Capítulo 8 #3
No tenía por qué contarle lo de Barrington y Joanna. Seguro que lo suyo no guardaba relación alguna con el caso y, de todos modos, era partidario de dejar todo ese asunto en manos de la policía.
—Aquí hay gato encerrado —le dijo Agatha a Roy después de que John les explicara que, según Joanna, Barrington la había acercado a su casa al salir de trabajar, pero antes había pasado por la suya para recoger unos documentos.
—Cierto —concedió Roy—. John parecía más rígido e inexpresivo que nunca. No es muy dado a compartir sus emociones, ¿verdad? Y ahora se va pitando a Londres.
—Algo nos estaba ocultando —dijo Agatha—. Parecía dolido. Apuesto a que el muy tonto le tiró los tejos a Joanna y ella le dio calabazas. ¡Qué ridículo!
—¡Tienes toda la razón! —repuso Roy con una risotada—. Podría haberte tirado los tejos a ti, ¿no crees?
—Estoy cansada —dijo Agatha, haciendo caso omiso de la pulla—. No quiero seguir haciéndome preguntas.
—¿Ni siquiera para intentar averiguar qué le dijo realmente Joanna?
Vamos, Aggie. La curiosidad me está matando, y John ha dicho que mañana le dan el alta.
No perdemos nada por ir a hacerle una visita.
A ver, no me digas que te has tragado esa patraña de que Barrington pasó por su casa para recoger unos documentos antes de llevar a Joanna a la suya. ¿Qué le impedía dejarla a ella primero?
—De acuerdo —dijo Agatha—. No perdemos nada por intentarlo.
De paso, pensó, si comprobamos que John Armitage ha intentado de veras ligar con alguien tan joven como Joanna, no volveré a dedicarle ni un segundo de mi apreciado tiempo.
Al día siguiente, Joanna les abrió la puerta con un aspecto radiante. Se veía descansada y lozana como si no acabara de pasar un mal trago, pero se le ensombreció el rostro al ver a Agatha y su mirada vagó en torno a ella como si buscara algo. Se pregunta dónde está John, pensó Agatha.
—Te presento a mi amigo Roy Silver —dijo—. ¿Podemos pasar?
—Sí, por supuesto. ¿No la acompaña John?
—Se ha ido a Londres.
Joanna se encogió de hombros y los condujo a la sala de estar.
—Bueno —empezó Agatha, acomodándose en el sofá junto a Roy—, ¿recuerdas algo del ataque?
—Nada en absoluto —contestó Joanna—. Estaba sentada delante del ordenador de Kylie cuando me golpearon en la cabeza, y eso es lo último que recuerdo hasta que recobré el conocimiento en el hospital.
Agatha decidió fingir que John no les había contado nada.
—He oído que alguien te vio una noche en el coche de Barrington, circulando por High Street.
Joanna se levantó, sacó unas flores marchitas de un jarrón y las tiró a la basura. Luego volvió con ellos y se sentó.
—Perdonen, estaba poniendo un poco de orden. ¿Qué decía?
Agatha repitió sus palabras.
—John me preguntó por eso ayer —dijo Joanna—. ¿No se lo ha contado?
—No nos ha contado nada —mintió Agatha.
—Lo que pasó fue sencillamente que el señor Barrington tenía que pasar por su casa para recoger unos documentos antes de seguir hacia Birmingham. Dijo que iría a buscarlos y luego me acercaría a casa.
—¿Fue algo inesperado? —preguntó Agatha—. Quiero decir, ¿alguna vez se había ofrecido para llevarte a casa?
—No, nunca.
—¿Y por qué lo hizo esa vez?
—¡Por qué, por qué, por qué! —exclamó Joanna, exasperada—. Da la casualidad de que ese día salimos los dos a la vez. Nada más.
Estaba sonrojada y había clavado la mirada en el suelo.
—Para mí que sí hay algo más —insinuó Agatha—. Nosotros no somos la policía, puedes sincerarte.
Joanna la fulminó con la mirada.
—Esa rata de cloaca se lo ha contado.
Identificando a John como la rata, Agatha sonrió enigmáticamente.
—Vale, tuvimos una breve aventura hasta que él me dejó por Kylie —masculló Joanna al fin.
—Debiste de odiarla.
—Era una zorra avariciosa.
—Que decidió chantajear a Barrington —dijo Agatha—. ¿No se te ocurrió hacer lo mismo?
—¿Por quién me toma?
—No lo sé. Nunca te hubiese imaginado tonteando con un hombre como Barrington.
—Prometió casarse conmigo. Dijo que me llevaría de viaje. Para una vieja ricachona como usted es fácil hablar…
—¡Esa lengua!
—Me refiero —rectificó Joanna con aire enfurruñado— a que usted no sabe lo que es no haber viajado nunca, no poder permitirse ir a buenos restaurantes, tener que comprar la ropa en tiendas de segunda mano.
Estos hombres mayores son todos cortados por el mismo patrón.
Odio a los viejos. —De pronto se le iluminaron los ojos con malicia—.
John Armitage es otro que tal baila. Quería que me mudara con él, ¿se lo puede creer?
Pero yo sabía que acabaría pasando lo mismo que con Barrington, así que lo rechacé.
No se moleste en preguntárselo, porque lo negará.
—Seguro que sí —apostilló Roy—. ¿Crees que Barrington tuvo algo que ver con la muerte de Kylie? Tal vez no la matara con sus propias manos, pero pudo pagarle a alguien para que lo hiciera.
—Seguramente así fue. Tratándose de él, no me extrañaría.
—No lo creo —apuntó Roy—, teniendo en cuenta que Barrington le había pagado para que no se fuera de la lengua y que el dinero estaba en su cuenta.
