Agente durmiente 5
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Mary recibió la llamada en el trabajo. Los lunes siempre eran tranquilos en el salón de belleza, y lo de Cooper con los delincuentes forasteros había desbancado el triunfo de Gainesville en la conferencia Mid-States como noticia del día.

Sharon Weiss, propietaria de Sharon's Beauté Chalet, no tuvo ningún problema en dejar que Mary fuera a buscar a Cooper, siempre que volviera cuanto antes con noticias de qué diablos estaba pasando.

Desde el salón de Sharon hasta la escuela había cinco minutos a pie, pero Mary fue a toda prisa y llegó sin aliento, incluso un poco sudorosa.

Por el camino, envió un mensaje a Sissy Traynor preguntándole si Sis podía recoger a Matty y Jessica de la escuela y el jardín de infancia. Suplicándole, más bien.

Sissy —manicura, pedicura y depilación con cera cada mes— dijo que sí.

Lauren Dowell —limpieza facial profunda y depilación, dos veces al mes—, que trabajaba en la recepción de la escuela, la acompañó hasta la enfermería, donde Cooper esperaba tranquilamente con Katrina Szetey —corte y tinte, una vez al mes— y el entrenador Buchner (sin tratamientos;

probablemente se lavaba el pelo con la misma pastilla de jabón con la que se lavaba sus partes).

—Hola, Mary —dijo Cooper, levantándose al verla entrar—. El entrenador dice que tuve un flashback y me caí. Estaba en la ducha.

Mary miró al entrenador Buchner y luego a Katrina. La enfermera se encogió de hombros y asintió.

—Eso parece —dijo—. Tiene un buen chichón por lo de anoche, pero he visto cosas peores después de casi cualquier partido de fútbol americano. Creo que estará bien, pero deberías llevarlo al doctor Schofield por precaución.

Buchner, que había estado sentado en el borde del escritorio de Kat Szetey, se levantó cuando la enfermera terminó.

—Coop está bien. Un golpe así de fuerte puede dejarte tambaleante un par de días. Como dice Katrina, llévalo a ver a Mike. Ya llamé y te guardan un hueco para esta tarde. Y en cuanto a lo otro, no te preocupes. Yo me encargo.

Mary cruzó la habitación a toda prisa y abrazó a Cooper, que le devolvió el abrazo.

—Estoy bien, estoy bien —dijo él.

—Está mejor que bien —intervino Buchner—. Vamos, Cooper, cuéntale las buenas noticias.

Todo estaba pasando muy rápido. A Mary le costaba seguir el ritmo.

—Conseguí un trabajo —dijo Cooper—. Un trabajo de verdad, con sueldo, con plus y todo.

Eso la detuvo en seco y ahuyentó todos sus otros pensamientos, al menos por un momento.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Mary.

Buchner se acercó, le revolvió el pelo a Cooper y respondió por él.

—Significa que lo vamos a contratar. Entrenador asistente adjunto, responsable de fuerza y acondicionamiento.

No habríamos podido hacer lo que hicimos esta temporada sin la ayuda de Cooper.

Y la Junta está de acuerdo. Hay algo de papeleo que rellenar.

Probablemente deberíamos esperar a que le baje ese pedazo de chichón que tiene.

Pero sí, va a formar parte del personal docente.

Cooper sonrió de oreja a oreja.

—Voy a formar parte del personal docente.

—Dios mío —dijo Mary. No era en absoluto lo que esperaba—. Esto es genial, Ray —le apretó el brazo a Buchner—. Muchísimas gracias.

El entrenador Buchner quitó importancia a sus agradecimientos con un gesto de la mano.

—Pfft. Coop hizo todo el trabajo. Lo quiero en mi equipo. Y lo de esos gánsteres, no te preocupes.

A Mary se le borró la sonrisa.

—Pero ¿qué ha pasado esta mañana? ¿Y a qué te refieres con... lo otro?

El entrenador Buchner pasó un brazo por el hombro de Cooper y lo guio hacia la puerta de la enfermería, dejando atrás a las otras mujeres.

—Creo que lo de esta mañana ha sido que lo de anoche le ha pasado factura, pero el doctor Schofield lo va a revisar de todos modos. Lo otro... —hizo una pausa—. Esos tipos a los que Cooper les dio su merecido anoche. Solo están echando pestes. Quejándose. Hablan de demandar a la escuela.

Él puso los ojos en blanco. A ella se le desencajó la mandíbula.

Pero él volvió a quitarle importancia con un gesto.

—No te preocupes, chica. Tengo un amigo de cuando estuve en el Cuerpo de Marines. Ahora trabaja para un bufete enorme en Nueva York. Me debe un favor y voy a cobrármelo. Por Cooper. No hay de qué preocuparse. A este tío le pides que haga desaparecer un problema y desaparece sin más.

El corazón le latía con fuerza y la cabeza le daba vueltas otra vez.

—Pero si hablan de demandar a la escuela, ¿eso no podría impedir que Cooper consiga el trabajo? Un trabajo de verdad.

—Con plus —sonrió Cooper.

—No, no podría —dijo Buchner. La sujetó por los brazos con sus manazas y la miró a los ojos—. Te doy mi palabra, chica. Quiero a Cooper Fox aquí mientras yo entrene a este equipo. Y no pienso irme a ninguna parte en mucho tiempo.

Ya estaban en la recepción principal. Lauren estaba al teléfono. La enfermera Szetey había vuelto a su puesto.

—¿Necesito hablar con tu amigo en Nueva York? —preguntó Mary.

Buchner negó con la cabeza.

