Agente durmiente 27
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Rolly Sewell poseía casas en cinco ciudades de dos continentes.

Cooper no tenía forma de localizarlo en tiempo real, pero Aleksei Kozlov sin duda sí.

Ya estaba en deuda con los rusos; un favor más era simplemente más deuda kármica que saldar.

Y Cooper había acumulado tanta que un poco más apenas importaba.

Condujo de vuelta a DC, temblando durante los primeros diez minutos del viaje. No había matado a Schneider ni a los guardias. Era un error, lo sabía, pero un error táctico, no una falta moral.

Quizás Schneider huiría. Tal vez desataría a los guardias y ellos pedirían refuerzos. Cooper no podía saberlo ni controlarlo, pero sí podía controlar sus acciones. Podía elegir, aunque eligiera mal.

Su sangre había clamado por matar a todos en la casa de Schneider. Era la única forma de asegurarse la libertad de movimiento que necesitaba. Pero sabía que, en última instancia, no habría libertad en hacerlo. Simplemente estaría obedeciendo los dictados de su... ingeniería.

No era ningún robot homicida ni un cyborg. Era Cooper Fox, el hombre al que amaba Mary Doyle, y tomaría sus propias decisiones. Se detuvo en un área de servicio a las afueras de Bethesda y usó un teléfono público para llamar al número de la tarjeta del ruso. Kozlov no contestó, pero alguien sí.

Cooper les dijo quién era y qué necesitaba.

Le dijeron que volviera a llamar en quince minutos.

Mató el tiempo revisando el Chevy. Le esperaba un viaje largo. Los neumáticos delanteros necesitaban aire, así que los infló y llenó el depósito.

Cuando volvió a llamar, contestó el propio Kozlov. Eran las 3:42 de la madrugada y parecía completamente despierto y de buen humor.

—Michael, qué agradable sorpresa saber de ti tan pronto. ¿Has aprovechado la información que te proporcioné?

—Los ociosos no hacen historia, Aleksei. La sufren —dijo, citando de nuevo al filósofo anarquista Kropotkin.

—En efecto, así es, Michael. En efecto, así es. Encontrarás a tu hombre en su dacha de los Hamptons.

Kozlov le dictó una dirección.

Cooper la memorizó.

—Nos informan que sir Roland se trasladó allí ayer mismo con un nutrido destacamento de seguridad —continuó Aleksei—. Me temo que no puedo ser más específico en cuanto a sus disposiciones. Con tan poca antelación, ya me entiendes.

—Entendido. Gracias, Aleksei —dijo Cooper.

—Hablaremos pronto, Michael. Cuídate.

El ruso colgó.

Había un aeropuerto en East Hampton, pero pasarían al menos dos horas antes de que pudiera fletar un vuelo, y era probable que los hombres de seguridad de Rolly lo tuvieran vigilado de todos modos.

Seguramente había salido de Nueva York en cuanto se enteró de la fuga de Cooper.

Su siguiente paso sería abandonar el país.

Podría estar ya en camino si Schneider le había avisado.

La serpiente se desenroscó en algún lugar de su interior, siseándole por haber dejado vivir al alemán. Intentó ignorarla.

Si salía ahora y conducía sin parar, podría llegar a los Hamptons a media mañana y estudiar la mejor forma de aproximarse.

Pero estaba exhausto.

La última vez que había dormido fueron las pocas horas que dormitó mientras lo tenían atado los matones de Kristin.

Las hormonas del estrés y la adrenalina habían inundado su organismo en múltiples ocasiones, y acababa de salir de tres años de pruebas con fármacos psicoactivos.

Lo que Schneider le había contado lo había perturbado profundamente y, si era sincero consigo mismo, sentía que se estaba desmoronando.

Tenía muchas probabilidades de quedarse dormido al volante y estrellar el coche.

Podría intentar dormir una o dos horas antes de partir, pero eso solo aumentaba las posibilidades de que Rolly se le escapara.

Y estaba decidido a enfrentarse a Sewell, pasara lo que pasara.

