Capítulo 8
Agatha no despegó los labios en el trayecto hasta Redditch.
Su conciencia, que por lo general no se mostraba demasiado activa, empezaba a incomodarla.
Se sentía responsable por la muerte de la señora Anstruther-Jones y por el ataque a Joanna.
Cuando dejaron atrás Evesham, se quitó la peluca, que arrojó al asiento trasero, y guardó las gafas en la guantera.
Si había un policía montando guardia a la puerta de la habitación de Joanna, no quería que llegase a oídos de sus superiores que una mujer con una peluca rubia había ido a hacer preguntas.
—Muchos hospitales no hacen respetar a rajatabla los horarios de visita —comentó Roy—. Esperemos que sea el caso, o que lleguemos en el momento oportuno.
—¿Preguntamos en recepción? —preguntó Agatha—. ¿O entramos sin más e intentamos dar con su habitación?
—Ya lo decidiremos al llegar allí —repuso Roy—. Vaya, vaya… —comentó con sorna mientras accedían al aparcamiento.
—¿Qué pasa?
—Mira quién acaba de bajarse de ese BMW . Es John Armitage y lleva un enorme ramo de flores.
—Podríamos entrar con él —sugirió Agatha.
—No, sigámoslo. Apuesto a que sabe adónde va.
Se apearon del coche a toda prisa y fueron tras John.
En el hospital había un intenso vaivén de visitantes.
Lo siguieron por largos pasillos hasta que se detuvo frente a una habitación y se dirigió al policía apostado junto a la puerta.
El agente entró en la habitación. Agatha y Roy se escondieron detrás de un carrito lleno de ropa sucia.
El agente de policía salió y le dijo algo a John, que entonces entró en la habitación.
—¡Vamos! —la instó Roy.
Agatha tiró de él hacia atrás.
—No podemos hacerlo.
—¿Por qué no?
—Ese agente va a preguntarnos cómo nos llamamos. Si le damos nuestro verdadero nombre, lo anotará y luego Brudge se me echará encima. Si digo que soy la tía de Joanna, puede que ella empiece a gritar que no tiene ninguna tía.
—Todo el mundo tiene una tía.
—Sus padres están muertos. Puede que no haya mantenido el contacto con sus familiares. No, será mejor que esperemos en el aparcamiento y le preguntemos a John cuando salga.
Mientras esperaban junto al coche de John, Roy preguntó:
—¿Crees que a él le gusta Joanna?
—No seas ridículo. Podría ser su abuelo.
—Y eso qué más da. Ese ramo de flores era enorme.
Agatha estaba hecha un lío. En su cabeza se mezclaban el sentimiento de culpa, la aprensión y los celos al ver que John Armitage, tan indiferente a sus encantos, le regalaba a Joanna un carísimo ramo de flores.
Esperaron una hora hasta que por fin John salió del hospital.
—¿Habéis venido a ver a Joanna? —preguntó, acercándose a ellos.
—Hemos llegado a la conclusión de que lo más prudente sería preguntarte cómo está. Ahora mismo no soy santo de la devoción de la policía —dijo Agatha—. Y, ahora que lo pienso, tú tampoco.
—Ah, yo no tengo ese problema. Joanna ha pedido verme.
—¿A santo de qué? —preguntó Agatha con gesto ceñudo—. ¿Ha recordado algo?
—Nada en absoluto. Lo último que recuerda es el golpe en la cabeza.
—Entonces hemos hecho el viaje en balde. Agatha, cariño, ¿qué te parece si volvemos a Evesham e interrogamos a alguno de los demás? —sugirió Roy.
—Agatha no puede hacerlo —repuso John—. Tendría que ponerse la peluca y las gafas y, dejando a un lado el hecho de que la policía las tiene requisadas, le han advertido que se mantenga al margen.
—Me quedaré en el coche y dejaré que Roy haga las preguntas —se apresuró a decir Agatha—. Has estado una hora ahí dentro. ¿De qué habéis hablado?
—De libros, películas, esas cosas.
—Vámonos, Roy. Te dejo conducir. —Agatha giró sobre sus talones y se encaminó a su propio coche sin tan siquiera despedirse.
John los siguió por la carretera hacia Evesham.
Cuando se acercaban al pueblo, se dio cuenta de que Agatha se inclinaba hacia atrás, cogía una peluca rubia del asiento trasero y se la acomodaba sobre la cabeza.
¿Cómo demonios se le ocurría seguir adelante con esa farsa cuando la policía le había advertido claramente que no lo hiciera?
Y, sin embargo, no pudo evitar sentirse excluido.
¿De veras tenía Agatha una relación de algún tipo con ese chaval?
El propio Roy así lo había dado a entender.
En cualquier caso, se marcharía el domingo por la tarde porque tendría que trabajar el lunes.
John se dijo que lo mejor sería dejar las cosas como estaban hasta entonces.
—¿Quién es el siguiente? —preguntó Roy.
—No lo sé —dijo Agatha, desanimada. De pronto, lo único que le apetecía era volver a casa y olvidar que, en el mundo real, los hombres apuestos de cualquier edad preferían a las chicas jóvenes y guapas.
—Arriba ese ánimo, Aggie. No siempre se gana.
—La culpa es tuya. No deberías haberle insinuado que tú y yo estamos liados.
—Si te sientes mejor echándome la culpa… Pero centrémonos en la cuestión que tenemos entre manos. ¿A quién vamos a ver ahora?
