Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 9
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Capítulo 9

Al volver a casa, Agatha se sentó al ordenador para revisar sus notas. Se las arregló para coger a Boswell al vuelo cuando se disponía a saltar sobre el teclado y lo sacó al jardín pese a sus protestas. Hodge lo siguió.

—Quedaos ahí —ordenó.

Los dos gatos se apostaron uno al lado del otro en el césped, mirándola fijamente como si hubiese cometido una imperdonable afrenta. Ella cerró la puerta y volvió al ordenador.

Imprimió lo que había escrito y se recluyó en la cocina con el fajo de papeles.

Se preparó un café solo y encendió un cigarrillo.

No bien lo hizo, soltó un suspiro de resignación: seguía sabiendo a goma quemada.

Lo dejó consumiéndose en el cenicero, pero un olor a vertedero de neumáticos carbonizados invadió la estancia.

Con un nuevo suspiro, apagó el cigarrillo y abrió la puerta de la cocina para que se aireara.

—Ya podéis entrar —les dijo a los gatos, que le dieron la espalda y se alejaron por el jardín.

Agatha se encogió de hombros y regresó a sus notas. ¿Qué se le estaba escapando?

Le vino a la mente algo que había dicho Mary Webster.

¿Dónde estaba? Por fin lo encontró: Mary Webster había dicho que, en cierta ocasión, sorprendió a Kylie fumando un porro en los lavabos de la empresa.

Puesto que la marihuana seguía siendo una sustancia ilegal, quien quisiera consumirla debía acudir a un proveedor ilegal, y éstos solían intentar vender drogas más duras a sus clientes.

¿Cómo se le había escapado ese detalle? Pero había algo más rondándole la cabeza…

Cerró los ojos y recordó el día de la riada, cuando se asomó al puente y vio a Kylie flotando en el río, con el pelo meciéndose en el agua, envuelta en el sudario del vestido de novia blanco, con el ramo de flores entre sus manos rígidas.

Agatha abrió los ojos de golpe. ¡El ramo de flores!

Puede que hubiese salido de casa para enseñarle el vestido a alguien, pero ¡no el ramo!

Miró el reloj. Freda estaría en casa. Seguro que se había cogido el resto del día libre después del funeral.

Agatha la llamó y, cuando la madre de Kylie se puso al teléfono, preguntó:

—Freda, su hija tenía un ramo de flores entre las manos cuando la encontraron. ¿De dónde lo sacó? ¿Lo guardaba usted en casa?

—No, la policía ya me preguntó por las flores.

Las había dejado encargadas en una floristería que hay cerca del mercado.

Un ramo de rosas rojas, lirios y un poco de culantrillo.

No habíamos ido a recogerlo. De hecho, ni siquiera lo habían preparado todavía.

Lo enviarían aquí a casa el mismo día de la boda.

—¿Y fue Kylie quien eligió esas flores?

—Bueno, no. Nos dejó todos los preparativos de la boda a Terry y a mí. Él pagaba la ceremonia, pero yo me encargaba del vestido de novia, el ramo de flores y los vestidos de las damas de honor.

—¿Quiénes eran las damas de honor? ¿Alguna de sus compañeras de oficina?

—No. Iris iba a ser una de las damas de honor, y la hija de mi hermano Frank, Ruby, la otra. Y luego estaba también la hija pequeña de Iris, Haley, que se encargaría de llevar las flores hasta el altar.

—¿Le puso Kylie tantas pegas al ramo como le había puesto al vestido?

—La verdad es que sí. Dijo que quería rosas blancas.

—¿Le comentó la policía cómo era el ramo que tenía entre las manos?

—No, nunca lo encontraron. Debió de desprenderse en algún momento. Dijeron que, con todos los escombros que arrastró la riada y el agua que inundó las casas, las tiendas y los sótanos del pueblo, podría estar en cualquier parte.

Agatha se estrujó la sesera. Había visto a Kylie con ese ramo de flores entre las manos y, si bien no era fácil distinguir sus colores en el agua revuelta, estaba segura de haber visto rosas blancas.

—¿Sabe si Kylie le había dicho a alguien más que no le gustaba el ramo que había elegido usted?

—Estaba enfadada por eso y por el vestido.

Por lo general, yo cedía a sus caprichos, pero en eso me planté.

Como le he comentado ya, no podía permitirme comprarle un nuevo vestido, y no veía ningún motivo para hacerlo.

El vestido de Iris era precioso y estaba como nuevo.

Podía haber cambiado las flores del ramo, pero, si le digo la verdad, estaba tan enfadada con Kylie porque no había mostrado el menor interés en los preparativos de la boda que no di mi brazo a torcer y me negué a cambiar nada en absoluto.

—Freda rompió a llorar—. Si estuviera viva, le dejaría hacer lo que qui-qui-quisiera.

Agatha intentó consolarla, pero Freda dijo que estaba demasiado disgustada para seguir hablando.

Se despidió de ella y, como no podía fumar, se puso a morderse las uñas.

Esas flores. Si hubiesen estado en una cámara frigorífica junto con el cadáver de Kylie, se habrían ennegrecido por efecto del frío, así que alguien debió de poner el ramo entre las manos congeladas de la difunta antes de arrojarla al río.

