Agente durmiente 12
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Cooper Fox llevaba mucho tiempo temiendo todo tipo de cosas.

Algunos de sus miedos eran simples. Los osos, por ejemplo.

Osos que salían del bosque cuando él no estaba cerca para ahuyentarlos.

Otros miedos eran más abstractos. Tenía miedo de perder a Mary.

O de que algo malo les pasara a ella y a los niños.

Le daban miedo las sombras y la oscuridad nocturna.

Por eso tenían el radiodespertador con los grandes números y letras de color rojo cereza en la mesita de noche de casa.

Llenaba la habitación con un suave resplandor carmesí por la noche, lo cual le resultaba muy reconfortante.

Había tenido miedo de subirse a coches y autobuses, pero eso parecía haber pasado.

Nunca se había considerado especialmente miedoso con los ruidos fuertes, no más que cualquier otro.

Un ruido fuerte repentino podía asustar al hombre más valiente.

Hasta el entrenador Buchner daría un salto si te acercabas sigilosamente por detrás y dabas una palmada justo al lado de su oreja.

Cooper había estado muy preocupado por el ruido que haría el gran donut, y aún más preocupado de que fuera tan fuerte y tan aterrador que intentaría escapar del largo y estrecho agujero del donut.

Se golpearía la cabeza y entraría en pánico, y todo saldría mal.

Apenas podía concentrarse en inspirar y espirar para controlar su miedo.

Y cuando el rugido, el ruido chirriante del donut mecánico gigante estalló a su alrededor, dio un pequeño salto.

Cualquiera lo habría hecho. Pero le sorprendió, e incluso le agradó un poco, lo rápido que se tranquilizó.

Los osos podían ser un problema, pero con los ruidos fuertes podía apañárselas.

El terrible estruendo continuó durante un minuto y medio. Contó los segundos. En cierto modo, ayudaba. Había sesenta segundos en un minuto: eso era algo que ahora sabía. Y contó noventa y tres segundos mientras la máquina del doctor Ludgrove rugía a su alrededor.

Y entonces se detuvo. Oyó abrirse una puerta y pasos sobre el suelo duro. Dos pares de manos lo agarraron de las piernas, justo por encima de los tobillos, y tiraron de él para sacarlo. No fueron nada delicados. Eran los enfermeros tatuados, o técnicos, o lo que fueran.

—Ya puedes vestirte —dijo uno de ellos, señalando el biombo que había usado antes.

Cooper no dijo nada. Cruzó el suelo frío con los pies descalzos y se metió detrás del biombo.

Se vistió lo más rápido que pudo. Cuando se hubo puesto los vaqueros, la camiseta y la sudadera con capucha, se calzó los calcetines y las botas.

Eran buenas botas. La gente del dinero del accidente se las había comprado, igual que compraban todo lo demás.

Por eso había venido hoy. No le gustaba el doctor Ludgrove y no confiaba en él.

No como en el doctor Mike. Y tampoco le gustaban Ted el conductor ni los enfermeros tatuados.

Pero aunque nunca los había conocido, los fideicomisarios del dinero del accidente siempre habían sido buenos con él, y querían que se hiciera los escáneres.

Mary siempre le decía lo afortunado que era de tener el dinero de su accidente y los fideicomisarios para gastarlo como era debido.

Fue algo terrible lo que les pasó a su familia y a él en aquel accidente de coche, decía ella.

Cooper ni siquiera tenía una tumba que pudiera visitar.

Su viejo era un tipo de la Armada, le dijeron los abogados que se ocupaban de todo.

Así que arrojaron las cenizas de su familia al mar frente a Norfolk.

Todas. Por lo de la Armada o algo así. Coop le dijo a Mary que no le importaba porque ni siquiera recordaba mucho de ellos.

Tenía fotos de su madre, de su padre y de su hermana, pero eran solo fotos.

Podría haber sido cualquiera. Mary pensaba en eso y también se echaba a llorar.

La vida era confusa y a menudo cruel, pensó Cooper mientras se abrochaba el cinturón.

Se alegraba de tener a la gente del dinero del accidente velando por él, pero si nunca hubiera tenido su accidente, no habría necesitado que nadie velara por él.

Pero entonces nunca habría conocido a Mary... Y...

Dejó de intentar pensar en ello. Se le daba mucho mejor pensar en las cosas que cuando tomaba sus pastillas, pero algunas cosas eran simplemente demasiado difíciles.

Sus pastillas.

Vaya.

Podía oír la voz del doctor Ludgrove en algún lugar de la habitación.

Murmuraba como si estuviera enfadado por algo.

Cooper sintió náuseas en el estómago. Le habían metido la linterna en la cabeza para buscar cosas.

Esperaba que no hubieran encontrado el lugar donde se suponía que debía estar su medicina para el cerebro, pero no estaba. Porque había dejado de tomarla.

Vaya.

Cooper se tomó un momento para calmarse.

El doctor Ludgrove le había dicho que estaban buscando lesiones o bultos o algo así.

Y si tenía algo de eso en la cabeza, sería mucho mejor encontrarlo.

Por eso la hija de la señora Washington estaba tan enferma.

No tenía dinero de accidente ni fideicomisarios.

Y no podían permitirse encontrar todos los bultos dentro de Sarah. Eso decía Mary.

—Cooper, ¿puedes venir aquí, por favor?

Era Ludgrove.

Vaya.

Cooper salió de detrás del biombo. Los cuatro hombres al otro lado de la habitación estaban de pie frente a él, en fila.

Los técnicos, el doctor Ludgrove y Ted el conductor.

