Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

Se puso un holgado vestido veraniego y se encaminó a la escuela del pueblo. Al fondo del salón de actos se había montado un improvisado salón de té con mesas y sillas, así como una larga mesa de caballetes repleta de pasteles caseros, sándwiches y termos con té y café.

Cuando por fin dieron las tres de la tarde, Agatha se removía en su puesto, acalorada. Apenas entraba gente. El salón de actos olía a polvo y tiza. Las motas de polvo bailaban suspendidas en los haces de luz.

La señora Bloxby, que hasta entonces había estado en la puerta del salón de actos vendiendo entradas, cedió el relevo a la señorita Simms y fue a reunirse con Agatha.

—Qué pena me da —comentó—. Pobre señor Parry. Es ese señor de ahí.

Agatha vio a un hombre mayor, cargado de espaldas, que se había detenido delante de una de las fotografías.

—¿Quién es?

—El señor Parry es el dueño de la colección de fotografías antiguas. Es una verdadera lástima. Creía que habría más gente interesada en la exposición.

—Encárguese usted de servir el té —dijo Agatha— y en una hora habré llenado este sitio.

Se fue hasta un armario donde sabía que guardaban material para pintar con los dedos, pues en cierta ocasión la señora Bloxby la había reclutado para supervisar a una clase de parvulario mientras la maestra iba al médico.

Cogió un gran trozo de cartón y, usando las pinturas, escribió: ¡GRATIS!

¡TÉ Y REPOSTERÍA CASERA EN EL SALÓN DE ACTOS DE LA ESCUELA!

¡ENTRADA LIbrE! Luego se fue hacia su coche, condujo hasta la carretera principal y clavó el letrero a un árbol con una chincheta.

—Vamos a regalar el té y todo lo demás —le dijo a la señora Bloxby al volver a la escuela—. No se preocupe, yo lo pagaré.

—Es muy generoso por su parte. ¿Está segura?

—Soy un alma caritativa —dijo Agatha encogiéndose de hombros—. Lo que sea con tal de animar esto.

Empezaron a llegar coches, y luego un autocar lleno de pasajeros.

La señora Bloxby estaba de nuevo en la puerta, diciendo amablemente: «La entrada cuesta dos libras, pero la merienda está incluida en el precio.

» Agatha sonrió para sus adentros. La mujer del vicario había subido el precio inicial de veinte peniques.

Estuvo tan ocupada el resto de la tarde sirviendo a los comensales que se le pasaron las horas volando y no quedó ni rastro de los pasteles y los sándwiches.

El bueno del señor Parry había pasado un rato agradable enseñando su colección de fotos a la gente.

—Creo que ya ha cumplido usted de sobra, señora Raisin —le dijo la mujer del vicario—. Las demás damas y yo nos encargaremos de recoger.

—Gracias —repuso Agatha con alivio—. He sudado la gota gorda, necesito un buen baño.

—Ah, antes de que se vaya, al señor Parry le encantaría enseñarle sus fotos. Dice que ha estado usted tan ocupada que no ha tenido tiempo de verlas.

—¿Tengo que hacerlo?

—Le he dicho que estaría usted encantada.

—¡Cachis!

Agatha fue a reunirse con el señor Parry a regañadientes.

—Ah, señora Raisin —exclamó el anciano—. ¿Qué le parece si empezamos por esta de aquí? Es una vista de la calle mayor de Blockley hacia 1910, y ésta…

Agatha lo siguió, incapaz de concentrarse en las fotos por culpa del calor, hasta que por fin se acabó la visita guiada.

—Le estoy muy agradecida —dijo.

—No las he expuesto todas —reveló el hombre—. Algunas de las que guardo en esta carpeta tienen marcas de agua o grietas, pero son muy interesantes a pesar de ello.

Para horror de Agatha, el anciano cogió la carpeta que descansaba sobre una silla y esparció su contenido sobre una mesa.

—Perdone, pero tengo una cita —farfulló Agatha—. Debo irme.

El hombre la miró decepcionado.

—Le aseguro que son tan fascinantes como las que se han expuesto —dijo—, pero…

En lo alto de la pila de fotos que contenía la carpeta abierta había una en sepia de una calle que le resultó familiar.

