Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—¿Te he dicho que Mary Webster pilló a Kylie fumando marihuana?

—No, no me suena que me lo contaras. Eso es interesante. Si experimentaba con la maría, cabe la posibilidad de que le diera por probar algo más fuerte. ¿Te dijo Mary de dónde la sacó?

—No. Bueno, en realidad no se me ocurrió preguntárselo.

—Y he oído en las noticias que Joanna Field sigue en paradero desconocido.

—Bill, me pregunto si habrá tenido algo que ver con el asesinato. Quizá creyera que la policía le estaba pisando los talones y por eso decidió desaparecer.

—Casi deseo que sea el caso. Pero ¿crees que se marcharía sin llevarse nada de ropa? Tiene muy poco dinero en su cuenta corriente, y nadie lo ha tocado. ¿Cómo está John Armitage?

Agatha se lo quedó mirando fijamente.

—Ahora que lo dices, me pregunto si…

—¿Qué?

—John tenía debilidad por ella, hasta que descubrió que se había acostado con Barrington.

Menudo eufemismo, eso de «acostarse» con alguien.

El caso es que, nada más enterarse, se largó.

Pero se había encaprichado de ella, desde luego.

¿Y si Joanna le vendió alguna historia lacrimógena y lo convenció de que quería dejarlo todo atrás para empezar de cero?

—Seguramente Armitage informó de su paradero a la policía de Worcester antes de marcharse, pero llamaré de todos modos y preguntaré por él. Sabes, es una pena que el asesino no sea Zak. Por lo general, el culpable es un allegado de la víctima.

—Ese chico está destrozado. ¿Y qué motivo podría tener?

—Si se vendía droga en la discoteca y Kylie lo descubrió y amenazó con chivarse a la policía, habría sido un motivo.

Pero han registrado el local a fondo, y nunca ha habido ningún rumor de que allí se trapichee con droga.

Es posible que alguna de las chicas tuviera celos de Kylie, pero me pregunto si alguna de ellas llegaría tan lejos como para asesinarla, intentar atropellarte y hacerlo con la señora Anstruther-Jones.

Agatha encendió un cigarrillo, le dio una calada, hizo una mueca de asco y lo apagó.

—No lo sé, Bill. La verdad es que no tengo ni idea.

Él sonrió.

—Relájate, Agatha. Has hecho lo que has podido. La policía peinará todas las floristerías de los alrededores. Les has dado una buena pista, deja que ellos hagan el resto.

Agatha se retiró al jardín para reanudar la tarea de desbrozar las malas hierbas.

El tiempo se había vuelto demasiado cálido y bochornoso.

Se dio cuenta de que el césped había crecido varios centímetros y, una vez más, pensó en llamar al jardinero, pero se contuvo al recordar que le vendría bien tener algo en lo que ocupar la mente y, además, no tenía por qué pagarle a alguien por hacer algo que podía hacer con sus propias manos.

Sacó la máquina cortacésped del cobertizo situado al fondo del jardín, llevó el cable hasta la cocina y lo enchufó.

Salió al jardín, encendió la máquina y empezó a pasarla alegremente de aquí para allá bajo el sol, soñando con convertirse en una Agatha Raisin completamente renovada, como suelen hacer las personas que no se caen demasiado bien a sí mismas cuando se proponen inventar un nuevo personaje al que encarnar.

Se apuntaría a clases de cocina y repostería con la señora Bloxby.

Se convertiría en una perfecta dama de pueblo.

Recaudaría fondos para la iglesia. Sin embargo, sus pensamientos no tardaron en tomar un giro sombrío: sí, sería la perfecta dama de pueblo, y en su funeral la iglesia se llenaría de aldeanos inconsolables mientras el vicario aseguraba con voz llorosa en el templo abarrotado que no sabía cómo se las arreglaría el pueblo, ni él mismo, para sobrevivir sin ella.

James Lacey tal vez acudiera a la ceremonia.

Lo imaginó con la cabeza gacha junto a su tumba, diciendo: «Nunca dejé de quererla, y he vuelto para decírselo, pero ha sido demasiado tarde.

» Una lágrima rodó por la mejilla de Agatha, que se apresuró a secarla con gesto brusco.

Una vez cortado el césped y embolsados los restos vegetales en sacos de basura, Agatha volvió a entrar en casa y decidió hacer un ejercicio de pilates especialmente duro llamado «el insecto muerto» que consistía en tumbarse boca arriba y alargar de forma alterna brazos y piernas hasta notar que le dolían los músculos.

Al terminar se preguntó: ¿Y ahora qué? ¿Se iba de compras? Pero ¿adónde? Stow-on-the-Wold y Chipping Campden estaban atestados de turistas. Por mucho que le gustara Evesham, no había demasiadas tiendas de ropa elegante.

El estridente sonido del timbre la sacó de sus pensamientos. Alegrándose de tener una distracción, Agatha se apresuró a abrir la puerta. Cuál no sería su sorpresa al toparse con sir Charles Fraith. Había recuperado su figura esbelta y su impecable elegancia, aunque seguía perdiendo pelo.

—Lárgate —le espetó Agatha.

Charles puso un pie en la puerta para impedir que la cerrara.

—Necesito un hombro en el que llorar —dijo.

Tras vacilar unos instantes, ella abrió la puerta de par en par.

—Pasa, pero date prisa. Estaba a punto de salir.

Charles la siguió hasta la cocina.

—¿Me invitas a un café?

