con cuidado, cruzó los brazos y suspiró como quien se enfrenta a regañadientes a una tarea profundamente ingrata.

—Ya veo, cielo. Michael, será mejor que pases, hijo —hizo un gesto para que Cooper se acercara—. Tú también, profe.

Cooper Fox giró un cuarto de vuelta hacia la puerta.

El profesor Schneider entró tambaleándose, con el rostro aún más hinchado y amoratado que antes.

Se había puesto un traje desde la última vez que Cooper lo vio, pero estaba arrugado y manchado de sangre.

Los ojos le revoloteaban por la habitación, sin posarse en ningún lugar más de una fracción de segundo.

Cooper reguló la respiración. El ritmo cardíaco estaba elevado, pero no se desbocaba.

Abrió los sentidos y dejó que el mundo fluyera hacia él.

Había tanto que absorber, una infinidad de detalles y posibilidades, pero aquietó la mente consciente y lo aceptó todo.

La salinidad del aire marino, el estruendo distante de las olas contra un promontorio rocoso, el golpe más sordo de la misma línea de oleaje al impactar en la playa de arena justo frente a la biblioteca.

El agarre de los zapatos sobre la alfombra turca descolorida y el agarre de la alfombra sobre el parqué.

Afuera, el sol de media mañana centelleaba sobre las profundidades verdiazules como una red de monedas de oro y plata arrojada sobre el mar.

Adentro, motas de polvo flotaban serenas en un rayo de sol que caía justo al lado del globo terráqueo, que aún giraba lentamente bajo los dedos de Ted Sorenson.

Nueve de las bolas rojas permanecían sobre la mesa de snooker, junto con los seis colores.

Estos y otros mil detalles iluminaron las sinapsis de la corteza sensorial de Cooper, donde algo similar a algoritmos orgánicos los filtró en categorías binarias.

Datos útiles, y el resto.

El resto lo descartó sin esfuerzo consciente.

Lo que quedó fue una arquitectura de contingencias.

La probabilidad de agarrar una de esas bolas de snooker y usarla como arma arrojadiza.

La fuerza probable necesaria para partir un taco de snooker de madera y fabricar un par tosco de palos de lucha de eskrima.

Las ventajas y desventajas de simplemente usar el taco entero como vara de combate.

Registró la posición de cada hombre en la habitación en relación con los demás y el estatus singular de Kristin como única mujer.

Ella sería la más peligrosa de todos.

Al inventario de armas personales que había registrado para cada hombre, Cooper añadió un segundo arsenal de armamento improvisado repartido por toda la habitación.