Capítulo 7 #4
Pero ¿habría borrado Kylie los suyos?, se preguntó Agatha.
No parecía probable, sobre todo si había algo en ellos que pudiera usar para chantajear al jefe.
Su corazón empezó a latir más deprisa. O tal vez los había impreso y llevado a casa.
Quizá siguieran allí. Pero en ese caso Freda los habría leído, seguro.
Aun así, valía la pena probar suerte. La temperatura había subido y en la pequeña sala de estar se respiraba un aire viciado e impregnado del olor a pizza de la víspera, alcohol y la colonia barata de Sharon.
—Creo que con esto tenemos bastante, de momento —dijo Agatha, levantándose.
—Pero volverán, ¿verdad? —preguntó Sharon.
—Sí, volveremos.
—¿Y ahora qué? —preguntó Roy cuando salieron a la calle—. ¿Vamos a la discoteca?
—No tenemos nada que perder.
Sin embargo, cuando llegaron allí, el local estaba cerrado.
—Veo un timbre. Tal vez haya alguien dentro.
—Probemos. Si nadie responde, podemos ir a ver a Freda Stokes —dijo Agatha—. He estado pensando… Puede que Kylie imprimiera algún mensaje de correo pensando en usarlo para chantajear a Barrington.
—Dudo que encontremos nada en su casa —repuso Roy—. Apuesto a que la policía se habrá llevado hasta el último trozo de papel y habrá registrado todas sus pertenencias.
—Tienes razón —concedió Agatha, abatida—. Sobre todo después de lo que pasó con los extractos bancarios. Llama al timbre, anda.
Roy llamó y esperaron. Estaban a punto de dar media vuelta cuando la puerta se abrió. Zak estaba plantado en el umbral, parpadeando a causa del sol. Parecía haber perdido peso y tenía grandes ojeras.
—Ah, así que han vuelto —dijo sin demasiado afán—. Creía que se habían olvidado de nosotros.
—Las cosas de palacio van despacio —dijo Roy en tono dicharachero—. Queríamos hablar un poco más con vosotros.
—¿No pueden esperar a que llegue mi padre? No tardará.
—Sólo queremos charlar —insistió Agatha.
—De acuerdo, pasen.
Lo siguieron por el ambiente viciado de la discoteca, que varios trabajadores se afanaban en limpiar y recoger, y subieron al despacho.
—¿Les puedo ofrecer algo de beber?
—Demasiado pronto —dijo Agatha. Encendió un cigarrillo, pero tenía un gusto tan espantoso que lo apagó enseguida.
—Yo sí tomaré una copa —dijo Zak. Se sirvió un gran vaso de vodka y se lo tragó a palo seco.
Roy esperó a que terminara para empezar a hacerle preguntas sobre la discoteca: ¿cuántas personas la frecuentaban de media? ¿Habían tenido algún tipo de altercados.
Zak se dejó caer en un sillón y contestó con voz desganada que los sábados por la noche podían llegar a juntarse casi ochenta personas en la discoteca y que nunca habían tenido altercados de ningún tipo. Alguna que otra pelea, pero nada más.
—Imagino que no podrás concentrarte en nada, ni volver a la normalidad, hasta que encuentren al asesino de Kylie —apuntó Agatha.
—Como le ponga las manos encima, mataré a ese hijo de perra —dijo Zak mascando las palabras—.
Era preciosa, mi Kylie… preciosa. La mataron en la flor de la vida.
No puedo ni pensarlo. —Le temblaban las manos y las lágrimas corrían por sus mejillas—.
Me estoy volviendo loco de tanto preguntarme quién ha podido ser.
La puerta del despacho se abrió de pronto y su padre, Terry, irrumpió en la estancia. Miró fugazmente a la pareja, y luego a su hijo.
—Escuchen —dijo con malos modos—, bastante tiene Zak con lo que ha pasado. No me importa que vengan a rodar a la discoteca, pero, de cara al futuro, si tienen alguna pregunta sobre Kylie Stokes, será mejor que me la hagan a mí. Vete abajo, Zak, y asegúrate de que nadie vacíe las botellas.
Zak se marchó. Parecía aliviado de poder escabullirse.
Agatha se alegró de contar con el apoyo de Roy, que empezó a interrogar a Terry sobre la discoteca, los jóvenes de la zona y su vida en general, hasta que el hombre se relajó visiblemente y hasta pareció volver a animarse ante la perspectiva de que la discoteca y él mismo fueran a salir en la tele.
Al cabo, Roy dijo que ya tenía toda la información que necesitaba. Agatha y él estaban a punto de salir cuando Terry dijo:
—Esperen un momento. Deme su tarjeta. Si se me ocurre algo más, lo llamaré.
Para sorpresa de Agatha, Roy sacó un tarjetero, seleccionó una tarjeta y se la dio. Terry la leyó, emitió un gruñido de satisfacción y la guardó en el bolsillo de la camisa.
—¿Qué número le has dado? —preguntó Agatha cuando salieron a la calle.
—Mi línea privada de la oficina. He pensado que alguien podría pedirnos la tarjeta, así que he impreso unas pocas en las máquinas de la estación. —Le tendió una, que decía, en tipografía clara y sencilla: ROY SILVER , DIRECTOR EJECUTIVO , PELMAN TELEVISION , seguido del número de teléfono.
—Pero ¿y si no estás en tu despacho y la secretaria coge la llamada? —preguntó Agatha.
—Le he dejado dicho que conteste al teléfono diciendo simplemente «Despacho del señor Silver» y, si alguien le pregunta por algo relacionado con la tele, que esquive la cuestión.
—Mira que eres listo.
—Antes de que hablemos con nadie más, ¿no deberíamos ir a Redditch, a ver si esa chica ha recuperado el conocimiento?
—Primero habría que llamar. ¿Y si hay un policía de guardia en la puerta de su habitación?
—¿Qué problema hay? Le diremos que somos de la familia.