Agatha se estremeció. Había algo profundamente cruel en ese toque macabro del ramo de flores.

Había que odiar a alguien para hacer algo así.

Se moría de ganas de llamar otra vez a Freda y preguntarle si le había hablado a la policía de esa desavenencia con su hija a propósito del ramo. ¿Habrían comprobado entre las floristerías de la zona si alguien había encarga­do un ramo de rosas blancas por esas fechas?

Entonces pensó: ¿por qué no iba a llamar a la policía? No había descubierto la pista del ramo de flores haciéndose pasar por una productora televisiva, sino como Agatha Raisin. Llamó a la comisaría de Worcester y la pasaron con Brudge, que la escuchó atentamente y dijo:

—Kylie presentaba rasguños en las manos que podrían ser de espinas de rosa. Gracias, señora Raisin. Lo investigaremos.

Agatha colgó con una sensación de alivio. La policía tenía los recursos necesarios para cubrir todas las floristerías de la zona.

Regresó a sus notas. Kylie debía de tener una amistad más íntima con alguna de sus compañeras de trabajo.

La noche de la despedida de soltera, una de ellas tal vez le sugirió que se escabullera después de volver a casa llevando consigo el vestido.

Agatha se recostó en la silla con el ceño fruncido.

Los regalos de boda. No se le había ocurrido preguntar por ellos.

Si resultaba que una de las chicas le había hecho un regalo especialmente caro, tal vez fuera señal de que tenían una relación más estrecha.

Agatha se resistía a llamar de nuevo a Freda, pero le pudo la curiosidad.

—No quisiera disgustarla aún más —empezó Agatha—, pero ¿qué ha hecho con los regalos de boda?

—Los devolví todos —contestó Freda en tono fati­gado.

—¿Por casualidad se acuerda de qué le regalaron sus compañeras de oficina?

—Fue un regalo conjunto, un juego de té.

—¿Nada más?

—Tenía una lista. Puede que aún la tenga. No cuelgue.

Agatha esperó con impaciencia hasta que Freda volvió a ponerse al teléfono.

—La he encontrado. Oh, Joanna Field… la pobre Joanna, que sigue desaparecida, le regaló un frasco de perfume, además de participar en el juego de té. Y Marilyn Josh le dio uno de esos bañadores indecentes que lo enseñan todo. Recuerdo a Kylie diciendo: «Me habrá tomado por una guarra.» Nada más.

Después de colgar, Agatha revisó las notas que había tomado durante la entrevista con Marilyn Josh.

Vivía por encima de Harry McCoy y podría haberla visto en la calle, delante de su casa, la noche que alguien intentó atropellarla.

Pero Marilyn no tenía los medios para inyectar heroína a Kylie y luego introducir el cadáver en una cámara frigorífica.

A no ser que alguien la ayudara. ¿Y si Joanna estaba involucrada y se había escondido en algún lugar donde estaba segura de que la policía no la encontraría?

Alguien llamó al timbre. Agatha fue a abrir y se encontró con la señora Bloxby.

—No se habrá olvidado de aquello que le dije de las fotos antiguas de los Cotswolds, ¿verdad? —preguntó con gesto ansioso.

—Sí que lo había olvidado —reconoció Agatha, abochornada.

—Es mañana a las tres de la tarde. Lo único que tiene que hacer es servir té, sándwiches y pasteles.

—De acuerdo, allí estaré. ¿La exposición es de diapositivas?

—No, de fotografías enmarcadas que estarán colgadas en las paredes. Una forma amena y agradable de pasar la tarde.

—Según para quién —masculló Agatha—. Pase. Haré café.

—Tengo que irme. ¿Ha vuelto John Armitage? No he visto su coche.

—Ni lo sé, ni me importa —replicó Agatha con pretendida indiferencia.

—¡Ay, señora Raisin!

—¿Cómo que «ay, señora Raisin»?

Pero la mujer del vicario ya se alejaba a paso vivo.

Agatha decidió revisar su correo electrónico.

Tenía un mensaje de Marie Hernández: «En agosto volveremos a la isla de Robinson Crusoe y me preguntaba si le gustaría acompañarnos.

Lo pasamos estupendamente y creo que, para usted, ese viaje tuvo efectos balsámicos.

Si piensa volver, no deje de decírnoslo. »

Agatha recordó el larguísimo viaje en avión hasta Santiago, al que había que sumar el vuelo de tres horas en avioneta hasta la isla, y contestó: «No creo que pueda ir.

Quizá el año que viene.» —En el último momento, vaciló.

Se preguntaba si debería hablarle a Marie del caso en el que estaba trabajando, aunque se dijo que sería demasiado complicado y le llevaría mucho tiempo hacerlo, así que añadió un par de comentarios sobre el tiempo, al más puro estilo británico, y envió el mensaje.

Volvieron a llamar al timbre. Era Bill Wong. Agatha lo hizo pasar enseguida y le contó que había llamado a Brudge para decirle lo de las flores.

—Buen trabajo —dijo Bill—. Hace ya algún tiempo, mi amigo de la policía de Worcester me dijo que habían preguntado por ese ramo de flores, pero los testigos que coincidieron contigo en el puente cuando el cadáver de Kylie salió a la superficie se quedaron tan conmocionados al verla que no se fijaron en el aspecto de las flores. ¿Algo más?