—Puede que le exigiera más.
—Me parece que vamos a dejarlo aquí, de momento —dijo Agatha levantándose.
—Me parece que vamos a dejarlo aquí para siempre —corrigió Joanna—. Váyanse y no vuelvan.
—Guau —dijo Roy mientras se retiraban al pub más cercano—. ¿Qué te ha parecido todo eso? No me creo ni por un segundo que Armitage intentara ligar con ella.
—¿De veras? En ese caso, ¿por qué no nos contó nada?
—Puede que se hubiese encaprichado de ella y se sintiera como un imbécil cuando descubrió que era una simple cazafortunas. Debo decir que todas estas chicas son un espanto.
—Los rusos tienen un dicho: «El pescado siempre se pudre de la cabeza hacia abajo.» Si eres un jefe corrupto, tendrás empleados corruptos.
—¿Crees que el negocio va realmente viento en popa? Y luego está eso de que su mujer es la que tiene el dinero.
—Estoy cansada.
—No deberíamos rendirnos. ¿Alguna de esas chicas te parece de buena pasta, una persona normal y corriente?
—Está Ann Trump, que vive con sus padres. Parece bastante normal.
—Probemos suerte con ella.
Cerca de diez minutos después, Agatha lucía de nuevo su disfraz y, sentada delante de Ann Trump, se preguntó cómo podía abordar la cuestión de Kylie Stokes y Joanna Field. Ann estaba a todas luces entusiasmada con la idea de recibir una segunda visita de los «de la tele».
Por fin, después de fingir que tomaba abundantes notas sobre la vida cotidiana de la joven, Agatha le preguntó:
—¿Cómo te llevas con las demás chicas de la oficina?
—Bueno, el roce hace el cariño, ya sabe.
—Estaréis asustadas, después de lo que le pasó a Joanna.
—Sí que da un poco de miedo, ¿verdad? Pero no creo que vuelvan a intentarlo, sean quienes sean. Y es evidente que Joanna estaba fisgoneando en el correo electrónico de Kylie.
—Voy a hacerte una pregunta personal. ¿Alguna vez se te ha insinuado tu jefe?
Ann la miró con los ojos como platos.
—¿Se refiere al señor Barrington? No, en absoluto. Hasta que se supo lo suyo con Kylie, nunca lo hubiese imaginado capaz de algo así.
Agatha vaciló. ¿Le debía algún tipo de lealtad a Joanna? La conclusión fue que no.
—¿Sabías que también tuvo una aventura, muy breve, con Joanna?
—¿Qué? ¡Menudo viejo verde! ¡Y vaya con Joanna! Con lo recatada y formalita que parece. Siempre nos acompañaba a tomar algo cuando alguna de nosotras celebraba su cumpleaños, pero no parecía estar demasiado a gustoy siempre era la primera en marcharse del pub.
—¿Y la noche de la despedida de soltera?
—Se quedó hasta el final, cuando ya nos separamos y cada una siguió su camino. Phyllis no había venido esa noche, pero se la tenía jurada a Kylie por lo de Zak. Oiga, ¿cree que fue Phyllis quien golpeó a Joanna?
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Yo qué sé. Empiezo a pensar que no sé nada. Quiero decir, si el señor Barrington se insinuó a Joanna y a Kylie, pudo haberlo intentado con Phyllis. Eso sí, cuando vuelva a ver a Joanna en el despacho, me encargaré de bajarle los humos.
—Por favor, no lo hagas —le pidió Agatha, incómoda—. Debes tratar todo lo que te hemos dicho con la máxima confidencialidad. Si vas a aparecer en pantalla, es imprescindible que sepas ser discreta.
—Soy una tumba —dijo Ann, con los ojos relucientes ante la idea de salir en la tele.
De nuevo, Agatha sintió una punzada de remordimientos.
—No hemos sacado nada en claro —concluyó Roy al salir.
—Qué ganas tengo de olvidarme de todo esto —dijo Agatha—. Espero que Ann no se vaya de la lengua con Joanna.
—¿Por qué no?
—Le tengo miedo. Conoce mi verdadera identidad y sabe dónde vivo.
—¿Estabas tan prendada de esa chica como sin duda lo estaba John?
—Sí, la verdad es que me parecía mejor que las demás. Me tenía bien engañada. Creo que deberíamos ir a ver a Freda Stokes. Tal vez sepa si la policía ha descubierto algo más.
Freda estaba en casa y se alegró de verlos. Escuchó atentamente mientras Agatha le contaba lo que habían averiguado.
—La policía no está al tanto de lo de Joanna y Barrington. ¿Debería contárselo? —preguntó.
—De momento, no, porque querrán saber cómo lo ha averiguado y podría meternos en un lío. ¿Le han dicho qué líneas de investigación están siguiendo?
—No. Han vuelto a venir aquí a casa para registrar la habitación de Kylie. Y eso que ya se habían llevado montones de cosas.
—¿Como qué?
—Frascos de aspirinas, cosméticos, ese tipo de cosas. Buscaban cualquier rastro de drogas. Se llevaron incluso sus muñecas y animales de peluche.
—Entonces no servirá de nada que vayamos a echar un vistazo —concluyó Agatha—. ¿Kylie le habló alguna vez de Joanna?
—No que yo recuerde. Era Phyllis la que la traía por la calle de la amargura.
—¿Tenía más amistad con alguna de las chicas? Se llevó ese vestido de novia para enseñárselo a alguien.
—No recuerdo que invitara a ninguna a casa. Harry McCoy tal vez lo sepa.
Agatha sacó el móvil.