15 #2
—¿Y qué? ¿Quedaría aún más atontado esta vez? Supongo que tendríamos que olvidarnos del campeonato del año que viene si no puede echar una mano en el gimnasio, pero puedo vivir con eso, doc. A mí me siguen pagando. Ponle la inyección.
El doctor Schofield no se movió.
—Esta no es tu investigación, Ray —dijo. Casi estaba gimoteando—. Tú solo te encargas de la seguridad y la vigilancia.
El entrenador Buchner resopló.
—Sí, y yo no soy el que la ha cagado, ¿verdad? Esos fuisteis vosotros, los cerebritos. Ponle la maldita inyección. Es peligroso.
—Pero si nos hemos equivocado, estaremos echando a perder cientos de millones de dólares en investigación. Y a mí es a quien culparán, Ray.
El entrenador Buchner mantuvo el arma apuntando a Cooper, pero volvió los ojos hacia el doctor.
—Schofield, o le pones la inyección tú, o se la pongo yo. Y no va a mejorar si soy yo. Hazlo ya.
El doctor Schofield avanzó arrastrando los pies.
—Cooper, ¿qué pasó hoy? —preguntó. Parecía realmente alterado.
El entrenador Buchner cambió ligeramente de posición para mantener a ambos dentro de su arco de tiro.
Cooper era intensamente consciente de todo, como si los filtros que normalmente llevaba en los cinco sentidos le hubieran sido arrancados, dejando que el mundo entrara a raudales como el agua de una manguera de bomberos.
Y sin embargo, al mismo tiempo, era capaz de separar los detalles críticos que podrían marcar la diferencia.
Cómo crujía la rodilla izquierda del entrenador Buchner y cómo la zapatilla se desplazaba ligerísimamente para aliviar la presión sobre una vieja herida.
El pulso desbocado en el cuello del doctor Schofield, que latía a 147 pulsaciones por minuto y le hacía temblar la mano, mientras la sangre huía de las extremidades hacia los grandes grupos musculares, preparándolo para la huida o la lucha.
Cómo los gemidos y sollozos ocasionales de Mary atraían involuntariamente la atención del entrenador Buchner.
—Solo me subí a un coche, eso es todo —le dijo Cooper al doctor Schofield, dejando que la angustia que sentía por haber puesto en peligro a Mary le tensara la voz—. Y Ted tenía la Coca-Cola grande.
Schofield destapó la jeringa, pero miró a Buchner con ojos suplicantes. El otro hombre hizo una mueca de desprecio y negó con la cabeza.
—Hazlo de una vez, Copito de Nieve.
—Pero no me gustan las agujas —gimoteó Cooper—. Duelen. Siempre duelen.
Retrocedió un paso.
El entrenador Buchner apuntó el arma hacia Mary.
—Sé lo que estás haciendo, colega —dijo—. Déjate de gilipolleces y tómate tu puta medicina o, que Dios me ayude, le meteré una bala a esta zorra estúpida y a sus mocosos antes de meterte una en el cerebro. Me importa una mierda cuánto dinero hayan gastado esos capullos de Helix en él.
Sin dejar de interpretar su papel, Cooper gimió:
—No, entrenador. Noooo…
—Está bien, Cooper. No vas a recordar nada de esto —dijo el doctor Schofield. Fulminó con la mirada al entrenador Buchner—. ¿Y estás sugiriendo que sometamos también a la señorita Doyle al tratamiento? Porque ahora es testigo de todo esto.
—Como si me importara una mierda —dijo el entrenador Buchner con frialdad—. Total, nadie va a notar que esa zorra estúpida se vuelva aún más estúpida.
Cooper avanzó unos pasos hacia Mary arrastrando los pies, obligando al doctor Schofield a girarse ligeramente para seguirlo.
El entrenador Buchner se dio cuenta del peligro, pero ya era demasiado tarde.
—Eh, doc —dijo—. Cuidado con…
Cooper se lanzó al ataque.
Lanzó una patada frontal al abdomen del doctor Schofield, que le vació los pulmones y lo hizo retroceder contra el entrenador Buchner.
El entrenador de los Gainesville Tigers logró disparar una vez, pero el tiro salió alto y desviado, abriendo un agujero inofensivo en el techo del salón.
Ambos hombres cayeron en una maraña de brazos y piernas, pero Buchner se llevó la peor parte del impacto: Schofield le cayó encima del pecho y le quebró la caja torácica.
Cooper oyó claramente el chasquido húmedo de tres costillas mientras acortaba la distancia con el entrenador a una velocidad animal.
Era un borrón líquido de color oscuro que cruzó la habitación como un rayo y pisoteó la mano con la que Buchner sujetaba el arma.
Más huesos rotos y un grito tembloroso de dolor del hombre mayor. Cooper apartó el arma de una patada.
No hubo ciencia ni arte en el asalto breve y brutal que siguió.
Lanzó cinco patadas al torso del doctor Schofield.
No apuntaba a órganos concretos buscando efectos específicos.
Simplemente descargó toda la fuerza que pudo sobre el cuerpo, lo más rápido posible.
Schofield gritó, lloró, gruñó, gimió y quedó inerte.
Debajo de él, el entrenador Buchner no se movía.
Cooper apartó al doctor Schofield de encima y vio por qué.
La jeringa colgaba del muslo del entrenador Buchner. Parecía que había recibido la dosis completa. Daba igual si lo que lo había dejado fuera de combate era la droga o el golpe de la cabeza contra el suelo. Ya no era una amenaza para nadie.