No habría esperanza para Mary y los niños si no ajustaba cuentas con el viejo monstruo, de un modo u otro.

Lo sabía con fría certeza. Algunos recuerdos eran demasiado reales.

Necesitaba un conductor.

El área de servicio, una Texaco, no estaba llena, pero tampoco vacía. Recorrió con la mirada la zona de restauración buscando viajeros, en concreto autoestopistas. Serían jóvenes con mochilas, posiblemente adornadas con pegatinas o parches de viajes anteriores.

Nada.

Una familia con cara de cansancio picoteaba un desayuno de pollo frito y patatas hash brown bajo el resplandor blanco y plano de los fluorescentes.

Dos soldados con pesados petates estaban sentados en un reservado, pasándose los móviles, compartiendo vídeos o memes estúpidos o algo así.

En una mesa, media docena de hombres mayores, en su mayoría corpulentos, en su mayoría con los hombros caídos, le parecieron camioneros a Cooper.

Dos llevaban gorras de Peterbilt y otro lucía una de Kenworth.

Todos parecían conocerse y desprendían un aire de propiedad, como si fueran los dueños de aquel lugar y los demás estuvieran allí solo porque ellos lo permitían.

Servirían.

Cooper se acercó con una sonrisa neutra, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad para contener el caldero de emociones negativas que bullía en su interior.

—Caballeros —dijo cuando estuvo lo bastante cerca como para invadir su espacio—.

Perdonen que les interrumpa. Voy camino de Long Island y tengo que llegar antes del mediodía, pero estoy reventado.

No es seguro que siga conduciendo. ¿Alguno sabe dónde podría encontrar a alguien que me lleve, que coja el volante mientras descanso?

Algunos lo miraron sin expresión. Uno habló. El de la gorra de Kenworth.

—Haces bien en saber cuándo parar, hijo. Muchos imbéciles deberían tener ese sentido común.

—Gracias —dijo Cooper—. Ha sido una semana muy larga.

—Y que lo digas, hermano —dijo uno de los Peterbilt.

—Podrías recoger a un autoestopista que vaya hacia el este cerca de New Carrollton —dijo el otro Peterbilt—. A veces los veo por allí buscando que alguien los acerque, justo antes de la rampa de la Interestatal 50.

Otro hombre, negro, canoso, de unos sesenta años, resopló ante aquello.

—El tío ha dicho que tiene que llegar este año, Merv.

Miró a Cooper. El camionero llevaba una chaqueta militar desteñida con un viejo parche de Caballería en el hombro.

—¿A qué vienen las prisas, hijo?

La serpiente se desenroscó, percibiendo una oportunidad.

—Mi padre está en un hospicio de veteranos allí arriba —dijo Cooper—. No hemos tenido mucha relación estos últimos años, pero me llamaron para decirme que no le queda mucho. Así que, ya sabes, llevo todo el día al volante.

Algunos camioneros asintieron comprensivos.

El hombre negro se lo pensó.

—Pues es una pena que vayas conduciendo. Podría haberte acercado casi hasta allí. Tengo entregas en Farmingdale y Maywood, cerca del aeropuerto.

—¿El aeropuerto de East Hampton? —preguntó Cooper.

—Ja, no, el Republic. Menos jets privados, más carga.

Cooper fingió pensárselo.

—Vale —dijo—. Mira, estoy en un apuro. Si vas en esa dirección, te pago el viaje encantado. Dejo el coche aquí y ya volveré a por él. Total, es una chatarra. Me llamo Cooper, por cierto. Cooper Fox.

El camionero le hizo un gesto para que se sentara.

—Siéntate entonces, Coop —dijo—. Soy Leroy Whitting.

Puedes presentarte a los demás o no, como quieras.

Mi viejo tiene ochenta y tres años y sigue fuerte, pero ochenta y tres es estar en las últimas entradas del partido, se mire como se mire.

Intento llamarlo casi todos los días, porque sé que pronto llegará el día en que ya no podré.

Tienes que hacer las paces con los tuyos.

