Capítulo 10 #2
—Vigiladlo y aseguraos de que no se escapa —ordenó Brudge.
A continuación franqueó la puerta que había junto a la barra.
Sacó una linterna y la usó para alumbrar el espacio alrededor, dirigiendo el haz hacia la pila de cajas de cerveza y refrescos, de arriba abajo, hasta llegar al suelo, donde vio ligeros rasguños, como si alguien hubiese retirado las cajas arrastrándolas.
Entonces recordó que, en el informe policial de cuando habían registrado la discoteca, se decía que detrás de esas cajas había una vieja cámara frigorífica, pero que estaba desconectada y se usaba como almacén y trastero.
—¡Moved esas cajas lo más deprisa que podáis! —ordenó a sus hombres a voz en grito—. Y arrancad la cortina que hay detrás.
Dentro de la cámara frigorífica, Agatha se dio cuenta de que ya no se oía el sordo retumbar de la música.
Oyó cómo movían las cajas al otro lado de la puerta.
Oyó voces. No chilló porque estaba convencida de que habían ido a asegurarse de que había muerto congelada.
A juzgar por el aspecto de Joanna, alguien le había roto el cuello.
Miró alrededor en busca de algo que pudiera usar como arma, en vano.
Nunca olvidaría el instante en que la puerta se abrió y se encontró frente al inspector Brudge.
—Dios, ¡cuánto me alegro de verlo! —exclamó Agatha, y se arrojó en sus brazos sollozando.
Brudge se zafó con esfuerzo de su abrazo.
—¡Metedla en una ambulancia! —ordenó—. Y registrad este sitio. Dios mío, ¡es la chica desaparecida!
Agatha se vio envuelta en los brazos de la señora Bloxby, que la arropó con la chaqueta de su marido.
—Soy una imbécil —se lamentó entre lágrimas.
—Vamos, vamos —la tranquilizó la señora Bloxby—. Ya pasó todo.
Al poco llegó una ambulancia y se llevó a Agatha envuelta en una manta. Una agente de policía la acompañaba.
La señora Bloxby interceptó al conductor de la ambulancia cuando estaba a punto de subirse al vehículo.
—¿Se pondrá bien? —le preguntó.
—Eso creo —dijo el hombre—. Parece sufrir una hipotermia moderada.
La ambulancia se alejó a toda velocidad.
Agatha no tardó en recuperarse, y se despertó de un sueño reparador dos días después, en el preciso instante en que Brudge y dos agentes de policía entraban en su habitación de hospital.
—¿Se ve con fuerzas para prestar declaración? —le preguntó el inspector.
Agatha sólo mintió sobre sus razones para no llamar a la policía antes de ir a la discoteca: dijo que parecía una teoría tan improbable que había decidido ir a echar un vistazo por su cuenta.
Cuando la declaración llegó a su fin, Agatha preguntó:
—Pero ¿por qué?
—Por qué ¿qué?
—Supongo que mataron a Kylie porque había descubierto lo de las drogas, pero ¿por qué no dejaron su cadáver donde estaba para luego enterrarlo tranquilamente una noche oscura?
Brudge indicó por señas a sus hombres que salieran y se acomodó en una silla junto a la cama.
—Será mejor que se lo cuente todo. Zak ha confesado.
Lo que pasó fue lo siguiente: el chico quería casarse con Kylie, de la que estaba locamente enamorado, pero no se le ocurrió nada más que contarle lo de las drogas, el muy imbécil.
Su padre y él no tenían antecedentes penales, pero una de las principales bandas de narcotraficantes de Birmingham se enteró de que Terry iba a abrir una discoteca en Evesham y le hizo una oferta: si les almacenaba la droga, sería un hombre muy rico.
No tenía que venderla en la discoteca, sino simplemente hacer de centro de distribución para que la banda la recogiera y repartiera por las Midlands.
Por otro lado, Zak tal vez estuviera enamorado de Kylie, pero no parece que ese amor fuera correspondido.
La chica quiso sacar buen provecho de esa información y empezó a exigirle todo tipo de cosas a Terry, como un Ferrari que éste debía regalarle después de que ella se casara con su hijo.
»Terry le dijo a Zak que había que deshacerse de ella.
El chaval estaba horrorizado, pero era eso o dejar que los metieran entre rejas de por vida.
Kylie se había quejado de su vestido de novia, así que se las arregló para convencerla de que se escabullera de casa una noche y lo llevara a la discoteca para enseñárselo.
Habían apagado el sistema de refrigeración de la cámara frigorífica, que no estaba tapada con cajas, sino a la vista, y le dijeron que la usara a modo de probador para ponerse el vestido.
Entonces cerraron la puerta, dejándola dentro, y la encendieron.
Con todo lo que Kylie había bebido esa noche, la hipotermia no tardó en hacerle efecto.
—Pero, en ese caso, ¿no se habría magullado las manos aporreando la puerta? —preguntó Agatha.
—No presentaba ninguna herida en los brazos y manos. Creo que pensaba que le estaba gastando una broma hasta que fue demasiado tarde. Cuando estaba tan débil que ya no podía defenderse, le inyectaron la heroína.
—Pero ¿a santo de qué la arrojaron al río? ¿Y el ramo de flores?
