Capítulo 5 #4
Para su alivio, vio a una mujer saliendo del chalet al volante de un coche.
—¡Mira! —exclamó—. Seguramente es ella.
—La seguiremos con discreción —dijo John, arrancando el motor y pisando el embrague—. No queremos que se dé cuenta.
—No se va a dar cuenta —replicó Agatha—. Eso sólo pasa en las películas de espías.
La señora Barrington, si es que era ella, se dirigió a Evesham y aparcó en Merstow Green. Cuando se bajó del coche, comprobaron que era rubia y delgada, con largas piernas bronceadas enfundadas en zapatillas deportivas. Se fue derecha al centro de estética.
—Hoy hay clase de pilates —dijo Agatha—. Lo había olvidado. Me acercaré a esa tienda barata que hay en la esquina de High Street y me compraré unas mallas y una camiseta.
—Yo también me agenciaré algo —dijo John—. No me vendría mal hacer un poco de ejercicio.
—Dudo que puedan hacerte hueco, pero por intentarlo no perdemos nada.
Diez minutos después, Rosemary les dio la bienvenida.
—Está usted de suerte —informó a John—. Dos de mis alumnas no han venido. Pero ya hemos hecho la parte de la relajación.
Mientras hacían flexiones de rodillas, estiramientos de isquiotibiales y flexiones en plancha —estas últimas bastante exigentes—, Agatha iba mirando disimuladamente a la señora Barrington.
Tenía el pelo largo y teñido de rubio. Era muy delgada y lucía un bronceado uniforme, de ese tono ligeramente anaranjado que dan las cremas autobronceadoras.
En su rostro alargado, modiglianesco, apenas había arrugas.
Parecía entregarse en cuerpo y alma a la clase de pilates.
Las demás alumnas gemían, charlaban y reían mientras ejecutaban los ejercicios, pero ella exhibió de principio a fin un gesto de concentración absoluta, casi narcisista.
No era precisamente la clase de mujer con la que resulta fácil entablar conversación, pensó Agatha. Había invertido mucho dinero en mantener la figura esbelta y la piel relativamente tersa. Sus mallas parecían de alguna marca cara.
Cuando la clase llegó a su fin, John se quedó en la sala mientras las mujeres pasaban a la otra habitación para cambiarse.
—Qué bien me ha sentado —comentó Agatha a la señora Barrington—. Creo que no nos conocemos. Me llamo Agatha Raisin.
—Stephanie Barrington —contestó ella con frialdad—. Perdone, debo irme.
Agatha vio con impotencia cómo Stephanie se ponía el abrigo y se iba hacia las escaleras.
Se quitó las mallas y la camiseta a toda prisa, se puso la ropa que llevaba antes y salió corriendo en busca de John, pero se detuvo en seco al entrar en la estancia contigua.
Su compañero estaba charlando con Stephanie, que parecía extasiada.
—He leído todos sus libros —iba diciendo.
Aprovechando que Stephanie estaba de espaldas a la puerta y no la vio entrar, John le lanzó una mirada disuasoria.
Agatha se fue abajo a regañadientes. ¿Qué se suponía que iba a hacer ahora? No podía esperar en el coche porque John tenía las llaves.
Se resguardó detrás del vehículo hasta que por fin los vio salir juntos. Se quedaron hablando un rato en la acera y luego, para su alivio, John se encaminó al aparcamiento.
—¿Qué tal te ha ido? —preguntó Agatha, algo impaciente.
—La he invitado a cenar esta noche —contestó él en tono triunfal.
—¿Dónde?
—En mi casa.
—¿Puedo sumarme?
—Mala idea. Quiere comentarme sus planes para escribir un libro, pero si tú estás presente seguramente se sentirá coartada.
—Cuando su marido sepa con quién ha quedado, no la dejará acudir a esa cena. Te recordará de esta mañana.
—No va a enterarse. Stephanie ha dicho que él se burla de todo lo que hace, así que no se lo dirá.
—Le gustas, ¿verdad?
—Oh, sí.
—Ella a mí no me gustaría nada, si fuera hombre —comentó Agatha mientras se alejaban en el coche—. Parece fría como un témpano.
John sonrió.
—Estoy seguro de que tiene pasiones ocultas.
Esa noche, a solas en su casa, Agatha se removía inquieta.
No es que estuviese enamorada de John, pero le molestaba que manifestara interés por otras mujeres, como Joanna Field y ahora Stephanie Barrington.
