17 #2
La Suite Cinco estaría en algún lugar a la derecha, por donde había ido el Audi. Quizás incluso fuera Sorenson.
Esperaba que no. Cooper habría preferido encontrar el apartamento vacío. Se detuvo un momento.
¿Y si Ted estaba casado y su pareja estaba en casa? ¿Y si compartía el apartamento con un compañero de piso?
Cooper Fox se quedó plantado en la oscuridad helada, sin saber qué hacer en ese caso.
No había otra opción. Tenía que seguir adelante.
Hampshire Mews era una comunidad exclusiva y cara, una mezcla de casas adosadas, bloques de apartamentos y viviendas unifamiliares.
Los jardines estaban bien cuidados y los senderos bien iluminados.
Vio al menos tres cámaras de seguridad y supo que estaban grabando sus movimientos.
Pero probablemente no había ningún guardia que fuera a salir corriendo a investigar a un desconocido encapuchado que deambulaba por el complejo.
De ser así, ya habrían aparecido. Quizás lo estaban grabando y algún policía aburrido examinaría el vídeo en uno o dos días, buscando pistas sobre la identidad del hombre que había entrado en casa del señor Sorensen.
Cooper se caló un poco más la capucha de su sudadera polar y agachó la cabeza para ocultar el rostro.
Si aparecía un guardia de seguridad, tendría que lidiar con él.
Pero podría ser tan sencillo como entregarle la cartera de Ted y decirle que había venido a devolverla.
Una historia endeble, pero mejor que hacerle daño a alguien que solo estaba haciendo su trabajo.
Encontró la Suite Cinco y su aliento formó una nube blanca cuando resopló aliviado.
No había ningún coche en la plaza de aparcamiento de delante ni luces encendidas dentro.
Caminó directamente hacia la puerta con la cartera de Ted en la mano.
Veía una pequeña luz roja bajo el pomo. Pasó la cartera sobre el sensor.
Nada.
Lo intentó de nuevo.
Nada.
El corazón empezó a latirle más deprisa. Abrió la cartera, sacó la tarjeta de acceso y la pasó sobre el panel. La cerradura electrónica se desactivó y la luz roja se volvió azul.
Cooper Fox se deslizó dentro del apartamento.
Se puso los guantes de goma baratos que había comprado en el área de servicio, buscó a tientas un interruptor junto a la puerta y lo encontró.
Las tiras de LED se encendieron y Cooper se encontró al borde de un gran salón diáfano.
En cierto modo, era muy similar a la casita en la que vivía con Mary.
Un salón que se prolongaba hacia un comedor y luego la cocina.
Pero el apartamento de Ted Sorensen era mucho más lujoso que su modesta casita.
No había juguetes de niños esparcidos por el suelo.
No había ropa esperando a ser planchada, colgada del respaldo de las sillas o apilada sobre la mesa del comedor.
Ted tenía bonitas fotografías en blanco y negro colgadas en la pared.
Parecían mujeres desnudas, pensó Cooper.
Aunque era difícil saberlo. Eran sobre todo luz y sombra.
Un televisor carísimo parecía flotar a unos centímetros de la pared.
Frente a él había un único sillón reclinable de cuero y acero inoxidable.
Cuatro sillas rodeaban la pequeña mesa donde Cooper imaginaba que Ted comía, pero no había indicios de que nadie hubiera cocinado jamás en aquella cocina.
Estaba impecable. No había rebanadas de pan duro asomando de bolsas que alguien había olvidado cerrar.
No había fruteros con los plátanos ennegreciéndose.
No había tazas de café sin fregar en el fregadero.
Como no había nada de interés en aquella zona del apartamento, Cooper atravesó la cocina hacia un pasillo que llevaba a varias habitaciones en la parte de atrás.
Fue encendiendo las luces a su paso. No le preocupaba que Ted llegara a casa y lo encontrara allí.
De hecho, tenía muchas ganas de hablar con Ted Sorenson.
La primera habitación a la izquierda era un pequeño lavadero. Enfrente, un baño con la puerta abierta.
La siguiente habitación era claramente el dormitorio principal.
Aquí había más señales de vida que en el resto del apartamento.
La cama estaba hecha, pero no con la pulcritud militar del salón.
Una puerta del armario estaba abierta. Dentro se veían un par de chaquetas de traje colgadas.
Registró la pequeña mesita de noche y encontró un par de cientos de dólares en efectivo, que se guardó en el bolsillo, pero no había nada más útil ni interesante.
Cooper se apartó del dormitorio para comenzar su búsqueda en la habitación del otro lado del pasillo. Cabría esperar que se usara como dormitorio infantil, pero Ted la había convertido en una oficina. Un iMac y una impresora láser ocupaban el centro de un escritorio con tablero de cristal.
El ordenador se parecía al que había detrás del escritorio de la chica guapa en la consulta de Ludgrove.
Pulsó la barra espaciadora del teclado y la pantalla cobró vida, pero solo para pedir una contraseña.
No se molestó más con el ordenador. No tenía sentido.
Un archivador ofrecía mejores posibilidades de éxito.
Estaba cerrado con llave, pero la gente era perezosa y solía esconder las llaves de esas cosas cerca, normalmente en algún lugar accesible.
Cooper examinó la habitación. No había ningún lugar estúpidamente obvio donde buscar, como una bandeja de escritorio. Pero había lugares menos obvios que le llamaron la atención. Apartó el archivador de la pared.
No había llaves pegadas en la parte trasera.
Dio la vuelta a la cara silla de oficina y examinó todas las superficies ocultas, especialmente bajo el borde del asiento, donde las manos de un hombre descansarían de forma natural.
Nada.
Sin desanimarse, pasó las manos por las patas del escritorio con tablero de cristal. Puso boca abajo la papelera vacía, inspeccionó cada centímetro de cada estantería y se reprendió por no haber pensado antes en revisar la parte inferior del teclado, cuando encendió el ordenador.
Todavía nada.
Estaba mirando la habitación como un extraño, un intruso.
Necesitaba verla desde un ángulo diferente.
Se puso de rodillas y luego se tumbó boca arriba.
No se apresuró. Dejó que sus ojos recorrieran cada superficie que el cambio de perspectiva le había revelado, dividiendo metódicamente la habitación en cuadrantes una y otra vez.