7
El doctor Ludgrove y el abogado enfadado, el señor Needham, permanecieron en el despacho del entrenador Buchner durante veintitrés minutos después de terminar de hablar con Cooper, y hablaron con Cooper durante mucho tiempo.
Lo sabía porque comprobó la hora en el reloj cuando se fue y la hora en el gran reloj del gimnasio cuando los vio marcharse.
Resultó que saber la hora era tan divertido que Cooper pensó que podría pasar el resto del día simplemente buscando relojes o pidiendo ver los relojes de pulsera de la gente, que eran como pequeños relojes que algunas personas llevaban en el brazo.
El señor Martin, el jefe del departamento de inglés, llamaba al suyo «Apple Watch», lo cual era gracioso porque no se parecía en nada a una manzana.
Pero Cooper simplemente supuso que era una de esas cosas que no entendía.
Había muchas así. Vio al señor Martin en la zona de cardio, montado en una de las bicicletas que no iban a ninguna parte, y se apresuró a acercarse para contarle la emocionante noticia.
—Señor Martin, ahora sé leer la hora —dijo Cooper—. Si me enseña su reloj, puedo decirle perfectamente qué hora es.
El señor Martin, que había sido tan amable con él cuando se cayó en la ducha, había estado pedaleando muy rápido. Redujo la velocidad y sonrió a Cooper.
Su sonrisa parecía un poco extraña, y ladeó la cabeza como si no entendiera realmente lo que Cooper decía.
—Lo siento, Cooper —dijo el señor Martin—. No te he pillado.
Se sacó un par de pequeños auriculares blancos de las orejas. Cooper sabía lo que eran. Muchos de los chicos los tenían. Tenían música dentro, y a veces la gente escuchaba historias y esas cosas.
—Sé leer la hora, señor Martin —dijo Cooper—. Enséñeme su reloj y le diré qué hora es.
El señor Martin parpadeó y negó con la cabeza, confuso, pero levantó la mano y le enseñó el reloj a Cooper.
Cooper parpadeó igual que el señor Martin.
No se parecía en nada al reloj del despacho del entrenador Buchner.
El reloj del señor Martin era raro. Estaba lleno de todo tipo de números de colores, algunos de los cuales cambiaban rápidamente.
Y había una pequeña animación de un hombrecito verde en una bicicleta, pedaleando rápido. Era demasiado.
Cooper negó con la cabeza.
—Pero podía —protestó—. Podía leer la hora.
El señor Martin sonrió.
—Prueba con esto —dijo.
Hizo algo con el reloj y este cambió. De repente parecía un reloj normal.
Cooper Fox se inclinó hacia delante para mirar el reloj y le dedicó una sonrisa radiante.
—Son las doce y veintidós —dijo.
El señor Martin, que ya casi no pedaleaba, se detuvo por completo.
—Exacto, Cooper —dijo—. Estoy en mi hora de comer. Pero esto... Esto es...
Se bajó de la bicicleta que no iba a ninguna parte y se secó el sudor de la cara con una toallita.
—Esto es muy emocionante, Cooper —dijo el señor Martin—. ¿Cuándo recordaste cómo leer la hora?
—Esta mañana —dijo Cooper—. Mary olvidó poner la alarma. Y nos levantamos tarde. Y ella estaba disgustada, pero miré nuestro radiodespertador, el que tiene los números rojos y las letras, y supe que eran las 7:13 AM. Eso significa trece minutos después de las siete de la mañana.
Cooper esperó a que el señor Martin dijera algo. El profesor de inglés siguió secándose.
—Vaya, esto sí que es algo, ¿verdad, Cooper? —dijo el señor Martin al cabo de un rato—. ¿Se lo has contado a alguien más?
Cooper frunció el ceño.
—Se lo dije al entrenador —dijo—. Y a su amigo el señor Needham, que es abogado, aunque no creo que sea muy amigo suyo.
—No creo que los abogados tengan amigos —dijo el señor Martin con una sonrisa pícara, y Cooper supo que era una broma.
—Es una buena broma —dijo—. Ah, y el otro amigo del entrenador, el doctor Ludgrove, también estaba allí. Aunque no es muy saludable para ser médico. Necesita vigilar sus macros y hacer algo de cardio, aunque definitivamente debería empezar despacio.
El señor Martin resopló como si aquello le pareciera mucho más gracioso que su propia broma sobre los abogados sin amigos.
—¿El abogado está ayudando con esos tipos que te atacaron? —preguntó el señor Martin.
—Se llama Reese Needham —asintió Cooper—. Y va a acabar con esta mierda, rápido y sin contemplaciones... ¡Oh!
Cooper se dio cuenta de que acababa de decir una palabrota.
—Lo siento —dijo.
—No te preocupes, Cooper —dijo el señor Martin—. Seguro que así es como habla siempre el abogado del entrenador Buchner. Aunque deberías contarle esto a tu médico. Seguro que le encantará saber que has recordado cómo leer la hora.
—Oh, puedo hacer mucho más que eso —dijo Cooper Fox—. También puedo leer palabras enteras.
—¿En serio? —dijo el señor Martin.
Cooper asintió.
—El doctor Ludgrove me enseñó algunas palabras y dibujé lo que significaban. Fue fácil.
El señor Martin lo miró fijamente. Lo suficiente como para que Cooper empezara a sentirse incómodo.
—Solo... Solo espera ahí un segundo, ¿vale, Cooper? —dijo—. Quiero sacar algo de mi bolsa. Espera un momento.
El profesor de inglés fue trotando hasta las taquillas del otro lado de la sala de cardio. Sus zapatillas chirriaron en el suelo. Sacó una bolsa de deporte de la taquilla y volvió rápidamente.