Debía reconocer, sin embargo, que ambas guardaban relación con el caso. Decidió ir a ver a la señora Bloxby.
La mujer del vicario escuchó con atención las últimas peripecias de Agatha y luego dijo:
—Tiene usted muchísima suerte de que la policía no la haya detenido por hacerse pasar por otra persona.
—Bastante tienen entre manos. Les he puesto en bandeja una información que no habrían podido conseguir de otro modo, y tampoco es que vaya engañando a la gente para sacarles los cuartos.
—¿Y entonces John está con esa tal Stephanie Barrington en este preciso instante?
—Sí. —Agatha parecía disgustada—. Vale, reconozco que es un hombre apuesto. No le he tirado los tejos ni una sola vez. Pero me saca de quicio que no parezca verme como una mujer.
—Vamos, vamos. Lo último que necesita usted es una nueva relación sentimental, con lo mal que lo ha pasado.
—Todo esto me hace sentir fea y rechazada —dijo Agatha con un hilo de voz.
—Agatha, ya no es usted una adolescente, sino una mujer hecha y derecha. Debería sentirse bien en su propia piel sin necesitar la admiración de un hombre.
—Lo sé, lo sé, pero así son las cosas.
—Ese tal señor Barrington tiene muchos números para ser el asesino.
—Supongo. Me está costando mantener el interés en el caso. Gracias por escucharme. Será mejor que me acueste temprano.
—Espere un momento. Tengo una cosa para usted.
La señora Bloxby se fue a la cocina y volvió con una cazuela.
—Tenga, un poco de mi estofado de cordero con dumplings . Me da en la nariz que no está usted comiendo bien.
—Gracias —dijo Agatha—. La verdad es que últimamente no tengo demasiado apetito.
Se llevó la cazuela de vuelta a su casa y, al enfilar Lilac Lane, se dio cuenta de que el coche de Stephanie no estaba aparcado delante del cottage de John.
Dejó la cazuela sobre la mesa de la cocina y lo llamó.
—Vaya, Agatha —dijo—. He intentado llamarte. Stephanie no se ha presentado.
—La señora Bloxby me ha dado un estofado de cordero, y hay más que suficiente para dos. ¿Te apetece venir?
—Gracias, eres muy amable, pero ya he cenado, y además debería ponerme con mi nuevo libro. Ya nos veremos. Chao.
Agatha colgó el auricular despacio. Hasta aquí hemos llegado, pensó. Calentó el estofado, se sirvió un plato y les puso otros dos platitos a sus gatos.
Entonces llamaron al timbre y Agatha se levantó de un brinco pensando que era John.
Sin embargo, cuando abrió la puerta se topó con la señora Anstruther-Jones.
—¿Qué pasa? —preguntó con malos modos.
—¿Puedo entrar? Quisiera pedirle un favor.
—De acuerdo.
Agatha dio media vuelta y entró en la casa, seguida por la señora Anstruther-Jones.
—Y bien, ¿qué pasa? —preguntó de nuevo.
—Algo de lo más extraño. De jovencita conocí a un tipo llamado Tom Clarence.
Pues bien, me ha llamado y quiere que quedemos en Evesham esta noche para tomar una copa.
—Se le escapó una risita nerviosa—. La verdad es que en otro tiempo bebía los vientos por él.
Ahora está casado y he quedado con él en el hotel Evesham.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
—Verá, estando él casado y demás, no quiero que me reconozcan.
—¿Y…?
—Y me preguntaba si me prestaría su peluca rubia y las gafas, para poder ir de incógnito.
—Claro —dijo Agatha, sintiéndose súbitamente agotada—. No voy a necesitar ninguna de las dos cosas. Ahora se las traigo.
Subió a su habitación. Hay que fastidiarse, pensó mientras cogía la peluca y las gafas. Hasta una vieja pelleja como Anstruther-Jones liga más que yo.
Se fue abajo y le entregó los objetos con brusquedad.
—A pasarlo bien.
—¿No se lo dirá a nadie?
—Por supuesto que no.
La señora Anstruther-Jones volvió a soltar una risita.
—Estará usted muy acostumbrada a este tipo de escarceos —dijo, y antes de que Agatha pudiera contestar, se marchó.
Agatha cerró con un portazo.
¿Cómo iba a imaginar que nunca más vería a la señora Anstruther-Jones?