Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 10
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Capítulo 10

Al día siguiente, la señora Bloxby fue a visitar a Agatha al caer la tarde, justo cuando ésta se disponía a salir. Al verla disfrazada, la mujer del vicario la miró con gesto sombrío.

—¿De verdad va a hacerlo?

—Por supuesto —repuso Agatha con calma, como si no llevara todo el día debatiéndose entre sus propias dudas y temores.

—¿Serviría de algo señalar que está poniendo su vida en peligro?

—De nada en absoluto. De todos modos, sólo voy a localizar la cámara frigorífica, si es que sigue estando allí. Luego me marcharé y llamaré a la policía.

Salieron de casa juntas.

—No me pasará nada —le aseguró Agatha mientras se subía al coche—. Le diré qué vamos a hacer: si no he vuelto a medianoche, puede usted llamar a la policía.

Agatha dejó el coche en el aparcamiento de Merstow Green y memorizó el mapa del señor Gringe.

No sería fácil dar con la cámara frigorífica.

Estaba claro que Terry Jensen había echado abajo la pared que había entre la parte delantera de la carnicería y la trastienda para hacer sitio a la discoteca.

¿Se extendería la sala de baile hasta la puerta trasera o seguiría habiendo un espacio aparte en la zona posterior con una puerta oculta en algún lugar?

Bien podría ser. Era posible que descargaran la mercancía por esa misma puerta trasera.

Agatha se bajó del coche. De pronto deseó haber dejado que Charles la acompañara. Se sentía muy sola.

Wayne, el portero, estaba plantado a la puerta de la discoteca.

—Los de la tele otra vez —lo informó Agatha en tono expeditivo—. Sólo he venido a palpar el ambiente.

Wayne se hizo a un lado para dejarla pasar.

La discoteca parecía más tranquila que la última vez que Agatha había estado allí.

Había menos parejas bailando en la pista, aunque la música seguía atronando como siempre.

Esperaba que no tardara en llenarse para disimular el hecho de que se disponía a toquetear las paredes.

Fue hacia la barra, donde Terry estaba de servicio.

Le dijo a voz en grito que sólo había ido a familiarizarse con el local y pidió una botella de cerveza.

Mientras bebía a sorbos, miró a su alrededor con atención.

Luego pensó que debía de haber un lavabo en algún sitio, y que quizá estuviese en la parte trasera del edificio.

—¿Dónde están los aseos? —preguntó a Terry.

Él abrió una puerta a un lado de la barra que Agatha no había visto hasta entonces porque formaba parte de un mural que representaba a una pareja bailando. Terry señaló la puerta con la cabeza y Agatha fue hacia allí.

—¡A la izquierda! —gritó Terry.

Había dos lavabos, uno con un letrero de CHICAS y otro con un letrero de CHICOS .

Como él seguía mirán­dola, Agatha se metió en el de chicas y entró en un cubículo.

Se sentó en la tapa del inodoro, sacó el mapa y lo estudió de nuevo.

En el espacio de fuera reinaba la oscuridad, salvo por las tenues luces que señalaban las puertas de los aseos.

Seguramente Terry ya se habría ido. No podía someter a vigilancia a cada mujer que decidía ir al lavabo.

Agatha salió fuera y echó un vistazo rápido a su alrededor.

Junto a la pared opuesta se apilaban cajas de cerveza y refrescos.

Consultó el mapa otra vez. Si la cámara frigorífica seguía allí, tenía que estar detrás de esas cajas.

Sin perder un segundo, empezó a apartarlas, jadeando a causa del esfuerzo.

La pared de detrás estaba tapada por una cortina mugrienta.

Se detuvo unos instantes para probar la puerta trasera y comprobó que no estaba cerrada con llave.

Bien, pensó Agatha. Si descubro algo, puedo escapar por ahí.

Sólo cuando se puso a mover las cajas de la parte central se dio cuenta de que estaban vacías.

Empezó a arrojarlas a su espalda, confiando en que la música de la discoteca ahogase el ruido.

¿Y si alguien entraba para usar uno de los aseos?

No le quedaba más remedio que jugársela.

Ya se le ocurriría alguna excusa. Se pondría a chillar y diría que había visto una rata.

Cuando había despejado un espacio lo bastante amplio para pasar, levantó la cortina y miró al otro lado, pero estaba demasiado oscuro.

Hurgó en el bolso hasta dar con su linterna de bolsillo, con la que alumbró la pared de arriba abajo.

Y entonces su corazón empezó a latir desbocado.

Había una puerta de madera con un tirador metálico empotrada en la pared.

La cámara frigorífica. Pasó por debajo de la cortina, asió el tirador y abrió la pesada puerta, liberando una ráfaga de aire helado.

Buscó a tientas un interruptor dentro de la cámara, hasta que lo encontró y lo presionó hacia abajo.

Los fluorescentes del techo se encendieron al instante.

Agatha soltó un alarido de terror.

Joanna Field estaba sentada en el suelo con la cabeza inclinada en un ángulo poco natural.

Agatha se llevó una mano a la boca. ¡Corre!

