21
—Ahí está mi chico malo.
Cooper levantó la cabeza lentamente. El mundo real fue enfocándose aún más despacio. Pero una cosa era muy real.
Kristin Hegel.
Su antigua amante. Su compañera. Su traidora.
Estaba de pie frente a él con su traje negro de corte impecable, las botas italianas de cuero separadas a la altura de los hombros, los brazos cruzados, una sonrisa relajada y segura en el rostro.
No estaba sola en la pequeña habitación blanca.
Podía sentir la presencia de otros detrás de él.
Solo guardias, supuso. Kristin era la única que importaba allí dentro.
La recordaba.
Lo recordaba todo.
La guerra. Los años posteriores. El inglés tuerto de sus pesadillas diurnas.
—¿Tú qué, tío?
Cooper recordó que su nombre, su verdadero nombre, era Lovell.
No Fox ni Garner ni ninguno de la docena de nombres que había adoptado y descartado a lo largo de los años.
Ella también había mentido sobre eso. Sin más, sin razón alguna.
¿Por qué? Porque podía. Ahora también lo recordaba.
La crueldad gratuita y el engaño eran simplemente cosas que Kristin hacía.
Era lo que él había hecho con ella durante muchos años.
Como Jarrod Lovell se había alistado en la Armada nada más salir del instituto. Pasó la selección de los SEAL un año después y sirvió con honor durante seis años.
Pero había cambiado a fuerza de hacer cosas terribles en lugares aún peores.
En los años que siguieron, había vendido sus habilidades al mejor postor y había adquirido otras nuevas. También las vendió. La mayoría de las veces a un hombre llamado Rolly.
O sir Roland.
Recordaba haber robado tres años de investigación sobre los puntos cuánticos del profesor Lianzhou Wang, minúsculas nanopartículas capaces de generar pieles solares supereficientes que algún día cubrirían edificios enteros, ciudades enteras.
Recordaba haber saboteado una planta de BMW y retrasado los planes de coches autónomos del fabricante una década.
Recordaba haber encubierto un ensayo clínico que había salido terriblemente mal. Recordaba nueve sujetos de prueba muertos.
—Los maté —graznó, mirando a Kristin.
Ella soltó una risita, un sonido grave y gutural.
—Oh, cariño, vas a tener que ser más específico. Mataste a un montón de hijos de puta en tus gloriosos tiempos.
—Los otros sujetos de mi cohorte. No eran simples sujetos de prueba al azar. Eran... eran como familia. Y los maté. Tú y Rolly me obligasteis a matarlos.
Cooper intentó lanzarse de la silla para alcanzarla.
Se estrelló contra el suelo y se golpeó un lado de la cabeza contra el hormigón frío.
Le estalló la vista en estrellas. Oyó pasos apresurados y notó que lo levantaban en vilo.
Los dos matones de antes. Las lágrimas le llenaron los ojos y la cabeza le daba vueltas por el impacto.
—Tú. Tú me hiciste esto —le siseó a Kristin.
—Qué típico de un hombre, y qué decepcionante. Siempre culpando a otro. Tú te hiciste esto a ti mismo, Mikey.
—Mi nombre no es Mike.
—Y tampoco es Cooper —dijo ella—. Pero siempre serás Mikey para mí.
Sacudió la cabeza, ignorando el dolor. Maldijo y forcejeó contra sus ataduras de nuevo.
Kristin asintió a alguien que estaba detrás de él.
Oyó un chasquido eléctrico y, un instante después, todo su cuerpo se convulsionó.
Un táser.
Cooper gritó de la impresión, pero no le habían dado una descarga fuerte. Solo la suficiente para someterlo.
—¿Recuerdas lo que pasó ahora, cariño? —preguntó Kristin.
El sudor le corría por los ojos, mezclado con las lágrimas.
Lo cegaba. Vio a Kristin acercarse como un espectro borroso e indistinto.
Un fantasma oscuro que flotaba hacia él contra el fondo de los bloques de hormigón encalados.
Se cernió sobre él, ocupando todo su campo de visión mientras se inclinaba y lo besaba. Un beso largo en cada párpado.
—Mmm —susurró—. Salado.
Cooper no forcejeó ni se resistió. Ni siquiera se movió. Con Kristin, sabía que no tendría sentido.
Ella se alejó y él la miró fijamente, sin decir nada.
Ahora podía verla con claridad. Ella le devolvió la mirada, absolutamente despreocupada.
¿Y por qué iba a estar preocupada? Él era el que estaba encadenado en una caja de hormigón con un par de matones al acecho en algún lugar detrás de él, empuñando una picana eléctrica.
—¿Cómo lo hiciste? —dijo Cooper por fin.
—¿Cómo acabaste siendo el mayor imbécil del FBI? —replicó Kristin alegremente—. Todo un logro, dado lo cortos que son allí abajo, déjame que te diga. Si has recuperado tu gusto por la ironía, seguro que te encantará la elegancia narrativa.
—Fue Rolly, ¿verdad? —dijo Cooper. Una afirmación, no una pregunta.
Ella resopló.
—Siempre es Rolly. Siempre lo fue, siempre lo será. Por los siglos de los siglos, amén.
El hombre tuerto se cernía sobre Cooper en su memoria. Sonriente.
—¿Tú qué, tío?
Oyó pasos. Dos pares. No el golpeteo sordo de las botas pesadas de los guardias.
Kristin asintió a alguien detrás de él.
Reese regresó de dondequiera que hubiera estado, esta vez con Ted Sorensen.
—Nuestro pequeño Mikey ha vuelto —les dijo Kristin—. La segunda inyección fue la clave. Solo necesitaba el refuerzo para que se soltara, eso es todo.
