Capítulo 5 #3
—Tonterías —dijo—, puedo leer perfectamente y hoy todavía no he fumado un solo cigarrillo. —No bien lo dijo, sintió el impulso irresistible de fumar—. Pero me dispongo a hacerlo. ¿Alguna objeción?
—Adelante. No soy un nazi de la nicotina.
Agatha encendió un cigarrillo. La cabeza le dio vueltas y la boca se le llenó de un regusto asqueroso, pero lo suyo era una adicción, así que siguió dando caladas hasta que se le pasó el mareo.
Leyeron sin interrupciones, pero no había nada en los diarios. Al cabo, John anunció que se iba a casa y la recogería al día siguiente por la mañana.
Ella abrió la boca para pedirle que se quedara e invitarlo a cenar, pero entonces recordó las palabras de la señora Bloxby. A lo mejor la mujer del vicario tenía razón y debía hacerse de rogar, aunque, por otro lado, ¿qué sabría la esposa de un clérigo?
Cuando llegó a su propio cottage , John Armitage miró el teléfono con aprensión.
Tendrían que haber llamado a la policía.
Sin embargo, si la información de la cuenta bancaria llegase de algún modo a las autoridades antes del final del día, el hecho de que ellos la hubiesen retenido carecería de importancia.
Salió de casa, se metió en el coche y se dirigió a Evesham. Una vez allí, aparcó y buscó una cabina pública en High Street, desde la que marcó el número de la policía de Worcester. Con lo que esperaba que fuese una imitación convincente del acento de las Midlands, dijo muy deprisa:
—Registren la cuenta bancaria de Kylie Stokes.
Colgó enseguida, sintiéndose mejor, sintiendo que no era tan mal ciudadano como Agatha quería que fuera.
El lunes por la mañana, Agatha y John volvieron a Evesham.
Él apenas despegó los labios durante el trayecto.
Sabía que debería decirle a Agatha que había puesto sobre aviso a la policía, pero no se sentía capaz de hacerlo.
Su ex mujer siempre había sido muy propensa a montar escenas, y tenía la impresión de que Agatha podría ser peor aún si se la provocaba.
Al llegar a la empresa, preguntaron al hombre que estaba detrás del mostrador, anotando pedidos y vendiendo repuestos, si podían ver al señor Barrington, explicándole que venían de parte de una cadena televisiva. El hombre se retiró a la parte trasera del local y tardó diez minutos en volver.
—Síganme —dijo, levantando el ala abatible del mostrador.
Lo siguieron por el pasillo hasta que se detuvo frente a una puerta, a la que llamó y luego los invitó a pasar.
Arthur Barrington se levantó al otro lado de un inmenso escritorio y les tendió la mano.
—Me comentan que han venido ustedes a hacer las indagaciones previas al rodaje de un programa —dijo—. Es un placer conocerlos. Tomen asiento.
Agatha y John se sentaron en sendos sillones colocados de cara al escritorio.
Barrington era un hombre corpulento que se peinaba el ralo pelo negro en largos mechones tendidos sobre el cuero cabelludo. Tenía una cara carnosa y rubicunda con dos ojillos brillantes como canicas. El dorso de sus gruesas manos estaba cubierto de vello negro.
—¿En qué puedo ayudarlos?
Agatha echó un vistazo a John, deseando por una vez que se encargara él del interrogatorio, pero él miraba al frente y no pareció inmutarse. Agatha se aclaró la garganta y se dijo que sería mejor ir directa al grano.
—En el transcurso de nuestra investigación —empezó—, hemos desarrollado cierto interés por el asesinato de Kylie Stokes. Nos consta que tenía una aventura con usted, y en su cuenta bancaria hay quince mil libras que se ingresaron una semana antes de su muerte. ¿Le estaba haciendo chantaje?
Arthur Barrington se puso en pie, rojo de ira.
—¡¿Cómo se atreven?! Márchense o llamaré a la policía.
—Hágalo —lo retó Agatha.
Barrington pulsó un timbre que había en su escritorio. El hombre fornido que los había guiado hasta allí irrumpió en el despacho.
—¿Qué pasa, jefe?
—Sácalos de aquí, George. Y asegúrate de que no vuelvan.
Agatha y John se levantaron apresuradamente y fueron hacia la puerta. Enfilaron el pasillo, seguidos por la figura amenazante de George, que se quedó junto a la puerta con los brazos en jarras hasta que los vio alejarse.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Agatha.
—A Worcester. Y me da igual lo que digas, Agatha. Hay que ir a la policía.
Por el camino, Agatha rezó en silencio para que el inspector de policía John Brudge no estuviera disponible, pero sus plegarias cayeron en saco roto, porque nada más llegar los llevaron ante él.
Tras explicar quién era, John resumió lo que habían averiguado hasta la fecha.
—Habríamos venido a verlo ayer —precisó—, pero pensamos que, siendo domingo, se habría tomado usted el día libre.
—Yo nunca me tomo el día libre —replicó Brudge, fulminando a Agatha con la mirada—. Le dije que se mantuviera al margen de este asunto.
—No, no me lo dijo —replicó ella—, y debería estarnos agradecido por proporcionarle toda esta información.
El inspector los miró con suspicacia.
—¿Fue uno de ustedes quien nos llamó ayer anónimamente desde una cabina de teléfono de Evesham para decirnos que investigáramos la cuenta bancaria de Kylie Stokes?
