Capítulo 8 #2
Agatha y Roy comieron tranquilamente, tratando de hacer oídos sordos a su cháchara mientras Phyllis seguía dale que te pego con su voz estridente.
Les hubiese encantado escapar de sus garras, pero la joven pidió más bebida y postre, de modo que tuvieron que ver cómo engullía una gran porción de tarta de manzana, regada con un combinado de vodka y Red Bull.
Siguió parloteando sin parar, con la cara sonrojada a causa de la bebida y la comida, hasta que por fin Agatha y Roy lograron escabullirse.
—¡Uf! —exclamó Roy cuando se libraron de ella—. ¿Y ahora qué?
—No puedo seguir escuchando a esas mentecatas hablando de sus sueños de grandeza —dijo Agatha—. Vayamos a preguntarle a John si puede sonsacarle a Joanna la verdad sobre Barrington.
—Harry McCoy pudo haberse equivocado. Y, además, tú estás celosa de Joanna.
—¡Qué va! Lo que pasa es que es una pista demasiado buena para no seguirla.
John estaba en casa. Los escuchó con atención y luego dijo:
—Seguramente Barrington la acercó a casa en su coche y punto.
—¿Por High Street? —repuso Agatha con sorna—. Su casa está en la dirección opuesta.
—Bueno, supongo que no tengo nada mejor que hacer. Volveré a Redditch y os informaré de lo que averigüe.
—¿Y si vamos a hacerle una visita a tu amiga la señora Bloxby? —sugirió Roy cuando John se había marchado—. Le contaremos lo que hemos averiguado hasta el momento, a ver qué opina. Es más lista que el hambre.
—Puede que esté liada —le advirtió Agatha. No le hacía ninguna gracia la insinuación de que la señora Bloxby tal vez tuviera un mayor talento deductivo que ella.
—No perdemos nada por probar.
La señora Bloxby estaba en casa y los recibió de mil amores. Agatha escuchó con gesto enfurruñado mientras Roy resumía sus últimos hallazgos.
—Todo esto debe de tener algo que ver con las drogas —concluyó la mujer del vicario.
—¿Por qué lo dice? —preguntó Agatha—. Yo creo que tiene que ver más bien con el chantaje y los celos.
—Es una corazonada. Pongamos que alguien sabía lo disgustada que estaba Kylie a cuenta del vestido de novia, y que esa persona la llama o, si es una de sus compañeras de oficina, le dice algo del tipo: «¿Por qué no te escapas un momento con el vestido puesto para que le eche un vistazo?
» Seguramente Kylie había bebido mucho en la despedida de soltera y no vio nada de malo en salir a media noche con el vestido puesto.
—La policía habrá pensado en esa posibilidad, digo yo. Deben de estar buscando testigos que vieran a una chica llevando un vestido por las calles de Evesham en plena noche.
Agatha encendió un cigarrillo, hizo una mueca y, de nuevo, lo apagó al instante. ¿Por qué se molestaba en intentarlo siquiera? Nunca había fumado en la rectoría.
—Volviendo a los asuntos de la parroquia —apuntó la señora Bloxby—, hay un caballero que va a organizar una exposición de fotos antiguas de los Cotswolds en el salón de actos de la escuela el viernes que viene.
Las entradas cuestan sólo veinte peniques, pero, para recaudar algo más de dinero, vamos a servir té y pasteles.
¿Puedo contar con su ayuda, señora Raisin?
—No sé para qué se lo pide —se burló Roy—. Agatha es una nulidad en la cocina.
Agatha lo fulminó con la mirada.
—Me refería a si querría usted encargarse de servir el té. La señora Anstruther-Jones era una de las voluntarias, pero la pobre ya no puede ayudarnos.
El sentimiento de culpa por la muerte de la señora Anstruther-Jones la impulsó a contestar, a regañadientes:
—Vale, cuente conmigo.
—Estupendo.
Me pregunto qué tal le va a John, pensó Agatha.
John entró sin hacer ruido en la habitación de Joanna, que yacía dormida. Parecía sumamente joven y frágil. Dejó la caja de bombones que había traído consigo sobre la mesita de noche. Joanna abrió los ojos y lo miró.
—¡John! —exclamó, y un delicado rubor coloreó sus mejillas—. Dos visitas en el mismo día, caray. Tengo buenas noticias: mañana me darán el alta.
—¿Seguro?
—Sí, estoy completamente recuperada.
La joven se incorporó apoyando la espalda en las almohadas y le dedicó una sonrisa radiante.
—Joanna, hay un detalle que me llama la atención sobre el asunto de Kylie Stokes.
Ella lo miró con picardía.
—Y yo que pensaba que había vuelto usted corriendo para verme.
—Hay un testigo que afirma haberte visto una noche en Evesham, en el coche de Barrington, circulando por High Street.
—Ese día se ofreció para acercarme a casa.
—Joanna bajó la mirada y jugueteó con las sábanas.
John advirtió que se había pintado las uñas de rojo, algo que no hubiese esperado de una chica como ella.
«Vaya, ¿de veras?», se burló la voz de Agatha Raisin en su cabeza.
«¿Y qué clase de chica se pinta las uñas de rojo? »
—Joanna —insistió él—, si te hubiese llevado a casa, no habría ido por High Street.