—Zak estaba destrozado. Amaba de veras a Kylie y quería que tuviera una ceremonia fúnebre más solemne y respetuosa que la que su padre había planeado para ella.
Fue él quien compró las rosas, aunque todavía no sabemos dónde.
Luego se las apañó para llevarla hasta el río con el vestido de novia puesto y, como último gesto de despedida, le puso el ramo entre las manos heladas.
Para mí que estaba trastornado por la pena, porque había dado por hecho que, en medio del caos de la riada, la tomarían por una víctima más de las inundaciones pese a llevar puesto el vestido de novia.
—¿Y qué me dice de Joanna? —preguntó Agatha.
—Alguien se chivó a Terry, aunque no hemos podido averiguar quién, y alguien la golpeó mientras intentaba acceder al correo electrónico de Kylie, y luego se encargó de borrar todos los mensajes.
Pero Joanna había encontrado un mensaje incriminatorio antes de que la golpearan.
Zak dice que le envió un correo electrónico desesperado, suplicándole que no se fuera de la lengua.
»Joanna sabía que estaba ante una oportunidad única. Fue a la discoteca, le habló a Terry del mensaje que había encontrado y le advirtió que, si no le daba lo que quería, iría a la policía. Él le rompió el cuello.
—¿Y la señora Anstruther-Jones?
—Pudo ser víctima de una pandilla de jóvenes que tiene por costumbre consumir drogas y luego aterrorizar a los peatones amagando con arrollarlos.
Puede que esta vez se les fuera el juego de las manos.
Zak niega que su padre y él tuvieran nada que ver con lo sucedido, pero es posible que Terry, o incluso ese tal Wayne, creyeran reconocerla y decidieran impedir por las bravas que siguiera usted haciendo preguntas sobre Kylie.
—Hay algo que había olvidado por completo —comentó Agatha—. Kylie formaba parte de un grupo de jóvenes que se reunía periódicamente en la iglesia. Tendría que haber hablado con ellos.
—No somos tan incompetentes como algunos creen —repuso Brudge—. En su día entrevistamos a esos jóvenes. Kylie fue una sola vez y nunca más volvieron a verla, aunque su madre creía que seguía acudiendo fielmente a las reuniones.
Agatha se recostó contra las almohadas y frunció el ceño.
—Hay algo que no acaba de encajar —comentó—. O, mejor dicho, alguien.
—¿A qué se refiere?
Agatha permaneció unos instantes recostada en silencio antes de decir:
—Le pregunté a Freda Stokes si Kylie tenía una amistad más estrecha con alguna de sus compañeras y me dijo que no.
Cuando le pregunté por los regalos de boda, me comentó que Marilyn Josh le había regalado a su hija un bañador muy escotado en las ingles, algo que debió de escandalizar bastante a Freda, que tenía a su hija por un dechado de virtudes.
Pero ¿y si era algo que Kylie deseaba con todas sus fuerzas?
La primera vez que la vi, iba a depilarse la zona del bikini.
Me dijo que era porque Zak se lo había pedido, pero a lo mejor era ella la que quería presumir de tipo durante la luna de miel.
Verá —continuó Agatha—, es posible que Marilyn lo supiera, que conociera muy bien a Kylie.
Creo que Zak, o bien Terry, consiguió que, aprovechando la despedida de soltera, Marilyn le pidiera que llevase el vestido de novia a la discoteca para darle su opinión al respecto.
—Zak no ha mencionado a Marilyn Josh —repuso Brudge—, pero lo comprobaremos. Ha llegado la señora Bloxby.
Brudge se levantó para marcharse.
—¿No va a darme las gracias? —preguntó Agatha.
—¿Por qué? ¿Por dejar que casi la maten? ¿Por interferir con la labor policial? Suerte tiene de que no presentemos cargos contra usted. Cuando la encontramos, llevaba puesta esa dichosa peluca otra vez.
—¡Bah, váyase al cuerno! —le espetó Agatha cuando el inspector ya salía por la puerta.
—¿Qué modales son ésos, señora Raisin? —la regañó la señora Bloxby.
—Se lo tiene merecido —replicó Agatha, contrariada.
—Parece que vuelve a estar usted en plena forma. —La mujer del vicario se sentó junto a la cama—. La noticia ha salido en todos los diarios y en la tele.
—¿Qué dicen de mí?
—Nada, me temo. Sólo hablan de Kylie, Joanna y la gran cantidad de drogas hallada en la discoteca.
—¡Eso sí que es el colmo! Nunca habrían resuelto el caso de no ser por mí —protestó Agatha—. ¿Dónde está John?
—Vendrá un poco más tarde.
—¿De verdad? ¿Me pasa el bolso, que está en el armario? Tengo el maquillaje dentro.
—¿Cuándo le darán el alta? —preguntó la señora Bloxby al tiempo que sacaba el voluminoso bolso de Agatha.
—Mañana —contestó, cogiendo un espejito y entornando los ojos—. Estoy hecha un desastre.
Se aplicó a la tarea de maquillarse.
—¿Cree que me está saliendo un granito en la frente?
—Yo no veo nada —contestó la señora Bloxby—. Le he traído una caja de bombones.