—No, nosotros no fuimos —contestó Agatha sin vacilar, pero luego se preguntó si no sería John el chivato.
—Tienen que dejar de hacerse pasar por productores televisivos o no me quedará más remedio que presentar cargos contra ambos.
—Pero entonces no podremos seguir proporcionándoles información —observó Agatha.
—Créame, señora Raisin, somos muy capaces de llegar al fondo de la verdad sin su interferencia.
—¿De veras? Ni siquiera habían pensado en comprobar los movimientos de la cuenta bancaria de la víctima.
—Sea como fuere, no puedo permitir que sigan engañando a la gente haciéndose pasar por productores televisivos. Ya se lo he dicho…
—¡De eso nada!
—Pues se lo digo ahora: deje la investigación en nuestras manos.
Agatha y John salieron de la comisaría con la moral por los suelos.
—No les has dicho que alguien intentó matarte —señaló John—. Esperaba que te encargaras de contarle esa parte.
—¿Cómo iba a hacerlo? —clamó Agatha, exasperada—. Eso sí que habría sido ocultarle información de forma deliberada. Menos mal que le has dado a entender que nos enteramos de todo ayer. —Agatha lo miró a los ojos—. Oye, ¿fuiste tú quien les dio el chivatazo anónimo sobre la cuenta bancaria de Kylie?
—Sí.
—Pues ha sido un golpe bajo.
—Me pesaba en la conciencia, Agatha.
—Bueno, qué más da todo… —repuso Agatha, taciturna—. Estamos maniatados.
—Deja que piense. Vayamos a tomar una copa.
Al poco, sentados en un pub de Worcester, Agatha y John se miraban en silencio.
¿Qué pensará de mí?, se preguntó ella. ¿Me ve como una mujer?
Cuando ha hecho ese comentario sobre las arrugas alrededor de la boca, ¿ha sido porque le parezco fea, vieja?
Parecía bastante prendado de Joanna Field.
Me pregunto cuándo fue la última vez que se acostó con alguien.
No es que le vaya detrás, lo que pasa es que no me gusta que me traten como un tío más.
—Se me ocurre —dijo él al fin— que quizá haya una forma de seguir adelante con la investigación.
Con esa peluca y las gafas parecías realmente otra persona.
Mientras no te pongas la misma ropa que usabas para hacerte pasar por Pippa, puede que nos salgamos con la nuestra.
A ver qué te parece esta idea: supón que, finalmente, la cadena de televisión ha desechado la idea de hacer un programa sobre la juventud en las Midlands, pero resulta que yo he desarrollado un interés personal por la muerte de Kylie mientras ayudaba a Pippa.
Teniendo en cuenta que mi vecina es una famosa detective aficionada, ¿a quién puede sorprender que sigamos investigando los dos por nuestra cuenta?
—¿De veras crees que se me ve tan distinta sin el disfraz?
—Sí. La peluca rubia era muy voluminosa y las gafas eran enormes. Estoy seguro de que nadie te reconocería sin ellas.
—¿Y cuál sería nuestro siguiente paso? Espera, ya lo sé. Tengo un amigo en la policía de Mircester, Bill Wong. Podría pedirle que nos vaya poniendo al día de los hallazgos de la policía de Worcester porque tiene amistad con un agente de allí.
—No está mal para empezar. No creo que la policía pueda sacar mucha más información de la cuenta bancaria de Kylie. Tengo la corazonada de que el dinero se depositó en efectivo.
—Pero pueden comprobar si Barrington sacó esa cantidad de su propia cuenta.
—Cierto. Ojalá tuvieses alguna forma de acercarte a la señora Barrington. Ahora será difícil que vayamos a entrevistarla. Me pregunto cómo será su vida social.
—Volvamos a Evesham. Podemos consultar la guía telefónica en la oficina de correos y buscar la dirección personal de Barrington.
Resultó que Arthur Barrington vivía en un gran chalet de Evesham, en la zona de Greenhill.
—Aparcaremos cerca de su casa —dijo John— y montaremos guardia por si sale alguien con pinta de ser la señora Barrington para seguir sus pasos con la esperanza de que vaya a la peluquería, a tomar café o algo por el estilo.
A Agatha le rugieron las tripas.
—¿Nunca comes? —le preguntó a John.
—De hecho, tengo bastante hambre, pero primero hagamos esto.
Aparcaron a escasa distancia del chalet de los Barrington, situado en una calle tranquila y arbolada. John abrió la guantera.
—¡Ya sabía yo que tenía una chocolatina por aquí!
—Qué rica, ¿me la puedo comer?
—Te daré la mitad.
Comieron la chocolatina mientras observaban la casa.
—¿Qué piensas? —preguntó Agatha.
—¿Sobre Barrington, quieres decir?
—No, qué piensas en general. No hemos hablado de otra cosa que no sea el caso.
—¿De qué quieres que hablemos?
—De ti, por ejemplo.
—¿Qué más quieres saber? —preguntó John con impaciencia—. Estoy divorciado. No tengo hijos. Escribo novelas policíacas.
—Hay más cosas de las que hablar. Libros, películas.
—Ah, libros. Has leído Cruel inocencia y en algún momento me dijiste que te pareció poco realista. ¿Me lo quieres explicar?
Agatha se mordió el labio. No quería que él supiera que conocía de primera mano las barriadas de Birmingham.