Capítulo 7
A la mañana siguiente, al despertar, Agatha descubrió que alguien le había metido una carta por debajo de la puerta. La abrió mientras Boswell le clavaba las garras en el dobladillo de la bata y tiraba con fuerza. Se fue a la cocina, arrastrando al gato consigo.
Se sentó y, tras desenganchar las garras de Boswell de la tela, abrió la carta, advirtiendo que no llevaba sello.
«Querida Agatha —leyó—, siento mucho lo de anoche. Comprendo que te hayas enfadado por no haberte incluido en la invitación a cenar. Pensé que quizá Joanna me daría más detalles si estábamos los dos solos, pero lo cierto es que no tenía nada nuevo que añadir a lo que ya sabemos. Atentamente, John.»
Agatha se dijo que quizá había reaccionado de forma exagerada.
Se propuso disculparse, pero pensó que tal vez fuera buena idea llamar primero a Roy Silver para preguntarle si tenía trabajo.
Lo que no haría era salir pitando hacia la casa de al lado.
Se tomaría su tiempo y hojearía los diarios de la mañana.
En la edición matutina del Bugle encontró una columna firmada por una famosa que había dejado de fumar gracias a la hipnosis.
«¡Funciona! —leyó Agatha—. Lo primero que noté fue que tenía más energía.
Luego mis amigos empezaron a elogiar mi cutis resplandeciente.
Me alegro mucho de haber dejado el tabaco.
Mi aspecto es muy importante para mí. Se nota a la legua cuando una mujer de mediana edad fuma porque se le forman unas arrugas muy feas sobre el labio superior, y yo no quería acabar así. »
Como si fuera un acto reflejo, Agatha se llevó la mano al labio superior.
Recordó que tenía el número de teléfono de un hipnotizador de Gloucester.
Siempre había querido ir a verlo, pero lo había ido aplazando una y otra vez.
Ni corta ni perezosa, llamó al hipnotizador, que le dijo que podía atenderla ese mismo día si se presentaba en su consulta en hora y media, pues acababan de anularle una cita.
Agatha aceptó y fue a cambiarse enseguida.
Ese día no se esperaban precipitaciones, pero había bastante niebla.
Se subió al coche y se abrió paso con cautela por un mundo gris.
El agua goteaba de los árboles que flanqueaban la carretera.
Se las arregló para aparcar cerca de la consulta del hipnotizador. Había llegado cinco minutos antes de lo acordado, así que lo celebró con el que se juró que sería su último pitillo.
Media hora más tarde, todo había terminado. El hombre le había dicho que, en adelante, cada cigarrillo que se llevara a la boca tendría un regusto espantoso, como a goma quemada.
Con la sensación de haber hecho algo bueno por su salud y bienestar, Agatha volvió a casa.
Al aparcar delante de su cottage , vio una silueta familiar delante de la puerta.
Freda Stokes. ¿Y ahora, qué?, pensó mientras se apeaba del coche.
¿Otra bronca? Se esforzó por dedicarle una sonrisa de bienvenida.
Freda la saludó exclamando:
—¡Ay, Agatha, no sabe cuánto lo siento!
—Pase —dijo Agatha, abriendo la puerta—. Iremos a la cocina. Siéntese, haré café.
Agatha enchufó la cafetera y se sentó frente a Freda.
—No quería creerlo, no podía creerlo —empezó Freda—.
La policía ha venido a verme. Resulta que el señor Barrington reconoció haber pagado a Kylie, ¡a mi Kylie!
, para que no se fuera de la lengua. Empiezo a preguntarme si conocía a mi hija.
Para mí seguía siendo una niña pura e inocente.
«Yo no soy como las otras chicas, mamá», me decía.
«Yo no voy por ahí acostándome con cualquiera, me reservo para el día de mi boda. »
—¿Tenía muchos gastos? —preguntó Agatha, planteándose si Kylie tendría de veras un problema de adicción a las drogas.
—Siempre me estaba pidiendo dinero. No me resultaba fácil satisfacer sus caprichos, porque no gano demasiado, pero era mi única hija, no podía negarle nada.
Ahora me vienen a la mente ciertas cosas que hacía, como usar prendas de ropa unos pocos meses y luego devolverlas a la tienda y exigir que le reembolsaran el dinero.
Recuerdo una gabardina que usó durante… diría que unos ocho meses, y luego la llevó de vuelta a la tienda e intentó convencer a los dependientes de que acababa de comprarla, pero no coló, de modo que me pidió que la llevara a la tintorería.
Cuando se la devolví, se encerró con la gabardina en su habitación y al salir me la enseñó llena de manchas de grasa.
Dijo que la tintorería la había estropeado y que tenía que ir a reclamarles que me la reembolsaran.
Lo conseguí, pero me acusaron de haberla manchado aposta.
Dijeron que era la única explicación posible.
—Freda miró a Agatha con los ojos llenos de lágrimas—.
¿Cree usted que Kylie era una avariciosa?
—Quizá —contestó Agatha con cautela.
—Y a veces notaba que me faltaba dinero del bolso. Durante las vacaciones escolares tuve a una chica trabajando conmigo en el puesto del mercado y pensé que sólo podía haber sido ella, así que la despedí. Ahora pienso que pudo haber sido Kylie. ¿En qué me equivoqué con ella?
