Agente durmiente 6
23%

6

Cooper durmió hasta tarde. No soñó ni se despertó en toda la noche. Ni siquiera para ir al baño. Habría dormido eternamente de no ser porque el pequeño Matty entró, se subió a la cama y le preguntó si iba a prepararles el desayuno.

—¡Ay, no! —exclamó Mary—. Mira qué hora es.

No tenía mucho sentido que Cooper mirara, porque no sabía leer la hora desde el accidente, pero Mary insistió tanto que miró de todos modos.

7 :13 AM.

Vaya, pensó. Son las siete y trece de la mañana.

Saber lo que eso significaba fue una sorpresa tan grande que casi gritó —¡Sé leer la hora!

— pero Mary ya se había levantado y corría de un lado a otro, abriendo cajones y armarios, buscando ropa para los dos.

Matty protestó diciendo que quería desayunar, y tenían que ser tortitas.

Mary le gritó que no había tiempo porque se le había olvidado poner la alarma, y Cooper decidió que quizá sería mejor contarle la novedad más tarde.

A veces, cuando las mañanas se complicaban, Mary se ponía de mal humor.

Ahora eran las 7:14 en el pequeño radiodespertador.

Y también sabía lo que eso significaba, lo cual era genial.

Cooper Fox saltó de la cama con una gran sonrisa y sacó a Matty de la habitación.

—Venga, vístete, pequeñín —dijo—. El tiempo corre.

Aunque no era así. Porque los radiodespertadores no hacen tic-tac.

No tuvo tiempo de preparar el desayuno, pero sirvió cereales de emergencia para todos y les echó unos arándanos secos por encima. Mientras los demás comían, se vistió.

Casi tuvo una discusión con Mary por eso.

—No vas a ir a ningún sitio, Cooper Fox, salvo al médico. No después de lo de anoche.

—Pero me encuentro bien, Mary.

—También te encontrabas bien al meterte en la ducha anoche. Te encontrabas bien hasta que dejaste de estarlo, y tuve que sacarte.

No recordaba bien lo que había pasado, solo que se había alterado mucho, y prometió que iría a ver al doctor Mike esa mañana y haría lo que le dijera. Mary intentó discutir, pero llegaban muy tarde, los niños estaban insoportables, y al final le resultó más fácil dejarle ir corriendo.

La línea de autobús seguía su ruta de correr de todos modos, señaló, y si pasaba algo, solo estarían unos minutos por detrás.

Mary se sorprendió, como si no se lo esperara o no se hubiera dado cuenta o algo así. Sacudió un poco la cabeza y soltó un «¡Oh!». Matty volvió a la carga con lo de las tortitas para desayunar, y, en fin, resumiendo, Cooper Fox fue corriendo a la escuela solo. Como siempre.

¿La única diferencia esa mañana?

Se detuvo en Main Street frente al parque de bomberos voluntarios.

Le gustaba el gran camión rojo, pero esa mañana se paró a mirar el reloj en la pequeña torre sobre el portón por donde entraba y salía el camión.

No era como el radiodespertador de casa.

Era un círculo, con una manecilla grande y una pequeña, igual que el reloj del gimnasio de la escuela.

Cooper se quedó mirándolo.

Eran las 7:42.

De la mañana.

No se podía saber si era de día o de noche solo mirando ese tipo de reloj, pero no hacía falta porque uno estaba fuera y podía saberlo de todos modos.

Cooper Fox se quedó mirando el minutero durante tres minutos enteros.

7 :42.

7 :43.

7 :44.

—Guau —dijo en voz baja. Su aliento se condensaba frente a él—. Sé qué hora es.

Con una sonrisa tan radiante como el amanecer, siguió corriendo hacia la escuela. Tenía muchas ganas de contárselo al entrenador Buchner.

El entrenador Buchner no parecía contento. Pero tenía dos visitantes, y todos tenían el ceño fruncido, y Cooper supuso que probablemente por eso el entrenador no estaba tan emocionado como debería por su nueva capacidad de leer la hora.

—Cooper, te presento a mi amigo Reese Needham —dijo el entrenador, señalando a un hombre con traje oscuro—. Es el abogado del que te hablé ayer. ¿Te acuerdas?

Reese Needham se parecía tanto a un abogado de esas series que le gustaban a Mary, las de abogados y esas cosas, que Cooper no dudó de que fuera de verdad. Tenía un traje elegante como los de la tele, maletín y todo.

—Hola, Cooper —sonrió Reese Needham.

Tenía los dientes muy blancos.

—Y este es el doctor Ludgrove —dijo el entrenador—. Ha venido con mi amigo Reese.

El doctor Ludgrove no se parecía tanto a un médico de la tele, pensó Cooper. Era un poco bajo y gordo para salir en televisión, a menos que fuera muy gracioso o hiciera de malo.