—No. No creo que haga falta. Ya llamé a su oficina y prometieron que me devolvería la llamada.

Yo me encargo de esto, Mary. Debería haber estado ahí para Cooper anoche.

Ahora voy a estar ahí para él. Tú solo llévalo a ver a Mike Schofield y luego a casa.

Y asegúrate de que se tome la medicación.

Es fácil olvidarse de esas cosas cuando te han dejado tan tocado como a él anoche.

Mary le dio las gracias, le estrechó la mano y buscó a Cooper con la mirada.

Se había alejado mientras hablaban. Lo vio junto a la entrada principal, mirando fijamente un tablón de anuncios.

Estaba lleno de volantes y folletos, pero él tenía los ojos clavados en uno en particular.

Una fotocopia con la imagen de una chica negra sonriente.

Sarah Washington. La hija de Gabby.

Estaba llorando. No a moco tendido ni con aspavientos. Pero Mary podía ver los surcos de las lágrimas en sus mejillas.

Se acercó deprisa.

—Oye, cariño, ¿quieres ir al evento benéfico de Sarah? A Gabby le gustaría.

—Murió —dijo él.

A Mary se le encogió el corazón.

—Cariño, no. Sarah está bien. Solo está malita. Y necesitan dinero para las medicinas. A ella no le cubren los tratamientos como a ti, así que están recaudando fondos. Iremos. Deberíamos ir. Vamos.

Lo tomó del brazo y lo guio con suavidad hacia la puerta.

Él no opuso resistencia. Mary miró por encima del hombro y saludó al entrenador Buchner con la mano.

Le estaba muy agradecida por todo lo que había hecho.

Y el trabajo de verdad, eso sí que era increíble.

Entre su sueldo y el dinero que él había recibido por el accidente, siempre llegaban a fin de mes, pero estaría bien tener un poco más.

Habría estado aún mejor si esos imbéciles no lo hubieran estropeado todo la noche anterior.

Quizá se comprarían un coche.

Cooper no podía conducir. Siempre iba corriendo al instituto y volvía igual, a no ser que nevara.

El doctor Schofield había dicho que era normal, dado el accidente de coche que había sufrido.

Estrés postraumático, dijo. Como el de los soldados.

Coop ni siquiera subía al autobús del equipo de los Tigers para los partidos fuera de casa.

Así que quizá nada de coche. No estaría bien gastarse su dinero en algo que él no podía usar.

Pero aun así. Estaría bien tener un poco más.

Cooper se secó las lágrimas mientras salían al frío vigorizante del final del invierno en Virginia. Parecía casi automático, como quien se rasca sin darse cuenta.

—Tengo el día libre —dijo—. Deberíamos hacer algo bonito.

—Tenemos que ir a ver al doctor Schofield antes de nada —dijo Mary—. Pero claro, si quieres. Después de eso, podría estar bien.

Se cogió de su brazo. Ella iba abrigada con un abrigo grueso, pero Cooper parecía perfectamente cómodo con su chándal y su sudadera con capucha.

—Yo también tengo el resto del día libre —dijo ella—. Sharon me dijo que volviera en cuanto pudiera, pero los lunes siempre están tranquilos en la peluquería. Y los niños no están en casa. A lo mejor podríamos pasar un rato juntos antes de que tenga que volver.

—¿Te refieres a acurrucarnos?

—Puede ser —sonrió, sonrojándose un poco—. Tiene algo especial poder acurrucarse por la tarde.

—Sí, pero a mí me gusta hacerlo contigo a cualquier hora.

La consulta del doctor Schofield estaba en Woodrow Street, que salía de Main justo antes de la plaza del pueblo donde todos se habían reunido para celebrar la victoria sobre Jacksondale.

Si Cooper sentía algún trauma por el lugar donde lo habían atacado aquellos tipos, no lo demostró.

Caminaron por el borde del parque en un silencio cómodo.

Si alguno de los dos se sentía inquieto, era Mary, al recordar lo que le había visto hacer la noche anterior.

Él parecía no recordar nada, y ella desde luego no tenía explicación de cómo había podido con tres delincuentes armados.

Cooper era fuerte, rápido y estaba en muy buena forma.

Tenía lo que el doctor Schofield llamaba una capacidad de savant para el ejercicio físico y esas cosas.

Casi seguro que venía de lo que había hecho en su vida antes de que el accidente de coche lo cambiara todo.

Antes de que lo cambiara a él. Pero también era dulce.

Nada cruel, ni agresivo ni violento en absoluto.

Era una de las cosas que más le gustaban de él.

Y lo había sabido desde la primera vez que se conocieron.

Fue poco después de que Coop llegara al pueblo, y estaba en la consulta del doc Schofield para una de sus revisiones por la lesión cerebral.

Entonces tenía una cuidadora. Una mujer con pinta de ejecutiva que decía ser de su compañía de seguros.

Mary estaba allí con Matty, que se había torcido el tobillo muy mal jugando a ser Spider-Man en los columpios.

Su pequeño berreaba tanto que Mary estaba aterrada de que se hubiera roto la pierna o algo así.

La mujer del seguro no paraba de mirarlos con el ceño fruncido, como si la que sufriera fuera ella, pero Coop se acercó y preguntó qué pasaba.

Fue tan amable y tan cariñoso con un niño que no conocía de nada y que no paraba de gritar que Mary tardó un rato en darse cuenta de que... bueno, él no estaba del todo bien.

Eso es lo que la gente decía de él cuando llegó al pueblo. Que a Cooper Fox le faltaba un hervor, decían. Y cosas peores.