Agente durmiente 18
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Salir del complejo fue mucho más fácil que entrar.

Cooper cruzó una puerta con cerradura magnética junto al camino de entrada principal, dejó atrás el callejón sin salida y regresó a la pequeña zona comercial por la que había pasado una hora antes.

Había menos gente en la calle, pero la mayoría de los bares y restaurantes estaban llenos con los primeros comensales de la noche.

Probó suerte en el local de pizza turca y consiguió una mesa para dos al fondo, junto a la puerta del baño.

A Cooper le pareció bien. Los baños daban a una salida, y nadie más quería sentarse allí.

Podía comer con la espalda contra la pared y ver a cualquiera que se le acercara.

Pidió medio pan turco con un par de salsas, una botella de agua con gas y un café turco. No recordaba haber probado uno jamás, pero la diminuta taza de porcelana en su mano y el aroma penetrante del café espeso y denso despertaron algo en lo más profundo de su ser.

Cooper comió de forma mecánica, echando combustible a su cuerpo. Cada minuto más o menos, se detenía para barrer la sala con la mirada. Entre bocado y bocado, vigilando los accesos a su mesa, iba pasando las fotografías que había sacado con el móvil.

El hombre del archivo era él. Sin duda alguna, era él.

Incluso había fotografías de su casa en Gainesville. Por el ángulo de las tomas, calculó que las habían sacado desde lo alto de un árbol, algo más adentrado en el bosque, al otro lado de la carretera. Cooper apretó los dientes al pasar las imágenes de Matty y Jess.

Había más caras conocidas en el archivo.

El entrenador Buchner, el doctor Schofield y el sheriff Andy Briscoe.

Le hirvió la sangre al ver la foto del sheriff Andy, pero se calmó cuando leyó la nota adjunta.

Alguien conocido solo como «K» evaluaba a Andy como un elemento potencialmente hostil con el que no se debía entrar en contacto.

Los agentes Ferrucci y Brown también estaban marcados como «negativos», pero Dan Ferrucci era «más fácil de manipular», según «K».

Cooper sintió cierto alivio por su apresurada decisión de no llamar a la oficina del sheriff para ocuparse de Buchner y Schofield. Aquello parecía quedarle muy grande al sheriff Andy Briscoe.

Se recostó y dio un sorbo al café.

Muy por encima de las posibilidades del sheriff.

Esa no era una frase que habría dicho, o probablemente ni siquiera entendido, apenas una semana antes.

Cooper Fox había sido bastante literal en su forma de pensar.

Los matices no le resultaban fáciles a alguien con un coeficiente intelectual de 66 en la Escala de Inteligencia de Wechsler para Adultos, otro dato personal que había sacado del archivo de Ted.

Sin embargo, ahora le estaba volviendo todo. Su capacidad de razonar. Su facilidad con el lenguaje. Un pozo profundo y misterioso de habilidades arcanas y facultades cognitivas, pero... ningún recuerdo en el que basarlas.

Una camarera se acercó sonriendo para preguntarle si necesitaba algo. Pidió otro café para poder quedarse en la mesa otros diez minutos. Había tanto que asimilar, y necesitaba centrarse a fondo en cualquier información que pudiera ayudarle a avanzar.

Cooper volvió al principio del archivo, decidido a leer los documentos con más detenimiento en busca de algún punto de partida.

Enseguida determinó que su nombre no era Cooper Fox.

Era difícil saber cuál podría ser su verdadero nombre.

Antes de llegar a Gainesville, parecía haber adoptado y descartado identidades igual que había cogido la chaqueta de esquí de Ted del armario y se la había quitado al entrar en la pizzería.

Al repasar fotocopias de varios documentos —carnés de conducir, tarjetas de identificación corporativas, incluso un par de pasaportes— encontró ocho nombres distintos con los que se había hecho llamar en diferentes épocas.

Llegó su segundo café. Dio las gracias a la joven y dejó el teléfono boca abajo. Cuando ella se fue, Cooper volvió a una imagen anterior en busca del extracto de sus registros navales. Seguro que el gobierno tendría su identificación legítima.