Fingiendo que no pasaba nada, pensó Agatha, pero le dijo:
—Debo preguntarle algo: ¿cree que Kylie consumía drogas?
—¡No! Pero es verdad que no me enteré del chantaje ni de nada —se lamentó Freda—. Puede que ella misma se tomara la sobredosis, y que quienes le habían suministrado la droga actuaran movidos por el pánico.
—Es posible, pero eso no explica que llevara puesto el vestido de novia, ni que se escabullera de casa en plena noche. Alguien le pidió ver el vestido.
Agatha se levantó, sirvió dos tazas de café y dejó una delante de Freda, junto con la leche y el azúcar.
—¿Estaba muy orgullosa de ese vestido?
—No, eso es lo raro. Era el vestido de novia de la hija de mi hermana Josie.
Mi sobrina Iris sólo se lo había puesto una vez, y había costado una fortuna.
Un vestido precioso. Kylie dijo que quería uno nuevo, pero yo no di mi brazo a torcer.
¿Qué sentido tiene, le dije, pagar tanto dinero por una prenda que sólo vas a ponerte una vez?
Además, Iris y Kylie eran de la misma talla.
El interés de Agatha se avivó por momentos.
—Si le preocupaba la cuestión del vestido, es posible que se lo comentara a alguien, y que esa persona le dijera algo del tipo: «Mira, tráetelo y le echaré un vistazo.» Eso me lleva a pensar en otra mujer. Cuando Kylie llegó a casa esa noche, ¿hizo o recibió alguna llamada de teléfono?
—Se fue derecha a su habitación y luego me di cuenta de que había puesto un cedé. Tenía un móvil, pero la policía se lo llevó, y además revisó todas las llamadas que se habían hecho y recibido desde la casa. Esa noche no llamó a nadie.
—¿Debo entender que quiere que siga investigando la muerte de su hija? —preguntó Agatha.
—Sí, por favor. Ahora creo conocer la peor cara de Kylie y ya nada me sorprenderá.
—¿Sabe si llevaba un diario?
—No. Una vez le compré uno, pero nunca se molestó en escribir nada.
—¿Recibía cartas de alguien?
—Ni una. Los jóvenes de hoy en día sólo usan el teléfono.
—La mantendré informada —dijo Agatha—. Haré lo que esté en mis manos, pero la policía me ha ordenado que me aparte del caso.
Después de que Freda se marchara, Agatha llamó a John Armitage.
—Pásate por aquí —dijo—. Tengo novedades.
Cuando John llegó a su casa, Agatha le relató la visita de Freda y lo que ésta le había contado.
—Tenemos que averiguar qué pasó en esa despedida de soltera —dijo John—, comprobar si una de las chicas se ofreció para opinar sobre el vestido. Y hay algo más.
—¿El qué?
—Sabemos que Kylie no hizo ninguna llamada esa noche, pero ¿qué hay del correo electrónico? Alguien pudo enviarle un mensaje a la dirección de la empresa. Joanna podría comprobarlo si se lo pedimos.
—Ah, Joanna… —dijo Agatha con retintín.
—Sí, Joanna. Es lista y espabilada y conoce tu verdadera identidad, a diferencia de las demás chicas. A mí no me van las jovencitas, Agatha.
—Y a mí no podría importarme menos —replicó ella con despecho. Encendió un cigarrillo de forma automática y lo apagó al instante con una mueca de asco.
—¿Qué pasa?
—He ido a un hipnotizador —contestó—. Me dijo que de ahora en adelante el tabaco me sabría a goma quemada y tenía razón.
John soltó una carcajada.
—Hay que reconocer, Agatha, que nadie podrá acusarte nunca de ser aburrida.
—Así soy yo —repuso ella con amargura—, diversión asegurada.
—Te llevaré a almorzar para compensarte por lo de anoche.
Agatha se animó por momentos.
—Iré a cambiarme mientras llamas a Joanna.
Se fue arriba y se puso un traje pantalón y una blusa hecha a medida. Para su alegría, la cinturilla del pantalón le iba bastante holgada. Se maquilló con esmero y se perfumó generosamente con su colonia, Champagne, antes de reunirse abajo con John.
—Joanna ha dicho que mirará el ordenador de Kylie cuando todas las demás se hayan marchado. Si esperamos en la esquina de Little Chef, se reunirá con nosotros hacia las siete de la tarde.
—¿No vienes, Joanna? —preguntó Marilyn Josh mientras las demás se ponían sus prendas de abrigo.
—Tengo que enviar un par de facturas —dijo Joanna—. Será mejor que lo haga antes de irme.
—Como quieras —replicó Phyllis con retintín—. Pero si tratas de hacerle la pelota al jefe, que sepas que no está.
Joanna se encogió de hombros y fingió concentrarse en la pantalla de su ordenador.
Era como si las demás sospecharan que se traía algo entre manos, pensó con nerviosismo.
Parecía que nunca se iban. Se quedó sentada al escritorio hasta que por fin las oyó salir a la calle.
Y entonces, justo cuando estaba a punto de levantarse del escritorio, Sharon Heath volvió a entrar.
—¿Todavía estás aquí? —preguntó—. Ya me voy, me he dejado una cosa en el escritorio.
Joanna siguió tecleando, alegrándose de haber tomado la precaución de dejar el ordenador encendido. Oyó a Sharon a su espalda, abriendo y cerrando cajones mientras mascullaba: