10 #2
Cinco golpes le salieron disparados antes de que pudiera detenerlos.
Fueron demasiado rápidos para contarlos.
Impactaron en el saco con un rugido ondulante que sonó como una ristra de petardos enormes estallando a la vez.
Pero él sabía que había golpeado ese saco cinco veces.
Y sabía cómo lo había hecho. La secuencia exacta de golpes.
Jab de izquierda. Gancho de derecha. Codazo izquierdo. Golpe de palma a dos manos. Golpe de canto interior.
—Guau, tío, ¿así fue como te cargaste a esos imbéciles en la fiesta?
Cooper se dio la vuelta, con la boca entreabierta.
Se había sorprendido a sí mismo tanto como a su visitante.
Roscoe Powell. El receptor de los Tigers.
Roscoe parecía haber jugado un partido duro sin protecciones.
Era un amasijo de moratones y vendajes, y tenía un ojo hinchado y cerrado. Pero estaba sonriendo.
—Eso fue increíble, tío —dijo Roscoe—. No sabía que pudieras hacer eso. Bueno, supongo que quizá sí lo sabía después de la otra noche. Salí del hospital ayer por la tarde. Mi padre me contó que me salvaste de esos capullos, lo cual es un poco vergonzoso, porque yo estaba intentando salvarte a ti.
Cooper no supo qué decir, así que no dijo nada.
Eso no pareció molestarle a Roscoe, que se acercó como un cachorro de labrador contento y sonriente y le dio un puñetazo amistoso en el hombro.
—En fin, sabía que te encontraría aquí, tío —dijo Roscoe—. Tenía ganas de hablar contigo después de todo aquel lío.
Roscoe le tendió la mano. Cooper se la estrechó.
—De verdad quería darte las gracias, señor Fox.
El sheriff Briscoe me contó que uno de esos tipos tenía una pistola y se la quitaste como si nada.
Lo he visto en Facebook. Lo habré visto unas cincuenta veces, tío.
Y todavía no sé cómo lo hiciste. Pero supongo que nos has estado ocultando cosas —sonrió, señalando el saco de boxeo con la cabeza—.
¿Cómo es que nunca nos enseñaste a hacer eso?
—No hace falta saber eso para jugar al fútbol americano —dijo Cooper.
No estaba seguro de por qué había dicho eso. La respuesta simplemente le había venido, y era verdad, lo cual ayudaba.
—Supongo que no —admitió Roscoe—. Aunque molaría. En fin, tenía que darte las gracias.
Cooper se encogió de hombros.
—Gracias a ti, Ross —dijo—. Por intentar salvarme.
Roscoe Powell echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Luego dijo «Ay» y volvió a enderezarse, pero seguía riéndose entre dientes.
—Ah, tío, eso duele. No me lo restriegues. Pero me pillaste, me pillaste bien, señor Fox. Gracias. Y mi madre dice que si Mary y tú queréis pasaros por la panadería, podéis elegir lo que queráis. Yo pediría el de chocolate con nata agria si fuera tú —dijo Roscoe—. Es el mejor que hace.
—Gracias —repitió Cooper—. Me gustan los pasteles de tu madre. A Mary también.
Roscoe se despidió y le recordó a Cooper que no se olvidara de recoger su pastel gratis.
Cooper cogió la toalla y la mochila. El momento con el saco de boxeo había pasado.
Había sentido algo en su interior, pero quizá había escapado en aquella ráfaga de golpes.
No sabía de dónde habían salido, igual que Roscoe, pero no era una parte de sí mismo que quisiera explorar.
Se duchó, se cambió y se dirigía a la cafetería a tomar su desayuno de deportista cuando oyó al entrenador Buchner llamándolo.
Cooper estaba en el césped entre las oficinas administrativas y las aulas de los mayores.
Al girarse hacia la voz de Buchner, le sorprendió ver al doctor Mike junto al entrenador. Le hicieron señas para que se acercara.
—Iba a desayunar —les dijo Cooper.
—Sí, te vi en la sala de pesas hace un rato —dijo el entrenador Buchner—. Buen entrenamiento, chico.
Cooper se preguntó si el entrenador lo habría visto con el saco de boxeo y con Roscoe Powell, y el mero hecho de pensarlo lo puso nervioso. Pero el entrenador no mencionó nada al respecto.
—¿Podrías llevarte el burrito del desayuno para el camino, Cooper? —preguntó el doctor Mike.
—Claro —dijo Cooper—. ¿Por qué?
—Tienes que ir a hacerte unas pruebas, chico —dijo el entrenador Buchner.
Cooper frunció el ceño, confundido.
—Pero el doctor Mike me hizo las pruebas ayer. Estuviste ahí, entrenador. Las viste.
—No esas pruebas, Cooper —explicó el doctor Mike—. Necesito que te hagas unos escáneres. Lo siento. He estado dándole vueltas toda la noche. Hablé con el doctor Ludgrove, al que viste ayer. ¿Te acuerdas de él, Cooper?
Asintió. Al fin y al cabo, solo había sido ayer.
—Sí, bueno, el doctor Ludgrove es especialista en trauma neurológico. Lo que eso significa, Cooper, es que sabe mucho más de esto que yo, y quiere que te hagas esos escáneres hoy. He hablado con el entrenador Buchner y no tiene problema con que te tomes el día libre y vayas hasta Richmond.
Buchner cruzó los brazos y asintió como si el asunto estuviera zanjado.
—Pero no me gustan los coches, y solo voy a tus pruebas, doc —dijo Cooper.
El doctor intentó tranquilizarlo con una sonrisa.
—Tranquilo, Cooper. Tu seguro lo ha organizado todo. De hecho, tu transporte llegará en unos diez minutos. Por eso te pregunté si podías llevarte el desayuno.
—¿En un coche?
Cooper notaba un extraño entumecimiento en las yemas de los dedos y sentía una desagradable sensación de hormigueo que se extendía bajo su piel por todo el cuerpo.
—No tienes por qué asustarte, Cooper —dijo el doctor Mike—. Es un coche muy grande. Un todoterreno. Más bien un tanque. Y los conductores son profesionales. Estarás a salvo.