, le gritaba su cerebro. ¡Sal de ahí! ¡Llama a la policía!

La música de la discoteca retumbaba en sus oídos, hasta que de pronto quedó ahogada por otro ruido sordo, más cercano y estruendoso.

Agatha se dio la vuelta. Alguien había cerrado la puerta de golpe.

—Hay algo que me tiene preocupada, Alf —dijo la señora Bloxby.

—¿De qué se trata, querida? —preguntó el vicario.

—Tiene que ver con Agatha Raisin.

—Ah, esa descerebrada. ¿En qué lío se ha metido esta vez?

La señora Bloxby le explicó la visita de Agatha a la discoteca y los motivos que la habían llevado hasta allí.

—Debes avisar a la policía cuanto antes —dijo el vicario.

—Me ha hecho prometer que no lo haría.

En ese instante, alguien llamó al timbre.

—Puede que sea ella —dijo la señora Bloxby, y se precipitó hacia la puerta, pero se encontró con John Armitage.

—Acabo de volver de Londres —dijo—. ¿Dónde está Agatha?

—Pase, pase —lo instó la señora Bloxby en tono urgente—. Será mejor que se lo cuente.

Le repitió lo que acababa de contarle a su marido.

—Usted le ha prometido que no llamaría a la policía —apuntó John al cabo—, pero yo no.

—Ahí está el teléfono —señaló la señora Bloxby al instante.

John llamó a la policía de Worcester y le pasaron con Brudge. Rompió a hablar atropelladamente y no paró hasta concluir diciendo:

—Tiene que enviar a una patrulla allí ahora mismo. Su vida podría estar en peligro.

Finalmente, colgó el teléfono.

—Se presentarán allí lo antes posible. Yo también voy para allá.

—Lo acompaño —dijo la señora Bloxby, haciendo caso omiso de las súplicas de su marido, que opinaba que deberían dejar el rescate a la policía. Se apretujaron en el vetusto Morris Minor del vicario y salieron hacia Evesham.

—¿Este cacharro no puede ir más deprisa? —preguntó John en un momento dado.

—No voy a cargarme el motor por una mujer que no tiene dos dedos de frente —replicó el vicario.

Agatha iba de aquí para allá, moviendo los brazos desesperadamente y golpeándose los costados.

¡Vaya una forma de morir! ¡Congelada! Y la pobre Joanna.

Debió de encontrar algo incriminatorio en los mensajes de Kylie y trató de chantajear a Terry y a su hijo con esa información.

Agatha se sentía mareada a causa del frío y la desesperación.

Estaba a punto de morir, y todo por su vanidad.

Había querido resolver el caso ella sola, llevarse todo el mérito.

Nunca volvería a ver a James. Dentro de la cámara había cajas apiladas en baldas.

Abrió una con las manos heladas y en su interior encontró paquetes de plástico que contenían un polvo blanco.

Así que allí era donde guardaban la droga.

Kylie debía de saberlo. Debió de descubrirlo.

Pobre Kylie. Pobre Joanna. Y pobre Agatha.

Finalmente dejó de temblar y empezó a notarse soñolienta y casi acalorada. Sintió el paradójico impulso de quitarse toda la ropa y se contuvo para no hacerlo.

El vicario aparcó en la acera delante de la discoteca y los tres ocupantes del vehículo se bajaron a toda prisa, pero, cuando intentaron acceder al local, Wayne les cerró el paso.

—Sólo se permite la entrada a jóvenes —dijo sin andarse con rodeos.

—En ese caso, te voy a denunciar a la policía por edadismo —replicó el vicario con gesto altivo.

Wayne lo miró con recelo, pero la palabra «policía» funcionó como por ensalmo.

En cuanto entraron en la discoteca, la música los dejó aturdidos.

Había parejas bailando y todo parecía normal y corriente, salvo por el hecho de que no había ni rastro de Agatha.

John se abrió paso hasta la barra, seguido de cerca por los Bloxby.

—¿Dónde está la productora de la tele? —preguntó.

Terry repasó el vaso que tenía entre las manos con un paño antes de contestar a voz en cuello:

—Casi os cruzáis. Se ha ido hace diez minutos.

John lo miró desconcertado. Agatha podría estar arriba, en el despacho.

Se volvió hacia Alf y le preguntó a grito pelado:

—¿Qué hacemos ahora?

—He rezado por ella —contestó el vicario, flemático—. La policía no tardará en llegar.

—¡Rezar no servirá de nada! —gritó John, y no bien lo dijo, la música se interrumpió bruscamente y la discoteca se llenó de policías, encabezados por Brudge.

Terry se había puesto pálido como la cera. John se obligó a pensar. Si había una cámara frigorífica que databa de la época en la que aquello era una carnicería, tenía que estar en la planta baja.

—Ahí detrás —le dijo a Brudge—. Tiene que haber alguna forma de acceder a la trastienda.

—Aquí hay una puerta, señor —dijo un agente con mejor agudeza visual que Agatha Raisin.

—Ahí sólo están los lavabos y el almacén, nada más —dijo Terry.