Agente durmiente 1
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Agente durmiente

Agente durmiente

Por John Birmingham

© inepub.com

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El Clem's Bar-n-Grill tenía licencia para ochenta y nueve clientes.

El sábado por la noche, después de que Gainesville ganara la final de Mid States arrollando por completo a los engreídos pijos de Jacksondale Grammar, más de trescientos seguidores se apiñaron en el local para la fiesta.

Clem Dixon, propietario del mejor restaurante de Gainesville, abonado número uno de los Gainesville Tigers y capitán del último equipo local que había alzado el Ol' Jug en triunfo treinta y seis años antes, puso dos cerdos enteros a la barbacoa,

bebidas para adultos a mitad de precio y refrescos y helados gratis para los críos.

Los que estaban de juerga dentro del bar suponían casi el diez por ciento de la población del pueblo.

El resto, al parecer, se había desparramado por el césped de la plaza, donde la famosa banda de blues local de Clem, Rockapotamus, lo daba todo en la vieja rotonda.

Había, pues, numerosos testigos que podían dar fe de Cooper Fox y testificar que actuó en legítima defensa, aunque esos testigos no pudieran creer lo que veían.

Cooper, que también atendía encantado al nombre de «Coop», estaba disfrutando de un bocadillo de cerdo y de la versión marchosa de la banda de R.O.C.K in the USA mientras su novia Mary lo observaba desde las largas mesas de servicio de madera.

Cooper bailaba con el mismo abandono feliz que los pequeños de Mary, Matty y Jessica, y una docena o más de sus amiguitos en la improvisada pista de baile infantil supervisada por los padres, bien alejada de los adultos.

La mayor parte de la población adulta del pueblo estaba bastante borracha y dándolo todo de verdad frente al escenario.

Todos los que veían a Cooper bailar con los niños sonreían, y si algunas de esas sonrisas parecían ligeramente agridulces, no era porque sintieran lástima por Mary Doyle y su chico.

Ella nunca había parecido tan feliz. Y Coop, bueno, todo el mundo adoraba a Cooper Fox.

Y todo el pueblo cuidaba de él. Después de todo, el entrenador Buchner insistía en que él tenía mucho que ver con la victoria de los Tigers, por extraño que pudiera parecer si uno conocía a Cooper Fox de una o dos veces y no había tenido la oportunidad de tratarlo a fondo.

Los niños, en cambio, sí lo conocían, desde los preescolares hasta la clase de graduación de Gainesville High.

Era prácticamente su adulto favorito, y al verlo mover el esqueleto cuando la banda pasó al viejo clásico de los Blues Brothers, se entendía por qué.

Cooper Fox era un hombre sencillo con el alma inocente de un niño.

Una persona cruel se detendría ahí y quizá incluso se burlaría un poco de lo de «sencillo».

A Cooper le daba igual. Le encantaba mover el esqueleto. En ese momento, se estaba riendo mientras dirigía a un pequeño pero creciente grupo de críos en una representación del gran número de baile de la vieja película.

—Agáchate y déjame verte mover el esqueleto —medio gritó medio cantó Cooper, señalando a la banda y animando a los niños a seguirle el juego.

—Vamos, y déjame verte mover el esqueleto —rugió Rockapotamus de vuelta, señalando a los niños, atrayendo aún más atención hacia ellos.

El público alrededor de los niños vitoreó y aplaudió mientras hacían el twist, el fly, el swim, el bird.

Mary estaba tan absorta en la escena, tan embargada por sus sentimientos hacia el hombre que había entrado en su vida hacía solo un par de años, que se quedó completamente en Babia mientras servía un bocadillo de cerdo con salsa a Ross Powell, el receptor abierto de los Tigers.

Era su segundo bocadillo, pero era un chico grande con un apetito a la altura.

—¿Señorita Doyle? —preguntó Ross cuando vio que se había olvidado de él.

Mary se sonrojó.

—Perdona, Rosco —dijo, y se apresuró a llenar su panecillo para disimular la vergüenza.

—Nada de ensalada ni col, gracias, señora —dijo Powell, casi alarmado—. Solo más carne si tiene.

Mary se disculpó de nuevo, apartó el panecillo, que ahora estaba irremediablemente contaminado con ensalada, y le preparó uno nuevo a Ross desde cero.

La galardonada panadera de Gainesville y madrastra de Rosco, Kimmy Thanh, había aportado baguettes crujientes, brioche y panecillos blancos normales, mientras que el proyecto de huerto escolar ponía toda la verdura fresca y los tomates madurados en la vid necesarios para aligerar la avalancha de

carbohidratos y proteínas gratis.

Pero Rosco Powell le aseguró a Mary Doyle:

—Los carbohidratos y las proteínas están muy bien, señora.

—Tranquila, chica —le susurró Gabby Washington, la bibliotecaria del pueblo, al oído cuando Powell se hubo ido—. Menudo hombre te has echado. No eres la única que pierde la cabeza mirando ese trasero.

—¡Gabby! —protestó, sonrojándose el doble que antes.

El linaje de Mary era irlandés, y su piel pálida se quemaba con el sol de invierno y se sonrojaba a la más mínima insinuación de vergüenza.

Aunque ahora protestaba demasiado, porque Gabs la había pillado pensando cosas lascivas e inconfesables sobre lo que iba a hacer con ese pedazo de hombre en cuanto lo llevara a casa.

