Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Eso me hace sentir peor aún —se lamentó Agatha—. La policía me ha ordenado que me mantenga al margen de la investigación y John no quiere tener nada que ver conmigo, sospecho que porque lo he besado.

—¡Ay, señora Raisin!

—No, no es lo que piensa. Estaba intentando advertirle que no le dijera algo a la policía, pero, verá… Me estaba saliendo un pelillo por encima del labio y creo que él lo ha notado y le ha dado asco.

La mujer del vicario emitió un sonido extraño. Agatha la fulminó con la mirada. Si la señora Bloxby no fuera toda una dama, habría jurado que se reía por lo bajo.

—Señora Raisin, estamos hablando de un hombre que acaba de enterarse de que una mujer que solía visitarlo a todas horas ha sido brutalmente asesinada. Entonces va usted y le planta un beso en los morros. Aunque tuviese usted una frondosa barba, dudo mucho que se hubiese dado cuenta.

—¿Puedo quedarme aquí un ratito? —preguntó Agatha—. No me apetece volver a casa. He dejado salir a los gatos antes de irme a Worcester y les he dado de comer.

—Quédese todo el tiempo que quiera —dijo la señora Bloxby, y dio un respingo al oír que su marido acababa de llegar a casa.

Se levantó apresuradamente y dijo:

—Ahora mismo vuelvo.

Agatha oyó un murmullo de voces, y luego al vicario exclamando:

—¡Esa maldita mujer no hace más que dar problemas!

La señora Bloxby volvió al jardín en el preciso instante en que el vicario se encerraba en su estudio dando un portazo.

—Pensándolo bien, será mejor que me vaya.

—Quédese, se lo ruego.

—No, tenía pensado llamar a Roy Silver para ver si puede pasarme algún trabajo como freelance . Lo he estado posponiendo, pero ha llegado el momento de hacerlo. Debo mantenerme ocupada.

Agatha volvió andando cabizbaja a su cottage . Nadie la quería ni contaba con ella para nada.

Acababa de enfilar Lilac Lane cuando vio a Joanna Field entrando en la casa de John. Por unos instantes, no supo qué hacer. ¿Debería unirse a ellos? ¿Qué habría averiguado Joanna?

Seguramente nada, pensó con amargura. Sólo busca una excusa para volver a ver a John.

Agatha decidió revisar su rostro en el espejo en busca de más pelillos inoportunos y luego se puso una mascarilla facial. El mejunje verde apenas había empezado a cuajar cuando alguien llamó al timbre.

Se echó agua en la cara y la frotó con una toalla limpia antes de bajar las escaleras a toda prisa. Cuando abrió la puerta, se encontró delante de John y Joanna.

—¿Por qué no estás trabajando? —le preguntó Agatha.

—Nos han mandado a casa pronto —informó la joven.

—Joanna ha venido a contarnos una novedad interesante —dijo John, y añadió con una sonrisa—: Tienes pegotes de algo verde en la cara.

—Pasad a la cocina —dijo Agatha—. Vuelvo en un segundo.

Corrió de nuevo escaleras arriba y esta vez se miró en el espejo de aumento. En efecto, había trozos de mascarilla verde repartidos por su cara.

Necesito gafas, fue el pensamiento que acudió a su mente, pero lo desechó al instante. Se lavó la cara con jabón y se la volvió a enjuagar. Antes de bajar para reunirse con John y Joanna, se maquilló con esmero.

Joanna llevaba unos pantalones crema de corte ceñido y una blusa blanca recién planchada y anudada en torno a su breve cintura. John, por su parte, vestía camisa blanca y unos pantalones de suave pana azul. Pese a la diferencia de edad, Agatha no pudo evitar pensar que hacían buena pareja.

—¿Os traigo un café? —preguntó.

—Primero escucha lo que Joanna tiene que decir —dijo John.

Se sentaron los tres a la mesa de la cocina y Agatha dedicó una sonrisa a Joanna. No me pondré celosa, se prometió a sí misma.

—Verá, resulta —empezó la joven— que la policía detuvo a Barrington el domingo por la noche.

—¿Cómo lo sabes?

—Un momento. Nosotras no nos enteramos de nada hasta ayer, cuando la señora Barrington irrumpió en nuestro despacho.

Estaba fuera de sí, y nos soltó: «¿Alguna más de vosotras, pedazo de zorras, ha estado acostándose con mi marido y haciéndole chantaje?

» Luego se echó a llorar y todo salió a la luz.

Se lo habían llevado a la comisaría para interrogarlo.

Al parecer, Barrington le había contado a su mujer que la policía estaba recabando información sobre los amigos de Kylie, pero, cuando los agentes se presentaron en su casa el domingo por la mañana para llevárselo, su mujer se enteró por ellos de que Kylie había estado chantajeándolo.

Nosotras le ofrecimos una taza de té e intentamos tranquilizarla.

Phyllis echó más leña al fuego diciendo que algo se olía, cuando en realidad no sabía nada de todo ese asunto.

La señora Barrington dijo que estaba harta de él y que pensaba divorciarse.

—¿Sabes si cree que su marido podría ser el asesino?

—Eso es lo más fuerte de todo —contestó Joanna con un brillo en la mirada—. ¡Dijo que a veces se ponía violento, que estaba segura de que lo había hecho y que así se lo diría a la policía!

