Agente durmiente 13 #2
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13 #2

Subió dos plantas y salió por una puerta automática.

Desde fuera, vio que el edificio donde había trabajado el doctor Ludgrove era un cubo de cristal azul de al menos cuatro pisos.

Debería haber habido un par de cientos de personas trabajando allí.

Había visto casi una docena de vehículos aparcados en el sótano.

Pero Kristin, la mujer de las gafas de sol, había hablado de coger un coche del parque móvil.

Así que tal vez esos coches no tenían conductores.

¿Acaso el doctor Ludgrove tenía el edificio para él solo?

Si Cooper no hubiera estado tan confundido y alterado por los extraños acontecimientos y la violencia de la mañana, quizá se habría quedado a investigar.

Pero todo era un caos. Tan diferente de la claridad de esos pocos momentos en que había luchado por su vida.

Ahora no conseguía ordenar sus pensamientos.

Y le llegaban desde todas direcciones. ¿Quién era él, en realidad?

Ludgrove había dicho que no era Cooper Fox.

Era el Sujeto Fox de la Cohorte Siete. Y había otros pacientes y otras cohortes que eran como él, pero diferentes.

¿Eran realmente como él? ¿Personas sin recuerdos?

Salió a la carretera que atravesaba el bosque y se alejó acelerando del misterio.

Diez minutos conduciendo a través de densos rodales de bosque antiguo, tupido de robles rojos y arces, álamos amarillos y hayas, lo llevaron a una carretera asfaltada de cuatro carriles.

Se detuvo en el cruce, sin saber qué dirección tomar.

Una parte de él, el misterio desconocido e innominado de quién había sido y de todo lo que había hecho antes del accidente, lo instaba a elegir una dirección, cualquiera, y conducir lo más rápido posible lejos de allí.

Cooper Fox, que amaba a Mary Doyle y que había ayudado a los Gainesville Tigers a conseguir su primer banderín en treinta y seis años, solo quería volver a casa. Necesitaba desesperadamente, urgentemente, volver con Mary y los niños, con la escuela y con todo lo que había hecho buena su vida.

Giró a la izquierda, hacia el sur. O al menos estaba bastante seguro de que era el sur por la posición del sol en el cielo.

Una vez más, no entendía cómo sabía algo así. Pero lo sabía.

Condujo hacia el sur, hacia Mary y su hogar.

Sentaba bien conducir, tener el control de algo.

Tenía tres cuartos de depósito y no necesitaba parar.

Pero sí se detuvo en una gasolinera Texaco media hora más adelante.

Entró en el área de servicio con la cartera de Ted y pagó en efectivo un móvil barato, unas barritas de proteínas y una botella de agua.

Se le erizó la piel en todo momento. Era consciente de cada objetivo de cada cámara de seguridad del lugar, pero no sabía muy bien por qué debería importarle.

Nada tenía sentido. Nada de nada. Descubrió que albergaba en su interior vastos acervos de información, casi inabarcables, pero desconocía el significado de esa información.

Las cámaras de seguridad del Texaco, por ejemplo, estaban fabricadas en China y solían sufrir quemaduras de imagen por el sol, deslumbramiento infrarrojo e interferencias por el cableado defectuoso.

Sin pensarlo, se colocó en el ángulo de una cámara que sabía estaría cegada por el sol de la tarde.

Pero ¿qué significaba que supiera hacer eso?

El pobre y confundido Cooper Fox, de Gainesville, Virginia, no tenía ni la más remota idea.

De vuelta en la autopista, encendió la radio y fue cambiando de emisora, temiendo oír noticias de un tiroteo en la consulta de un médico. Pero no había nada, solo la política de siempre, los deportes y los cotilleos sobre famosos.

Aun así, Cooper notaba que su cabeza se despejaba con cada kilómetro.

Era como si hubiera estado conduciendo entre densos bancos de niebla, avanzando a rastras, en realidad, porque no tenía ni idea de adónde iba.

Y ahora el sol había disipado la niebla y el mundo entero se extendía ante él, brillante, nítido y duro como un diamante.

Incluso veinticuatro horas habían supuesto una diferencia enorme.

Sentía que volvía a ser él mismo. Aunque no tenía ni idea de quién era ese.

Su capacidad cognitiva. El doctor Ludgrove había hablado de capacidad cognitiva y de cómo saltarse un par de días de medicación la había afectado gravemente.

Pero Cooper sentía que su inteligencia, su agudeza y la velocidad con la que podía procesar pensamientos e ideas complejas habían aumentado de forma significativa en el último día.

Recordaba lo milagroso que había sido ayer poder saber qué hora era o leer unas pocas palabras.

Podía mirar atrás y ver ahora que su «capacidad cognitiva» todavía había estado muy limitada.

Pero podía mirar aún más atrás y ver que, durante todo el tiempo que alcanzaba a recordar, desde el accidente, había estado funcionando casi como un idiota.

Odiaba esa palabra. Había habido gente que se había burlado de él y lo había llamado idiota. Pero admitía que no se habían equivocado. Habían sido crueles, poco cristianos, o como se quisiera decir. Pero en cuanto a los hechos, no se habían equivocado al llamar a Cooper Fox idiota.

Se le nubló la visión y oleadas de calor le recorrieron el cuerpo.

Se desvió al arcén. Le temblaban las manos y le costaba respirar.

Era un ataque de pánico. Entendía lo que eso significaba: el equivalente somático de las alucinaciones o flashbacks o lo que fueran que había experimentado en la ducha, cuando vio al aterrador hombre tuerto y a Mary, hecha pedazos.

Estaba respondiendo a un trauma. Cooper lo entendía, pero eso no ayudaba a aliviar la repentina oleada de terror vertiginoso.

Algo le había ocurrido. Algo vasto y misterioso. Llevaba ocurriéndole al menos tres años, y estaba ocurriendo en ese mismo instante, en el asiento del conductor del coche que había robado.

Quitó a duras penas el tapón de la botella de agua y dio un par de tragos largos y torpes.

El agua le chorreó por la barbilla y le mojó la sudadera.

Pero ayudó un poco. El corazón se le fue calmando, el pulso dejó de acelerársele, y las flores oscuras que habían estado floreciendo en el borde de su visión empezaron a desvanecerse.

Se quedó así, al borde de la carretera, durante un buen rato. Practicó sus ejercicios de respiración.

Cuando sintió que podía volver a conducir sin peligro, arrancó y retomó el camino a casa.

A casa.

Seguía sin saber qué haría cuando llegara, pero sabía que tenía que ver a Mary.