Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

—No me cuesta nada tener otra charla con él.

—Consultó su portapapeles y marcó un número de teléfono.

Roy la oyó decir—: Harry, vamos a seguir adelante con el programa de la tele y quería hacerte unas preguntas más.

¿Podemos quedar en la cafetería de la otra vez? Bien. Dentro de unos quince minutos.

Agatha colgó.

—Siempre estamos a tiempo de tirar la toalla —dijo.

Si tan sólo, pensó Agatha, pudiera dejar de fingir que trabajo para una cadena de televisión e ir directa al grano en vez de fingir que me interesa la soporífera vida social de este chaval… Pero tomó notas pacientemente y, al finalizar el cuestionario, le preguntó:

—¿Qué opinas del ataque a Joanna Field?

—No sé muy bien qué pensar —dijo Harry—. A ver, Joanna estaba trasteando en el ordenador de Kylie, y es obvio que alguien no quería que leyera lo que había allí.

Agatha sopesó contarle lo de Joanna, pero temía la reacción de Phyllis. Y, sin embargo, no tenía ningún motivo para proteger a Joanna.

—Creemos que Kylie no las tenía todas consigo respecto al vestido de novia —dijo al fin—, y quería pedirle opinión a alguien. ¿Sabes si se llevaba especialmente bien con alguna de las chicas?

—No que yo sepa. Se burlaba de ellas, ¿sabe?

Decía que Joanna era una estirada, que Phyllis era un callo y que no pensaba pasarse toda la vida llevando la contabilidad de una empresa de fontanería.

Sé que de vez en cuando se iban todas a tomar una copa, pero nada más.

Quiero decir que tendría que ser alguien muy especial para que ella saliera de casa en plena noche. ¿Qué me dice de Zak?

—Dudo que Kylie le enseñara el vestido antes de la boda —dijo Agatha.

—¿Sabe algo de Joanna? —preguntó Harry.

—Sí, ha salido del hospital y está completamente recuperada.

—¿Y llegó a ver algo en el ordenador de Kylie?

—No, dice que, nada más encenderlo, alguien la golpeó en la cabeza.

—¿Saldrá en la tele todo el asunto de la muerte de Kylie?

Roy intervino entonces por primera vez.

—Estamos recopilando información al respecto, porque no podemos hacer un programa sobre la juventud de Evesham sin mencionar su muerte. Ha salido en todos los diarios.

Harry se echó a reír.

—Phyllis se pondrá hecha una furia al ver que Kylie le roba el protagonismo incluso después de muerta.

Agatha se quedó mirando su rostro risueño.

—¿No lloraste la muerte de Kylie?

—¿Qué? Sí, por supuesto. Hasta cierto punto. Quiero decir, cuando se murió ya no era mi novia.

—Pero habías tenido una relación estrecha con ella.

—De eso hace ya bastante tiempo.

En realidad, no llegó a conocer a Kylie, pensó Agatha. Le parecía atractiva y con eso tenía bastante.

Esa noche, Agatha acompañó a Roy a la estación del tren. Después de entrevistar a Harry, habían decidido no quedar con nadie más. Habían vuelto a casa de Agatha y pasado a limpio en el ordenador las pistas que habían reunido, que no parecían llevar a ninguna parte.

Después de jugar un rato con sus gatos, Agatha se fue a su habitación, sintiéndose muy sola de pronto. Se duchó y se preparó para acostarse. Intentó leer una novela romántica, pero no lograba apartar su mente del caso. Había un pequeño detalle que se le escapaba. Un pequeño detalle peligroso.

Se incorporó de golpe. ¿Y si Joanna había encontrado algo en el ordenador de Kylie antes de que la golpearan?

¿Sería lo bastante tonta como para intentar usar esa información para chantajear al asesino?

Si era capaz de liarse con un hombre como Barrington sólo por dinero, ¿acaso no vería esas pruebas incriminatorias como una excelente oportunidad para dejar atrás su anodina existencia?

Agatha se levantó y empezó a andar de aquí para allá.

Tenía que haber alguna manera de informar a la policía de que Joanna había tenido una aventura con Barrington.

La vida de esa joven descerebrada podría estar en peligro.

Si llamaba a la comisaría, era posible que reconocieran su voz, y se le daba fatal imitar acentos.

Entonces recordó que había un acento que ya no era el suyo, pero lo guardaba enterrado en lo más profundo de su ser, bajo las capas de sofisticación urbanita que le había dado Mayfair: el acento de los barrios marginales de Birmingham.

Se fue abajo, descolgó el teléfono y estaba a punto de marcar el número de la policía de Worcester cuando recordó que la llamada podría ser rastreada.

Se puso un abrigo largo por encima del camisón, se calzó un par de guantes finos, salió de casa y se metió en el coche.

Condujo a una velocidad constante hasta Evesham y se dirigió a la comisaría.

Entonces se metió en la cabina telefónica que había justo delante y marcó el número de la policía.