El corazón de Cooper latía despacio, y todo su cuerpo vibraba con una armonía placentera. Aquel extraño momento casi trascendental de experimentarlo todo con una claridad gélida se estaba desvaneciendo.
Era una sensación íntimamente familiar, aunque no reciente.
La pelea con los tres presos no había sido nada parecido, y sentía que aún estaba procesando todo lo ocurrido en la consulta del doctor Ludgrove.
Pero mientras se erguía sobre los cuerpos de los dos hombres que acababa de derrotar, Cooper Fox comprendió que ya había estado ahí antes. Muchas veces.
—¿Cooper? ¿Mamá?
Era Jessica. La niña estaba junto a la esquina de la isla que separaba la pequeña cocina de la sala de estar. Su hermano estaba a su lado, con un bate de béisbol en las manos. Ambos parecían aterrorizados, posiblemente por Cooper.
—¿Mamá está bien? —preguntó Jessica con un hilo de voz.
Cooper asintió y corrió junto a Mary.
—Está herida —dijo—. Pero creo que se pondrá bien.
Mary seguía hecha un ovillo. Temblaba y lloraba. En estado de shock, supuso Cooper. Intentó darle la vuelta con cuidado, pero ella se apartó. Solo cuando sus hijos corrieron hacia ella se relajó.
Cooper Fox se quedó atrás. Se sentía sucio e inútil.
¿Qué tenía que ofrecerle a esta familia aparte de caos y violencia?
Necesitaba alejarse de ellos por su propio bien.
Pero no podía abandonarlos sin más. El entrenador Buchner había amenazado directamente con matar a Mary y a los niños.
Y Cooper no dudaba de que quienquiera que fuese su jefe, el de ambos, no dudaría en hacer lo mismo.
Se quedó en un lugar desde el que podía vigilar a Schofield y Buchner, pero la mayor parte de su atención estaba puesta en Mary y sus hijos. Los dos niños estaban angustiados. Mary sollozaba y se sujetaba la cara, pero al mismo tiempo intentaba consolarlos.
Tenía la cuenca del ojo hinchada, y un moretón le oscurecía la carne donde Buchner la había golpeado con la pistola. Al verlo, Cooper sintió que una furia fría le recorría el cuerpo. Sintiéndose inútil y culpable, recuperó la pistola de Buchner de debajo del sofá, donde la había pateado.
Cooper le dio vueltas al arma entre las manos, sin dejar de prestar atención a los dos hombres que habían entrado a la fuerza en la casa. Era una Ruger subcompacta, tal como había pensado. Pero a la vez, no.
Había algo extraño en ella. Conocía esa arma, pero no exactamente así.
¿Era un modelo más nuevo?
¿Cuándo había empuñado otra, quizás una versión anterior?
Antes, pensó.
Antes del accidente. Antes de Mary. Antes de Gainesville. Antes de todo. Puso el seguro y se la guardó en el bolsillo trasero.
Mary estaba sentada, con un niño bajo cada brazo. Aún sollozaba, pero los temblores que le sacudían el cuerpo habían remitido.
—Cooper —dijo en voz baja, haciéndole señas para que se acercara.
Él se acercó y se arrodilló. La besó en la coronilla, le pasó un brazo por el hombro y los atrajo a los tres en un abrazo suave. En todo momento, mantuvo la vista fija en Schofield y Buchner.
—¿Qué está pasando? —dijo Mary—. ¿Qué le ha dado a todo el mundo?
—No lo sé, cariño —dijo Cooper—. Pero no podemos quedarnos aquí. No sé por qué el entrenador hizo eso. Tampoco sé qué pretendía el doctor Schofield, pero lo que sí sé es que tenemos que salir de aquí ahora mismo. Se acabó la charla. Termina de hacer las maletas. Yo me encargo de estos tipos.
Mary se aferró a él de repente y lo abrazó con fuerza.
—Cooper, no. No puedes matarlos.
Estaba a punto de negar que esa fuera su intención, pero entonces se dio cuenta, con algo parecido al horror, de que Mary le había leído el pensamiento a la perfección. Iba a hacer precisamente eso después de sacarles toda la información que pudiera.
Sintió náuseas.
¿Qué demonios era él?
No era una pregunta que pudiera responder todavía. Quizá nunca pudiera. Pero sí sabía que al menos podía proteger a su familia.
—Termina de hacer las maletas —dijo—. Como si te fueras unos días. Nada más. Voy a atar a estos tipos. Tengo que hacerles unas preguntas. Pero no tardaré mucho. Haz las maletas y espérame en el coche. No toques las armas que hay debajo del asiento.
—Vale, de acuerdo —dijo Mary con cautela—. Pero date prisa, Cooper. Y... y no les hagas daño. Sé que hicieron algo malo. Pero siguen siendo el doctor Mike y... el entrenador.
—Te lo prometo —dijo Cooper.
Le dio otro abrazo.
—Venga, id.
Se pusieron de pie con las piernas temblorosas. Jess se pegó a su madre. Matty recogió su bate de béisbol del suelo. Parecía que quería golpear a alguien con él. Pero en vez de eso, siguió a Mary a la cocina.
Cooper agarró al doctor Schofield por el cuello de la camisa y lo apartó de Ray Buchner. Dejó caer al médico contra el borde del sofá, cogió un vaso de agua fría y se lo arrojó a la cara. El doctor tosió y volvió en sí entre balbuceos.
Cooper le apuntó con la pequeña Ruger.
—Dime lo que sabes —dijo.
El doctor Schofield hizo una mueca. Sacudió la cabeza. El movimiento le provocó un dolor evidente.