Capítulo 9 #5
—Me llamo Agatha Raisin. Quisiera hacerle unas preguntas sobre su carnicería, la que ahora es una discoteca.
El anciano se volvió despacio y la miró. Tenía el rostro surcado de arrugas y los hombros encorvados. Se frotó las manos en el viejo pantalón de franela, alargó una en su dirección y le estrechó la mano con solemnidad.
—¿Qué quiere saber?
—Me preguntaba si podría usted dibujarme un plano del local tal como era antes, indicándome dónde estaba situada la nevera, es decir, la cámara frigorífica.
—¿Por qué?
—Estoy escribiendo un libro —mintió Agatha— y sale esa carnicería. Necesito un plano.
—¿Y por qué no va usted a una carnicería de Moreton, por ejemplo, y les pide que le enseñen el local?
—Porque la acción transcurre en el pasado —dijo Agatha, improvisando sobre la marcha—. Necesito una carnicería como las de antes.
El hombre señaló la terraza, donde había una reluciente mesa de plástico blanco rodeada de sillas de plástico rígido.
—Póngase cómoda. Iré por una hoja de papel.
Agatha se sentó y el hombre entró en la casa con paso cansino. Tardaba mucho en volver, y Agatha lo esperaba reconcomiéndose de impaciencia.
Cuando por fin reapareció, sostenía una hoja de papel A4 y un bolígrafo. Se sentó a su lado con desesperante parsimonia y dijo:
—Vamos a ver… el expositor estaba aquí, según se entraba por la puerta. Tenía que ser acristalado y refrigerado, ya sabe. ¡Malditas normativas europeas!
El hombre empezó a dibujar el plano con la precisión de un delineante.
—Por esta puerta que había detrás del mostrador se accedía a un pasillo corto que daba a la trastienda, que era un espacio amplio. Las entregas llegaban por la puerta trasera y en esa sala despiezábamos la carne. También había un aseo y una cocina.
—¿Y la cámara frigorífica?
—Estaba justo aquí, al fondo de la trastienda.
Era poco práctico, pero cambiarla de sitio hubiese costado una fortuna.
—El hombre siguió desplazando el bolígrafo sobre el papel, dibujándolo todo con pulcritud.
Agatha esperó pacientemente mientras trazaba también el plano de la planta de arriba—.
Esa gente de la discoteca me compró el local por una bagatela —se quejó—, por todas las reformas que tenían que hacer.
Yo quería vendérselo a un carnicero, pero ¿dónde están las carnicerías hoy en día?
Los supermercados han acabado con casi todas.
La gota que colmó el vaso fue la alarma generada por ese brote de E.
coli . Y el pánico a la carne con hueso.
Se hizo imposible vender un trozo de carne con hueso en ninguna parte, lo que requería más tiempo de despiece.
Maldito gobierno. Ponga eso en su libro.
El gobierno nos remató a nosotros, a los agricultores y a los ganaderos.
Les pegaría un tiro a todos. ¿Le apetece una copa?
Puesto que no tenía previsto ir a la discoteca hasta el día siguiente, Agatha decidió que lo menos que podía hacer era dedicarle a ese hombre un poco más de su tiempo.
—Con mucho gusto.
Estaba a punto de decir que tomaría un gin-tonic cuando él añadió:
—Hago el mejor licor de diente de león de los Cotswolds.
Agatha se resignó a su suerte.
El hombre volvió a entrar en la casa. Los pájaros gorjeaban, soñolientos, en los jardines vecinos, pero no se oía ninguno en el austero jardín del señor Gringe.
El cielo vespertino parecía inmenso, virando de un verde pálido a un azul oscuro sobre la línea del horizonte.
En lo más profundo de su ser, una voz le decía que estaba cometiendo una imprudencia, que debería poner todo lo que sabía en conocimiento de la policía.
El señor Gringe volvió arrastrando los pies y sosteniendo una bandeja con una botella y dos vasos, que llenó de licor hasta el borde.
—A su salud —dijo. Agatha alzó el vaso.
—A la suya.
—¿Con qué nombre firma usted sus libros? —preguntó el señor Gringe.
—Agatha Raisin.
—No me suena de nada.
—¿Lee usted mucho?
—No, ya tengo la tele.
—Por eso no le suena mi nombre. —Agatha tendió la vista hacia el jardín—. ¿No le gustan las plantas?
—Me parecen una pérdida de tiempo. Siempre hay que andar quitando los pulgones y babosas, y luego dejan caer las hojas y lo ponen todo perdido.
—Hay gente que cree que merece la pena, para poder contemplar las flores.
—Hay gente que está fatal de la cabeza. ¿Está usted casada?
—Divorciada.
—¿Y cómo anda de dinero?
—Llevo una vida desahogada.
De pronto, el hombre la miró con lascivia.
—No le conviene vivir sola. ¿Sabe qué? Debería casarse conmigo. Estoy cansado de barrer y fregar, eso es cosa de mujeres.
—En ese caso, debería contratar a una mujer de la limpieza.
—¿Pagar a alguien para que lo haga? No, ahí es donde entra usted.
—Aquí es donde yo salgo —replicó Agatha, dejando el vaso sobre la mesa. El licor era dulzón y fuerte, y no se veía capaz de beber ni un sorbo más.
—Usted se lo pierde —le dijo el anciano a voz en grito mientras ella le arrebataba el plano de la carnicería y echaba a correr por el sendero—. A su edad, suerte tiene de que alguien se interese por usted.