—Oiga —dijo con fuerte acento de Birmingham cuando una agente de policía cogió la llamada—.

Llamo por esa tal Kylie Stokes, a la que mataron…

Joanna Field, la que se llevó un porrazo en la cabeza, andaba liada con el jefe, Barrington.

Vio algo en el correo electrónico de Kylie y ahora quiere usar esa información para chantajear a alguien.

—¿Con quién hablo? —inquirió la voz con brusquedad.

Agatha soltó el auricular, se subió al coche y se marchó por la carretera de circunvalación, a sabiendas de que la policía rastrearía la llamada hasta la cabina telefónica y enviaría a alguien allí lo antes posible.

El corazón le dio un vuelco al recordar un programa de ciencia forense en el que decían que pronto sería posible determinar quién había usado un teléfono gracias al ADN .

Cualquiera que usara un teléfono dejaba cierta cantidad de ADN en el auricular.

¿Cuánto hacía que había visto ese programa?

¿Podían hacerlo ya? Entonces relajó las manos en torno al volante.

La policía le había toma­do las huellas dactilares a raíz de su participación en otros casos, pero no el ADN , y no tenían ningún motivo para pedirle una muestra.

Para cuando llegó a casa se sentía soñolienta y relajada, con la agradable sensación de haber hecho todo lo que podía.

A lo largo de los días siguientes, Agatha trató de no pensar en el caso de Kylie Stokes y descubrió, para su propia sorpresa, que hacerlo le producía un gran alivio.

Se sentía un poco culpable cuando pensaba en Freda Stokes, pero se dijo que había hecho cuanto estaba en su mano.

John Armitage seguía en Londres. Seguiría su ejemplo y se mantendría al margen de la investigación.

Sin embargo, hacia el final de la semana, llegó a la conclusión que tenía el deber moral de ir a ver a Freda y comunicarle su decisión.

Así pues, se desplazó al mercado de Evesham, donde la madre de Kylie tenía su puesto.

—No hablemos aquí —le pidió Freda, y acto seguido se dirigió a la mujer que regentaba el puesto de enfrente—. Gladys, ¿me echas un vistazo a esto? Voy a tomar un té.

—Claro —contestó la interpelada—. Apenas hay movimiento.

Fueron a una cafetería situada al fondo del mercado cubierto. Agatha pidió dos tazas de té y las llevó a una mesa. Las primeras palabras de Freda la dejaron consternada.

—Supongo que estará usted preocupada por Joanna.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó Agatha, sintiendo que el corazón le daba un vuelco en el pecho.

—Ha desaparecido. La policía vino a verme.

Al parecer, no se había presentado a trabajar, pero no fue eso lo que hizo saltar las alarmas, sino una llamada anónima de alguien que aseguró que Joanna había tenido una aventura con Barrington y se disponía a chantajear a alguien.

La policía llamó insistentemente a su piso y, al no obtener respuesta, entró por la fuerza.

No había ni rastro de ella. Ninguna nota.

Tampoco se había llevado ropa. No faltaba nada, excepto la propia Joanna.

Demasiado tarde, pensó Agatha. He tardado demasiado en dar la voz de alarma.

—Es como una pesadilla —se lamentó Freda—. Hay un asesino que anda suelto, ¿por qué no lo atrapan?

Quizá porque me guardé esa información durante más tiempo del debido, pensó Agatha con pesar.

—No he sido de gran ayuda, Freda —dijo—. Lo he intentado una y otra vez, pero lo único que he conseguido es desenterrar más trapos sucios sin llegar a averiguar quién asesinó a su hija.

—Si nunca llegamos a saberlo —repuso Freda, sumamente abatida—, me torturaré pensando que mi pobre niña no descansa en paz en su tumba.

—¿Le han devuelto el cadáver para el funeral?

—Sí, el funeral es mañana. No lo hemos anunciado para que no se nos llene aquello de periodistas.

—¿Dónde tendrá lugar?

—En la iglesia de Saint Edmund, en Greenhill, a las once de la mañana. ¿Vendrá usted?

—Sí, allí estaré.

El funeral de Kylie Stokes se celebró un sábado cálido y soleado.

Zak estaba presente, así como su padre y las chicas de la oficina, salvo Joanna.

La ceremonia fue breve y sencilla. Freda tenía los ojos enrojecidos pero no lloró, como si ya hubiese derramado todas las lágrimas que podía por la muerte de su hija.

Zak se apoyaba en su padre. Había perdido aún más peso, estaba muy pálido y su rostro era el vivo retrato de la pena.

Agatha se había puesto un gran sombrero y gafas de sol para evitar que alguna de las chicas la reconociera sin el disfraz habitual. Deseó no haber ido al funeral.

Kylie tal vez no fuera la criatura angelical que creía su madre, pero era joven y guapa, demasiado joven y guapa para yacer sepultada bajo la tierra cálida en un día soleado.

Tengo que averiguar quién lo hizo, pensó Agatha. Pero ¿cómo?