Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 6
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Capítulo 6

Al día siguiente lucía el sol y Agatha se despertó con el ánimo renovado.

Se olvidaría del caso y llamaría a Roy, a Londres, para ver si podía pasarle algún trabajo como freelance para mantenerse ocupada.

Miró por la ventana de la cocina. El jardín estaba invadido por la maleza.

En condiciones normales le habría pedido a Joe Blythe, un jardinero local que cobraba mucho más de lo razonable por una mano de obra terriblemente lenta, pero entonces cayó en la cuenta de que, si Roy no tenía nada que ofrecerle, se vería abocada a la inactividad, de modo que buscó una azada, se calzó unos guantes de jardinería y se puso a desbrozar las malas hierbas con sus propias manos.

Los gatos se enroscaron en torno a sus piernas bajo el cálido sol en una rara muestra de afecto.

A lo mejor, si me convirtiera en una verdadera mujer de pueblo, de las que se pasan el día trajinando en la casa y el jardín, mis gatos me lo agradecerían, pensó.

No tendría que haberse empeñado en intentar resolver el asesinato de Kylie.

El mero hecho de que John no se sintiera atraído hacia ella como mujer había minado su autoestima, y tenía la sensación de que, en lo tocante al trabajo de detective, no era más que una torpe aficionada.

Estaba arrancando del suelo las fuertes raíces de un diente de león cuando oyó el timbre.

Se quedó en cuclillas, preguntándose si debía ir a abrir.

En los tiempos de James Lacey habría echado a correr hacia la puerta con el corazón brincando de alegría, pero ahora ni siquiera se inmutó ante la posibilidad de que fuera John.

Llamaron de nuevo al timbre y una voz asordinada gritó: «¡Policía! »

¿Y ahora qué?, se preguntó, incorporándose. Cruzó la casa a paso vivo y, en el preciso instante en que abría la puerta, volvió a sonar el estridente timbre. Allí estaba el inspector Brudge, flanqueado por una agente uniformada y un policía de paisano.

Agatha los condujo a la sala de estar.

—¿Dónde estuvo anoche? —preguntó Brudge.

—¿Por qué quiere saberlo?

—Limítese a contestar a la pregunta.

—He visto esta escena en la tele muchas veces, pero nunca pensé que pudiera suceder en la vida real —replicó Agatha—. No pienso contestar hasta que me diga a qué viene esto.

Se sostuvieron la mirada por unos instantes, y luego el inspector se encogió de hombros.

—Han encontrado muerta a la señora Anstruther-Jones a primera hora de la mañana.

¡La peluca y las gafas!, pensó Agatha desesperadamente. ¿La habrán confundido conmigo?

—¿Qué ha pasado?

—Un vehículo la ha atropellado y se ha dado a la fuga.

—¿Dónde?

—En Waterside. ¿Puede decirnos dónde estuvo anoche?

—Volví a casa a última hora de la tarde —dijo Agatha—. Y luego fui a visitar a la señora Bloxby, la mujer del vicario.

—¿A qué hora?

—Pues… hacia las siete. No estoy segura. Estuvimos hablando un rato y luego volví a casa. —Agatha se armó de valor antes de añadir—: La señora Anstruther-Jones vino a verme anoche.

—¿A qué hora?

—De nuevo, no estoy segura. Sobre las diez, quizá.

—¿Y qué quería?

—Había quedado con un antiguo novio y quería pedirme prestadas la peluca y las gafas. Dijo que no quería que la reconocieran porque ese hombre estaba casado y había accedido a tomar una copa con él en el hotel Evesham. Se las presté, claro está.

—¿Y por qué cree que iba andando por Waterside? ¿Por qué no aparcó directamente en el hotel Evesham?

—Supongo —aventuró Agatha— que le daba cierto morbo el secretismo de verse con un hombre casado. Cuando vino a verme, se reía como una adolescente. Probablemente aparcó en Waterside para subir andando hasta el hotel.

Hubo un silencio.

—¿Cómo saben que fue un atropello con fuga? —preguntó Agatha—. Y, si ocurrió en Waterside, ¿cómo es que el cuerpo no ha sido hallado hasta esta mañana?

—La habían arrojado por encima de unos arbustos. Seguro que habrá hecho usted la reflexión obvia, señora Raisin. A oscuras y llevando puesta esa peluca y esas gafas, es evidente que alguien la confundió con usted. ¿Me ha contado todo lo que sabe sobre el caso de Kylie Stokes?

—Sí —mintió Agatha. No podía revelarle ahora, tantos días después, que alguien había intentado matarla.

—Será mejor que repasemos con calma todo lo que sabe, y recalco lo de «todo». Evidentemente alguien está convencido de que maneja usted información incriminatoria.

Agatha habló sin parar durante un buen rato. La agente de policía iba tomando rápidas notas taquigráficas. Los gatos, presintiendo la angustia de su dueña, se enroscaron en torno a sus tobillos.

Y entonces otro agente de policía entró en la sala, escoltando a John Armitage. Ay, Dios, pensó Agatha. Tengo que hacer algo. John es muy capaz de decirles que alguien estuvo a punto de atropellarme.

—Tome asiento, señor Armitage —dijo Brudge.

John se sentó junto a Agatha en el sofá.

El inspector resumió lo sucedido con la señora Anstruther-Jones. John soltó una exclamación y se volvió hacia Agatha.

—Anda, pero si eso es lo que…

Agatha se arrojó a sus brazos y lo besó en los labios.

