Agente durmiente 11
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Lo llevaron hacia el norte, cruzando el viejo puente cubierto sobre Horsefall Creek, pasando la gran planta farmacéutica donde trabajaba mucha gente del pueblo, hasta salir a la carretera estatal en dirección a Richmond.

Le dijeron que el consultorio del doctor Ludgrove estaba a las afueras de Richmond, a una hora y media de camino.

Al principio, Cooper estaba muy nervioso.

El entrenador tenía razón. Nunca había viajado en el autobús escolar, y mucho menos en un coche.

O al menos no desde el accidente. En toda la vida que recordaba, había evitado subirse a cualquier vehículo.

Ahora que estaba sentado en el asiento trasero, que era muy cómodo, y que incluso estaban poniendo música que le gustaba, Cooper se preguntaba por qué había sido tan miedoso.

El coche era muy bonito y el conductor era bueno.

Cooper no sabía por qué pensaba eso, pero así era.

Había algo en la forma en que el hombre sujetaba el volante y manejaba todos los controles con naturalidad que le hacía sentirse mejor allí atrás.

Por otro lado, la mujer del asiento del copiloto no le hacía sentir nada bien.

No paraba de mirarlo por el espejo retrovisor.

Todavía llevaba puestas las gafas de sol, pero Cooper lo notaba.

Lo observaba fijamente desde detrás de los cristales oscuros, casi como si lo conociera pero no lograra recordar su nombre.

Pero ella había dicho «Hola, Coop», así que eso no podía ser.

Cerró los ojos para no verla mirándolo. Practicó el ejercicio de respiración que había aprendido con el doctor Mike. Le había ayudado a subirse al coche, así que tal vez también le ayudaría con la ansiedad de estar ahí con aquella mujer que no dejaba de observarlo.

Inhalar lentamente durante siete segundos.

Aguantar tres.

Exhalar durante ocho.

Solo contar los segundos ya era divertido, y respirar resultaba relajante. Le sirvió para calmar los nervios.

Le sirvió tan bien que Cooper se quedó dormido.

La larga carrera, el entrenamiento con pesas, la emoción y la confusión de los últimos días...

todo se acumuló y lo arrolló. El coche avanzaba veloz por la carretera estatal, y Cooper observaba los bosques pasar como un borrón verde, inhalando y exhalando, y cuando quiso darse cuenta, la mujer de las gafas de sol lo estaba despertando a golpecitos.

Vamos, dándole golpecitos literalmente con una revista enrollada.

Qué raro, pensó, mientras se despertaba aturdido y desorientado.

—Arriba, bello durmiente —dijo ella—. Recupera el alma y saca el trasero de la litera.

Cooper parpadeó y se frotó las legañas. Había estado profundamente dormido. La mujer se había apartado y seguía con la revista enrollada en la mano. Su compañero, el conductor, estaba a unos metros de ella, sujetando las llaves como si quisiera pinchar a alguien con ellas.

Qué gente más rara, pensó Cooper.

Pero eran de los fideicomisarios o del seguro o algo así, así que tenía que hacer lo que le decían.

Salió del todoterreno y miró alrededor. Estaba en un aparcamiento subterráneo.

Lo rodeaba hormigón gris y esa luz plana, blanquecina, de los tubos fluorescentes.

Había otros coches aparcados. No eran del tipo que se veía en Gainesville. Parecían muy relucientes y caros.

Cooper se desperezó, estirando la espalda y el cuello. Rotó los hombros. Los dos retrocedieron un paso.

—¿Algún problema, jefe? —preguntó el conductor.

Cooper se limitó a mirarlo.

—Me quedé dormido —dijo.

La mujer sonrió. De verdad, esta vez. Los labios se le curvaron y dejó ver los dientes.

—Sí, así es, hombrecito —dijo ella—. Vamos a ver al doctor, ¿te parece?

Señaló el camino con la revista enrollada, indicándole a Cooper que caminara hacia un ascensor en el otro extremo del aparcamiento.

Cooper echó a andar en esa dirección, y el hombre y la mujer se colocaron detrás de él tras cerrar las puertas del coche y bloquearlo con un pitido y un clic.

Cada uno se situó en una esquina opuesta del ascensor, detrás de Cooper, mientras subían los tres pisos hasta el consultorio del doctor Ludgrove. Cooper sabía que era allí adonde iban porque había una pequeña placa que lo indicaba junto al botón del número 3.

La placa decía: DR. FRANCIS LUDGROVE. M.D. M.S. A.P.A. MÉDICO CONSULTOR (NEUROPSICOLOGÍA).

También había otras placas con los nombres de otros doctores e incluso de algunos profesores. Cooper las leyó todas. Le gustaba leer.

Había una doctora Scuderi, un doctor Margolis, un profesor Schneider y…

El ascensor se detuvo con un timbre y las puertas se abrieron con un susurro.

El consultorio del doctor Ludgrove no se parecía en nada al del doctor Mike.

A Cooper ni siquiera le parecía un consultorio médico.

No había carteles de vacunas contra la gripe ni de pastillas para gente triste.

Ni niños con mocos ni ancianos en pequeños scooters.

Las ventanas iban del suelo al techo y daban a un bosque y un lago.

Las hojas del bosque eran todas doradas y rojas, y el sol otoñal centelleaba sobre las aguas azules del lago.

Era muy bonito ahí fuera, pensó Cooper, pero casi igual de bonito dentro.

