3
Cooper Fox se despertó temprano, como siempre.
Le dolía la cabeza y tenía un bulto en la sien, pero ignoró ambas molestias, se levantó y preparó el desayuno para Mary y los niños.
Lo hacía todas las mañanas. Si no, acabarían comiendo sándwiches de mantequilla de cacahuete con mermelada o tazones enormes de cereales azucarados.
Así que, todos los días, incluso en su cumpleaños, Cooper se levantaba temprano para cortar fruta fresca y mezclarla con el muesli que él mismo tostaba.
Servía zumo de naranja natural en vasos llenos de cubitos de hielo.
El hielo no era solo para mantenerlo frío.
Más que nada, ocupaba espacio que de otro modo se habría llenado de zumo.
Y de azúcar. La gente pensaba que el zumo de naranja era saludable, pero no lo era, no si bebías demasiado.
No estaba seguro de cómo lo sabía, pero lo sabía, y el doctor Mike le dijo que tenía razón al ciento uno por ciento, lo que le pareció muchísimo.
Al doctor Mike le intrigaba cómo Cooper sabía lo del zumo de frutas y el azúcar.
Siempre le intrigaba cuando Cooper sabía algo, lo que fuera.
El doctor Mike decía que lo del zumo de naranja era algo que Cooper había aprendido antes del accidente de coche y había conservado después.
Mike solía preguntarle si recordaba otras cosas de antes del accidente.
La verdad era que no recordaba casi nada.
Le dijeron que su mamá, su papá y su hermana habían muerto en ese accidente.
Por eso tenía tanto dinero en su cuenta fiduciaria.
Eso molaba. Le gustaba la idea de que existiera una cuenta en la que pudieras meter dinero y confianza.
Pero no recordaba a su familia. No recordaba nada de antes de su tiempo aquí en Gainesville con Mary y sus hijos.
Quería a Matty y a Jess. Y quería a Mary. Eso lo sabía, al menos, y estaba seguro de que nunca lo olvidaría. Mary había sido su amiga cuando llegó por primera vez, y no tenía otros amigos. Y ahora ella era mucho más que eso. Así que le preparaba un buen desayuno. Todos los días.
Cuando la mesa estaba puesta y el zumo bien frío, sacó a todos de la cama.
Para Mary, esto significaba colocar una taza llena de café caliente en la mesita de noche y besarla en la oreja.
A veces la besaba en la frente o en el cuello, pero esta mañana fue en la oreja.
Otras veces, ella no lo dejaba volver a la cocina ni despertar a los niños hasta que se acurrucaban un rato, pero esta mañana ambos tenían trabajo, así que no le retuvo.
Cooper despertó a los niños recitando a voz en cuello las mejores partes de aquel libro que tanto les gustaba a los dos, el del niño que no quería levantarse de la cama.
—La alarma puede sonar. Los pájaros pueden piar —gritó Cooper—. Hoy es el día en que voy a dormir.
No sabía leer el libro de verdad, pero había oído a Mary leérselo tantas veces que se acordaba de todo: los pájaros que piaban, la alarma que sonaba. Tenía gracia, porque era imposible que los niños durmieran con él desfilando por el dormitorio mientras gritaba rimas sobre dormir todo el día.
Sin embargo, esta mañana le dolía la cabeza cuando empezó a recitar las rimas con su voz más potente, y tuvo que bajar mucho el tono.
Pero Matty y Jess se levantaron de todas formas y salieron corriendo a la pequeña cocina, donde todos se apiñaron alrededor de la mesa para desayunar el muesli y el zumo.
Todos excepto Cooper, que se puso sus zapatillas de correr mientras Mary y los niños comían.
—¿Seguro que puedes correr hasta el instituto? —preguntó Mary—. Después de lo de anoche.
—Me duele la cabeza —confesó—. Pero corro al instituto todos los días.
—¿Pero no deberías ir andando hoy? ¿O incluso coger el autobús con nosotros?
Negó con la cabeza, lo que le dolió un poco más.
Nunca cogía el autobús. Nunca se subía a ningún coche ni autobús si podía evitarlo.
—No, Mary —dijo—. Corro al instituto todos los días.
Sabes que corro, que hago pesas y que desayuno con el entrenador Buchner el desayuno del deportista. Eso es lo que hago.
Ella no parecía contenta, aunque él le había puesto más fresas en el muesli, y a ella le encantaban las fresas. Pero tampoco le impidió salir a correr.
Se puso sus zapatillas Nike, que eran muy buenas y bastante nuevas porque los abogados del fondo fiduciario le compraban unas nuevas cuando las viejas ya no servían. Cooper nunca había conocido a los abogados del fondo fiduciario, pero les tenía mucho cariño porque hacían cosas buenas por él.
A Cooper también le encantaba correr al instituto todas las mañanas, incluso cuando hacía frío. No le gustaba tanto cuando hacía frío y llovía. Y no podía correr si la nieve era demasiado espesa en pleno invierno. Pero en Gainesville hacía calor casi todo el año.
Vivían en una casita a las afueras del pueblo.
A Cooper no le llevaba mucho correr las dos millas hasta el instituto Gainesville High.
Normalmente lo hacía en unos quince minutos.
Lo sabía porque el entrenador Buchner se lo decía.