—Creo —dijo Agatha a regañadientes— que nuestra mejor candidata es la odiosa Phyllis. Detestaba a Kylie con todas sus fuerzas porque le había robado el novio. Puede que se vaya de la lengua sin querer.
—¿Tienes su número de teléfono?
Agatha se inclinó hacia atrás y cogió su portapapeles.
—Tengo todos los números de teléfono y las direcciones apuntados aquí.
—Pues llamemos y pidámosle que se reúna con nosotros. ¿Dónde?
—Hay un pub que no está mal cerca del aparcamiento. Sirven la típica comida de pub.
—Con eso me conformo. Llámala, anda.
—Hazlo tú. Yo no la soporto y necesito un poco más de tiempo para mentalizarme.
Roy marcó el número de Phyllis. Agatha no pudo evitar que sus pensamientos volvieran a John mientras, de fondo, oía a Roy quedando con Phyllis para almorzar.
John parecía un hombre profundamente asexual, ¿cómo era posible que estuviera interesado en Joanna?
¿Y sería su ex mujer el monstruo que él había descrito, o acaso era el propio John el que no estaba bien de la cabeza?
Se sacudió estos pensamientos de golpe cuando Roy le dijo:
—Venga, deja ya de soñar con lo que pudo haber sido. Vamos a ver a Phyllis.
Aunque el pub quedaba a tiro de piedra del piso de Phyllis, la joven tardó su buena media hora en llegar.
Al verla, Agatha pensó que se había tomado ese tiempo para aplicarse una capa extra de maquillaje, pues sus facciones carnosas estaban cubiertas por una espesa base y abundante colorete.
Se había puesto tanto rímel que tenía las pestañas tiesas como alambres y su boca, ya de por sí grande, se veía agrandada por efecto del pintalabios rojo escarlata.
Después de que Phyllis pidiera de comer y beber, Roy le dijo:
—Creo que eres muy valiente.
—¿Por qué lo dices? —preguntó la joven, humedeciéndose los labios al tiempo que se preguntaba qué posibilidades tenía de seducir a ese ejecutivo de la tele.
—Bueno, sigues trabajando en Barrington’s. Imagino que te preguntarás si vas a ser la siguiente.
—Qué va —dijo Phyllis—. Deja que te cuente la verdad sobre la buena de Kylie. Era una mosquita muerta que flirteaba con cualquier cosa que llevara pantalones y, además, se tiraba al jefe.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Agatha, pero Phyllis no soltó prenda.
—Me lo dijo un pajarito —repuso.
—Pero ¿quién querría matarla? —preguntó Roy.
Phyllis se inclinó hasta apoyar el busto sobre la mesa.
—Cherchelón —dijo.
—¿Qué? —Agatha se la quedó mirando desconcertada.
Phyllis se echó a reír con gesto altivo.
—Significa «busca al hombre».
—¿Quieres decir cherchez l’homme ?
—Eso es lo que he dicho. En fin, el caso es que, con una casquivana como Kylie, seguro que habrá más de un señor Barrington.
—¿Se te ocurre alguien en concreto?
—No, pero la policía lo encontrará. En mi opinión, ella se lo buscó.
—Eres una chica inteligente, y desde luego nos has dado mucho en lo que pensar —dijo Roy.
Phyllis intentó dedicarle una caída de pestañas, pero las de arriba se pegaron a las de abajo y hubo un silencio incómodo hasta que logró separarlas.
—¿Qué me dices de la noche que atacaron a Joanna? —preguntó Agatha—. Sharon comentó que volvió al despacho para recoger una bufanda. ¿Se reunió con vosotras después de hacerlo? ¿Llevaba puesta una bufanda?
—No me fijé. —Phyllis alzó su copa vacía—. ¿Puedo tomarme otra copa? Ya que tienen ustedes dietas pagadas y todo eso…
Roy se acercó a la barra para pedir otra ronda de bebidas.
—Bonito culo —comentó Phyllis, inspeccionando su retaguardia.
Agatha pensó que, estando Roy tan flaco, y teniendo en cuenta que la chaqueta le tapaba el trasero, Phyllis no disponía de suficientes elementos de juicio.
Seguramente se limitaba a repetir como un loro lo que las revistas femeninas le aseguraban que debía decir.
¿Se fijaban realmente las mujeres en el culo de los hombres?
¿O habría empezado esa tendencia como una especie de réplica feminista a los típicos comentarios masculinos?
Roy volvió a la mesa.
—Gracias. ¡Salud! —brindó Phyllis—. ¿Por dónde iba?
Ah, sí, Joanna. Esa chica es una incógnita.
La señorita remilgada. Algún papel ha tenido en todo esto.
A lo mejor le preocupaba que hubiese algo en el ordenador de Kylie capaz de comprometerla.
¡Ahora me acuerdo! —añadió con ojos relucientes—.
Harry McCoy me contó que una noche vio a Barrington pasar en coche por High Street y hubiese jurado que Joanna iba sentada a su lado.
Espero que sea verdad y me pregunto qué opinará John al respecto, pensó Agatha. Estoy un poco cansada de santa Joanna.
Les sirvieron la comida. Agatha miraba a Phyllis sin salir de su asombro. Nunca había visto a nadie comer tan deprisa. Acercó su gran boca al plato y, al cabo de un minuto, éste estaba vacío. Era como ver una aspiradora succionando la comida.
Phyllis siguió relatando su esperanza de convertirse en toda una figura de la tele, y señaló que era la única de las chicas lo bastante guapa para alcanzar el estrellato.