Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 7 #2
63%

Capítulo 7 #2

—¿Dónde habré puesto ese dichoso trasto? —Por fin soltó una exclamación de júbilo—: ¡Hasta luego!

La puerta del despacho se cerró de golpe y Joanna la oyó taconeando pasillo abajo.

Sintió el súbito impulso de apagar el ordenador y marcharse.

El silencio que reinaba en el despacho resultaba amenazador.

Sin embargo, si lograba averiguar algo, John se pondría contento con ella.

Era un hombre muy atractivo. Joanna se preguntaba si habría algo entre él y esa tal Raisin.

No, seguro que no. No había ni pizca de química entre ambos.

Había disfrutado cenando con él. Los hombres mayores eran mucho más interesantes que los jóvenes, desde luego.

Joanna ladeó la cabeza y aguzó el oído. Se levantó una vez más, pero entonces oyó ruido de pasos fuera y volvió a sentarse a toda prisa.

La puerta se abrió. George, el conserje, asomó la cabeza.

—Quiero echar el cierre. ¿Vas a tardar mucho?

—Dame cinco minutos —pidió Joanna.

—De acuerdo. Avísame cuando salgas.

Joanna volvió a esperar que todo estuviera en silencio. Hazlo de una vez, se dijo.

Respiró hondo, cruzó el despacho hasta el escritorio de Kylie y encendió su ordenador.

La pantalla cobró vida, bañando su rostro en una resplandeciente luz azul.

—Vamos, arranca de una vez —murmuró. Abrió el programa de correo electrónico y empezó a leer los mensajes.

—Vaya, vaya —dijo.

El golpe que recibió en la parte posterior del cráneo fue repentino y brutal. Joanna se desplomó sobre el teclado.

Agatha y John se removían inquietos en Little Chef.

—Ya son las siete y media —dijo John—. Ha tenido tiempo de sobra. Espero que no haya pasado nada.

—¿Por qué no te acercas a Barrington’s en coche para ver si aún hay luz en las oficinas? Yo me quedaré aquí por si viene.

John se marchó y Agatha se quedó en el restaurante con los nervios a flor de piel. ¿Y si él decidía largarse otra vez con ella, bajo el pretexto de que así podría sacarle más información? Tendría que haberle dado mi número de móvil, pensó.

Esperó diez minutos y luego soltó un suspiro de alivio al ver el coche de John entrando de nuevo en el aparcamiento.

Nada más llegar, John se sentó a la mesa, se inclinó hacia delante y dijo en tono urgente:

—Había una ambulancia delante del edificio, se la estaban llevando.

—¿Muerta? Dios mío, dime que no está muerta.

—No, tenía una mascarilla de respiración asistida sobre la cara. La policía estaba allí, hablando con el conserje, ese tal George. No me han visto. Entre la ambulancia y los coches patrulla, había bastantes curiosos merodeando por allí, y he tomado la precaución de quedarme atrás.

—Tenemos que averiguar a qué hospital se la han llevado —dijo Agatha.

—¿Cuál puede ser? ¿El de Evesham, Worcester, Redditch? ¿Tienes el móvil a mano?

—En mi bolso. —Agatha lo abrió, sacó el móvil y se lo tendió.

Se removió en su asiento, nerviosa, mientras John hacía varias llamadas.

—Todavía es pronto —lo interrumpió al cabo de un rato—. Puede que no haya llegado al hospital. Vámonos a casa y lo intentamos otra vez desde allí.

John probó a llamar de nuevo desde la casa de Agatha. Finalmente, consiguió averiguar que Joanna había ingresado en el Alexandra Hospital de Redditch. Agatha era partidaria de salir hacia allí cuanto antes, pero John discrepó:

—Deberíamos esperar hasta que se haga de día.

—¿Te han dicho cómo está?

—No, sólo que ha ingresado.

Agatha chasqueó la lengua, contrariada, y le arrebató el teléfono de la mano. Llamó al Alexandra Hospital, se presentó como la tía de Joanna y pidió que le pasaran con la enfermera encargada de la unidad donde estaba ingresada su sobrina.

Hizo varias preguntas en tono sucinto y luego colgó.

—Sufre una conmoción cerebral severa y no se permiten visitas hasta nueva orden. ¿Y ahora qué hacemos?

—No podemos hacer nada. De hecho, diría que ya hemos hecho más de la cuenta. Nunca deberíamos haber involucrado a esa pobre chica en todo esto.

—Y yo no puedo interrogar a las demás chicas, ahora que se ha destapado mi verdadera identidad. Tendrás que hacerlo tú.

—Agatha, una mujer ha muerto y otra está ingresada con una conmoción cerebral. No hacemos más que poner en peligro a personas inocentes.

—Pero ¿crees que a la policía se le ocurrirá revisar el correo electrónico de Kylie?

—No podemos llamarla para decírselo. Nos advirtieron que nos mantuviéramos al margen de la investigación.

—Y yo tampoco puedo llamar a Bill Wong, ya sabes, mi amigo policía. Se pondría hecho un basilisco. Ya lo sé: ¡Freda Stokes! Te dije que nos había perdonado. Ella podría sugerir a la policía que revise el correo electrónico de su hija.

Agatha fue hacia la sala de estar, donde estaba el teléfono. John se quedó en la cocina, esperando. Con los libros todo era más fácil. Uno no tenía mala conciencia por la gente que resultaba herida o asesinada sobre el papel.