Le había explicado a Cooper que si siempre salía de casa de Mary cuando la manecilla grande del reloj apuntaba hacia arriba, entonces él, el entrenador Buchner, podría calcular lo rápido que había corrido Cooper mirando dónde estaba la manecilla grande en el reloj del gimnasio cuando llegaba.
Era una especie de magia.
Cooper no se preocupaba por lo rápido que corría, ni por cuántos pasos daba, ni por lo largos que eran, ni por nada de eso.
Simplemente le gustaba sentir el aire fresco de la mañana en la cara y mirar todos los árboles mientras corría por la carretera.
La casita que los abogados del fondo fiduciario le habían comprado estaba en el bosque, y había muchos árboles preciosos.
Pinos y cedros y nogales. A veces, cuando llegaba al pueblo, pasaba junto a personas que conocía, y les saludaba con la mano, y ellos le devolvían el saludo.
A veces tenía que esperar a que cambiaran los semáforos.
Mary se había preocupado por eso cuando él empezó a correr al instituto, pero él le dijo que era muy sencillo.
—Cuando el hombrecito verde del semáforo está caminando, entonces yo también puedo caminar. Pero cuando el hombre rojo está quieto, yo también.
Corrió un poco más despacio esta mañana.
El dolor de cabeza empezó a aliviársele a medida que dejaba atrás el bosque al sur de Gainesville y corría por la acera junto al pequeño parque en las afueras del pueblo.
Cuanto más respiraba el aire fresco y frío de la mañana, mejor se sentía.
Habría podido correr sin parar, pero el semáforo de la esquina de Main Street con Browne le obligó a detenerse.
El hombrecito de los semáforos estaba quieto y rojo, y Cooper sabía lo que eso significaba.
Era hora de que él también se quedara quieto y esperara.
No pensó mucho en lo que había pasado la noche anterior porque en realidad no lo recordaba. Era casi como si esa parte de la noche hubiera resbalado de su memoria hacia los años anteriores a su gran accidente de coche. Se había esfumado. Como su familia.
En cambio, disfrutó viendo cómo el aliento se le convertía en vapor, y saludó con la mano a todos los que vio.
El señor MacGilvray estaba sentado en el porche delantero de la pensión de la señorita Stutchbury, bebiendo leche directamente del cartón.
El señor Gooch estaba abriendo su ferretería y saludó cuando vio a Cooper.
La señorita McKee, que hacía los mejores muffins de arándanos en su pequeña cafetería, The Baker's Spoon, intentó hacerle señas para que se acercara y tentarle con una golosina, un truco que repetía todas las mañanas.
El sheriff Andy, que siempre se sentaba en la mesa junto a la ventana leyendo el periódico, levantó su tazón de café a modo de saludo. Como hacía todas las mañanas.
—Buenos días, señor Café —sonrió Cooper.
Unos chicos del instituto pasaron en coche y le gritaron saludándolo desde atrás, mientras Brady McGovern conducía.
Brady jugaba de ala defensiva en los Tigers.
Podía levantar ciento cincuenta y cinco kilos en press de banca, y Cooper sabía, simplemente lo sabía, que con un poco más de tiempo trabajando en ello, Brady podría pulverizar su marca personal.
Pero Brady se graduaría pronto, probablemente se iría a la universidad, y ahí acabaría todo.
Era una pena. Porque lo único que tenía que hacer era bajar la barra hasta el pecho, hacer una pausa de un par de segundos mientras inflaba los pulmones, respirar lo bastante hondo como para elevar el abdomen inferior, y luego empujar.
Si mantenía las repeticiones bajas y controlaba el peso por completo, digamos cinco repeticiones en tres series, Brady estaría preparado para conseguir números de escándalo en el futuro.
Ese era el tipo de cosas que hacía Cooper como asistente del asistente del entrenador.
Nadie, y mucho menos él, tenía ni idea de cómo lo hacía.
Simplemente lo hacía.
—A lo mejor eras el asistente de Arnold Schwarzenegger antes del accidente —bromeó una vez el doctor Mike.
Pero Cooper estaba bastante seguro de que no.
Simplemente sabía cosas, como ser fuerte y no fiarse del zumo de naranja.
No sabía mucho, pero eso sí lo sabía.
El semáforo cambió, y el hombrecito se puso verde y parecía que caminaba, aunque en realidad no se movía, y Cooper volvió a trotar.
Cruzó la calle trotando, con cuidado de mirar a ambos lados, y estaba a punto de acelerar en la otra acera cuando se detuvo.
Se detuvo tan de golpe que casi se enredó con sus propios pies y tropezó.
Se quedó justo antes del bordillo, mirando fijamente a una chica.
No, era la foto de una chica grapada a un poste de teléfono.
La chica de la foto era joven, y él la conocía.
Era la hija de la señora Washington, Sarah.
Estaba sonriendo en la foto, y tenía los dientes muy blancos.
Pero por alguna razón, su sonrisa hacía que Cooper se sintiera triste.
Se sentía tan triste que apenas podía dar otro paso.
Se quedó mirando la foto y notó que se le oprimía el pecho y se le cerraba la garganta.
También había palabras en el papel, pero no intentó leerlas.
Ese no era el tipo de cosas en las que Cooper Fox era muy bueno después de su accidente de coche.