Agente durmiente 10 #3
37%

10 #3

—Yo... no sé —empezó Cooper.

—Puede que necesite un par de calmantes, doc —sugirió el entrenador Buchner—. Nunca viene en el autobús cuando jugamos fuera. Se asustó las primeras veces que lo intentamos.

—Preferiría que no tomara nada —dijo el doctor Mike—. Por los escáneres.

Se volvió hacia Cooper.

—Cooper, ¿te acuerdas de los ejercicios que hacíamos cuando a veces te costaba respirar?

—Ajá —dijo Cooper. En ese momento le costaba un poco respirar.

—¿Podrías hacerlos conmigo ahora? Inspira durante siete segundos, aguanta, espira durante ocho.

Hicieron el ejercicio juntos, y por una vez, Cooper no necesitó que el doctor Mike contara.

Aun así, lo dejó hacerlo. Le preocupaba que si el entrenador o el doc lo pillaban contando hasta siete u ocho, empezaran a preguntarle otra vez por sus medicamentos, y se metería en problemas.

Después de un minuto más o menos inspirando y espirando, descubrió que se sentía mucho mejor.

—Entonces, ¿vas a poder ir en el coche grande y seguro?

—preguntó el doctor Mike. Sacó un frasquito de pastillas del bolsillo—.

Porque tengo Valium si lo necesitas. Pero sería mucho mejor que no.

Si tomaras el Valium, puede que tuvieras que quedarte a pasar la noche.

Para que pudieran hacerte los escáneres mañana.

—Creo que estaré bien —dijo Cooper, y de verdad lo creía. Lo de respirar ayudaba mucho.

—Me alegro, Cooper. Porque el seguro dice que tienes que hacerlo, y los fideicomisarios están de acuerdo.

Nunca había conocido a nadie del fondo fiduciario que pagaba su seguro médico, pero sabía que eran una parte importantísima de su vida.

Habían pagado la casita en la que vivía con Mary y los niños.

Ingresaban dinero en su cuenta de ahorros cada semana.

Le pagaban al doctor Mike para que lo cuidara.

Cooper nunca había entendido del todo por qué hacían todo esto, pero suponía que por eso se llamaban fideicomisarios. Solo tenías que confiar en ellos.

—Si ellos lo dicen, supongo —dijo Cooper.

—Lo dicen —dijo el doctor Mike—. Insisten, Cooper. Dicen que debes hacerte los escáneres para cumplir con las condiciones de tu seguro. Lo que eso significa es que si no te los haces, ya no puedo ser tu médico. Puede que nadie pudiera serlo.

Cooper sintió una punzada de pánico. Fue suficiente para tener que recurrir otra vez al truco de la respiración.

El doctor Mike, como los fideicomisarios y el entrenador Buchner, era una parte tan importante de su vida como ir corriendo a la escuela todos los días, ayudar con el equipo, jugar con Matty y Jess y estar con Mary.

No soportaba pensar en perder ninguna de esas cosas.

—Está bien —dijo Cooper—. Me llevaré mi desayuno de deportista y viajaré en el coche grande para hacerme los escáneres.

El entrenador llamó a la cafetería desde el móvil. Tenían el burrito de Cooper listo y envuelto en papel de aluminio brillante cuando llegó. Incluso le habían puesto pollo extra con el beicon y los huevos. Para la proteína, dijo el entrenador.

Cooper ya se lo había comido casi todo cuando volvió caminando al pequeño aparcamiento frente al edificio administrativo de la escuela.

Tal como le habían dicho, su transporte lo estaba esperando.

Era un coche negro grande. Muy grande. El conductor, un hombre trajeado junto a la puerta delantera, le hizo señas a Cooper para que se acercara.

El doctor Mike estaba hablando con otra persona, una mujer que también llevaba traje.

No parecían médicos, pero con sus trajes oscuros y camisas blancas, Cooper supuso que sí parecían chóferes de limusina como los de la tele.

El doctor Mike le dio a la mujer un sobre grande. Ella asintió, le estrechó la mano y le dijo al conductor que se pusiera al volante. Parecía una jefa, pensó Cooper.

La mujer llevaba gafas de sol oscuras, así que no podía verle los ojos. Abrió la puerta trasera y le hizo un gesto para que entrara.

—Hola, Coop —dijo, y casi podía oír una sonrisa en su voz, aunque en su rostro no había ni rastro de ella. Sonaba como si trabajara en un rancho, como una vaquera o algo así.

—Hola —dijo Cooper.

—Estos chicos te llevarán con el doctor Ludgrove y te traerán de vuelta —dijo el doctor Mike mientras lo empujaba suavemente hacia la puerta—. Estarás fuera la mayor parte del día, pero le diré a Mary qué pasa para que no se preocupe.

—¿Puedo volver al gimnasio? —preguntó Cooper.

El doctor Mike asintió.

—Claro, si hay tiempo.

Cooper subió a la parte trasera del gran todoterreno negro y se abrochó el cinturón. La mujer cerró la puerta tras él y se sentó junto al conductor. Se puso el cinturón y cerró su puerta, y los seguros de las cuatro puertas se bloquearon con un clic.

—¿Son ustedes los fideicomisarios? —preguntó Cooper.

—Qué va —dijo la mujer con su acento cantarín—. Nosotros solo somos la mano de obra.

De nuevo, oyó la sonrisa en su voz.

El conductor encendió el navegador, y una voz femenina le indicó que fuera hacia la salida y girara a la derecha.

Cooper no creía que fuera a volver al gimnasio ni a ver al entrenador Buchner ese día.

Tenía razón en eso. Más o menos.

Nunca volvió a pisar el campus de la escuela.