15
Los niños estaban ahítos de hamburguesas y medio dormidos cuando Cooper empezó a preparar una bolsa de viaje para ellos. Con tres días bastaría, calculó.
Esa decisión no tenía ninguna lógica detrás.
Ninguna. Algo dentro de él simplemente lo había decidido así.
Alguna parte de él, enterrada desde hacía mucho tiempo, que aún no comprendía.
Cooper cogió ropa y un par de peluches para meterlos en una bolsa de deporte de los Gainesville Tigers.
Oía a Mary sacando comida para el viaje de los armarios de la cocina.
Cosas que podrían calentar en la habitación de un motel si hacía falta.
Matty lo observaba con los párpados caídos. Jess intentaba mantenerse despierta. Incluso preguntó adónde iban, pero el largo día de colegio y toda la comida especial le pasaron factura, y se quedó dormida.
—¿Qué está pasando? —preguntó Matty cuando Cooper sacó una de sus zapatillas de correr de debajo de la cama.
—Vamos a vivir una aventura.
El niño bostezó.
—¿Adónde? —preguntó.
—Si lo supiera, no sería una aventura —dijo Cooper—. Nunca sabes realmente adónde te llevarán.
—Supongo que no —concedió Matthew, aunque con dudas evidentes. Se incorporó en la cama—. ¿Estás bien, Cooper? Mamá dice que te equivocaste con las medicinas.
Cooper dejó de buscar la segunda zapatilla. Sonrió al mayor de los dos hijos de Mary.
—Algunos dirían que las medicinas se equivocaron conmigo, Matty.
—¿Qué? —dijo Matty, sacudiendo la cabeza e intentando despertarse del todo—. ¿Qué quieres decir?
Cooper tuvo que recordarse que esos niños estarían acostumbrados a tratar con una versión mucho más simple del Sujeto Fox.
Tendrían que acostumbrarse a un nuevo modelo, pero también estaban a punto de vivir mucho desorden y caos, y posiblemente un peligro real, y no ayudaría nada que además tuvieran que lidiar con un cambio repentino y drástico en su personalidad.
—Sí. Me equivoqué con las medicinas —dijo, hablando más despacio—. Pero está bien, Matty. Puedo dejar de tomarlas ahora.
—Ah, vale —dijo Matty. Se volvió a tumbar.
—Oye. No te duermas —dijo Cooper—. Tenemos que irnos pronto.
—Pero... el autobús no viene hasta mañana —dijo Matty, ya adormiládose.
Cooper estaba dudando entre despertarlos a los dos o terminar de hacer el equipaje y meter a un par de niños dormidos en el Volvo robado, cuando oyó un vehículo pararse fuera.
Dejó caer la bolsa de deporte, se apresuró hacia la ventana y apartó la cortina.
Reconoció de inmediato la camioneta del entrenador Buchner.
El entrenador apagó el motor y bajó por la puerta del conductor.
El doctor Mike bajó por el otro lado.
Cooper cerró los ojos un momento y sacudió la cabeza para despejarla de todos los pensamientos y sentimientos que chocaban allí dentro.
Ese no era el doctor Mike, su médico amable.
Era el doctor Schofield, que había trabajado con Ludgrove, que estaba llevando a cabo algún experimento para Dios sabe quién.
Literalmente estaban manipulando las mentes de la gente.
Los dos hombres hablaron brevemente antes de atravesar la pequeña verja de madera al final del camino que daba a la calle.
Lo primero que pensó Cooper fue «armas».
Lo segundo, que había dejado la pistola de Ted y la MP9 de la recepcionista debajo del asiento del Volvo.
No había querido asustar a Mary al llegar a casa, y desde luego no quería que ninguno de los niños cogiera un arma de fuego cargada.
Schofield y Buchner recorrieron el corto sendero y llamaron a la puerta principal.
Cooper pensó en salir por una ventana lateral de la casa y recuperar las armas del SUV, pero el vehículo estaba cerrado con llave, y las llaves estaban sobre la encimera de la cocina.
No tenía tiempo. Mary ya estaba en la puerta.
Oyó el pestillo y el murmullo de las voces de los hombres.
Oyó la incertidumbre y el inconfundible matiz de miedo en la voz de Mary.
Matty empezó a incorporarse en la cama mientras bostezaba y miraba alrededor.
—¿Quién es? ¿Visitas?
—Puede ser. Quédate aquí —dijo Cooper.
Para su asombro, el niño hizo lo que le decían.
—¡Eh, Coop! Cooper Fox, ¿estás aquí? —gritó el entrenador Buchner.
Oyó a Mary intentando discutir con ellos, pero no pudo distinguir lo que decía, solo un pánico creciente en su voz.
No podía quedarse en la habitación de los niños, y no podía llegar a las armas.
Estaba seguro de que Schofield tenía que estar involucrado en el plan de Ludgrove, fuera lo que fuese, pero no estaba seguro respecto al entrenador.
No veía otra salida que seguir adelante.
Respiró hondo, se centró y compuso en su rostro una sonrisa inofensiva, casi vacía.
Salió arrastrando los pies de la habitación.
El doctor Schofield y el entrenador Buchner estaban de pie justo dentro de la puerta principal, con Mary intentando bloquearles el paso.
Todos se volvieron hacia él cuando salió del corto pasillo que conducía a los dormitorios en la parte trasera de la casa.
Mary había encendido la luz principal del salón y el tubo fluorescente de la cocina.
Tenía la televisión encendida y sintonizada en uno de esos programas de Real Housewives que tanto le gustaban.
