Capítulo 10 #3
—Qué amable por su parte. —Agatha miró la caja con avidez.
Le encantaban los bombones, pero detestaba el efecto que ingerir uno siquiera provocaba en su imaginación.
Un solo bombón y creía notar cómo le crecía la barriga y se le ensanchaban las caderas.
Sin embargo, acababa de pasar un mal trago y se merecía por lo menos unos pocos.
Se puso colorete y pintalabios y luego abrió la caja.
—Pruebe uno —le dijo a la mujer del vicario.
—Acabo de desayunar.
—Oh, vamos —insistió Agatha—. Me sentiré como una foca si me los como todos yo sola.
La señora Bloxby cogió uno. Agatha cogió otro, lo engulló y cogió otro.
Charlaron sobre los asuntos de la aldea y, cuando por fin la mujer del vicario se levantó para marcharse, Agatha se dio cuenta de que la caja de bombones estaba casi vacía y la señora Bloxby sólo había comido dos.
John Armitage llegó por la tarde, con un gran ramo de flores que Agatha observó con detenimiento hasta llegar a la conclusión de que era ligeramente más caro que el que le había llevado a Joanna.
—¿Has oído las últimas novedades? —preguntó.
—No, ¿qué ha pasado? —repuso Agatha.
—Han dicho en la radio que la policía ha detenido a la banda de Birmingham, los narcotraficantes que habían obligado a Terry Jensen a almacenarles la droga.
—Y Brudge ni siquiera me ha dado las gracias —protestó Agatha.
—Cree que has interferido en la labor policial. Pero tendrás tu momento de gloria durante el juicio.
—Si no fuera por mi interferencia, como tú dices, el inspector seguiría sin dar una.
—El caso se las traía, desde luego. ¿Cómo estás?
—Estupendamente. Mañana vuelvo a casa.
—Te llevaré a cenar para celebrarlo.
Agatha se animó por momentos.
—Qué bien. ¿Adónde?
—Hay un restaurante francés en Oxford, Ma Belle, en Blue Boar Street. Tienen mesas en el patio, delante del restaurante, y si hace buen tiempo podemos cenar fuera. Te recogeré a las siete.
Después de que John se marchara, llegó Bill Wong con más flores.
—Agatha —dijo—, espero que sea la última vez que tengo que ir a verte al hospital después de un caso. Lo que hiciste fue muy peligroso.
—¡Se diría que lo único que sabe hacer Brudge es quejarse de mí a todo el mundo! —estalló Agatha.
—Ayer me pasé por la vicaría. La señora Bloxby está preocupada por ti, fue ella quien me lo contó. Si John Armitage no hubiese llamado a la policía, ahora mismo serías un fiambre congelado.
Sin embargo, como de costumbre, Agatha no pensaba admitir que tenía la culpa de nada. Le soltó un largo discurso y dijo que, si no fuera por ella y sus brillantes dotes detectivescas, la policía nunca se habría anotado un éxito tan rotundo.
—Ese ramo de flores habrá costado un ojo de la cara —dijo Bill señalando la ofrenda de John y haciendo como que la escuchaba.
—Me lo ha traído John Armitage —informó Agatha con orgullo—. Mañana por la noche me llevará a cenar.
—Ten cuidado.
—Ya no soy virgen.
—Sólo digo que enamorarte de tu último vecino sólo te dio quebraderos de cabeza.
—¡No voy a enamorarme de John Armitage! —exclamó Agatha indignada.
Al día siguiente, cuando salió del hospital y la señora Bloxby la llevó a casa en su viejo Morris Minor, Agatha parloteó durante todo el trayecto sobre trivialidades, pero su mente no paraba de dar vueltas a lo que se pondría esa noche para ir a cenar con John.
Una vez en casa resistió el impulso de salir a comprarse algo nuevo. Tenía ropa de sobra. Sólo necesitaba elegir las prendas adecuadas. Tras vaciar el armario por completo, se decantó por una falda de seda granate con una abertura lateral y una blusa de suave seda blanca con un escote pronunciado.
Esa noche, maquillada con esmero, perfumada, con el pelo recién cepillado y lustroso, Agatha se sentía más guapa que nunca.
John llegó a las siete y salieron hacia Oxford.
Hacía una tarde cálida y espléndida. Los últimos rayos de sol bailaban entre los árboles, que conservaban toda su frescura y verdor, lejos aún de la sofocante monotonía canicular.
Por una vez, Oxford se alzó a ojos de Agatha como la ciudad de las agujas de ensueño y no como el habitual caos de tráfico congestionado, mendigos y adolescentes borrachos.
John había reservado una mesa en el patio del restaurante. Pidieron la comida y una botella de vino. Hablaron del caso, repasándolo una y otra vez, hasta que, en un momento dado, John comentó:
—Tengo la impresión de que mi libro, el que leíste, no te pareció del todo fiel a la realidad. ¿Por qué motivo?
Iban por la segunda botella de vino. Agatha, sintiéndose relajada y segura en su compañía, empezó a hablarle de su niñez en las barriadas pobres de Birmingham mientras él la escuchaba fascinado.
Casi nunca hablaba con nadie de ese pasado del que tanto ansiaba distanciarse. Cuando concluyó su relato, John pidió brandy para ambos y luego se inclinó sobre la mesa y, mirándola a los ojos, dijo:
—¿Qué me dices, Agatha?
Ella lo miró, desconcertada.
—¿Decirte de qué?
—De exprimir la noche al máximo, tú y yo.
Agatha seguía sin entenderlo.
—¿Te refieres a ir a otro sitio?
—Venga ya, Agatha. Sabes perfectamente a qué me refiero. Ese otro sitio es tu cama.
—Serás descarado —dijo ella.
—Ya somos mayorcitos.
La autoestima de Agatha, que de por sí nunca era muy alta, se desplomó al instante. Como le había hablado de una infancia humilde, John había llegado a la conclusión de que no tenía que andarse con remilgos.
—Disculpa —dijo, levantándose.
Entró en el restaurante, dejó atrás la barra y las mesas y salió por la puerta lateral, que daba a un callejón por el que llegó a High Street. Una vez allí, esperó que pasara un taxi.
—A Carsely —dijo—. Cerca de Moreton-in-Marsh.
—Le saldrá caro —le advirtió el taxista.
—¡Arranque de una vez! —ordenó Agatha.
Se sentía demasiado disgustada y humillada para llorar siquiera. Ni una sola vez había intentado John besarla, ni mostrado la menor señal de afecto. Simplemente quería echar un polvo y creía que con ella lo tendría fácil.
Cuando llegó a casa se sentó, encendió el ordenador y le envió un mensaje a Marie para decirle que había cambiado de idea. Le gustaría volver a la isla de Robinson Crusoe. ¿Qué fechas?
Más tarde, alguien llamó al timbre. Estaba segura de que era John, así que metió la cabeza debajo del edredón y lo ignoró. El timbre siguió sonando un rato más. Luego, al cabo de un rato, el teléfono empezó a sonar. Agatha se levantó de la cama y arrancó la clavija del enchufe.
Esperaría la respuesta de Marie para reservar los vuelos. Al día siguiente metería el portátil en la maleta y se instalaría en un hotel de Londres hasta que llegase el momento de partir. Le comunicaría su paradero a la policía de Worcester y les haría prometer que no lo compartirían con nadie más.
Y entonces se le encogió el corazón al pensar que volvería a dejar a sus gatos solos. Pero la señora de la limpieza, Doris Simpson, se encargaría de cuidarlos, y ellos la adoraban.
Agatha sentía una pena inmensa.