Capítulo 7 #3
John Armitage acababa de completar el primer capítulo de su nuevo libro y el resultado no era de su agrado. Agatha le había transmitido la impresión de que sus novelas pecaban de poco realistas. Se planteó ir a verla para debatir la cuestión.
Sin embargo, cuando abrió la puerta de su casa, vio pasar a su vecina en coche con un joven en el asiento contiguo y retrocedió al instante.
¿Sería el mismo que se había quedado en casa de Agatha en el pasado y que la señora Anstruther-Jones había descrito como su juguete sexual?
Seguramente no, pero hasta ese instante John no había asociado a Agatha con nada remotamente relacionado con el sexo.
Volvió a su escritorio y encendió el ordenador.
Escribió «Capítulo dos» y se quedó mirando la pantalla con la mente en blanco.
Luego recordó que Agatha había dicho que llamaría a alguien para pedirle trabajo.
Roy Silver, eso era. Así que nada le impedía ir a visitarla.
Apagó el ordenador y llamó al timbre de la casa de al lado. Roy salió a abrir.
—Soy John Armitage —dijo.
—Y yo soy Roy Silver. Agatha se está cambiando, vamos a salir a cenar. Pasa.
John lo siguió hasta la sala de estar.
—¿Puedo ofrecerte una copa? —preguntó Roy. Parecía sentirse como en casa.
—Whisky, gracias. Agatha comentó que te llamaría para pedirte trabajo.
—Ah, ¿eso es lo que te ha dicho?
—Pues sí. ¿Qué otro motivo podría tener?
Roy le guiñó el ojo con picardía.
—Ah —musitó John, desconcertado. ¿Qué demonios podía ver Agatha en esa estrafalaria criatura?
Cogió el vaso de whisky que le ofrecía Roy.
—Gracias. ¿Hace mucho que conoces a Agatha?
—Desde que tenía dieciséis años. Empecé a trabajar en su empresa como chico de los recados. Ella me formó hasta llegar a ser responsable de relaciones públicas. Le debo mucho.
—¿Te ha hablado del asesinato que hemos estado investigando?
—Sí, algo me ha comentado, como que tú eres partidario de olvidar todo el asunto.
—No exactamente. Aún tenemos mucho de que hablar.
—Quizá en otra ocasión.
Agatha entró en la estancia. Llevaba puesta una blusa sedosa de colores degradados y una larga falda negra con una abertura lateral. John se fijó en que tenía un estupendo par de piernas.
Apuró su copa.
—Sólo he pasado a saludar. Ya nos veremos, Agatha.
Entonces se inclinó y la besó en la mejilla. Ella lo miró sorprendida.
Cuando John se había marchado, le preguntó a Roy:
—¿A qué ha venido?
—A saludar. Le he dado a entender que tú y yo estamos liados.
—¿Por qué demonios has hecho eso?
—No lo sé. Me ha entrado un impulso malicioso. Es muy guapo, pero diría que se lo tiene un poco creído.
—Yo no diría tanto.
—El caso es que de ahora en adelante te mirará con otros ojos, créeme.
—Roy, de ahora en adelante sentirá vergüenza ajena cada vez que me mire.
Roy le había llevado una peluca nueva. Los pesados mechones ondulados colgaban a ambos lados de su cara, afinándole las facciones, y las gafas eran grandes, con montura de imitación de carey. A la mañana siguiente, antes de salir de casa, Agatha se probó ambas cosas.
—Estupendo —dijo Roy, comprobando el efecto—. Nadie te reconocería.
—Será mejor que me las quite y que paremos un momento de camino a Evesham para volver a ponérmelas. Si John me ve con la peluca sabrá que he vuelto a las andadas y, como le dé por ponerse moralista, tal vez llame a la policía.
Roy parecía horrorizado.
—No sería capaz, ¿verdad?
—Quizá no. Pero prefiero no arriesgarme.
Roy se puso al volante y, siguiendo las instrucciones de Agatha, se internó en Broadway en vez de coger la carretera de circunvalación.
Se metió en una plaza de aparcamiento y esperó mientras Agatha se ponía la peluca y las gafas.
—El valor del suelo en esta zona se habrá disparado desde que han hecho la carretera de circunvalación —dijo Roy mirando alrededor—.
Recuerdo haber pasado por aquí las primeras veces que vine a verte y la calle siempre estaba abarrotada de coches y camiones.
¿Estás lista? ¿Por quién empezamos? Yo creo que deberíamos ir a ver a Zak.
—Probemos primero con Sharon Heath. Me gustaría saber qué repercusión ha tenido el ataque contra Joanna.
—Hablando de lo cual, más tarde deberíamos pasar por el hospital, por si ha vuelto en sí.
—Llamaremos antes de ir —dijo Agatha—. No tiene sentido desplazarnos hasta Redditch para que nos digan que sigue sin poder recibir visitas.
Sharon estaba en casa y se mostró encantada de hablar con ellos. Ni siquiera tuvieron que preocuparse por sacar el tema del ataque a Joanna, pues la joven parecía deseosa de comentarlo.