—Sólo le veo una pega a esa teoría —dijo Agatha—. ¿Por qué iba Barrington a matar a Kylie de un modo tan elaborado después de haberle pagado para que no se fuera de la lengua?

—A lo mejor —aventuró John—, porque ella le había pedido más dinero todavía.

—¿Y qué hay de la señora Anstruther-Jones?

—Creo que el asesino pasaba por allí de casualidad y creyó reconocerla, como pasó contigo. Al ver el pelo rubio y las gafas, pisó a fondo el acelerador.

—¿A qué se refiere? ¿Qué pasó con usted? —preguntó Joanna.

Agatha lanzó una mirada de advertencia a John y se apresuró a decir:

—Lo que John ha querido decir es que el asesino confundió a la señora Anstruther-Jones conmigo.

—¡Qué emocionante!

Emocionante era ser joven y que nadie estuviera tratando de matarte, pensó Agatha. Entonces tuvo una idea espantosa.

—¿Y si la policía divulga el hecho de que el asesino la confundió conmigo? ¿Y si sale a la luz que me disfracé para hacerme pasar por productora de televisión? Si eso llegara a pasar, todo el mundo conocería mi verdadera identidad y quienquiera que sea el asesino vendría a por mí.

—No creo que la policía vaya a hacer eso —repuso John con aire reflexivo—. Brudge no querrá que sus superiores se enteren de que no se esforzó demasiado en impedir que siguieras investigando. No, no creo que lo hagan.

Debatieron el caso desde todos los ángulos posibles sin llegar a ninguna conclusión.

—Debo volver a casa —dijo Joanna—. Tengo un poco de hambre y aún no he almorzado.

—Te llevaré a comer algo —se ofreció John.

—¿De veras? —repuso Joanna con una gran sonrisa—. Es muy amable por su parte.

No van a dejarme aquí sola, pensó Agatha. No van a marcharse sin invitarme a acompañarlos.

Pero John se limitó a decir:

—Nos vemos luego.

Y se marcharon sin más.

Agatha estaba que se subía por las paredes. Ambos sabían que una mujer había sido asesinada porque la habían confundido con ella. Ese caso también era suyo, maldita sea.

Llamaría a Roy para preguntarle si tenía algún trabajo para ella y se largaría a Londres. Pero entonces bajó la vista al suelo de la cocina y se topó con sus dos gatos mirándola fijamente. Sintió una punzada de dolor. Si se marchaba, abandonaría a los únicos amigos que le quedaban.

Alguien llamó al timbre. Vaya, se lo habrán pensado dos veces.

Pero era Bill Wong.

—¿Qué es todo eso que ha llegado a mis oídos? —preguntó el sargento de policía sin preámbulo—. Mi amigo de la policía de Worcester dice que anoche mataron a una mujer que llevaba puesto tu disfraz de la peluca y las gafas.

—¿Vamos a cenar y te lo cuento?

—De acuerdo. Tengo la noche libre.

—Vayamos al Marsh Goose y te lo contaré todo con pelos y señales.

Una vez que los acomodaron en el Marsh Goose de Moreton-in-Marsh, en una mesa junto a la ventana, Agatha vio a John y a Joanna sentados en la otra punta de la sala. La saludaron con la mano, pero Agatha los ignoró.

—Primero pidamos —dijo Agatha—, y luego empezaré por el principio y no pararé hasta llegar al final. Maldita sea, me apetece emborracharme, pero tengo que llevarte de vuelta a Carsely después de cenar y luego tú tienes que conducir hasta Cirencester.

—La ley es la ley —repuso Bill con una sonrisa, y una telaraña de finas arrugas se formó en torno a sus ojos almendrados en ese rostro joven y terso.

La próxima vez que me encapriche de un hombre, pensó Agatha, me aseguraré de que tenga más arrugas que yo.

Pidieron la comida y luego Agatha empezó a contarle todo lo que sabía y lo que había pasado, con una sola excepción: no mencionó el atentado contra su vida. Él la escuchó atentamente, y al cabo dijo:

—Barrington tiene una coartada sólida. Después de prestar declaración en la comisaría por primera vez, llamó a su mujer y le dijo que se marchaba a Birmingham a ver a un cliente. Y se marchó a Birmingham, pero a un hotel, donde pasó la noche con una tal Betty Dicks.

—¿Quién es?

—Una secretaria de Birmingham a la que ha estado seduciendo con la promesa de que un día de éstos dejará a su mujer.

A la mañana siguiente salió de Birmingham temprano para irse a trabajar a Evesham, pero primero pasó por casa, donde la policía lo estaba esperando, así que no pudo haber matado a la señora Anstruther-Jones.

—Pero sí pudo haber matado a Kylie.

—Es poco probable. Quienquiera que sea el asesino, está lo bastante asustado para intentar quitarte de en medio. ¿Te han ofrecido protección policial?

Agatha negó con la cabeza.

—Creo que la policía está tan enfadada conmigo por inmiscuirme en sus asuntos que no le importaría demasiado que alguien me quitara de en medio.

—O eso, o creen que el asesino de la señora Anstruther-Jones sigue pensando que eres una productora de televisión. Si esa persona conociera tu verdadera identidad, habría intentado matarte aquí, en Carsely. No, tu asesino vio a una mujer que creyó que eras tú paseando por Waterside.

—¡Coches, eso es! —exclamó Agatha de pronto—. ¿Alguna de las chicas tiene coche?