Agatha tardó una fracción de segundo en darse cuenta de que era el callejón trasero al que daba la discoteca.

Pero, allí donde debería estar la discoteca, se alzaba una carnicería con aves de caza colgadas de ganchos cuyo dueño posaba sonriente junto a la puerta.

—Una carnicería —señaló Agatha.

El hombre la miró ligeramente desconcertado.

—Sí, claro. Apenas quedan carnicerías como las de antes, ahora que la gente lo compra todo en el súper.

Ésta era la de Gringe. La foto es antigua, desde luego, pero el negocio siguió en pie hasta hace cinco años, cuando vendieron el local.

El hombre que lo compró tenía intención de convertirlo en pisos, pero se arruinó y acabó vendiéndolo a los dueños de la discoteca. Una lástima.

Agatha se alejó despacio, ajena a todo, mientras el hombre decía:

—¡Aún no ha visto las otras!

Una carnicería, pensó Agatha. ¿Cómo de lejos habrá llegado la reforma de ese tipo que la compró para convertirla en pisos? Pongamos que nunca llegó a reformarla; eso significa que seguiría siendo tal como era cuando se usaba como carnicería y, por tanto, tendría que haber una cámara frigorífica.

—¡Señora Raisin!

Agatha se volvió de mala gana. Era la señora Bloxby.

—El señor Parry cree que está usted indispuesta.

—No, estoy bien. Ha sido una de esas fotos, señora Bloxby. Antes había una carnicería donde está la discoteca de Evesham, lo que quiere decir que tal vez siga habiendo allí una cámara frigorífica.

—¡Pero la policía registró la discoteca!

—Sí, pero buscaban un arcón congelador —repuso Agatha sin poder disimular su emoción—. ¿Y si la cámara frigorífica sigue estando allí, escondida detrás de una cortina o una falsa pared?

—Tiene que decírselo a la policía.

—El dueño de la carnicería se apellidaba Gringe. Voy a ver si doy con él para que me dibuje un plano con la ubicación de la cámara frigorífica. Y mañana por la noche iré a la discoteca para comprobar si sigue estando allí.

—Señora Raisin, eso es demasiado peligroso.

—No se lo diga a la policía. Es mi caso —dijo Agatha con vehemencia—. ¿Me lo promete?

—Se lo prometo —dijo la señora Bloxby a regañadientes.

Nada más llegar a casa, Agatha consultó la guía telefónica. Había dos personas con el apellido Gringe, A. Gringe y M. Gringe.

Marcó el número de A. Gringe. No hubo respuesta. Probó con M. Gringe y una voz femenina se puso al teléfono. Agatha dijo que quería hablar con el propietario de la antigua carnicería que se había convertido en disco­teca.

—Ah, es mi suegro —dijo la mujer.

—¿Sabe cuándo estará en casa? —preguntó Agatha—. Lo he llamado por teléfono, pero no contesta.

—Apenas sale de casa. Seguramente estará en el jardín.

—Veo que vive en Badsey —comentó Agatha.

—Sí, su casa queda cerca de la escuela, ¿sabe dónde está?

Agatha contestó afirmativamente y colgó.

Se dio una ducha rápida y se cambió de ropa. Antes de partir hacia Badsey, llamó a Charles para disuadirlo de acompañarla. Quería llevarse todo el mérito. Gustav, su mayordomo, le dijo que sir Charles no estaba, de modo que Agatha le dejó un mensaje antes de salir hacia la casa del señor Gringe.

El antiguo propietario de la carnicería vivía en una casa de aspecto cuidado que ocupaba el extremo de una hilera de viviendas adosadas. Agatha vio que había un sendero lateral que llevaba al jardín trasero, así que decidió empezar por ahí.

Enfiló el sendero. El jardín era un milagro exento de plantas. Una tarima de madera se extendía desde la puerta trasera de la casa, cubierta por un toldo de lona, y el terreno adyacente, donde había un anciano agachado, arrancando una mala hierba, estaba cubierto de pequeños guijarros relucientes.

—¿Señor Gringe?

El hombre se incorporó, inspeccionando los guijarros a su alrededor como si desafiara a cualquier otro brote verde a asomar la cabeza.

—¿Sí?