Pero era solo otro nombre que no reconocía.

Jarrod Lovell. Suboficial mayor de la Armada estadounidense.

No le decía nada. Él era Cooper Fox. Ayudaba con los Gainesville Tigers. Amaba a Mary Doyle. No era un suboficial de la Armada de los Estados Unidos. Ni un escritor financiero alemán. Ni un ingeniero de minas australiano. Ni un consultor de seguridad de Microsoft. Ni un auditor forense de HSBC.

Era solo... Cooper.

Y Cooper empezaba a desesperarse mientras rebuscaba en aquella pila de papeles de varios centímetros de grosor algo a lo que agarrarse para entender, aunque fuera mínimamente, qué demonios estaba pasando.

Por fin lo encontró, justo cuando estaba a punto de rendirse y volver a Hampstead Mews para vigilar el apartamento de Ted Sorensen. Con una pistola en la nuca, quizá Ted encontrara la motivación para ayudar a Cooper a entender.

Esperaba la cuenta mientras seguía pasando fotografías. Una mostraba un apartamento con una dirección en DC. Su domicilio, según una nota adhesiva.

—Aquí tiene —dijo la camarera—. La caja está a su izquierda, a la salida. Gracias por cenar en Massoud's.

—Gracias —dijo Cooper distraídamente—. Su propina está aquí.

Señaló un billete de cinco dólares sujeto por el salero.

—Ah, gracias —dijo la joven. La incertidumbre en su voz hizo que Cooper levantara la vista.

Esbozó rápidamente una sonrisa forzada.

—Lo siento —dijo Cooper, negando con la cabeza—.

Qué maleducado por mi parte. Tengo la cabeza en otra parte.

Ha sido un día duro en el trabajo, y aún no ha terminado.

—Guardó el teléfono—. Trabajé en un bar —explicó—.

Y a veces, ya sabes, el personal no siempre se quedaba con la propina.

Así que siempre la dejo aparte para que el camarero la coja directamente.

Otra mentira. Que él supiera, nunca había trabajado de camarero. Pero el engaño le salía fácil, de forma natural, y eso también estaba cambiando.

—Oh, no pasa nada —dijo la mujer con una sonrisa comprensiva—. Aquí son muy buenos. Massoud es un buen jefe.

—Bueno, la comida es excelente —dijo Cooper—. Seguro que vuelvo.

Ella sonrió ampliamente y negó con la cabeza de forma exagerada.

—Nada te lo impide. De hecho...

La joven miró por encima del hombro, comprobó que no había moros en la costa y escribió algo rápidamente en su bloc de pedidos. Arrancó el trozo de papel y se lo pasó.

—Si quieres volver sobre las diez y media... Es cuando salgo. Suelo ir a tomar algo aquí al lado, en Marty's.

Le guiñó un ojo y se alejó con una pirueta.

Cooper se la quedó mirando un segundo entero, con la mente en blanco.

¿Por qué él...?

Y entonces cayó en la cuenta y se ruborizó. Agarró la bolsa de deporte de debajo de la silla, se levantó y se abrió paso entre las mesas hacia la caja, esforzándose por no cruzar la mirada con la atractiva joven que acababa de darle su número de teléfono.

Pero esa era solo parte de la razón por la que se ruborizaba.

Sobre todo, era porque acababa de darse cuenta de que había preparado todo aquel encuentro sin siquiera pensarlo. Había dejado los cinco dólares como cebo, y ella había picado.

¿Qué demonios diría Mary?

La camarera sí lo alcanzó de camino a la salida, pero él se limitó a sonreír con evasivas y se apresuró hacia la calle.

Aquello nunca le había pasado, o al menos no que él recordara.

Lo suyo con Mary había sido un cortejo largo y lento del que ni siquiera se había percatado hasta que ya era un hecho.

Lo más probable, pensó mientras rememoraba su inusual e inesperada relación, era que a ella le hubiera pasado lo mismo.

Se habían conocido en la consulta del doctor Schofield y se hicieron amigos. Y luego algo más que amigos.

