Agente durmiente 24 #3
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24 #3

Un camarero de cabeza rapada con un tatuaje de alambre de espino que le rodeaba el cuello tres veces dejó de pulir vasos de chupito y levantó la barbilla hacia Cooper.

—¿Qué quieres?

Cooper deslizó la tarjeta de débito hacia él.

—Piroshki y un chupito.

El hombre asintió, satisfecho. Registró la venta, cogió la tarjeta y la pasó.

La transacción se completó. Sirvió un trago de vodka en un vaso de chupito y cantó el pedido a la cocina: un plato de piroshki.

Tres de aquellos bollos dorados en forma de barca, fritos y rellenos de cerdo y champiñones, llegaron en menos de un minuto.

Cooper se bebió el chupito de un trago y le dio un mordisco al primer bollo. Estaba humeante y recién hecho. Mientras comía, vio salir otros dos platos.

No le dio tiempo a empezar con el segundo bollo antes de que un hombre ocupara el taburete de al lado.

—Buenas noches, Michael —dijo el hombre.

—Hola —respondió Cooper, sin tener ni idea de quién era aquel tipo.

—Debo admitir que me sorprende verte aquí —dijo el hombre—. Le has dado al pobre Dimitri el susto de su vida.

—Dimitri debe de haber llevado una vida muy tranquila —dijo Cooper.

El hombre estalló en carcajadas.

Fue el ruido más fuerte de la sala. El murmullo de las conversaciones se apagó un instante antes de reanudarse.

—Dos osos no pueden vivir en la misma guarida, no. Entonces, ¿qué te trae por aquí, Michael? He oído que buscas información.

Cooper metió la mano en un bolsillo, sacó la libreta, arrancó dos páginas y se las pasó al otro hombre.

—Me gustaría saber a quién pertenecen estos coches —dijo—. Y los domicilios de los propietarios.

El hombre lo miró fijamente.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

El ruso lo agarró del brazo y lo hizo girarse para mirarlo directamente a la cara.

—Michael, desapareces, vuelves... ¿A qué has venido realmente?

Cooper se encogió de hombros. La verdad solía ser la mejor opción. O tanta verdad como uno pudiera permitirse.

—No tengo adónde ir.

El otro hombre guardó silencio un momento.

—Ya veo —dijo al fin—. Quizá podamos ayudarte. Pero ¿por qué íbamos a hacerlo?

—Esperaba poder pagaros —dijo Cooper, y deslizó la tarjeta Visa hacia él. Era más un gesto de esperanza que otra cosa. Puede que solo quedaran cien dólares en aquel trozo de plástico. Menos el chupito de vodka y los bollos de cerdo.

El otro hombre se la devolvió.

—No me insultes con mero comercio, Michael. Por la razón que sea, te encuentras necesitado de ayuda. Y estaré encantado de ofrecerte la que pueda. Pero entiende que sería un gesto amistoso de mi parte. Y la amistad no es amistad si esos gestos no se corresponden.

Ahora fue Cooper quien lo miró fijamente. No tenía ni idea de quién era aquel hombre. Pero el ruso conocía a Michael Garner, eso estaba claro. Supuso que estaba tratando con Garner porque Garner estaba desesperado. Y la desesperación volvía vulnerables a los hombres.

Aquello no era amistad. Era reclutamiento.

Recuperó la tarjeta y se la guardó en el bolsillo.

—Solo quienes no hacen nada no cometen errores —dijo.

El ruso sonrió.

—Conoces bien a tu Kropotkin, amigo mío. Por favor, dame un momento.

El ruso cogió las páginas de la libreta de Cooper y desapareció por el hueco por donde había huido el hombre sobresaltado, presumiblemente Dimitri. El camarero empezó a servirle otro chupito de vodka, pero Cooper negó con la cabeza.

—Tomaré té —dijo—. Tenéis el mejor té aquí.

—Da. Spasibo —asintió el camarero. Sacó un vaso de debajo de la barra, lo llenó con líquido marrón caliente de un samovar y le añadió una rodaja de limón.

Cooper dio un sorbo al té y terminó el plato de piroshki mientras esperaba a que el otro hombre regresara.

Todo aquello le resultaba a la vez familiar y extraño.

Era evidente que había estado allí antes.

Tenía recuerdos de un café cerca del Hilton donde había hecho negocios.

Pero, siendo sincero, no lo recordaba como Kropotkin, solo como un local ruso cualquiera.

Solo al ver el nombre sobre la puerta recordó tanto el establecimiento como el truco para entrar.

Conocía a aquella gente, o la había conocido, y ellos lo conocían a él o a alguna versión anterior de él.

Pero se sentía perdido.

Era como nadar contra una marea creciente que lo arrastraba mar adentro.

Aunque por fuera mantenía la calma, por dentro se debatía como un hombre a punto de ahogarse.

En cualquier momento, lo sabía, todo aquello podía torcerse, y mucho.

Demonios, puede que ya se hubiera torcido y él simplemente no lo supiera.

Unos diez minutos después, el ruso salió del recoveco con las notas originales de Cooper y dos hojas de papel dobladas en cuatro y sujetas con un clip.

—¿Estás bien, amigo mío? —dijo el hombre mientras le entregaba la impresión.

—Sí —respondió Cooper.

El hombre emitió un gruñido evasivo.

—Para ser alguien con buena salud, pareces conocer a muchos médicos —comentó.

Cooper se puso de pie y se guardó la impresión en el bolsillo.

—Gracias por esto —dijo.

—Es solo una pequeñez —respondió el otro—. Quizás cuando termines con lo que tengas que hacer, vuelvas y hablemos de otras pequeñeces.

—Quizás —dijo Cooper.

El hombre sonrió.

—O podría ir a buscarte yo.

Cooper asintió.

—No lo dudo.