—Pero si ayer fui a ver al doctor Mike —dijo Cooper—. Y me dio unas pastillas para dormir. Por lo del chichón en la cabeza.

Recordó su promesa a Mary.

—Ah, y dije que de todos modos hablaría con el doctor Mike esta mañana.

No mencionó que se había alterado en la ducha la noche anterior. Se llevó la mano a la cabeza y se tocó con cuidado el lateral del cráneo, donde le había salido el bulto. Le dolía, pero había bajado.

—El doctor Schofield me ha pedido que te examine esta mañana, Cooper —dijo el doctor Ludgrove—. Y menos mal, por lo que parece.

El doctor Ludgrove echó un vistazo al despacho. Asintió cuando vio el reloj sobre la puerta.

—¿Puedes decirme qué hora marca el reloj del entrenador Buchner? —preguntó Ludgrove.

Cooper alzó la vista.

Asintió.

—La manecilla grande está en el once y la pequeña casi en el ocho —dijo Cooper—. Así que faltan solo cinco minutos para las ocho en punto.

Los tres hombres intercambiaron una mirada.

—Esto no ayuda —dijo el abogado de la tele.

—Pero ahora sé decir la hora —dijo Cooper, señalando el reloj de la pared, sobre la puerta—. Mira, cuando la manecilla grande esté en el doce, serán las ocho en punto. Hora del desayuno del deportista, entrenador.

Al entrenador Buchner tampoco parecía gustarle aquello, lo cual era extraño. Al entrenador le encantaba el desayuno del deportista, que era como llamaba al burrito de huevo y tocino de la cantina del colegio.

—Eso es genial, chico —dijo el entrenador antes de volverse hacia su amigo, el abogado de la tele—. ¿Qué coño vamos a hacer? Has visto el vídeo. Has visto cómo les dio una paliza de campeonato a esos tipos.

Vaya, pensó Cooper. Se suponía que el entrenador no debía decir palabrotas.

Reese Needham gruñó.

—Vayamos por partes. Primero, esos dos imbéciles de Saginaw y... —Consultó una libreta—. Y el retrasado. Lubbers.

Cooper se removió incómodo. Notó cómo le subía el rubor de la vergüenza por el cuello.

Cuando llegó a Gainesville, había gente que lo llamaba así. Algunos, al menos.

La palabra con «R», la llamaba Mary.

Era una palabra fea, y le hacía sentirse mal.

No entendía por qué el amigo del entrenador Buchner, el abogado de la tele, diría algo así. Pero Reese Needham estaba diciendo muchas cosas, y a Cooper le costaba seguirle el hilo.

—La policía local los tiene retenidos por ahora.

Normalmente, lo mejor que podrían esperar es algún inepto de oficio de Asistencia Legal.

Pero tuvieron suerte y consiguieron contacto con un bufete de mierda de Jacksondale, Sharkey y Bass.

Carroñeros. De los que merodean por urgencias buscando clientes.

—Demasiado vagos para perseguir ambulancias de verdad —dijo el doctor Ludgrove, y Reese Needham resopló.

—Sí, más o menos. —Miró a Cooper Fox de arriba abajo—. Doc, seguiré tu criterio después de que examines a nuestro chico, pero me inclino por ir a por todas. Normalmente, negociaríamos un acuerdo barato, pero dado este giro...

Needham señaló a Cooper con un gesto de la cabeza.

—...creo que deberíamos ir a saco. Cerrar esta mierda de golpe.

—De acuerdo —dijo el entrenador Buchner.

Cooper no tenía ni idea de qué estaban hablando.

La alegría de descubrir que sabía decir la hora se había esfumado. No le gustaba Reese Needham, y no estaba seguro de que el doctor Ludgrove le fuera a gustar mucho más. Olía mal. Como el vestuario después de un partido, pero peor.

—Siéntate, Cooper —dijo el doctor Ludgrove.

Señaló una silla frente al escritorio del entrenador Buchner. Era como las sillas de plástico en las que se sentaban los niños en clase. Cooper obedeció, aunque no le gustaba cómo Reese Needham y el doctor Ludgrove se cernían sobre él. Al menos el entrenador estaba sentado a su lado.

—Voy a hacerte unas pruebas sencillas, Cooper —dijo el doctor—. Ya las hiciste ayer con el doctor Schofield, pero necesito repetirlas. ¿De acuerdo? Y cuando termine con esas, tengo otras pruebas que necesito que hagas. ¿Te parece bien?

Cooper se encogió de hombros.

Estaba acostumbrado a hacer pruebas con médicos.

Había habido muchos desde el accidente de coche.

Las pruebas del doctor Ludgrove empezaron igual que las del doctor Schofield, pero pronto cambiaron.