Cooper se sentó, admitido en el círculo mágico de los camioneros gracias al visto bueno de Leroy Whitting.

Sabía que debería sentir algo de culpa, quizás incluso vergüenza, por haberle mentido a un buen hombre. Y una parte de él la sentía. Pero la parte que un día fue Michael Garner no sentía nada.

Se marcharon cinco minutos después. La bolsa de deporte de Cooper iba cargada con las armas y los documentos de Schneider.

Abrió la cremallera de un bolsillo lateral, sacó el sobre con el dinero que le había quitado al profesor, se lo guardó en un bolsillo del abrigo y volvió a cerrar la bolsa.

Debería haber limpiado el Chevy a fondo o haberlo quemado hasta dejarlo en las llantas, pero no tenía esa opción.

En vez de eso, subió con Leroy a la cabina de su Freightliner. Le metió doscientos dólares en la mano al camionero, insistiendo en que los aceptara.

—No voy a ser muy buena compañía —dijo Cooper—. No mentía cuando dije que necesitaba dormir.

—Pues a descansar se ha dicho, joven. Si te duermes del tirón, te despierto cuando lleguemos a Maywood.

Leroy aceptó el dinero haciendo un amago convincente de rechazarlo. Cooper dejó la bolsa a sus pies y se acomodó como pudo. Se quedó dormido en cuestión de minutos.

Leroy Whitting dejó a Cooper justo dentro de la entrada de carga del pequeño aeropuerto regional. Cooper le dio las gracias al camionero, se disculpó por haberse pasado dormido casi todo el viaje de seis horas y deslizó otro billete de cincuenta dólares en el portavasos cuando Whitting no miraba.

Se sentía mucho mejor después de haber descansado.

La conversación con Schneider, toda la secuencia de acontecimientos en la casa, le parecía ya un sueño a medio olvidar.

El hombre había mentido. Temiendo por su vida, se había inventado una historia increíble y se había erigido en héroe del relato.

Cuando las mentiras pequeñas no bastan, cuenta la mentira más grande que puedas.

Recordaba eso de alguna parte.

Cooper fue hasta la caseta de alquiler de coches y recogió un Nissan Altima gris.

El trato estuvo a punto de irse al traste cuando la mujer del mostrador de Avis le pidió el carné de conducir.

De pronto, se precipitaba en caída libre por el abismo de sus años perdidos.

Él no conducía. No sabía conducir. Era Cooper Fox, cuyos padres habían muerto en un accidente de coche y…

—¿Señor? ¿Se encuentra bien?

—¿Eh? —dijo Cooper.

—¿Su carné de conducir, señor? ¿Y la tarjeta de crédito?

La mano le fue al bolsillo de atrás, buscando una cartera que no estaba allí.

Pero su carné de conducir de California a nombre de Tom Hackmore sí lo estaba.

—Perdone —dijo Cooper, suavizando la voz con un deje californiano—. Estoy como a mil millas de aquí.

La mujer cogió el carné y tecleó los datos.

—Más bien a tres mil, ¿no?

—Claro —respondió con una sonrisa, sin mostrar señal de la tensión que sentía en el cuello, preguntándose qué pasaría cuando ella metiera el número del carné en el sistema.

Lo que pasó fue que le devolvió el carné, la tarjeta de débito de empresa y las llaves del Nissan.

Unos minutos después, salió del recinto y giró a la derecha, rumbo a los Hamptons.

Cooper se sentía renovado después de dormir en el camión de Leroy Whitting.

Aun así, le quedaba hora y media de viaje por delante, tiempo de sobra para cuestionarse a sí mismo y minar cualquier determinación o confianza que sintiera, pero ni de lejos suficiente para preparar una infiltración, un asalto o lo que fuera que le esperase.

La casa de Erhard Schneider había sido un objetivo fácil.

El complejo del multimillonario Rolly Sewell no lo sería.

Todo lo que tenía de Kozlov esta vez era una dirección y una advertencia.

Rolly había huido al complejo el día anterior con un «gran equipo de seguridad».