Esperó impaciente hasta que Agatha volvió.

—Bien, se lo he comentado. Ha dicho que esperará hasta que lo sucedido salga en las noticias para llamar a la policía. La cosa pinta fatal para Barrington. Me pregunto si su coartada es tan sólida como me aseguró Bill.

—Puede que matara a Kylie, pero ¿por qué iba a escabullirse de un hotel en Birmingham para recorrer las calles de Evesham con la esperanza de verte y atropellarte?

—Cierto —repuso Agatha, contrariada—. Todo nos lleva de vuelta a esas chicas. Debían de saber que Joanna se había quedado en la oficina. Puede que una de ellas sospechara algo, volviera atrás y la atacara.

—Ay, Dios… Acabo de acordarme, Agatha, hay cámaras de seguridad a la entrada de Barrington’s.

La policía no sólo podrá comprobar quién entró y salió del edificio, sino que también tendrá una imagen clara de los curiosos que se acercaron a ver qué estaba pasando cuando llegó la ambulancia.

Puede que me reconozcan entre la multitud y me pregunten qué hacía yo allí.

—Tú cíñete a tu versión, di que pasaste por allí en coche yendo hacia Little Chef, donde habías quedado conmigo, y al ver la multitud, los coches patrulla y la ambulancia, fuiste a echar un vistazo.

—Odio mentir. ¿Nunca se te ha ocurrido unirte al cuerpo de policía y pasarte a la legalidad?

—Soy demasiado mayor para hacer algo así.

—¿Y ahora qué? Creo que deberíamos seguir adelante con nuestras vidas y dejar que la policía se encargue de resolver todo este lío.

—Supongo que tienes razón. Me dan ganas de llamar a mi amigo Roy Silver para preguntar si tiene algo de trabajo para mí.

—¿Qué clase de trabajo?

—De relaciones públicas. Podría irme a Londres y olvidarme de todo esto por un tiempo. Así no sentiría la tentación de seguir investigando, aunque lamentaré haberle fallado a Freda. Hemos quedado en que me dirá cómo le va con la policía. No haré nada hasta tener noticias suyas.

—En ese caso, me pondré con mi libro —dijo John—. Es mucho más fácil lidiar con el asesinato en la ficción. Lo tengo todo bajo control, pero en la vida real nadie lo tiene todo bajo control, salvo el asesino.

Y, con tan desoladora reflexión, se marchó.

Al día siguiente, Freda llamó a Agatha para decirle que ha­bía hablado con la policía y estaba esperando respuesta.

Entonces Agatha se puso en contacto con Roy Silver.

—Estaba a punto de llamarte —dijo él—, para preguntarte qué está pasando.

Agatha lo puso al día.

—Así que ya ves, Roy —dijo a modo de conclusión—. Estoy atada de pies y manos. Me preguntaba si tendrías algún trabajo para mí.

—Se lo comentaré al jefe —repuso Roy—. Pero, Agatha, tesoro, no es propio de ti rendirte.

—No me digas, Sherlock. ¿Y qué sugieres que haga?

—La policía te ha dicho un millón de veces que no te metas en sus asuntos. ¿Has dejado que eso te detuviera? No. Te diré lo que haremos. Iré a verte este fin de semana, te llevaré otra peluca y otro par de gafas y ya lo creo que iremos a hablar con esas chicas de oficina, a ver qué averiguamos.

—Como nos pillen, me meteré en un buen lío.

—De aquí al fin de semana la policía habrá interrogado hasta la saciedad a todas esas chicas, por no hablar de Barrington. Y tenemos que volver a hablar con Zak. Es la pieza que te falta.

—Mejor no se lo digo a John.

—¿Te refieres a ese escritor? Da la impresión de ser un poquito estirado.

—No creas. Lo que pasa es que es más temeroso de la ley y más sensible que yo.

Agatha se arrepintió de este último comentario no bien salió de su boca. Se consideraba una persona muy sensible.

—O sea, que es un muermo.

—No, es muy guapo. No ha resultado ser como yo esperaba, pero, cuando no está hablando sobre el caso, sí que parece un poco frío y distante. No le gusta la cháchara, ya sabes. Nos vemos el viernes por la noche.

Después de colgar, Agatha se sentía mucho mejor.

Había algo en el carácter de John Armitage que le minaba la moral por algún motivo.

Ahora sentía que había vuelto la vieja Agatha rebelde.

Seguramente no volvería a coincidir demasiado con su vecino.

Los asesinatos —y la propia Agatha— no habían sido sino una distracción para él.

El viernes por la noche, para espanto de Agatha, Roy se bajó del tren procedente de Londres con el aspecto de un pollo desplumado.

Se había cortado el pelo al rape, lo que no lo favorecía en absoluto, habida cuenta de que tenía la cabeza pequeña y unas facciones anodinas.

Llevaba una camisa rojo escarlata y una corbata psicodélica bajo una chaqueta de ante.

Sus piernas flacuchas iban embutidas en unos vaqueros azules ceñidos y calzaba botas de plataforma.

—¿Te gusta? —preguntó, haciendo una pirueta delante de ella—. Es el último grito en el mundillo mediático.

—Pareces un hospiciano —opinó Agatha.

Él le rodeó los hombros con un brazo.

—Nunca has sabido adaptarte a las modas. —Dicho lo cual, se caló unas enormes gafas de sol envolventes—. ¡Listo!

—Ay, Señor… —murmuró Agatha—. En fin, de perdidos al río.