5 #2
Pero a Mary no le importaba, sobre todo cuando Coop consiguió calmar a Matty e incluso ayudó a llevarlo a la consulta. Se sintió inmensamente agradecida y aliviada.
Aquellos pocos momentos fueron tan distintos de todos los años que había pasado con Brian. Y en los años que siguieron, ni una sola vez se arrepintió de haberse fijado en aquel joven amable de alma sencilla que la había ayudado ese día. Ser madre soltera era muy duro.
Llegaron a la consulta del doctor Schofield con un par de minutos de sobra e intentaron sentarse tranquilamente en la sala de espera, pero los demás pacientes querían hablar con Cooper sobre el partido, la fiesta y lo que había pasado en la fiesta. Fue un alivio entrar en la consulta.
Mike Schofield sonrió cuando entraron, pero parecía cansado. Le hizo a Cooper muchas preguntas sobre lo que recordaba de la noche anterior, que eran fáciles de responder porque la respuesta era... casi nada.
Asintió como si aquello fuera muy significativo.
—Y esta mañana —dijo—. ¿Puedes contarme qué ha pasado, Cooper?
Cooper negó con la cabeza.
—No quiero —dijo.
El doc Schofield asintió de nuevo.
—Vale, vale. No quiero agobiarte, Cooper.
Ya has pasado por bastante. Pero si te dejo irte a casa con Mary ahora, ¿me prometes que te tomarás una de estas cada día durante la próxima semana?
—deslizó un blíster de pastillas por el escritorio—.
¿Y que seguirás con tu medicación habitual?
No quiero mandarte a Jacksondale a hacerte pruebas.
No creo que haga falta. Pero necesitas guardar reposo y seguir con el tratamiento.
Cooper sonrió.
—Mary y yo vamos a meternos en la cama esta tarde —dijo—. Vamos a acurrucarnos un rato.
—¡Dios mío, Cooper! —exclamó Mary—. ¡No necesita saber eso!
Se puso roja como un tomate, y el doctor Schofield sonrió. Él no se sonrojó en absoluto.
—¿Sabes qué, Cooper? Dicen que el amor es la mejor medicina de todas.
Mary se cubrió la cara con las manos, mortificada. Tanto Cooper como el doctor Schofield se rieron.
—Solo tienes que tomarlas durante tres días —dijo, golpeando suavemente el blíster de pastillas—. Te ayudarán a dormir. Pero tienes que seguir con tu medicación habitual. Prométeme que lo harás y me quedaré tranquilo.
—Te prometo que lo hará —dijo Mary rápidamente, antes de que Cooper pudiera decir nada más.
Firmó la factura —el dinero del fideicomiso la cubriría, como siempre— y lo sacó a toda prisa, todavía sonrojada pero echándose a reír en cuanto estuvieron en la calle.
—Dios mío, Cooper Fox, las cosas que dices.
Le cogió del brazo y tiró de él para que caminara.
—Solo estaba diciendo la verdad —dijo él—. Vamos a casa a acurrucarnos esta tarde. ¿O no?
—Sí —dijo ella, sonrojándose de nuevo—. Sí, así es.
Se acurrucaron tres veces esa tarde, la última justo antes de que los niños llegaran a casa con Sissy Traynor. Mary tuvo que vestirse a toda prisa y salir corriendo a recibirlos. Bajaron de la camioneta de Sissy, revolucionados por el subidón de azúcar.
—Paramos en Clem's a tomar helados —explicó Sissy, sin el menor asomo de disculpa.
—Gracias —dijo Mary, sin el menor rastro de enfado.
No después de haberlo hecho tres veces en una sola tarde.
Cooper amaba a Mary, y Cooper amaba acurrucarse con Mary, y el doctor Mike tenía razón.
Tenía tanto sueño después de pasarse la tarde acurrucándose que no creía que fuera a necesitar pastillas para dormir.
Aunque sí necesitaría una ducha. Mary se le daba muy bien lo de acurrucarse, y él estaba sudoroso y pegajoso.
Mientras ella daba de comer a los niños, él se fue a la ducha.
Ni siquiera pensó en ello. Cooper no pensaba mucho en nada, la verdad.
Ni siquiera en las cosas con las que ayudaba al entrenador Buchner en el colegio.
Simplemente había cosas que sabía hacer.
Y luego estaba todo lo demás en la vida, que le resbalaba como el agua.
¿Lo que había pasado esa mañana en la ducha del gimnasio del colegio?
Casi lo había olvidado ya. ¿Las cosas que pasaron anoche, o que le dijeron que habían pasado anoche, la pelea con esos tres tipos?
Nada. Tampoco quedaba mucho de eso.
Vivía cada día según venía, y si los días traían a Mary y a los niños y la oportunidad de correr por el bosque y levantar pesas, Cooper Fox era feliz.