Sostenía dibujos en cartulinas blancas y le pedía que dijera lo que veía.

Eso era fácil. Había dibujos de gatos, perros, estrellas, árboles y cosas así.

Pero luego el doctor Ludgrove empezó a mostrarle una tarjeta tras otra, hasta enseñarle cuatro, cinco o incluso seis seguidas antes de pedirle que las recordara en orden.

—Árbol, árbol, gato, estrella, perro y árbol otra vez —respondió Cooper.

—Excelente, Cooper, muy bien —dijo el doctor.

—Puedo recordar cosas —dijo Cooper, sonriéndole al entrenador.

—Eso es genial, chico —dijo el entrenador. Pero no parecía que lo pensara de verdad. El abogado de la tele, el señor Needham, parecía disgustado, puede que incluso enfadado. Murmuró unas cuantas palabrotas entre dientes cuando Cooper acertó un montón de tarjetas. Diez seguidas.

—Dios mío, no creo que yo pudiera hacer tantas —dijo el entrenador.

Las pruebas continuaron durante casi media hora. Cooper lo sabía porque ahora sabía leer la hora. Cuantas más pruebas hacía el doctor, más enfadados se ponían el entrenador y su amigo. Al doctor Ludgrove no parecía importarle. Solo quería seguir haciendo pruebas.

—Cooper, voy a mostrarte una lista de palabras —dijo el doctor Ludgrove—. Sé que no sabes leer, pero quiero que mires cada palabra y hagas un dibujo en el espacio de al lado. ¿Puedes hacerlo? No hace falta que me digas lo que ves. Solo dibújalo.

—Claro que puedo dibujar —dijo Cooper Fox—. Me gusta dibujar. A veces Jess y yo nos pasamos horas dibujando. Aunque ella es mejor que yo.

El doctor Ludgrove puso un trozo de papel sobre la mesa.

Había tres letras en el papel.

Otra sorpresa. Cooper supo cuántas letras había con solo mirar la palabra. ¿Y lo más sorprendente? ¡Sabía lo que significaban!

—G-A-T-O deletrea gato —dijo, con una amplia sonrisa.

Cooper acercó la silla al escritorio del entrenador Buchner para dibujar un gato.

—Creo que ya hemos visto suficiente —dijo el señor Needham—. Está claro que ha habido un cambio.

—Tú has visto suficiente —dijo el doctor—. Pero yo necesito terminar estas evaluaciones y compararlas con los valores de referencia.

El abogado de la tele cerró los ojos y resopló.

—Vale, lo que sea. Pero no te tires todo el día. Tengo que moverme rápido con esto.

El doctor Ludgrove le dio a Cooper cinco palabras para leer, una tras otra.

Taza, cuenco, cuchara, mesa, silla.

Las entendió todas y las dibujó.

—Joder —dijo el entrenador.

—Extraordinario —añadió el doctor.

Empezó a guardar sus instrumentos, pero se detuvo de repente.

—Cooper —dijo el doctor Ludgrove, mirándole a los ojos—. ¿Has estado tomando tu medicación? No las pastillas para dormir que te dio el doctor Schofield. Las pastillitas blancas. Para tu lesión cerebral.

Cooper asintió con los ojos muy abiertos.

—Siempre tomo mi medicina —dijo—. El doctor Mike y Mary dicen que es la única forma de mejorar.

El doctor Ludgrove pareció satisfecho.

—De acuerdo, asegúrate de seguir haciéndolo. Es muy importante.

Cerró el gran maletín negro de médico sobre el escritorio del entrenador con un chasquido.

—Haré la comparación con la línea base —dijo el doctor a los otros dos hombres—.

Pero vamos a tener que llevarlo para hacerle un examen completo.

Algo ha salido mal. Puede haber una lesión, un coágulo o algún otro factor derivado del trauma cinético.

Pero está claro que se está desviando de la línea base, y necesitamos averiguar por qué.

—Tenemos que llevarlo allí —dijo Reese Needham—. Si estos imbéciles lo interrogan bajo juramento y vamos a juicio con este perdedor fuera de la base, estamos jodidos.

—Entonces ocúpate de eso —dijo el entrenador Buchner, señalando con el dedo a su amigo, el abogado de la tele—. Ese es tu puto trabajo.

Cooper Fox observó a los hombres mientras discutían. Había un mal ambiente en la habitación. No creía que el entrenador y el abogado de la tele fueran muy buenos amigos. Los amigos no se hablaban así.

Pero no era solo por eso que se sentía mal.

Cooper le había mentido al doctor Ludgrove.

No había tomado su medicina en dos días enteros. No desde la noche en que los hombres malos aparecieron en Gainesville.

No estaba seguro de por qué había mentido, porque Cooper Fox nunca mentía. Pero ahora que había mentido, decir la verdad parecía mucho más complicado.