El señor Martin se arrodilló un momento, abrió la bolsa y buscó algo dentro.
Sacó un libro y le enseñó la portada a Cooper.
Un tren con una cara sonriente.
—Usamos este libro para enseñar a leer a algunos de los estudiantes mayores —explicó el señor Martin—. Los chicos que no aprendieron muy bien a leer en primaria. ¿Te gustaría intentar leérmelo, Cooper?
A Cooper Fox el corazón le latía deprisa, pero de emoción, no de miedo.
Ya sabía qué libro era.
Había leído las palabras de la portada cuando el señor Martin se lo enseñó.
—Es la pequeña locomotora que sí pudo —dijo Cooper.
El señor Martin asintió.
—Sí, lo es, Cooper. Muy bien. ¿Habías visto este libro antes? ¿Lo tienen los hijos de Mary, quizá?
—No —dijo Cooper—. Leí las palabras cuando me lo enseñaste. Y también vi el dibujo, por supuesto. Ahí está la pequeña locomotora.
Señaló la ilustración del trenecito resoplando mientras subía con esfuerzo una gran colina.
—Dios mío, Cooper Fox. Estás leyendo como un campeón. Ven aquí. Siéntate conmigo.
Se sentaron en las gradas que daban a la cancha central del gimnasio.
El señor Martin le entregó el libro y Cooper lo abrió.
El corazón le latía aún más deprisa y tenía la boca seca.
Abrió el libro por la primera página: un dibujo colorido de un tren de vapor rojo que arrastraba cuatro vagones llenos de animales colina arriba.
—Chaca, chaca, chaca —leyó Cooper—. Resopla, resopla, resopla. Tilín, tolón, tilín, tolón. El pequeño tren traqueteaba sobre las vías.
Miró nervioso al señor Martin.
—¿Lo he leído bien? —preguntó Cooper.
El señor Martin estaba sonriendo y... y también lloraba un poco.
—Sí, Cooper —dijo—. Lo has leído perfectamente. Continúa. Lee un poco más.
A Cooper le temblaba la mano, pero pasó la página.
La misma pequeña locomotora roja arrastraba a todos los animales en sus vagones a través de un puente. Puso el dedo bajo la primera palabra, pero descubrió que podía leer las tres líneas sin necesidad de seguirlas con el dedo como a veces hacían Matty y Jessica.
Después de un par de páginas, el señor Martin le puso una mano en el brazo.
—Vale, muy bien, Cooper. Ahora probemos con esto.
Metió la mano en su bolsa de deporte y sacó un periódico. Cooper casi se quedó sin aliento.
—Ese es el Gainesville Sentinel —dijo—. No puedo leer eso. Ni siquiera Mary puede leerlo.
—Solo inténtalo —dijo el señor Martin—. Hazme el favor.
—Vale —dijo Cooper, pero no estaba nada seguro de poder conseguirlo. Era como si el señor Martin le hubiera pedido que duplicara o incluso triplicara de golpe su marca en press de banca.
Cooper desdobló el periódico y lo extendió sobre su regazo. Algunas de las palabras eran más grandes que las otras, y las señaló.
—Ese es el titular, Cooper —dijo el señor Martin—. ¿Puedes leerlo?
Frunció el ceño. Deletreó la primera letra de la primera palabra, que no era una palabra normal como las de La pequeña locomotora que sí pudo.
—N-n-n-eurogen añadirá nueva línea de producción a la planta de Gainesville —dijo Cooper. Miró al señor Martin.
El jefe del departamento de inglés lo miraba fijamente con la boca abierta.
—Cooper —dijo—. Tenemos que llevarte al doc Schofield ahora mismo. ¿Puede Mary recogerte?
Cooper negó con la cabeza.
—No creo —dijo—. Ya se tomó un día libre ayer.
El señor Martin soltó el aire inflando los carrillos.
—Yo mismo te llevaría, pero tengo que volver al trabajo.
Mira, esto es importante, Cooper. O sospecho que lo es.
Si estás recuperando capacidad cognitiva, puede que también empieces a recuperar tus recuerdos.
No soy médico, pero de cualquier manera, esto me parece algo neurológico importante. Deberías ver a tu médico cuanto antes.
Cooper se encogió de hombros.
—Podría ir andando —dijo.
El señor Martin lo pensó.
—Supongo que podrías —se encogió de hombros—. La temporada ha terminado por este año. No tienes que estar en el campus. ¿Quieres que llame a la consulta? ¿A ver si pueden hacerte un hueco?
Cooper negó con la cabeza.
—No. Está bien. El doctor Mike siempre encuentra tiempo para mí. Y me gusta caminar.
Le prometió al señor Martin que iría directamente allí.
También se lo prometió al entrenador Buchner.
El entrenador lo llamó justo cuando salía del gimnasio.
—Eh, Cooper, espera. ¿Adónde vas?
Cooper pensó que podría meterse en problemas por irse durante el horario escolar. Intentó pensar en una excusa, y entonces se dio cuenta de que no necesitaba ninguna. Podía decir la verdad.
—Voy a ver al doctor Mike por lo de leer palabras y saber la hora —dijo Cooper.
El entrenador Buchner parecía preocupado.
—Probablemente sea buena idea, hijo —dijo—. Le avisaré de que vas. Te llevaría yo mismo, pero tengo que reunirme con el director McGee y algunos miembros de la junta escolar sobre tu trabajo.
—Iré andando —dijo Cooper—. Hace buen día y me gusta caminar.
El entrenador lo miró fijamente durante un buen rato.
—De acuerdo —dijo al fin—. Pero ve directamente allí, ¿vale?
—Vale —aceptó Cooper.
Era su segunda mentira del día.