Ludgrove sostenía un iPad, como el que usaba el entrenador para todas sus jugadas en los días de partido. Pero la atención de Cooper se centró en los técnicos.

Lo miraban con un odio frío en los ojos. Ni siquiera los tipos malos con los que había peleado en la fiesta lo habían mirado así. Uno de los técnicos sostenía unas complicadas tiras de plástico.

Bridas, pensó Cooper. Se llaman bridas.

Su amigo, el otro técnico, sostenía un tipo extraño de pistola. Era amarilla y negra.

Un táser, pensó Cooper. Tiene un táser.

El doctor frunció el ceño mirando el iPad. Ted el conductor se balanceaba ligeramente de un pie al otro. Parecía incluso menos contento que Ludgrove.

El doctor Ludgrove levantó la vista del iPad y negó con la cabeza.

—No has estado tomando tus medicamentos, Cooper.

—Sí que los he tomado —mintió Cooper, pero esta vez sintió que nadie le creía. No por cómo lo miraban todos.

Ludgrove levantó el iPad.

—No, Cooper, no los has tomado —dijo el doctor—. Puedo ver en los escáneres que apenas quedan cantidades residuales de medicación en tu córtex. Y ninguna en absoluto en tu cerebro posterior. Tengo curiosidad, Cooper. ¿Sabes qué es un córtex?

Cooper lo pensó, y mientras consideraba la pregunta, se dio cuenta de que sí, lo sabía.

—Sí —dijo, asintiendo lentamente. Fue una sorpresa tanto para él como para cualquier otra persona en aquella habitación fría y luminosa—. No es el cerebro. La gente piensa que lo es, pero no lo es.

Cooper dio un pequeño paso hacia la izquierda.

Ted y los dos enfermeros se movieron a izquierda y derecha. Ludgrove retrocedió medio paso.

—No es un órgano —explicó Cooper—. Es la capa más externa de un órgano como los riñones o los ovarios. O el cerebro, donde se llama corteza cerebral, o neocórtex.

—Joder —dijo uno de los enfermeros. El de las bridas—. ¿Qué coño está pasando aquí, doctor? Se supone que este tío es retrasado.

—Tu lenguaje no es apropiado —dijo el doctor Ludgrove.

—No, no lo es —añadió Cooper—. Esa es una palabra ofensiva, la palabra con R.

Al técnico parecía darle igual. Se le notaba enfadado y asustado.

—Joder, dale con el Taser, tío —le dijo a su amigo.

Cooper dedujo que si no le habían dado con el Taser ya, debía de haber una buena razón.

Seguramente algo relacionado con esos escáneres en el iPad de Ludgrove.

Dio otro paso a su izquierda, acercándose a un carrito lleno de frascos de pastillas, paquetes de jeringuillas y otro material médico.

El técnico con el Taser le apuntó al pecho.

—Quédate ahí mismo, imbécil —dijo entre dientes.

—Todo el mundo tiene que calmarse —dijo el doctor Ludgrove—. Nadie tiene por qué salir herido. Cooper simplemente olvidó tomarse la medicación, eso es todo.

El doctor metió la mano en el bolsillo superior de la bata y sacó una jeringuilla. No estaba en un envoltorio de plástico como las del carrito, pero sí tenía una tapa naranja brillante en la aguja.

—No se encuentra bien porque no tomó su medicina. Simplemente olvidó tomarla, ¿verdad, Cooper?

La voz de Ludgrove temblaba casi tanto como su mano.

Cooper Fox decidió que había llegado el momento de decir la verdad.

—No —dijo—. Decidí no tomarla. Y luego decidí mentir al respecto.

Ted metió la mano en la chaqueta y sacó una pistola.

Una de verdad, no un simple Taser. Cooper examinó el arma con la mirada.

Otra sorpresa. La reconoció. Una Glock 47.

Su atención pasó de la pistola a los ojos de Ted.

Ted no parecía un agente de Aduanas ni de la patrulla fronteriza.

Cooper dudaba que trabajara para el Servicio Secreto tampoco.

Se preguntó dónde habría conseguido Ted la pistola, y por qué él mismo sabía que solo los agentes en activo de esas agencias portaban esa arma en particular.

Apartó ese pensamiento de su mente.

Ahora podía hacerlo. Con cada minuto que pasaba, se sentía más dueño de sus pensamientos y sentimientos. Y de sus acciones. Los pensamientos, que antes le habían parecido lastres imposibles de mover, ahora revoloteaban por su cabeza como mariposas.

Sabía, sin necesidad de medir, que el hombre que le apuntaba con el Taser estaba a tres metros y medio.

Podía cubrir esa distancia mucho más rápido de lo que nadie imaginaría, pero no antes de que el tipo del Taser apretara el gatillo.

Y si lo hacía, el Taser le clavaría dos pequeños dardos metálicos y una carga eléctrica paralizante en el pecho.

Levantó las manos lentamente, como si se rindiera.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Cooper.

El doctor Ludgrove exhaló, aliviado.

—Ahora, Cooper —dijo—, vas a tomarte la medicina. De hecho, voy a ponerte una inyección de refuerzo. Te has saltado una dosis importante, y eso ha tenido efectos graves en tu capacidad cognitiva.

Cooper no dijo nada. Su capacidad cognitiva mejoraba a cada momento. No tenía ni idea de quiénes eran esas personas ni de qué le habían hecho. No del todo. No entendía sus motivaciones. Pero lo que sí sabía era que de ninguna manera iba a dejar que Ludgrove le clavara esa aguja.