—Chitón —susurró con la boca a escasos milímetros de la suya, y luego se apartó diciendo—: Ay, amor mío, tengo tanto miedo. Le presté la peluca y las gafas, y está claro que alguien la confundió conmigo.

John miró a Agatha sin inmutarse y luego se volvió hacia Brudge.

—Supongo que querrán saber dónde estuve anoche.

—Más que eso. Queremos saber todo lo que han averiguado. Usted ha estado investigando un homicidio con la señora Raisin y es evidente que alguien la considera una amenaza. Repasemos una vez más todo lo que saben.

Mientras John hablaba, Agatha se toqueteaba nerviosamente los labios.

Descubrió que le estaba saliendo un grueso pelo justo por encima del labio superior y se sonrojó de vergüenza.

¿Lo habría notado él? ¿Debería excusarse y subir corriendo al baño para arrancárselo?

Pero, si se ausentaba y dejaba a John sin supervisión, era posible que éste se fuera de la lengua sobre el atentado contra su vida.

Tal era su obsesión con ese pelo que apenas notó el miedo que debería estar sintiendo por lo que sin duda había sido un segundo intento de asesinarla.

Brudge se volvió de nuevo hacia ella.

—¿Le dijo la señora Anstruther-Jones con quién se había citado?

—Con un tal Tom no sé qué más —dijo Agatha—. Espere, ya me acuerdo: Tom Clarence.

—Ponte con eso enseguida —ordenó Brudge al agente que lo acompañaba—.

Puede que aún no se haya marchado. Señora Raisin, se lo he dicho antes y se lo repito ahora: se acabó lo de jugar a los detectives.

Si no fuera por usted, seguramente esa mujer seguiría viva.

Si tiene pensado salir de la región, deberá informarnos de su paradero.

Y lo mismo va por usted, señor Armitage.

Acompáñennos a la comisaría para tomarles declaración.

—Voy un momento al lavabo —dijo Agatha. Subió las escaleras a toda prisa, entró en el cuarto de baño, buscó un par de pinzas y se arrancó el pelo rebelde. Maldita mediana edad y sus infinitas vejaciones.

John y Agatha siguieron a los vehículos policiales hasta Worcester. Tras prestar declaración, mientras regresaban a Carsely, John dijo en tono desabrido:

—Te dejo en tu casa y luego tengo que encerrarme a trabajar.

—Oye, que antes no me estaba insinuando —le advirtió Agatha, escrutando su perfil ceñudo—. Sólo trataba de evitar que dijeras que habían intentado atropellarme.

—Me he dado cuenta. No obstante, es verdad que tengo que trabajar, y además nos han ordenado que nos apartemos de la investigación. Pobre mujer. ¡Qué desastre!

Agatha comprendió que lo único que tenía en común con John era el asesinato de Kylie y supo que ya no querría tener nada que ver con ella.

Tiene que haber sido ese pelillo, pensó. Lo habrá notado y le habrá dado asco. El mundo está lleno de mujeres jóvenes, guapas y con el cutis terso; ¿por qué iba a mirarme siquiera?

Agatha ahogó un sollozo.

—Vamos, vamos —dijo John—. No llores. Sé que debes de sentirte fatal ahora mismo por la muerte de la pobre señora Anstruther-Jones, pero le prestaste la peluca y las gafas de buena fe.

Entonces sí que Agatha se sintió fatal, por dejar que la vanidad la afectara hasta el punto de llorar por las miserias de la mediana edad y no por la muerte de la señora Anstruther-Jones.

Se sonó la nariz con gesto desafiante y dijo:

—Me pregunto cómo le habrá ido a la policía con Ba­r­rington.

—Puede que nunca lo sepamos —repuso John, subrayando el hecho de que, en lo que a él respectaba, el caso estaba cerrado.

Más tarde, Agatha decidió ir a ver a la señora Bloxby. La mujer del vicario la saludó exclamando:

—¡Lo he oído en las noticias! ¡Pobre señora Anstruther-Jones!

—Es peor de lo que cree —dijo Agatha, siguiéndola hasta el interior de la casa. Le contó lo sucedido con la peluca y las gafas.

—Si no le hubiese dado por andar zascandileando, nada de esto habría sucedido —concluyó la señora Bloxby—. ¿Ha comido usted algo?

—Aún no.

—Hace un día precioso. ¿Por qué no sale a fumar al jardín? Ahora le llevo un tentempié.

Agatha se sentó en un banco rústico, a la sombra de una magnífica glicinia que colgaba de una pérgola.

La señora Bloxby tenía un don para las plantas, y el jardín era un derroche de narcisos, tulipanes, alegrías y un cerezo tardío cuyas flores temblaban y salían volando con la más ligera de las brisas.

El jardín lindaba con el cementerio de la iglesia, donde las lápidas antiguas asomaban, ladeadas, entre la hierba crecida.

La señora Bloxby salió de la casa sosteniendo una bandeja con una copa de vino fresco y un plato de ensaladilla.

—Aquí tiene. Se sentirá mejor con algo en el estó­mago.

Mientras Agatha comía, la mujer del vicario le dijo:

—Desde luego, la señora Anstruther-Jones no tenía por qué haberse puesto la peluca y las gafas. ¿Dice que había quedado con un antiguo compañero de clase? ¿Y a qué venía tanto secretismo? Sabe, esa mujer le tenía envidia. Creo que quería ser como usted.