Nada de escalar muros exteriores y colarse por una puerta sin cerrar. No podía asaltar el lugar.

Cooper no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.

Mientras aceleraba por la Sunrise Highway y cruzaba el puente sobre el canal Shinnecock, el sol de la mañana resplandecía sobre los cascos blancos de yates y cruceros de recreo amarrados en un puerto deportivo a su izquierda.

La desembocadura del canal se abría a las aguas verdeazuladas de la bahía Great Peconic más allá.

Levantó el pie del acelerador, lo justo para frenar aquella carrera precipitada hacia un enfrentamiento con Rolly.

¿Por qué estaba haciendo esto?

Porque no creía que Roland Sewell fuera a dejarle marchar. Cooper era una amenaza ahora.

Levantó aún más el pie del acelerador. Alguien detrás de él le pitó.

Mary y Matty y Jess.

Sewell iría a por ellos sin duda para llegar hasta él. O, mejor dicho, pagaría a alguien como Kristin para que lo hiciera.

Cooper salió de la autopista y entró en un barrio costero de casas sorprendentemente modestas.

No era una zona pobre, ni mucho menos. Pero en los terrenos de la mansión de Schneider habrían cabido una docena o más de aquellos chalets adosados y modestos bungalós.

Se detuvo a un lado de la carretera frente a un solar vacío, con la hojarasca roja y marrón hasta los tobillos, caída de un grupo de cedros rojos del este y arces de azúcar.

Lo invadió una premonición de fatalidad y una soledad inmensa.

Todo lo que Schneider le había contado lo perturbaba profundamente, y sentía la tentación de meterse en cualquier motel y pasarse el día estudiando los archivos.

Echaba de menos a Mary como nunca había echado de menos a nadie.

O al menos en lo que recordaba de su vida.

Quería dar media vuelta y volver con ella.

Cogerla a ella y a los niños y seguir adelante.

Desaparecer en la inmensidad anónima de América.

Pero no podía.

Mientras le quedara un soplo de vida, sería un peligro para Triple Helix y para el multimillonario criminal dueño de la empresa.

Si Roland Sewell pensaba que Cooper andaba suelto, enviaría asesinos a buscarlo.

Quizá, solo quizá, Cooper habría podido negociar su regreso al programa y recuperar su vida en Gainesville, pero solo en los primeros momentos tras despertar.

En cuanto intentó escapar, desde el momento en que se despojó del disfraz de oveja y volvió a ser quien realmente era, lo marcaron para eliminarlo.

De haber estado en el lugar de Kristin, habría hecho lo mismo.

Es lo que había hecho. Para Rolly, seguro. Y quizá antes, para el gobierno. Cuanto más intentaba remontarse en el tiempo, menos fiaba de su memoria.

Cooper permaneció al volante del coche de alquiler y se estremeció cuando lo abrumó la imposible realidad de todo aquello.

No era un vengador despiadado. No era ningún ángel exterminador renacido.

No sabía quién ni qué era, salvo un tipo que la había cagado y tocado fondo, y que durante los últimos tres años había vivido de la caridad de un pequeño equipo de fútbol americano de un instituto rural.

Le temblaban las manos y el corazón le latía desbocado.

Debería dar media vuelta, volver a Nueva York y presentarse en una cadena de televisión o en un periódico con su expediente y las muestras de los fármacos. Debería ir al New York Times y decirles que tenía entre manos una de las mayores historias de la década.

Y después, prepararse para pasar muchos, muchos años en la cárcel.

Porque allí era donde acabaría. En la cárcel o bajo tierra, probablemente ambas cosas y en ese orden.

Cooper Fox cerró los ojos y respiró hondo.

—Basta —dijo—. Ya es suficiente. Hazlo de una vez. Por ellos.

Arrancó de nuevo y se incorporó a la carretera. Condujo hacia el este, en dirección al complejo de Roland Sewell.

Paró una vez más en un pequeño centro comercial de East Hampton, donde pagó un dineral por alquilar una taquilla en la que guardó la bolsa de deporte con todo lo que llevaba dentro.