Hubo un largo silencio. Al cabo, ella preguntó con un hilo de voz:
—¿Se lo dirá a la policía?
—Mi relación con las fuerzas del orden no pasa por su mejor momento, y lo mismo podría decirse de Agatha, pero creo que harías bien en contármelo.
—El señor Barrington no es lo que se dice un buen hombre —farfulló Joanna.
—Lo sé. Me he dado cuenta. —John respiró hondo—. ¿Has tenido una aventura con él?
Joanna se puso tan roja como sus uñas.
—Sí —musitó.
De repente, John vio a Barrington con su rostro rubicundo, el pelo ralo y las manos peludas.
—Por el amor de Dios, ¿por qué?
—Todo empezó cuando me acompañó a casa una noche.
Primero pasó por su casa para recoger unos documentos y luego me dijo que acababan de abrir un restaurante nuevo en Cirencester, un sitio de lujo, y me preguntó si me apetecía ir a cenar con él.
Yo nunca había ido a un restaurante de ésos y pensé que podría ser divertido.
Me lo pasé bien. Él me contó que quería divorciarse, que había cometido un error al casarse con su mujer.
Luego me dijo que el negocio iba viento en popa, que pronto podría permitirse el lujo de tomarse unas vacaciones, quizá viajar al Caribe, y que le encantaría hacer ese viaje con alguien como yo.
Yo nunca he estado en el extranjero. Soy ambiciosa, quiero ver mundo.
Pensé: ¿por qué no? Él me prometió que, si me iba con él, se divorciaría de su mujer y se casaría conmigo, así que no creía estar cometiendo adulterio ni nada por el estilo.
»Ahí empezó nuestra aventura, aunque no estoy segura de que se le pueda llamar así.
En total, fueron tres noches en mi piso.
No lo disfruté en absoluto, pero pensaba en lo que ganaría casándome con él, en todos los lugares de lujo y los viajes fabulosos.
Pero entonces dejó de venir a verme sin darme ninguna explicación.
Al cabo de una semana fui a verlo a su despacho.
Se puso nervioso y me dijo que había estado muy ocupado.
Que el negocio no iba tan bien como él creía y que su mujer había puesto dinero para mantenerlo a flote.
Me sentí como una tonta, pero no estaba enamorada de él, así que no me lo tomé demasiado mal hasta que descubrí que también había estado saliendo con Kylie.
Pensé que debía advertirle dónde se estaba metiendo, pero ella se echó a reír y me dijo que me mirara al espejo.
Era normal que Barrington no se planteara nada serio con alguien como yo, me soltó, pero con ella desde luego que sí.
En ese momento la odié. Pequeña zorra descerebrada.
John se sintió abatido. Joanna se creía superior al resto de las chicas, y él también lo había creído. Como había leído sus libros y lo admiraba, su vanidad de escritor lo había hecho suponer que era una persona inteligente.
—¿Mataste a Kylie? —preguntó.
—Por supuesto que no. ¿Por quién me toma? No se merecía tanto esfuerzo.
Joanna se recostó contra las almohadas y cerró los ojos.
—Será mejor que me vaya —dijo John.
Joanna abrió los ojos de golpe.
—Pero nos veremos pronto, ¿verdad? Volveremos a ese restaurante y charlaremos.
—Voy a estar muy ocupado —se excusó John—. Tengo que escribir un nuevo libro y eso me obligará a restringir mi vida social durante un tiempo.
Ella lo escrutó con gesto súbitamente hostil.
—La policía no sabe que fue usted quien me incitó a hurgar en el correo electrónico de Kylie. A lo mejor se lo digo.
—Si lo haces, se preguntarán por qué no se lo dijiste justo después de que te atacaran. Me llamarán y me veré obligado a contarles lo que acabas de decirme sobre Barrington.
John dio media vuelta y se fue de la habitación.
Volvió a casa con la sensación de que nada le apetecía menos que contarle a Agatha lo que Joanna le había revelado.
La triste realidad es que no hay heridas nuevas, sino viejas heridas que se reabren, y ese desagradable incidente con Joanna sólo había servido para recordarle el fracaso de su matrimonio.
Su esposa era una mujer muy hermosa de la que él se había sentido sumamente orgulloso.
Cuando daba conferencias como escritor, se emocionaba al mirar hacia el público y ver a esa rubia angelical contemplándolo extasiada.
La primera vez que descubrió que le había sido infiel, se sintió destrozado.
Ella se había echado a llorar y le había prometido que nunca volvería a suceder, pero sucedió una y otra vez, hasta que la humillación acabó matando el amor que él sentía por ella.
No es que quisiera a Joanna, y tampoco tenía intención de llevar más allá la relación de amistad que había entablado con ella, pero no podía negar que se había sentido halagado al ver cómo lo escuchaba embelesada.
Sólo entonces cayó en la cuenta de que, durante la cena, él había perorado sobre libros, obras de teatro y películas mientras Joanna se limitaba a asentir con entusiasmo.
Decidió seguir hasta Londres y pasar algún tiempo con sus amistades. Sin embargo, si no volvía al pueblo, Agatha llamaría a la policía. Y, además, necesitaba hacer la maleta.