Lo había estado escuchando con el volumen muy bajo mientras reunía provisiones para el viaje por carretera.
—Ahí está —sonrió el entrenador Buchner—. Ahí está nuestro chico. ¿Cómo te encuentras, Coop?
—Fui en un coche hoy —dijo—. Y vi a tu amigo que es doctor.
Vio la confusión reflejada claramente en los rostros de ambos hombres. Y cautela.
El doctor Schofield miraba fijamente a Cooper, con una sonrisa nerviosa. La expresión del entrenador Buchner era más dura. Más escéptica. Tenía la sonrisa congelada en el rostro. No había alegría detrás de ella.
—Cooper, intenté llamar al doctor Ludgrove para ver cómo había ido tu cita —dijo Schofield—. Pero no pude comunicarme. Y tampoco pude localizar a los conductores que te llevaron allí.
—Su coche está aquí, ¿verdad, Cooper? —dijo el entrenador Buchner—. ¿Te trajeron a casa? ¿Están aquí ahora?
Cooper mantuvo su expresión vacía y feliz mientras asentía.
—Ted está en nuestro baño —dijo. Se rio entre dientes—. Se bebió un cubo entero de Coca-Cola y tenía que hacer pipí.
Schofield sacudió la cabeza, desconcertado.
—¿Qué?
—¿Ted está aquí? —dijo el entrenador Buchner.
—Haciendo un pis enorme —susurró Cooper como si fuera el secreto más escandaloso que hubiera oído en su vida.
Buchner se adentró en el salón, apartando a Mary como si no existiera. Llamó:
—¿Estás ahí, Ted?
—Entrenador, por favor —suplicó Mary—. Va a despertar a los niños. Han tenido una semana muy dura y acabo de dormirlos.
Cooper sintió una cálida oleada de orgullo en el pecho.
Mary le estaba siguiendo el juego, fingiendo que todo era normal.
Veía que estaba desestabilizando a Schofield, que no dejaba de mirar a Buchner con un montón de preguntas sin formular en los ojos.
Por desgracia, el entrenador Buchner no se dejaba engañar tan fácilmente.
—Eh, Ted —volvió a llamar, más alto esta vez.
Nadie respondió, por supuesto. Buchner miró a Cooper y arqueó una ceja.
—Se acabó el juego, amigo.
Buchner se llevó la mano a la espalda y sacó una pistola. No era un arma de gran calibre, pero bastaba. Debía de llevarla metida en la cinturilla del pantalón de chándal, pensó Cooper.
—Es hora de que tomes tu medicina, Cooper.
—¡Entrenador, no! —jadeó Mary. Dio un paso hacia él y levantó las manos como para impedir que el hombre, mucho más grande y fuerte, fuera más lejos. Buchner le cruzó la cara con la pistola sin inmutarse. Mary gritó de dolor y cayó al suelo con un golpe seco. El doctor Schofield soltó una palabrota.
—¿Por qué coño has hecho eso, Ray?
Sucedió tan rápido, tan inesperadamente, pero a Cooper le pareció que duraba una eternidad: de repente estaba de vuelta en ese extraño espacio liminal entre el tiempo real y la velocidad imposible de sus pensamientos.
La sonrisa amable de Cooper Fox desapareció.
En respuesta, una sonrisa casi lobuna asomó en el rostro de Buchner.
—Ahí está —dijo Buchner—. Ahí está mi chico. Doc, ponle la inyección. Yo te cubro.
El entrenador Buchner levantó el arma, que esa parte distante y ajena de Cooper Fox reconoció como una Ruger LCP. Armazón de polímero. Cargador de seis balas. Cartuchos del .380 sin pestaña.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó Cooper con tono lastimero—. ¿Por qué has pegado a Mary, entrenador?
Apenas tuvo que fingir para dejar que la angustia aflorara en su voz. Mary estaba consciente. Buchner no la había dejado inconsciente. Pero estaba acurrucada en posición fetal, llorando y sujetándose la cara.
Cooper mantuvo el rostro inexpresivo salvo por los tenues espectros de confusión y angustia que dejó aflorar. Era como si no solo pudiera imaginar la conmoción y el ultraje de Mary, sino sentirlos en sus propias terminaciones nerviosas.
—Siéntate ahora mismo, Cooper —dijo el entrenador Buchner—, y deja que el doc te ponga la inyección. O él te la pone, o ella recibe un disparo.
Apuntó el arma hacia Mary.
Un agua helada le llenó el estómago a Cooper Fox y todos los canales que recorrían su cuerpo.
En el frío de aquel distanciamiento inquietante, percibía lo real como hiperreal y todos los caminos potenciales que se ramificaban desde ese momento como otras realidades en competencia que podía materializar con un simple acto de elección.
En la mayoría de esas realidades, Mary moría.
Pero no en todas.
El doctor Schofield avanzó arrastrando los pies, vaciló, dio un paso atrás y se detuvo.
—No sé si esto está bien, Ray —dijo—. No sé si la información que tenemos es buena. Parece que ya le han dado algo, y si le pongo esto...
Levantó una jeringuilla con punta naranja.
Igual que la que Cooper había apartado de una patada de la mano de Ludgrove.
Cooper se concentró en la aguja hipodérmica.
Su visión era tan aguda que podía ver una diminuta burbuja de aire adherida al lateral del fino tubo de plástico, entre las marcas negras de los mililitros.
—...podría sufrir una sobredosis o algo así —concluyó Schofield.
El entrenador Buchner se encogió de hombros.