Vio su medicación en la mesita de noche.
No las pastillas para dormir, las otras.
Las pequeñas blancas que tomaba para el cerebro.
Parecían Tic Tacs. A Cooper le gustaban los Tic Tacs, y eso hacía que fueran más fáciles de tomar.
Casi se tomó una en ese momento por pura costumbre.
Tomaba una pastilla blanca al empezar el día y otra al acabar.
Pero estaba cansado y pegajoso, y necesitaba una ducha, y se prometió que se acordaría de tomarla más tarde porque eso siempre lo recordaba, al menos.
Oía a Matty y Jess correteando por ahí y la música de fondo mientras Mary les hacía hamburguesas en la cocina. Olía las hamburguesas haciéndose y pensó que hasta podía oír el chisporroteo de la carne en la sartén. Le encantaba ese sonido, y le encantaban las hamburguesas.
Abrió el grifo de la ducha. Estaba en la ducha sin recordar muy bien cómo había llegado allí.
Seguramente había ido andando desde el dormitorio, pensó.
El agua estaba caliente, lo cual era bueno porque iba a ser una noche helada.
Cerró los ojos y puso la cara bajo el chorro, y se pasó los dedos por el pelo.
Pensó en acurrucarse con Mary.
Y gritó.
Mary estaba muerta. Veía que estaba muerta. Le faltaban trozos. Y tenía agujeros. Cosas terribles salían de los agujeros, y él gritó y gritó y gritó.
Un hombre tuerto los miraba fijamente, a él y a Mary. El mismo hombre que había visto en el gimnasio del colegio.
—¿Tú qué, tío? —dijo el hombre.
De pronto, Mary estaba viva otra vez.
Estaba en la ducha con él. Iba vestida, pero estaba viva. Él lloraba, y ella también, mientras intentaba sacarlo de la ducha. Aquello le recordó a algo, pero no sabía a qué.
Lo sacó, lo envolvió en una toalla y lo abrazó. Los niños llegaron corriendo y también lo abrazaron. Se quedaron todos así un buen rato.
Cuando Cooper por fin se durmió, Mary apagó la luz y salió de puntillas del dormitorio. Estaba asustada. Pensó en llamar al entrenador Buchner, pero era muy tarde. Sí que llamó al doctor Schofield, pero solo le saltó el contestador de la consulta. No dejó mensaje.
Se quedó sentada un buen rato, sola en el viejo sofá del salón.
Frasier estaba en la tele, pero con el sonido quitado.
No sabía qué hacer. A Cooper le pasaba algo, estaba segura.
Y estaba asustada. Todo lo que le había ido bien en la vida desde que había dejado a Brian se lo debía a Cooper.
El fideicomiso del dinero de su accidente le había conseguido esta casa y había dicho que ella también podía vivir aquí.
El dinero que le mandaban cada semana ayudaba a pagar todo.
Ella tenía su trabajo, claro. Pero en el Beauté Chalet pagaban el salario mínimo, que en Virginia eran 7,25 dólares la hora, antes de impuestos.
Y no siempre conseguía hacer todas las horas.
Si a Cooper le pasaba algo, estarían en un buen lío.
Pero aún peor, volvería a estar sola. Y no creía que pudiera soportarlo. Había estado sola cuando llegó a Gainesville, y no había muchos tíos dispuestos a cargar con una madre soltera con dos críos. No a menos que encontraran la manera de quitarse a esos niños de en medio.
Pero Cooper, buen alma, simplemente la quería tal como era. Y también quería a los niños. Si lo perdía, lo perdería todo.
Las lágrimas le corrían por la cara, calientes e imparables, mientras estaba sentada en la oscuridad viendo Frasier con el sonido quitado.
Lloraba a moco tendido, tan fuerte que al cabo de un rato tuvo que hundir la cara en un cojín por si la oían los niños.
O se despertaba Cooper. Había tenido que abrazarlo durante una hora antes de que pudiera dormirse.
Temblaba como si lo hubiera sacado de la intemperie.
—Tienes que espabilar, chica —dijo contra el cojín—. Venga. Puedes hacerlo. Él cuidó de ti. Tienes que cuidar de él. Eso es lo que hace la gente.
Poco a poco, consiguió calmarse. Las lágrimas cesaron. Se secó los ojos.
Mary no se molestó en ducharse. Se prometió que lo haría a primera hora de la mañana.
En su lugar, se metió en la cama junto a su chico y se quedó allí tumbada en la oscuridad, escuchándolo respirar.
De vez en cuando él murmuraba, y en una ocasión gimió.
Mary Doyle lo rodeó con los brazos y lo abrazó con fuerza.
Al final, se quedó dormida.
Se olvidó de darle la medicina.