—Fue algo rarísimo —dijo una vez que se acomodaron en el atestado salón de los Heath.
La señora Heath había salido, así que nadie se había molestado en recoger a toda prisa.
Sobre la mesa de centro yacían los restos de una pizza, rodeados de latas y botellas vacías de Coca-Cola—.
Me refiero a que Joanna nunca se había quedado a trabajar hasta tarde —continuó Sharon—.
Dijo que tenía que enviar un par de facturas.
Las demás nos marchamos, pero luego me acordé de que me había dejado algo en el escritorio.
—¿El qué? —preguntó Agatha al instante.
—¿Cómo?
—¿Qué te habías dejado?
—Ah, esto… una bufanda. El caso es que, cuando volví a por ella, Joanna estaba sentada a su escritorio, pero más tarde la encontraron frente al ordenador de Kylie.
La policía cree que tal vez estuviera buscando algo en su correo electrónico, y los agentes revisaron el ordenador de Kylie, pero no había ningún mensaje.
Lo habían borrado todo, según dijo uno de ellos.
Tendrían que ver al señor Barrington estos días.
Está de los nervios. Pero en el momento del ataque se encontraba con su mujer en el bufete de abogados.
Al parecer, ella le ha pedido el divorcio.
Le brillaban los ojos de regocijo al compartir estos jugosos cotilleos.
—¿Hay alguna otra forma de acceder al edificio, aparte de la puerta principal? —preguntó Roy.
—Sí, y ahí es donde ese maldito George la fastidió.
Hay una puerta trasera que da al taller, y desde allí se puede acceder a las oficinas.
Esa puerta no estaba cerrada con llave. El señor Barrington le cantó las cuarenta, y George dijo que no se molestó en hacerlo porque siempre se asegura de cerrar el edificio a cal y canto después de que todo el mundo se haya marchado, y que cómo iba a saber que alguien se colaría en las oficinas para pegarle un leñazo a Joanna en la cabeza.
Nunca se sabe qué anda tramando esa chica.
En mi opinión, se cree superior al resto de los mortales.
Si nos hubiese dicho qué se proponía hacer, nos hubiésemos quedado con ella.
Dígame, ¿sigue adelante el programa de la tele?
—Sí, ya lo creo —mintió Agatha—, pero estas cosas llevan su tiempo. Como lo rodaremos todo en la discoteca, será mejor que vayamos a ver a Zak y a su padre. ¿Sabes si estarán allí a estas horas?
—Es posible. Tendrán que limpiar el local, porque anoche yo me pasé por allí y estaba lleno a reventar. —Sharon los miró con gesto inquisitivo—. ¿No van a preguntarme nada sobre mi vida? No irán a dejarlo todo en agua de borrajas para hacer un programa centrado en la muerte de Kylie, ¿verdad?
—Por supuesto que no —dijo Roy. Enmarcó el rostro de Sharon con las manos como si midiera su fotogenia—. Sí, darás muy bien en cámara.
Sharon sonrió encantada.
—Bueno, háblanos de tus sueños y ambiciones —sugirió Agatha.
—Antes de que ustedes vinieran a hacer el programa —dijo Sharon—, me contentaba con conocer a un buen chico, celebrar una gran boda y sentar cabeza, quizá tener un par de hijos.
Pero ahora creo que estoy destinada a algo más grande.
Me refiero a que, si realmente le echas ganas, puedes conseguir cualquier cosa que te propongas.
Agatha sintió un aguijonazo de mala conciencia que se apresuró a achacar a una mala digestión. Sharon siguió parloteando con entusiasmo.
—Quiero decir, en fin… siempre he tenido baja autoestima —iba diciendo la joven.
Agatha pensó que la juventud británica había aprendido a hablar en jerga psicológica con la difunta princesa Diana—.
Saben, nunca me había considerado lo bastante guapa para salir en la tele, pero veo que eso no le ha impedido abrirse paso en el mundillo —concluyó, mirando a Agatha.
—Yo no estoy delante de la cámara —replicó la aludida, torciendo el gesto.
—Claro, pobre. Yo tengo la ventaja de la juventud. —Se volvió hacia Roy—. ¿Y si me hago algún retoque con cirugía plástica? ¿Crees que mi nariz es demasiado larga?
—No, es perfecta.
Se sonrieron mutuamente.
—Volviendo al tema de Kylie —dijo Agatha—, supongo que alguien de la empresa revisó su ordenador para comprobar si había encargos pendientes.
—Sí, se lo dijeron a Phyllis, que se ocupó de todo el asunto. A nadie se le ocurrió mirar el correo electrónico.
—¿Recibís mensajes de correo personales en los ordenadores de la empresa?
—Sí, ya lo creo. El año pasado había un chico que trabajaba en una agencia de viajes y aprovechaba cualquier despiste de los jefes para enviarme mensajes a mi cuenta de Barrington’s. —Se le escapó una risita—. Algunos eran bastante subidos de tono, así que los borraba nada más leerlos.