Agente durmiente 12 #2
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Sin embargo, el doctor Ludgrove, M.D., M.S., neuropsicólogo consultor, no era el problema inmediato. El problema principal de Cooper era... era... Buscó la palabra y la encontró.

Táctico. El problema de Cooper Fox era táctico.

Cuatro vectores de amenaza se abrían frente a él.

En orden descendente de peligro: Ted el conductor con su misteriosa pistola reglamentaria, el enfermero tatuado con el Taser de grado militar, el segundo técnico con las bridas de plástico, y el doctor Ludgrove con su jeringuilla cargada.

En cierto modo, la jeringuilla era el mayor peligro de todos, porque una vez que la aguja se deslizara en una vena, Cooper Fox sabía que nunca tendría otra oportunidad de liberarse de lo que fuera aquello.

Pero era una amenaza diferida. La pistola de Ted le apuntaba en ese mismo instante.

A una bala se podía sobrevivir. Comprendía de forma vaga que él ya lo había hecho.

Las cicatrices de su cuerpo no eran de un accidente de coche.

Eran de balas, bombas y cuchillos. Pero a la inyección de Ludgrove no habría forma de sobrevivir.

Un simple pinchazo lo destruiría tan completamente como una bala en el cerebro.

—Pon las manos detrás de la cabeza, entrelaza los dedos y ponte de rodillas —dijo el conductor.

Cooper Fox asintió. No porque tuviera intención de obedecer, sino porque Ted acababa de confirmarse como la amenaza más inmediata de la habitación.

Cooper ya tenía las manos levantadas. Comenzó a moverlas lentamente hacia la nuca, avanzando mientras doblaba las rodillas y bajaba las caderas como si fuera a cumplir la orden de Ted. Eso lo acercó un poco más al hombre del Taser.

—¡Tú! Espósalo —ladró Ted.

El señor Bridas dio un paso vacilante hacia delante. Su amigo, el tipo del Taser, también avanzó un poco para mantener el arma apuntada hacia Cooper.

—Quítate de en medio, jodido idiota —gruñó Ted.

Sonaba casi tan enfadado y asustado como el señor Bridas.

Cooper estaba ahora con una rodilla en el suelo. Pero no bajó la otra, sino que permaneció agachado en una postura que recordaba la de un velocista colocándose en los tacos de salida.

—Baja de una puta vez, las dos rodillas —ordenó Ted, gesticulando con la pistola.

El ligero movimiento del cañón alejándose del centro de masa de Cooper fue la única oportunidad que iba a tener.

Mientras el técnico avanzaba hacia él con las bridas de plástico, interponiéndose casi pero no del todo entre Ted y Cooper, Cooper gritó de repente con todas sus fuerzas.

No gritó ninguna palabra concreta. Fue más bien un único rugido feroz y cortante.

Un grito de guerra. Un kiai, supo una parte de él, mientras la energía del grito y la detonación repentina de billones de chispas sinápticas lo impulsaban hacia delante a una velocidad inhumana.

El mismo espejismo ondulante que había abrumado a Joe Don Porter y a sus cómplices estalló contra los cuatro hombres que tenía delante.

Su única reacción fue... algo así como... estremecerse. Y dudar.

Cooper salió disparado de su posición de velocista, pasando junto al señor Bridas y agachándose para clavar el hombro en las rodillas del tipo del Taser.

Oyó un grito y el terrible crujido desgarrador de huesos separándose mientras se estrellaba contra la parte baja de las piernas del hombre, destrozándole las articulaciones de las rodillas.

Todo era rápido pero lento.

Un disparo resonó, pero no con el chasquido agudo y seco de un proyectil supersónico.

En su estado hiperacelerado, Cooper oyó el rugido del arma de Ted como un trueno grave y prolongado que parecía no terminar nunca.

El cristal se hizo añicos a cámara lenta, el sonido irregular se alargó en un chirrido atonal.

