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Solo cuando la nevera llena de hielo y bebidas se estrelló contra el suelo y Rosco Powell, todavía con un bocadillo de cerdo a la barbacoa a medio comer en la mano, se lanzó contra el hombre que había golpeado a Cooper, Mary empezó a entenderlo.
Ese tipo, ese desconocido, había atacado a su hombre. Su hermoso, inocente, dulce...
Gritó.
Dan Ferrucci ya se estaba girando hacia los gritos y el alboroto que venían de la pelea —porque era una pelea ahora, con el gigante y algún otro tipo abalanzándose sobre el chico Powell.
Dan estaba tan sorprendido que aplastó su bocadillo de cerdo contra la pistola al ir a cogerla.
La banda seguía tocando, y la multitud alrededor de la rotonda aún no se había enterado de nada, pero lejos del gentío junto al escenario, las cabezas se giraban y los brazos se levantaban mientras la gente señalaba la refriega.
—¡NO! ¡COOPER! —gritó Mary, tropezando mientras intentaba salir de detrás de la mesa de servicio.
—¡Esos hombres! —bramó Gabby Washington, con voz repentinamente dura y autoritaria—. Que alguien detenga a esos hombres.
Estaban golpeando al pobre Rosco Powell, con los brazos moviéndose en torpes y rígidas caricaturas de ganchos y martillazos. Pero los puños del grandullón eran tan enormes que cada golpe caía como una bomba tosca.
Las mujeres y los niños gritaban.
Los hombres gritaban enfadados, inseguros.
Y todo se movía a cámara lenta.
Todo y todos excepto su hombre.
Por segunda vez esa noche, momentos después de quedar paralizada por la confusión y su incapacidad para procesar lo que estaba viendo, Mary Doyle se quedó mirando boquiabierta a su novio.
Cooper, que nunca había levantado la voz con ella ni con los niños, y mucho menos la mano, pareció fluir desde el césped donde lo habían derribado.
Saltó como una chispa, salvando la distancia entre él y los hombres que ahora estaban pateando a Roscoe, y llegó detrás del grandullón en una ola borrosa de color que pareció barrer las piernas del gigante.
Mientras este se desplomaba como un roble podrido en una tormenta, su compañero lanzó un gancho salvaje, y Mary gimió temiendo que le diera a Cooper en el cráneo.
Ya había recibido aquel terrible golpe. Pero en lugar de recibir otro que casi con toda seguridad agravaría las lesiones en la cabeza, Cooper se movió tan rápido que desapareció en una especie de destello elegante.
Sin embargo, no había nada elegante en el efecto.
Mary vio el brazo del hombre bloqueado de repente, extendido y partido como leña seca para la barbacoa.
Cooper pareció piruetear frente a él, arrastrando los restos destrozados del miembro por encima de sus hombros.
Sucedió tan rápido que Mary apenas pudo distinguirlo.
Uno de los brazos de Cooper estaba ahora enredado en los restos horriblemente doblados del brazo del otro hombre, y su mano libre se clavó en la garganta del atacante.
Aunque, siendo sincera, ese tipo ya no era un atacante. Era una víctima.
La multitud, que había estado avanzando hacia la pelea, se había detenido. La banda se había detenido.
Pero Cooper no se había detenido. Mientras el gigante intentaba ponerse de pie, a pesar de lo que Mary ahora veía que era una pierna gravemente fracturada, Cooper le asestó una patada en la sien con un grito seco y certero que la hizo dar un respingo incluso desde donde estaba.
Otra voz gritó.
—¡Quieto ahí, hijo de puta!
Durante un breve instante, apenas medio latido, Mary pensó que el sheriff Andy o el agente Dan por fin se habían espabilado.
Pero ellos jamás hablarían así, y desde luego no a Cooper. Ni siquiera para detenerlo...
Mary se estremeció. No sabía qué pensar de lo que acababa de presenciar, de lo que su hombre acababa de hacer. No sabía cómo llamarlo.
¿Ni siquiera para impedir que matara a esos tipos?
Pero no era el sheriff Andy. Y podía ver al agente Dan, presa del pánico, que se limpiaba la ensalada de col y la salsa del revólver reglamentario.
Un tercer hombre había irrumpido en escena y apuntaba con una pistola a la cabeza de Cooper.
Un escalofrío de agua helada le recorrió el estómago a Mary, y un extraño entumecimiento se extendió desde las puntas de sus dedos.
Aquella arma le parecía enorme, como un cañón.
La boca del cañón estaba a centímetros de la cabeza de Cooper.
Y de pronto ya no lo estaba.
Mary no había entendido realmente lo que sucedió cuando Cooper intervino para detener a los dos hombres que atacaban a Ross Powell.
Había ocurrido tan rápido, y ella no se lo esperaba.
Todo había terminado antes de que pudiera encajar las piezas del rompecabezas.
Aun así, más tarde, pudo reconstruir más o menos lo que había pasado.
Con aquella arma, sin embargo, nunca lo entendió.
Ni siquiera viendo los vídeos que la gente grabó con sus móviles.
Y mucha gente grabó vídeos. Lizzie Margolis, que prácticamente llevaba ella sola el periódico del instituto, incluso tuvo la presencia de ánimo de usar el modo de cámara lenta de su iPhone.
Mucha gente vio aquel vídeo después, incluidos el sheriff Andy, Tom Margolis —el padre de Lizzie— y el fiscal del condado. Ninguno de ellos pudo decir con certeza qué había hecho Cooper ni cómo.
Lo único seguro era el resultado.
Había un borrón de píxeles en el vídeo, y acto seguido el hombre del arma estaba en el suelo y Cooper Fox se erguía sobre él, apuntándole a la cara con la pistola.