Los dos hombres aparecieron en la visión periférica de Cooper antes de pasar junto a él para colocarse con Kristin. Reese llevaba el mismo maletín. Ted Sorensen se limitó a exhibir un aire de agravio.
—Bienvenido de vuelta, imbécil —dijo—. Vas a pagar por lo que robaste de mi casa.
—Tú vas a pagar por los tres años que me robaste de mi vida —dijo Cooper con voz monótona.
—Se acuerda de Rolly —dijo Kristin, cortando el intercambio.
—Señor Garner —dijo Reese Needham con satisfacción—, parece que está recuperando sus facultades, lo cual es una noticia excelente.
Sir Roland se alegrará. Ha estado preguntando por usted.
Pero es tarde, y todavía estamos reuniendo un equipo para retomar el trabajo del doctor Ludgrove.
Todo esto ha sido... muy perturbador. Tengo instrucciones de obtener de usted toda la información posible antes de que lleguen.
Así que, si no les importa... —dijo, volviéndose hacia Ted y Kristin.
Needham se sentó y volvió a abrir su maletín. Sacó una carpeta de cuero y la abrió.
—Ahora, Michael —dijo—, me gustaría empezar con lo que recuerda de Múnich y Tangent Blue. La operación BMW.
—Mi nombre no es Garner —dijo Cooper, pronunciando cada palabra con claridad y lentitud—. Solía ser Lovell. Pero ya no. Me lo quitaron. Me quitaron todo.
Needham lanzó una mirada preocupada a Kristin Hegel, que se encogió de hombros y puso los ojos en blanco.
—Dije que esa segunda dosis de Dexi le soltó algunas tuercas. No dije que estuviera al cien por cien. Pero ya deberías poder seguir, Reese. Si es que él está dispuesto a cooperar.
—¿Qué tal si le clavo un par de clavos de techado en la polla? —sugirió Ted—. Podría ponerlo más dispuesto a cooperar —dijo, imitando con sorna el acento de Kristin.
—Nadie toca la polla —dijo ella con una sonrisa burlona—. La polla me pertenece.
Cooper apenas escuchaba el intercambio. Su mente estaba en otro lugar, en otro tiempo, muy, muy lejos.
Se hundía en su delirio de drogado. Caía en picado hacia los recuerdos, hacia una conmoción física profunda y un horror moral, mientras todo lo que había hecho se le venía encima y él permanecía desplomado, encadenado a una silla de metal en una celda de bloques de hormigón.
Nueve personas, nueve seres humanos, confundidos pero confiados, mirándolo, mirándolo a él desde la oscuridad del pasado, suplicándole que les perdonara la vida.
Nueve víctimas, ninguna capaz de comprender. Porque se suponía que él era su protector, no su verdugo.
Un hombre tuerto, de pie sobre ellos, mirándolo fijamente.
«¿Tú qué, tío?»
—No les voy a dar ni una maldita cosa —dijo Cooper en voz baja.
Discutieron entre ellos hasta que él volvió a hablar, esta vez más alto.
—¡Eh! —gritó. Reese se sobresaltó un poco.
Ted y Kristin se volvieron hacia él.
—Dije que pueden metérselo por el culo. Le dije a Rolly que había terminado con esto. No pienso ayudaros.
Sorensen soltó una carcajada burlona. Reese frunció el ceño. Kristin arqueó una ceja.
—Razonamiento táctico flojo, Mikey. Lo cual es al menos un dato interesante, supongo. Estás reaccionando con las emociones. Poniéndote todo compungido y sensiblero. Otra vez. No lo estás pensando bien, ¿verdad?
Dejó la pregunta en el aire el tiempo suficiente para que él empezara a ver el error que había cometido. Antes de que pudiera decir nada más, ella sacó un teléfono de la chaqueta. Sus dedos volaron sobre la pantalla.
Cooper ya sabía lo que estaba haciendo.
Ella tenía razón. Había cometido un grave error táctico. Comprendió cuán grave cuando Kristin giró la pantalla hacia él. Tres rostros cobraron vida de repente. Mary, Matthew y Jessica.
Los tres gritaron su nombre.
—Jesucristo —murmuró.
Era una transmisión en directo, no una grabación. Los tenían retenidos en algún lugar. Sin ataduras, pero vigilados por hombres con porras, esposas y armas. Oyó a Mary llorando, preguntando qué estaba pasando. Los dos niños lo llamaban una y otra vez, rogándole que fuera a buscarlos.
Kristin Hegel cortó la conexión.
—Sabes, en los viejos tiempos, le habría pegado un tiro a uno de ellos, solo para darle un poco de emoción a esta situación.
Seguramente habría sido la niña, me imagino.
¿Te acuerdas de que la única forma de hacer que los hajis cantaran era amenazar a sus mujeres, sobre todo a las hijas?
Sí, eso también me lo enseñaste tú. Pero no creo que haga falta ponernos tan cinematográficos.
Responde a las preguntas de Reese, pasa un par de días informando a los investigadores que traeremos mañana, y podrás volver con ellos.
Cooper empezó a decir algo, pero ella levantó la mano como un guardia de tráfico.
—Y antes de que te pongas borde, no estoy mintiendo.
No vamos a matarte ni a tirarte por un pozo de mina ni nada de eso.
No como esos berzas que seguramente causaron todo este lío dándote esa paliza en Feebsville.
Eres demasiado importante para eso, o eso me dicen.
Así que vas a tragar con lo que te toque y volver al redil, hombrecito.
Sinceramente, si fuera por mí, os mataría a todos y os tiraría al horno.
Pero ¿quién le hace caso a una mujer, verdad?