Los hombres soltaban maldiciones sin sentido mientras Cooper navegaba por extraños y repentinos canales de velocidad amplificada.

En algún lugar, un carrito lleno de pequeños frascos de cristal y equipo médico volcó y se estrelló contra el suelo de la sala de imagen.

Cooper siguió moviéndose, aun cuando el tipo del Taser caía hacia atrás y se golpeaba la cabeza contra el borde sólido e inamovible de la camilla del escáner. Las placas de su cráneo se separaron con un terrible crujido.

Otro disparo. Un grito ahogado.

Pero Cooper estaba donde necesitaba estar.

Por algún truco de magia, ahora se encontraba detrás del tipo del Taser, en el suelo, usándolo como escudo humano, con un brazo apretado en torno a su garganta; la repentina ausencia del pulso carotídeo contra el filo de su antebrazo confirmaba la muerte del hombre.

Cooper agarró la muñeca del hombre muerto, su mano, el arma que llevaba.

Cooper giró al hombre muerto y el Taser en un arco corto, apuntó a Ted y le metió el dedo en el guardamonte.

Dos puntas plateadas salieron disparadas a través de la habitación, arrastrando pequeños bucles de fino cable de cobre.

Cooper pudo ver el arco de su vuelo trazado en líneas de posibilidad mucho antes de que los dardos se clavaran en la carne.

Parecía existir en una nube de acciones y resultados potenciales, que percibía todos a la vez hasta que algo sucedía para transformar el mundo de probabilidades en realidad.

Algo como el Taser que ahora sostenía, descargando toda su carga en el centro de masa de Ted, el conductor, que cayó en un espasmo convulso y espumeante de colapso neuromuscular.

Su arma cayó al suelo, pero Cooper no se abalanzó sobre ella.

Giró para enfrentarse al señor Bridas, el siguiente problema táctico apremiante que tenía que resolver.

Pero Ted ya lo había resuelto por él.

El señor Bridas estaba encogido sobre sí mismo, agarrándose el disparo en el abdomen, desangrándose junto al escáner gigante con forma de rosquilla.

Buen trabajo, Ted.

Aquella extraña compresión y estiramiento simultáneos del tiempo cesaron de golpe, como si alguien hubiera accionado un interruptor en su cerebro.

Cooper giró un cuarto de vuelta para situar al doctor Ludgrove dentro de su arco de combate.

Ludgrove estaba en estado de shock.

Tenía los ojos muy abiertos, las pupilas pequeñas, la boca abierta como un pez dorado sacado de golpe de su pecera. Sostenía la jeringuilla frente a él como un talismán.

El pie izquierdo de Cooper se alzó como un borrón; la patada de media luna, ejecutada con precisión, golpeó el antebrazo de Ludgrove, le rompió los huesos largos y lanzó la jeringuilla volando a través de la habitación.

El doctor cayó de rodillas con un grito de dolor, agarrándose el antebrazo destrozado.

Solo entonces Cooper Fox recogió la Glock 47 de Ted.

Examinó rápidamente el arma. No tenía ninguna marca identificativa. Las armas asignadas a U.S. Customs and Border Protection llevaban grabadas las letras «DHS CBP». El Servicio Secreto marcaba las armas de sus agentes con «USSS».

«¿Dónde habría conseguido Ted su arma?», se preguntó Cooper. Las 47, de algún modo lo sabía, no estaban disponibles para el público, pero el arma de Ted tampoco era de dotación oficial.

No podía preguntárselo al propio hombre. Se había desmayado en un charco de orina. Los técnicos, calculó, estaban muertos los dos.

Cooper apuntó con el arma a Ludgrove.

—Solo unas preguntas, doctor —dijo—. Y esto es muy importante. Debe responder con sinceridad. ¿Quién soy yo? ¿Y por qué sé que este modelo de pistola se fabrica exclusivamente para un reducido número de agencias gubernamentales de Estados Unidos?