La bibliotecaria soltó una carcajada encantada al pillarla. Pillar a la gente era la razón por la que el buen Dios había puesto a Gabby Washington en esta tierra, y era un bálsamo verla tan animada aunque fuera por un ratito. Tenía problemas en su vida.

La banda terminó con los Blues Brothers y pasó directamente a Old Time Rock and Roll de Bob Seger, el himno no oficial de los Gainesville Tigers. Un rugido enorme se alzó de la multitud. Tan fuerte que Mary no oyó lo que Gabby dijo a continuación.

—Digo que se nos acabó la limonada para los pequeños —gritó Gabs por encima del ruido.

La cola para los bocadillos de cerdo serpenteaba hasta el monumento a la Guerra Civil en la esquina de la plaza del pueblo.

Siete madres de la escuela y Gabs trabajaban en las largas mesas de caballete, sirviendo comida y bebida, pero había tanto trajín que Mary no creía que pudieran prescindir de nadie para ir corriendo al Clem's a rellenar la nevera portátil de bebidas para los niños.

—Se lo pido a Cooper —dijo, alzando la voz por encima de la música y el ruido de la multitud.

Tardó unos segundos en llamar su atención agitando las pinzas de barbacoa, pero finalmente Cooper vio que lo necesitaban y se despidió de los niños, que protestaron a más no poder. Un par de los más pequeños se aferraron a sus piernas, y él los llevó como oseznos agarrados al tronco de un árbol.

Cooper Fox medía un poco más de un metro ochenta y se movía con una gracia que sugería gran fuerza y agilidad.

Pero la fuerza de un bailarín más que la de un defensa.

Y ahí estaba la cuestión, porque el entrenador Buchner no exageraba cuando atribuía a Coop buena parte del mérito por el año triunfal de los Tigers.

Cooper Fox no era un entrenador cualificado.

Por lo que se sabía, ni siquiera tenía el diploma de secundaria. Y, por supuesto, estaba lo otro.

Pero dejando todo eso a un lado, Buchner te diría que el hombre tenía un don innato para la fuerza y el acondicionamiento.

Era solo el ayudante del ayudante del entrenador, y encima sin cobrar, pero sus ejercicios y entrenamientos eran reconocidos como la base del ascenso de los Tigers desde el penúltimo puesto de la conferencia Mid States hasta el campeonato que le habían arrebatado a Jacksondale la noche anterior.

—Hola, cariño. Hola, Gabs —dijo con una sonrisa, mientras separaba suavemente a dos pequeños de sus piernas y los mandaba de vuelta con sus padres con unas pataditas suavísimas en el culete—. ¿Qué pasa?

—Cooper, ¿podrías llevar la nevera a lo de Clem y rellenarla con refrescos para los niños? —preguntó Mary, alzando la voz para hacerse oír por encima de la música y el bullicio de la multitud—. Se nos han acabado.

—Claro —se encogió de hombros—. Me cae bien Clem.

Sonrió, y si mirabas con atención, o si alguien te había avisado de que estuvieras atento, habrías visto algo en esa sonrisa. O más bien, algo que faltaba.

Cooper Fox era guapo de una manera convencional, casi anodina, con el pelo negro y espeso cortado al ras y unos ojos gris azulados que habrían resultado llamativos en cualquier otra persona salvo en él.

Sus rasgos, en otro tiempo esculpidos, habían sido desfigurados en algún momento por un trauma violento: una nariz antes aguileña, rota y soldada con una ligera desviación,

y un pómulo marcado por una cicatriz de cinco centímetros que llamaba la atención no porque fuera abultada o rugosa —era bastante tenue— sino porque, junto con la nariz rota, parecía completamente fuera de lugar.

A Mary le gustaba decir que sus cicatrices le daban carácter. Cooper, a quien no le importaban mucho, siempre respondía: —Yo soy todo un personaje. Porque lo había oído en una película una vez, y le había hecho muchísima gracia.

—Aquí tienes, guapo. Llénala —dijo Gabs, pasándole la nevera familiar.

—Vale —dijo Cooper—. Lo haré.

—Y tráela de vuelta —añadió Gabs. Por si acaso.

Asintió con seriedad.

—Y la traeré de vuelta.

Cualquier otra persona habría puesto los ojos en blanco o le habría replicado a Gabs, pero la respuesta de Cooper fue completamente natural.

Como él. Eso era lo que faltaba en su sonrisa: cualquier atisbo de matiz, de complejidad, o de las inevitables tensiones y contradicciones que conforman la arquitectura oculta de una personalidad plenamente desarrollada.

Cooper Fox, un hombre de veintitantos o quizá treinta y pocos años, tenía el rostro cándido de un niño.

Joe Don Porter tenía el rostro de un hombre que había pasado la mayor parte de los últimos catorce años contemplando los barrotes de una celda en el Centro Penitenciario del Condado de Saginaw.

Su piel era cetrina, profundamente arrugada y cubierta de tatuajes gris negruzcos, todos grabados en su pellejo con herramientas y tintas improvisadas de lo más variopinto.

Portaminas, grapas, clips. Ceniza de cigarrillo mezclada con champú, plástico y poliestireno fundidos.

Un motivo de alambre de espino le rodeaba el cuello.