Se arrebujó aún más en la chaqueta de esquí robada, notando el peso de la pistola de Sorenson en el bolsillo del pecho mientras agachaba la cabeza y se dirigía a paso rápido hacia una parada de taxis en el otro extremo de la manzana.

El apartamento, su antiguo apartamento, estaba en un edificio llamado Tor Millino, a poca distancia en taxi.

Podía permitirse gastar diez o quince dólares del dinero de Ted en un taxi, pero eso no era lo que le preocupaba en aquel momento.

Su mente estaba a cientos de kilómetros de allí, con Mary y los niños.

Siempre había pensado que Mary Doyle tenía un alma hermosa. Y además era guapa. Al menos para Cooper Fox. Hasta hacía poco, esa había sido una creencia simple, arraigada. Pero Mary también era...

Le costaba aceptar la verdad.

Ella no era...

Se detuvo en medio de la calle, casi provocando un encontronazo cuando un par de peatones tuvieron que esquivarlo a toda prisa.

—Joder, tío, mira por dónde vas, ¿quieres?

Cooper los ignoró. Había estado tan preocupado por cómo reaccionaría Mary a los profundos cambios que estaba experimentando que no se había parado a pensar en cómo esos cambios podrían afectar lo que él pensaba y sentía por ella.

Mary había sido su roca durante tanto tiempo.

Pero no había forma de evitarlo. Eran personas muy, muy diferentes.

Y cada vez más. Emocional, psicológica... intelectualmente.

Sintió que le ardían las mejillas de vergüenza en el aire frío de la noche.

¿Qué demonios importaba que ella no hubiera terminado los estudios?

¿Qué importaba que su programa de televisión favorito fuera el estúpido reality de las amas de casa de no sé dónde?

A Mary no le había importado cuando ella era infinitamente más inteligente y capaz que él.

Ella le había dicho que se había fijado en él y se había enamorado por su bondad, su honestidad y su carácter afable.

Cooper reanudó la marcha.

Lo que tenían era cosa de dos, ¿no? Él no era de los que abandonaban a una chica porque de repente pensaba que era... ¿qué? ¿Mejor que ella? ¿Más inteligente que ella?

Joder. Le daba asco de sí mismo solo por pensarlo.

Él no era esa clase de tío. Era su hombre, y ella era el único amor que había conocido.

Cooper llegó a la parada de taxis, cogió el primero y le dio la dirección al taxista.

Después se quedó callado. El conductor pilló la indirecta del pasajero ensimismado y casi mudo del asiento de atrás, y no dijo nada más tras confirmar el destino.

Subió el volumen de la radio. Una emisora de country.

Cooper aprovechó el breve trayecto para examinar sus sentimientos en lugar de seguir interrogándose sobre lo que pensaba que podría pasar entre Mary y él. Cuando apartó todo lo demás y se centró solo en lo que sentía, descubrió que nada había cambiado. Ella lo había salvado. La amaba.

Pero...

Pero ¿significaba eso que no le quedaría más remedio que alejarse de ella?

Sabía muy poco de su vida antes de Gainesville, pero nada de lo que había averiguado hasta entonces le hacía pensar que fuera el hombre adecuado para Mary o para sus hijos. Podría haber sido un criminal o un espía.

Bien podría ser que las únicas relaciones humanas de las que fuera capaz fueran encuentros rápidos y anónimos con...

¿Qué? ¿Camareras cualquiera?

—Eh, amigo, ¿es aquí donde querías ir?

El taxi se detuvo frente a una torre residencial de aspecto moderno.

Cooper salió de su ensimismamiento y miró por la ventanilla salpicada de lluvia hacia los pisos superiores. Era un edificio llamativo, como una pila de libros colocados descuidadamente uno encima de otro, cada planta un nuevo volumen, visiblemente desalineada con las de arriba y abajo.

—Supongo que sí —dijo.

Aquel diseño singular no le resultó familiar ni le hizo saltar ninguna alarma.

Pero era la dirección correcta. El expediente de Ted Sorenson así lo indicaba.

Cooper pagó la carrera y se bajó. El frío, cada vez más intenso, se le clavó en los huesos.