Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Phyllis tiene un viejo Volkswagen, Ann Trump conduce un Ford Metro y Marilyn Josh usa el viejo todoterreno de Harry McCoy.

Zak y su padre tienen su propio vehículo cada uno.

Has dicho que la señora Stokes se molestó con lo que le dijiste.

Ella tiene una camioneta. La policía está registrando todos los vehículos, y esta noche hará un llamamiento por televisión para que los posibles testigos den un paso al frente.

¿Sabes qué tienen en común las muertes de Kylie y la señora Anstruther-Jones?

—No, ¿qué tienen en común?

—El pánico. En ambos casos, el asesino actuó movido por el pánico.

Tomemos el caso de Kylie: le inyectaron una sobredosis de heroína y dejaron su cuerpo encerrado en una especie de cámara frigorífica.

Podría haber pasado allí semanas, meses o incluso años, pero no fue así.

Quienquiera que lo hizo se puso nervioso, sacó el cadáver de la cámara y lo arrojó al río.

Y luego alguien vio a una mujer que confundió contigo y, sin pensar en los posibles testigos, pisó a fondo el acelerador y la arrolló.

Agatha lo miró con aire pensativo. Ansiaba hablarle del atentado contra su vida.

—¿Qué pasa? —preguntó Bill, sonriendo con socarronería—. No me lo has contado todo. Te estás guardando algo.

—Si te lo cuento, se lo dirás a la policía.

—¿Tan malo es?

—Sí.

Bill echó un vistazo a su alrededor. Había bastante distancia entre unas mesas y otras.

—Será mejor que me lo cuentes. De acuerdo, no se lo diré a la policía. Pero ha pasado algo y, conociéndote, seguro que entraña peligro.

—Te cuento. Intenté ir a hablar con Harry McCoy, pero no estaba en casa, así que di media vuelta y enfilé Horres Street para volver caminando a Merstow Green, donde había aparcado el coche.

La calle estaba desierta. Entonces oí un coche a mi espalda y no me preguntes por qué, pero supe que venía a por mí, así que me tiré por encima de un seto en el preciso instante en que el coche embistió la acera y se alejó a toda velocidad.

—Agatha, ¿por qué no se lo has dicho a la policía?

—Porque iba disfrazada de productora televisiva y pensé que se enfadarían conmigo y me impedirían seguir investigando. Visto con perspectiva, fue una tontería por mi parte, pero ahora ha pasado demasiado tiempo para dar un paso al frente.

Notando que algo reclamaba su atención, Agatha levantó la vista con impaciencia. John y Joanna estaban de pie junto a su mesa, sonriendo.

—Nos preguntábamos si os apetece uniros a nosotros en el vestíbulo para tomar café —sugirió John.

Agatha los fulminó con la mirada.

—No, marchaos.

—Eso ha sido muy grosero por tu parte, Agatha —le reprochó Bill con severidad.

—Es mi vecino, John Armitage, con una de las chicas de Barrington’s, Joanna Field.

—¿Y qué problema hay? Creía que tú y ese tal John estabais investigando el caso juntos.

—Esta tarde han venido los dos a mi casa.

Joanna se moría de ganas de contarme que la señora Barringtonse había presentado en la oficina para montar una escena, eso ya te lo he dicho.

Pero luego ha comentado que tenía hambre, John la ha invitado a cenar y se han largado los dos sin tener el detalle de invitarme a acompañarlos.

—A lo mejor él ha dado por hecho que le sacaría más información si tú no estabas delante.

En fin, volviendo a ese atentado contra tu vida, creo que el asesinato de la señora Anstruther-Jones fue casual.

Sencillamente tuvo la mala suerte de que la confundieran contigo.

Pero no había nada casual en el intento de asesinato que tú sufriste en Horres Street.

No es una calle con tráfico de vehículos durante la noche, a diferencia de Waterside.

¿Estás segura de que no había nadie en casa?

Dices que Marilyn Josh vive allí, en el piso de arriba, y que Phyllis está liada con Harry.

Es posible que uno de los dos estuviese en casa, te viera por la ventana y llamase a alguien.

Y luego está ese callejón al que da el edificio por detrás.

Uno de ellos pudo haberse escabullido sin que nadie lo viera, cogido el coche y arrancado calle abajo.

Eso es lo más desconcertante de todo: noto cierto pánico mezclado con una improvisación propia de aficionados.

Juraría que quien está detrás de esto no tiene antecedentes y nunca había matado a nadie hasta ahora.

Agatha y Bill repasaron los hechos una y otra vez, sin llegar a ninguna conclusión definitiva sobre quién pudo haberlo hecho.

Después de cenar, mientras volvían a Carsely en el coche de Agatha, Bill dijo:

—Se nota que no estás enamorada de ese tal John Armitage.

—No, no lo estoy.

—Bueno, no tiene sentido ponerte hecha una fiera con alguien que no es tu novio, ¿no crees?

Y tienes razón, deberían haberte invitado, pero, como te he dicho antes, apuesto a que John pensaba que esa chica se abriría más con él si tú no estabas presente.

Desde que te conozco, has tenido relaciones con hombres que te han tratado mal, así que tiendes a pensar lo peor de cualquier hombre y a sentirte rechazada sin motivo.

Olvídalo, Agatha. De todos modos, es mala idea pelearse con los vecinos.

—Me lo pensaré —repuso Agatha, enfurruñada—. ¿Te apetece pasar y tomar otro café antes de marcharte?

—No, gracias. Debo ir tirando. Mi madre no se duerme hasta que llego a casa.

Agatha sintió una vez más el impulso de señalar que su madre era una mujer posesiva que ahuyentaba a todas sus novias, pero sabía que Bill se sentiría profundamente dolido, pues adoraba a sus padres.

Le deseó buenas noches, le dijo adiós con la mano desde la puerta y entró en casa. Minutos después, alguien llamó al timbre. Se asomó a la mirilla. Era John Armitage.

Ahí te pudras, pensó tercamente.