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Una telaraña le cubría un codo. Porter no podía hacer nada para ocultar los puntos, las lágrimas y los rayos que llevaba en la cara, pero era lo bastante listo como para mantener tapados los ejemplos más llamativos de su tinta carcelaria.
La noche era templada para mediados de noviembre, pero lo bastante fresca como para que Porter pudiera justificar una bufanda barata alrededor del cuello y la parte inferior de la cara.
Sus compañeros, Duray McClintock y Warren Lubbers, tenían la mitad de su edad y probablemente eran bastante más imbéciles.
Sin duda, él era el cerebro de aquella banda.
Había compartido celda con McClintock durante un tiempo en Saginaw, y se habían juntado con Lubbers, un bruto gigantesco, torpe y de ojos acuosos, hacía tres días, al otro lado de la frontera estatal, en Virginia Occidental.
Así que ahora eran fugitivos interestatales.
Pero Joe Don no se imaginaba que el FBI fuera a montar un equipo de asalto para perseguirlos a corto plazo.
Su ola de crímenes en dos estados era modesta.
Tres allanamientos, el último de los cuales se había convertido en una invasión de domicilio, con Lubbers, que medía un metro noventa y siete, noqueando al aterrorizado propietario antes de que pudiera dar la alarma.
Un viejo negro flacucho en un puto camisón, había que verlo.
Habían atracado una licorería y se habían llevado ciento treinta y seis dólares en efectivo, un pack de seis Coors y un paquete de cortezas de cerdo.
Luego, un pueblo más adelante, en un agujero de mierda llamado Jacksondale, habían asaltado a un chaval con mochila en el apartadero del ferrocarril.
Le dieron una paliza para que escarmentara y le robaron la mochila, de la que sacaron un portátil y un iPad.
Las venderían más adelante, cuando estuvieran lejos, porque Joe Don estaba al mando, y no era tan jodidamente tonto como para intentar empeñarlas en ningún sitio cerca del pueblo del chaval.
Gainesville los había atraído como moscas a una mierda fresca porque en Jacksondale, en una gasolinera, habían oído hablar del gran partido y la derrota ante los paletos endogámicos de más abajo por la interestatal, y Duray, que había jugado un partido de fútbol americano en el instituto,
había calculado que probablemente habría una fiesta por todo lo alto en el pueblo.
Como los imbéciles que eran, McClintock y Lubbers estaban deseando meterse en el pueblo para pillar algo de coño de animadora borracha.
No eran tan jodidamente tontos como para imaginar que ninguna animadora que se respetara se lo daría a un par de presidiarios mugrientos como ellos.
—Pero podríamos pillar algo para llevar —sugirió McClintock mientras coronaban una colina y veían el pueblo enclavado en el valle. La plaza en el centro del pueblecito bullía de gente y estaba engalanada con luces festivas.
—Ni de coña —gruñó Joe Don. No se le ocurría una forma más segura de atraerse la atención sostenida y seria de las autoridades.
Pero a Joe Don le intrigaban las otras posibilidades que se le ocurrían.
Si todo el pueblo estaba allá abajo celebrando su victoria, eso significaba muchas casas vacías y muchos objetos de valor que una banda de forajidos emprendedores podría agenciarse antes de que aquellos paletos imbéciles se dieran cuenta de que los habían desvalijado.
Iban los tres apretujados en la cabina de una F100 robada. La plataforma trasera podía cargar muchísimo más botín que la mochila de un chaval.
—Chicos —dijo Joe Don—. Me parece que esta noche tenemos faena.
Por desgracia, el astuto plan de Porter de rodear el centro del pueblo y despojar a un par de docenas de casas de joyas y efectivo se fue al traste por una serie de cortes de calles para facilitar el ir y venir tranquilo de los muchos juerguistas del pueblo.
Un ayudante del sheriff con un sombrero vaquero de ala ancha los detuvo en un cruce y le hizo señas a Joe Don para que diera marcha atrás y se bajara si quería seguir adelante.
La actitud del ayudante sugería que largarse y no volver nunca sería una idea aún mejor.
Porter habría dado marcha atrás hasta la interestatal, después de que la policía local le hubiera echado el ojo.
Pero para entonces, sus dos cómplices habían visto los carteles pintados a mano que ofrecían barbacoa gratis, bebidas a mitad de precio y refrescos gratis, y como los críos que se habían arremolinado alrededor de Cooper Fox cuando la banda empezó a tocar su repertorio de los Blues Brothers,
McClintock y Lubbers se emocionaron más de la cuenta.
Lubbers saltó de la camioneta y echó a correr hacia la multitud.
Joe Don podría haberlo dejado tirado, pero para entonces Duray también se había bajado del vehículo, y era él quien tenía los ciento treinta y seis dólares del atraco a la licorería.
Y así fue como tres criminales a los que nadie buscaba especialmente acabaron en Gainesville la noche de la gran fiesta callejera para celebrar el primer campeonato de los Tigers en treinta y seis años.
Joe Don aparcó la camioneta robada delante de una farmacia y cerró con llave.
Nunca se era demasiado precavido, al fin y al cabo.
Se ajustó la bufanda para tapar mejor los tatuajes de la cara y el alambre de espino que llevaba tatuado en el cuello, e intentó sonreír con los ojos.
No encajaba —ninguno de ellos encajaba— y seguro que en cuestión de minutos alguno de aquellos paletos empezaría a señalar y a cuchichear.
Joe Don se dirigió a la barbacoa. Les pillaría a sus imbéciles compinches una hamburguesa gratis y se largarían a currar antes de que aquella mierda se torciera.
Se torció en menos de un minuto.
Joe Don Porter lo vio todo.
Un tipo llevaba una nevera portátil al hombro.
Se notaba que iba llena por el cuidado que ponía en no perder el equilibrio mientras se abría paso entre la multitud.
El tipo parecía algo delgado, al menos comparado con los muchos capullos gordos y imbéciles que lo rodeaban, pero también parecía fuerte. Si esa nevera iba llena, menuda carga.
A Joe Don se le encogió el estómago cuando vio a McClintock y Lubbers plantados en el camino del tipo, cortándole el paso.
El tío aún no los había visto. Llevaba la cabeza agachada, concentrado en dónde pisaba como un pringado.
Pero ellos sí lo habían visto, y tenían pinta de ir buscando bronca.
Joe Don quiso gritarles, pero no quería llamar la atención.
Le entraron ganas de correr, de interceptar al idiota de la nevera antes de que se topara con Duray y Lubbers, o de agarrar al par de presidiarios desdentados y quitarlos de en medio antes de que alguna cámara de seguridad grabara lo que ahora parecía inevitable.
Iba a haber un incidente. Paralizado entre todas esas opciones, durante dos segundos cruciales, no hizo nada.
Lubbers —un metro noventa y ocho de estupidez y brutalidad ciega, siempre a la espera de una excusa para desmadrarse— plantó sus enormes botas justo delante del otro hombre y dejó que la nevera portátil le golpeara en el pecho.
Pillado por sorpresa, el hombre perdió el equilibrio.
Podría haber soltado la carga y derramado todo el contenido de la nevera, pero Lubbers ya le había echado mano, había abierto la tapa y estaba sacando latas frías.
Las sacaba y las tiraba cuando resultaban ser refrescos en lugar de cerveza. Duray daba saltos como un crío en una tienda de golosinas, intentando ver dentro de la nevera.
Joe Don ya se estaba moviendo, moviéndose de verdad, pero era demasiado tarde.
Lo que iba a pasar ya estaba pasando. Debería salir corriendo, lo sabía.
Volver a la camioneta y largarse de allí.
Pero sabía que esos dos idiotas estaban a punto de echarse a todo un pueblo encima, y en una o dos horas, cuando el sheriff local hubiera terminado de sacudirles con una vieja guía telefónica, iban a cantar el nombre de Joe Don Porter entre lloriqueos, mocos y bocas ensangrentadas.
Joe Don no oyó lo que el hombre de la nevera le dijo a Lubbers.
La multitud, la banda, el rugido de todas esas voces y esa música, había demasiado ruido para entender lo que decían.
Pero vio al hombre intentar discutir con ellos.
Vio a Lubbers lanzarle una lata de refresco a la cabeza.
Vio la lata impactar y explotar con la fuerza del golpe.
Vio al tipo desplomarse como un saco de mierda de caballo mojada.
Sintió cómo se le encogían los huevos dentro del cuerpo.
Oyó los primeros gritos. Oyó los gritos de alarma e indignación. Se oyó a sí mismo maldecir mientras pasaba del trote al esprint.
Mary estaba a punto de añadir más ensalada de col al panecillo del ayudante del sheriff Dan Ferrucci cuando vio a Cooper chocar con el gigante.
Durante una fracción de segundo, sonrió.
Casi se rio. Gainesville era el tipo de pueblo que se vigilaba solo y la oficina del sheriff apenas contaba con cuatro personas, incluyendo a Sharon Ferrucci, la mujer de Dan, que hacía de secretaria cuando hacía falta.
Clem Dixon siempre ponía seguridad en la puerta de su local cuando tocaba la banda, pero aparte de llevar a Owen MacGilvray a casa cruzando la plaza hasta la pensión de Sara Stutchbury y bufar ante los carnés falsos que los chavales del instituto intentaban colar,
los porteros de Clem se ganaban el sueldo sin despeinarse.
Gainesville era un lugar con suerte. Vaya, justo el año pasado, una gran farmacéutica había abierto un centro de distribución nacional cerca del cruce con la US 44,
una inversión que había traído un montón de dinero al pueblo durante las obras y había dejado más de cincuenta empleos bien pagados cuando los obreros se marcharon.
Gainesville era un pueblo agradable. La gente era buena gente, y el equipo de fútbol americano acababa de conseguir una victoria sonada.
Ella había sido tan feliz cuando llegó aquí con los niños, después de escapar de su imbécil marido Brian, y más feliz aún cuando conoció a Cooper, que...
bueno, cuando vio a ese enorme vagabundo soltar un puñetazo brutal con el brazo tieso contra su hombre, simplemente...
No lo procesó.
Cuando la lata de refresco explotó contra la sien de Cooper, no entendió lo que estaba viendo.
Mientras Cooper empezaba a caer al suelo, ella seguía atrapada en esa confusión inicial.
¡Espera! ¿Qué? ¿Eh?