El doctor Ludgrove tenía muchos cuadros en las paredes.

No eran cuadros de vacas ni de árboles ni de nada que pudieras reconocer.

Eran más bien manchas de color, pero a Cooper le parecían bonitos.

Mirarlos le hacía sentirse bien. En lugar de filas de asientos de plástico barato como en la consulta del doctor Mike, solo había dos sillones de cuero negro y una mesa de centro.

Y todo parecía muy caro. Mary habría tenido un ataque si hubiera tenido que traer a los niños aquí porque, seguro, Matty habría intentado usar uno de esos sillones como trampolín.

Eran tan grandes y parecían tan… mullidos.

Cooper vaciló en el umbral, pero dio un salto cuando la mujer le dio una palmadita en el trasero.

—La última milla siempre es la más difícil —dijo ella, lo cual era raro, porque por muy grandes que fueran las salas del doctor Ludgrove, no eran ni de lejos tan grandes como una milla entera.

Pero Cooper no quería que le volviera a tocar el trasero, así que se apresuró a entrar.

Una joven muy guapa sentada detrás de un escritorio se puso de pie y sonrió.

Había unas palabras en la parte delantera del escritorio, pero Cooper no las entendía.

TRIPLE HELIX, decían, en brillantes letras metálicas.

—Señor Fox —dijo la joven—. El doctor Ludgrove y los técnicos lo están esperando. Por aquí, por favor.

—Se supone que debemos vigilarlo —dijo el conductor.

A la guapa recepcionista no pareció hacerle gracia.

—Solo personal médico en las salas de diagnóstico —dijo.

—Tenemos órdenes —dijo el conductor.

Su amiga, la mujer de las gafas de sol, se acercó a Cooper. Él pensó que iba a volver a agarrarle las partes, y retrocedió, sonrojándose. Ella esbozó una sonrisa burlona.

—No creo que este vaya a dar problemas, Ted —dijo—. Pobre desgraciado. Y tengo que llevar a Luntz y Merrill al aeropuerto. Quemamos un par de buenas tapaderas poniéndolos a vigilar al sheriff. Se piran a Los Ángeles seis meses. Los muy cabrones.

Ted, el conductor, frunció el ceño al oír aquello.

—¿Qué? ¿Así que me quedo aquí limpiándole el culo?

Señaló a Cooper.

¿Qué tenía esta gente con los traseros de los demás?, pensó Cooper.

—Si no te gusta el dinero, siempre puedes volver a chupar arena por un sueldo del gobierno.

—Lo que tú digas, Kristin —gruñó Ted.

—Haz el trabajo y llévalo de vuelta a Schofield —dijo la mujer.

Se llama Kristin, pensó Cooper.

—Pediré un coche del garaje de abajo —dijo.

Se levantó las gafas de sol y clavó la mirada en los ojos de Cooper Fox.

También era guapa, como la chica del mostrador, pero tenía un aspecto intimidante.

Cooper sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Era como si pudiera ver cosas dentro de él que ni siquiera él sabía que existían. Y a ella le hacía gracia.

—Maldita lástima —dijo con su deje vaquero—. Aunque... —Lo miró de arriba abajo y se quedó mirando sin ningún pudor su entrepierna. Cooper se puso aún más rojo y apartó la vista—. Supongo que le dejaron lo mejor —dijo.

Se bajó las gafas de sol, se dio la vuelta y desapareció en el ascensor. Cooper cruzó la mirada con la chica guapa del mostrador, que parecía casi tan incómoda como él.

—Lo siento —dijo en voz baja—. Por favor, acompáñeme, señor Fox. El doctor le recibirá ahora.

Cooper la siguió, y Ted, el conductor, fue detrás de él.

—He dicho que nadie salvo... —empezó la chica.

—Sí, ya sé lo que has dicho —respondió Ted, cortándola—. Y me importa una mierda lo que digas.

Cooper decidió que Ted el conductor no le caía bien.

También decidió, muy rápidamente, que no le gustaban las «salas de diagnóstico»: una habitación blanca llena de máquinas extrañas, luces brillantes y aristas duras.

Hacía frío y olía a productos químicos. Cooper casi tropezó con sus propios pies al detenerse en seco.

Sintió una mano pesada posarse entre sus omóplatos y empujarlo hacia delante.

Tenía que ser Ted. El empujón fue fuerte, y la chica guapa del mostrador caminaba delante de él.

Reconoció la voz del doctor Ludgrove.

—Cooper, ven aquí, pasa, muchacho —dijo Ludgrove.

Estaba de pie junto a una máquina grande que a Cooper le ponía nervioso con solo mirarla. Le recordaba a un dónut gigante. Había una camilla con ruedas de goma que parecía que rodaría directamente hacia el agujero del dónut, y una almohada donde apoyar la cabeza si uno decidía hacer ese viaje.

No era un viaje que le apeteciera hacer.

El doctor Ludgrove iba vestido de médico hoy.

Llevaba bata blanca y un estetoscopio al cuello.

Había otros dos hombres en la habitación, vestidos con batas azules de enfermero.

Aunque no parecían enfermeros en absoluto.

A Cooper le recordaban mucho a Ted, el conductor.

Eran hombres grandes y muy fuertes. Se notaba por cómo se les marcaban los músculos bajo los tatuajes de los brazos.

El doctor Ludgrove hojeaba un expediente, leyendo cada página con atención y tomando notas sobre la marcha.