23 #2
—Kristen Hegel, Andy, ¿recuerdas? ¿Ex Agencia?
Se pasó al otro bando. Y dos de sus tipos, Luntz y Merrill, se hicieron pasar por agentes de los US Marshals para entrar en tu oficina y sacar a Porter y McClintock.
Lo hicieron porque cualquier caso judicial habría expuesto a Triple Helix a un escrutinio real.
Lo primero que habrían hecho sus abogados es solicitar acceso a toda la documentación sobre el tratamiento que Schofield me estaba aplicando.
En cuanto se enteraran de Triple Helix y de mi tratamiento, los habrían demandado a ellos también.
Mucho más dinero. Así que Porter y los demás tenían que desaparecer.
—Pero Coop...
—Porter y McClintock están muertos —dijo Cooper, sin dejarle terminar—. Como Wayne Lubbers. Solo que de ellos no encontrarás ni rastro. Llama a los Marshals, Andy. Comprueba la orden federal. Nada de eso se sostendrá.
Andy Briscoe se lo quedó mirando.
La expresión de Cooper se transformó en una sonrisa radiante y acogedora para Sarah McKee, que se acercaba con una cafetera.
—¿Le pongo más café, sheriff? ¿Y tú quieres comer algo, Coop?
—No puedo quedarme. Lo siento, Sarah —dijo Cooper—. Pero me llevo un muffin y un café para llevar.
La sorpresa en su cara fue fugaz, pero se notó. Estaba acostumbrada al Cooper Fox lento y simple. Incluso el cambio en la cadencia de sus palabras bastó para inquietarla.
—De acuerdo, cariño —dijo, con su alegría habitual algo mermada—. ¿Café y un muffin para llevar? ¿Y tú qué, Andy?
—Creo que voy a tomarme un segundo desayuno, Sarah —dijo—. Tengo la sensación de que este va a ser un día muy largo.
Y lo fue.
Andy Briscoe insistió en que todos lo acompañaran a la Oficina del Sheriff —o la comi, como le gustaba llamarla cuando estaba de buen humor—. Cuando llegaron Dan Ferrucci y Jamaal Brown, escucharon a Mary contar la misma historia que Cooper acababa de relatarle durante el desayuno.
En el local de Sarah, la inteligencia y claridad del joven lo habían dejado profundamente desconcertado. Por no hablar del disparatado cuento de hadas que tenía que contar. Era como si una trucha gigante acabara de llegar en una bicicleta de montaña a recitar un montón de poesía.
Pero la historia de Mary Doyle encajaba a la perfección con la de Fox, y además ella añadió un montón de detalles descabellados de su propia cosecha.
Tipos que parecían agentes de Men in Black sacándolos de una habitación de motel...
¡y pagando la cuenta! Un viaje con los ojos vendados hasta alguna prisión subterránea.
Fox escapando de su celda y liberándolos a todos.
Andy sabía que ella se estaba guardando algunos detalles.
Los dos se los guardaban. El vehículo era obviamente robado, y ninguno de los dos había mencionado a ningún guardia.
Ni lo que podría haberles pasado. Pero ya llegaría a eso más tarde.
Por ahora, esto era un marrón de los gordos que le había caído encima.
Los mantuvo a los cuatro separados, por supuesto.
Pero los dos pequeños corroboraron la historia de los adultos en todo lo que cabía esperar de ellos.
El chico incluso había visto a Ray Buchner golpear a su madre en la cara con una pistola.
Matty dijo, sonrojado y avergonzado, que se había meado un poco encima y había corrido a esconderse debajo de la cama.
No era el tipo de detalle, según la experiencia de Briscoe, que un chaval se inventara para adornar una historia.
Si Fox y Doyle habían aleccionado a esos niños, lo habían hecho bien.
Para cuando terminó de tomar declaraciones al clan Doyle, el sheriff Briscoe no tenía reparo en admitir que estaba francamente alterado. No cabía duda de que algo muy turbio se había puesto en marcha en su pueblo, y él no se había enterado de absolutamente nada.
—Esos marshals —le dijo a Dan Ferrucci en voz baja después de hablar con el chico Doyle—, les revisaste bien la identificación, ¿verdad, Dan?
—Era legítima, Andy. La orden también. Tú mismo la revisaste cuando volviste.
Y Briscoe lo había hecho. Estaba que trinaba cuando volvió de comprobar el jaleo en casa de los Sanewski y descubrió que un par de federales se habían llevado a sus detenidos a uno de esos turbios programas de entrega extrajudicial.
Pero la orden era impecable, y habría reconocido la firma garabateada del juez Osterman en cualquier parte.
Era molesto. Era inusual. Pero distaba mucho de ser increíble.
Incluso había buscado en Google a Duray McClintock y «Milicia de Ohio», y efectivamente, había un montón de información en línea sobre su implicación en un complot para secuestrar al fiscal general del estado. ¿Cómo se le había pasado eso?
Briscoe había pensado llamar al secretario de Osterman en Richmond.
Solo para asegurarse de que los federales habían cumplido con todos los requisitos, pero aún no había tenido ocasión.
Y el juez Osterman, demócrata, era un capullo notoriamente susceptible y quisquilloso cuando la policía cuestionaba sus decisiones, así que iba a tener que hacer todas sus indagaciones con mucha discreción.
Pero ahora... ahora estaba pensando que quizá tendría que ir él mismo a la capital para aclarar todo aquello.
Andy suspiró.
—Pues habrá que grabar a Coop, supongo. ¿Dónde está?
—Estaba con Sharon en la cocina —dijo Jamaal Brown—. Comiéndose un muffin.
—Muy bien. Ve a buscarlo. Cuando lo hayamos interrogado, llamaré a los marshals de Richmond. Vamos a llegar al fondo de esto. Sea lo que demonios sea.
Pero cuando el ayudante Jamaal Brown fue a buscar a Cooper Fox, Sharon Ferrucci dijo que creía que había estado con ellos.
Comiéndose un muffin.
Pero se había ido.
Nunca lo volvieron a ver.