Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—¿No vas a intentar arreglar las cosas con tu mujer? ¿Viajar a París para hablar con ella?

—No serviría de nada. Me las tendría que ver no sólo con ella, sino también con su padre, su madre, dos hermanos y varios tíos y tías, todos ellos parloteándome en francés.

—Pero, Charles, ¡va a tener gemelos!

Un ligero rubor tiñó el rostro de Charles. Agatha no daba crédito.

—¡Te estás sonrojando! Ver para creer.

—Lo cierto —empezó Charles, jugueteando con su taza de café— es que me dejé embaucar como un imbécil.

—Explícamelo.

—Verás, la conocí durante unas vacaciones en Saint-Tropez.

Ella estaba custodiada por sus allegados, amigos y familiares, y aunque era…

mejor dicho, es guapísima, no se me habría ocurrido insinuarme si ella no se me hubiese insinuado a mí primero.

No hacía más que mirarme en el restaurante, me enviaba señales todo el rato, ya sabes.

Un día, la encontré a solas, me detuve junto a su mesa y le pregunté si estaba disfrutando de su estancia.

Me pidió que me sentara con ella. Charlamos y nos reímos, hasta que de pronto vio que sus padres se disponían a entrar en el restaurante y me preguntó dónde me alojaba.

Le di el nombre de mi hotel y me dijo que nos veríamos en el vestíbulo a medianoche.

Y así fue. Pasamos la noche juntos, aunque ella tuvo que escabullirse a las seis de la mañana.

Me dijo que estaba tomando la píldora. Y, antes de que me lo preguntes, no, no usé protección.

No creía que la necesitara, la verdad. No volví a verla, y me dije que todo se había reducido a un ligue de una noche bastante curioso.

Le había dado mi dirección y número de teléfono, y un mes después me llamó histérica desde París, diciendo que no le había bajado la regla y que me había mentido sobre lo de la píldora.

Le pedí que comprobara si estaba o no embarazada y que me volviera a llamar.

Al día siguiente llamó para confirmarlo.

Entonces decidí hacer lo correcto. Su familia era rica, ella era guapa, lo vi como una oportunidad de ser padre, todo eso.

Fui hasta allí, conocí a la familia, pedí su mano.

Antes de la boda me asusté un poco con los acuerdos prenupciales y los abogados, y le pregunté si era seguro que estaba embarazada, a lo que me sonrió con aire misterioso y me dijo que, según los médicos, iba a tener gemelos.

»No hubo más que hablar. Ya me veía enseñándoles a pescar, montar a caballo y todas esas cosas propias de padres.

Seguí adelante con la boda. Sólo ahora, al echar la vista atrás, me doy cuenta de que yo le había hablado mucho sobre mí, pero ella apenas me había hablado de su pasado.

En fin, el caso es que, para cuando se celebró la boda, ella debería estar de unos cuatro meses, aunque ni siquiera parecía estar embarazada, pero, como estaba a régimen porque no quería engordar más de la cuenta, no le di mayor importancia.

Nos casamos y me la llevé a Warwickshire, donde se aburrió como una ostra porque no tiene dos dedos de frente.

Fue mi tía, seguro que te acuerdas de ella, la que empezó a darme la lata con total ausencia de señales de embarazo.

Yo empecé a sospechar, así que le concerté una cita con un ginecólogo de Londres y le dije que debería hacerse un chequeo para asegurarse de que todo iba bien.

Se puso hecha una fiera, me dijo que me había portado mal con ella, que no había esperado vivir aislada en medio de la campiña.

Fue entonces cuando la acusé de haberme engañado, de no estar embarazada.

»Se hizo la ofendida e insistió en que había creído estarlo.

«¿Y dónde están esos gemelos?», le pregunté, y ella me dijo que el médico se habría equivocado.

Luego me anunció que pensaba volver a París y que quería el divorcio.

Yo le dije que se lo concedería si asumía toda la responsabilidad de lo sucedido.

Dios, debí darme cuenta de cómo era en realidad.

Entonces me señaló, con toda razón, que no había mención alguna del embarazo en los documentos que habíamos firmado.

¡Y era cierto! Me había hecho prometer que guardaría el secreto para que sus padres no supieran que nos habíamos acostado antes de casarnos.

Después de la boda, cuando sugerí que les diéramos la buena nueva, replicó: «¡Oh, no, maman y papa se escandalizarían! » ¡Cómo pude ser tan tonto!

»Seguro que ni siquiera era virgen cuando lo hicimos por primera vez. Me sentía atrapado, y lo habría estado de veras si no fuera por mi fiel Gustav.

—¿Así que ha vuelto contigo?

Agatha recordaba al aterrador mayordomo de Charles.

—Sí, y da la casualidad de que Gustav es muy aficionado a los artilugios de todo tipo.

Verás, yo siempre me olvido de mis citas, cenas y actos a los que me han invitado por teléfono, así que Gustav había comprado un cacharrito que se conecta al teléfono y graba todo lo que se dice.