—Lo preparo y luego nos llevaremos las tazas al jardín. Hace un día precioso, no me lo estropees eternizándote.

—Si tú lo dices —repuso Charles, abatido.

Agatha preparó dos tazas de café soluble, las sacaron al jardín y se sentaron al sol.

—Bueno —empezó Agatha—, ¿qué ha pasado?

—Pues que me ha dejado.

—¿Qué? ¿Tu mujer? ¿La muñequita francesa? ¿Por qué?

—Dice que soy un tacaño, ¿te lo puedes creer, Aggie? Se ha marchado a París y no quiere volver a verme.

—A ver, siempre has sido un poco cicatero, Charles. ¿Cuántas veces, cuando llega el momento de pagar la cuenta en un restaurante, resulta que te has olvidado de coger la cartera?

—Lo que soy es ahorrador —replicó Charles a la defensiva—, y ella está forrada, pero no le da la gana de gastar su propio dinero.

—Parecéis almas gemelas —comentó Agatha con ironía. Su estómago rugió de hambre—. Tengo que comer algo —dijo.

—En ese caso, te demostraré que soy un hombre nuevo y te llevaré a cenar. ¿Qué te apetece comer?

Por un instante, Agatha se dijo que no debería aceptar la invitación. Charles se había portado fatal con ella. Pero ¿cuándo se había portado bien?

—Vale, de acuerdo. Me apetece comida china. Hay un buen restaurante en Evesham. Iré a cambiarme.

—Y bien, ¿en qué andas estos días? —preguntó Charles mientras probaban las crepes de pato crujiente.

—Es algo bastante raro —dijo Agatha—. ¿Has seguido el caso de esa chica que apareció flotando en el río Avon a su paso por Evesham?

—Algo vi en la tele. Cuéntamelo. Esto es como si hubiésemos vuelto a los viejos tiempos.

Sí que lo es, pensó Agatha. Casi esperaba ver a James entrar por la puerta, porque tenía la costumbre de aparecer por sorpresa cuando ella estaba con Charles.

Empezó por relatarle su primer encuentro con Kylie en el centro de estética. Charles la escuchó con atención hasta el final.

—El caso se las trae, desde luego —comentó él cuando por fin Agatha guardó silencio—.

Creo que deberías centrar tus esfuerzos en esa tal Marilyn Josh.

Vive en el mismo edificio que Harry McCoy, y alguien te vio allí y decidió acabar con tu vida, o bien llamó al asesino para decirle dónde estabas.

Kylie estaba chantajeando a Barrington, así que ¿quién nos dice que no había chantajeado a alguien más?

—Pero ¿quién? ¿Alguien a quien no conocemos?

—Y luego está esa tal Joanna Field. ¿No crees que sus vecinos habrán visto algo por fuerza?

—No sé si tiene vecinos. Vive encima de una tienda en Port Street.

Muchos de los edificios de esa zona siguen dañados por las inundaciones, ya sabes, nadie hace nada hasta que el seguro da su visto bueno y, con tantos partes abiertos, la cosa va para largo.

En todo caso, la policía ya habrá entrevistado a los posibles testigos.

Tengo la corazonada de que le ha pasado algo espantoso.

—Tal vez no. A lo mejor decidió ahuecar el ala porque sabía que la policía la interrogaría a propósito de Barrington.

—¿Y se marchó sin llevarse ropa ni dinero?

—Si estaba muerta de miedo, sí.

—No me lo pareció la última vez que la vi. Enfadada, descarada, insolente, pero no asustada.

—¿Y qué me dices del asunto de las drogas? Eso sugiere crueldad y capacidad de organización.

—Lo que nos lleva de vuelta a la discoteca, pero no hay constancia de que allí se trafique con droga.

—No tendría por qué ser en la discoteca propiamente dicha. ¿Qué hay de Barrington’s? El propio Barrington parece un tipo despreciable, y ¿qué me dices de ese matón que me has descrito antes, George, el que está en recepción?

—¿Lo dices en serio, Charles? ¿Un negocio de fontanería?

—Todo es posible. ¿Crees que tienen una cámara frigorífica en la empresa?

—Lo dudo. En todo caso, después de que saliera a la luz lo del chantaje, la policía habrá registrado el lugar a fondo. Ojalá haya sido Phyllis.

—¿Por qué ella en concreto?

—Porque es una narcisista que impone su voluntad a los demás, además de una envidiosa patológica. Detestaba a Kylie. Creo que es una persona despreciable.

—¿Alguna señal de que consume drogas?

—No que yo haya visto, pero tampoco tengo manera de saberlo, salvo que alguien me enseñe las marcas de los pinchazos en sus brazos desnudos.

—Se me ocurre una idea. ¿Por qué no me quedo a pasar la noche en tu casa y mañana repasamos juntos todos los sospechosos?

—No, Charles. Mañana tengo que ir a servir el té en una exposición fotográfica.

—Agatha vaciló. Le costaba seguir enfadada con Charles, siempre tan dicharachero y jovial.

Y lo cierto era que el mero hecho de repasar un caso con él, como en los viejos tiempos, la hacía sentirse más cerca de James Lacey—.

Pero se me ocurre otro plan. ¿Por qué no vienes a verme el sábado y lo hablamos?

—Estupendo. Vendré por la mañana y nos pondremos manos a la obra.

—¿Qué vas a hacer respecto a tu matrimonio?

—¿A qué te refieres?