Revisó las cintas y, mira por dónde, había dos llamadas de mi mujer: una en la que decía que creía estar embarazada y otra en la que me aseguraba que el médico había confirmado la gestación.

»En fin, el caso es que mis abogados están en ello y que no quiero volver a verla, ni a ningún otro francés, mientras viva.

—¿Por qué te escogió a ti?

—Ahí es donde la cosa se pone interesante.

—A mí me ha parecido interesante desde el principio —comentó Agatha.

—Boofy Pratt-Rogers, una vieja amiga mía que trabaja en la embajada británica de París, se enteró de toda la historia.

Resulta que Anne-Marie Duchenne, mi mujer, había tenido una apasionada aventura con un conde francés cuyo nombre no recuerdo.

Se suponía que iban a casarse, se habían prometido y demás, pero hete aquí que el conde la dejó plantada en el último momento para casarse con otra.

Anne-Marie se quedó compuesta y sin novio, furiosa y decidida a vengarse de él a toda costa.

La familia la llevó de vacaciones a Saint-Tropez para que se recuperara del disgusto y alguien le dijo que yo era un acaudalado lord inglés.

No soy más que baronet, claro está, pero ¿qué sabrá una gabacha?

—concluyó Charles con un arrebato de amargura xenófoba.

—La señora Bloxby —señaló Agatha— diría que Dios te ha castigado por haber sido un mujeriego durante todos estos años.

—La señora Bloxby no sería tan cruel. ¿Nos vamos?

—En cuanto hayas pagado la cena —dijo Agatha.

Charles había aparcado en High Street, un poco más abajo del restaurante.

Agatha se dirigía al coche con él cuando de pronto se encontró cara a cara con Marilyn Josh.

Se apresuró a agachar la cabeza y correteó hacia el coche.

Abre la puerta, Charles, deprisa, suplicó mentalmente mientras él buscaba las llaves a tientas.

Justo antes de subirse al asiento del copiloto, Agatha miró hacia atrás.

Marilyn estaba de pie en la calle, mirándola fijamente.

—¿Has perdido algo? —preguntó Charles al ver que ella se agachaba en el asiento.

—No, pero acabo de cruzarme con Marilyn Josh. Me ha sostenido la mirada y, cuando me he subido al coche, he echado la vista atrás y seguía plantada en medio de la calle, con los ojos clavados en mí.

—Creía que te habías puesto algún tipo de disfraz para entrevistarla.

—Así fue, una peluca rubia y un par de gafas que cambiaban bastante mi aspecto.

—¿Por casualidad llevabas la misma ropa que ahora?

Agatha se miró el traje pantalón color canela.

—Dios mío, llevaba esto puesto la última vez que la vi.

—Pues será eso. Habrá pensado que le resultas familiar, pero no acaba de situarte.

—Eso espero —dijo Agatha.

Charles se había marchado y Agatha se disponía a acostarse cuando sonó el teléfono. Era Bill Wong.

—Ha pasado algo de lo más extraño, Agatha —dijo—.

Acabamos de detener a dos chavales que conducían por Mircester bajo el efecto de las drogas y le han dado un susto de muerte a una mujer porque han estado a punto de arrollarla con el coche.

Ha dicho que se salvó por los pelos y nos ha dado una buena descripción del coche, incluida la matrícula.

Es una anciana de armas tomar, tiene los nervios de acero.

El caso es que hemos podido localizarlos y resulta que el coche no es suyo.

Se les acusa de robo de vehículo y posesión de drogas.

Habrá que poner los hechos en conocimiento de la policía de Worcester, que querrá determinar si son los mismos que mataron a la señora Anstruther-Jones.

Podrían ser también los que fueron a por ti.

—No se lo digas a Brudge —suplicó Agatha.

—Ahora no puedo decírselo —repuso Bill—, y es una lástima, porque los chavales están diciendo que todo era una broma, que sólo pretendían darle un susto a la mujer y que habrían pisado el freno en el último segundo.

Ha habido más casos de este tipo. Tendremos que emplearnos a fondo para conseguir que confiesen, localizar los otros vehículos sustraídos y rezar para que los forenses encuentren algo.

Es posible que el atentado contra tu vida fuera tan sólo una jugarreta de esos idiotas.

—¿Y qué me dices de la señora Anstruther-Jones?

—Puede que también haya sido cosa suya, y que la broma simplemente se les fuera de las manos. Te mantendré informada.

Después de colgar, Agatha se descubrió deseando que fueran esos chicos los responsables. Sin embargo, antes de quedarse dormida, se le apareció la cara de Marilyn Josh. Sólo esperaba que no la hubiese reconocido.

El día siguiente amaneció cálido y bochornoso, con el sol velado por nubes etéreas. Las hojas de los árboles parecían colgar inmóviles de las ramas. Menudo día para plantarse detrás de una mesa sirviendo té y café calientes, pensó Agatha con un humor de perros.