Capítulo 5 #2
—No pienso seguir escuchando estas infamias.
Ahora verán. Ese dinero seguramente se lo dio Terry Jensen.
—La mujer fue hacia el teléfono y marcó un número.
La oyeron saludar a Terry y luego preguntarle si le había dado a Kylie quince mil libras como regalo de boda.
La respuesta fue a todas luces negativa, porque Freda colgó al tiempo que negaba con la cabeza, atónita.
Luego dio media vuelta y se fue hacia Agatha con los ojos relucientes de ira.
—¡Largo de aquí y no se le ocurra volver!
—Pero, Freda…
—¡Qué Freda ni qué ocho cuartos! No es usted más que una vieja entrometida.
Tendría que haberle hecho caso a su vecina, la señora Anstruther-Jones.
Se me acercó cuando salía de su casa, me dijo que parecía disgustada y me preguntó si podía ayudarme.
Le conté el motivo de mi visita y me advirtió que tuviera cuidado con usted, que había oído decir que, en realidad, no había resuelto ningún caso, sino que va por ahí atribuyéndose éxitos que corresponden a la policía.
Lo único que hace es preguntar chorradas y sacar a relucir los trapos sucios de la gente.
Pero no dejaré que mancille el buen nombre de mi hija.
No quiero volver a tener nada que ver con usted.
Agatha retrocedió hacia la puerta, donde John la esperaba sujetándola.
—¿No quiere saber quién mató a Kylie? —replicó.
—¡LARGO! —bramó Freda.
Se marcharon. Mientras se encaminaban al coche, Agatha preguntó con un hilo de voz:
—¿Qué hacemos ahora?
—Iremos a ver a Barrington en otro momento. Probemos suerte de nuevo con Mary Webster.
Fueron en coche hasta Four Pools Estate. Tras abandonar la carretera de Cheltenham y dejar atrás la Escuela Politécnica de Evesham, donde Kylie se citaba con Arthur Barrington, doblaron a mano derecha para acceder a la urbanización, levantada frente al supermercado Safeways.
—Es justo ahí —dijo Agatha, señalando la última casa de una hilera de adosados—. Sí, es ésa.
Seguía conmocionada por el enfrentamiento con Freda.
Mientras investigaba en su nombre se había sentido como una auténtica detective.
Pero ahora tenía la impresión de ser una farsante.
Ansiaba volver a casa y olvidarse de todo.
John no era la mejor de las compañías, por apuesto que fuese.
Había algo casi robótico en su atractivo físico, se veía demasiado terso e inmaculado para un hombre de su edad.
James Lacey era guapo, pero también desgarbado y un tanto altivo, mientras que Charles era simpático y parlanchín.
Tal vez John Armitage se había hecho un lifting .
Mientras él llamaba al timbre, Agatha observó con disimulo la piel en torno a sus orejas en busca de alguna marca que delatara un retoque estético, hasta que él se dio la vuelta y la miró con esos ojos verdes que revelaban curiosidad, pero ocultaban todo lo demás.
La puerta se abrió y se encontraron frente a una mujer que parecía cansada y nerviosa. A su espalda se oyó el llanto de un bebé.
—Somos de la televisión —dijo Agatha—. ¿Está Mary Webster?
La mujer se volvió hacia atrás:
—¡Mary! —gritó con voz estridente y aguda. Luego, volviéndose de nuevo hacia la pareja, añadió—: Lo siento mucho, no puedo invitarlos a pasar. Tendrán que ir con Mary a otro sitio.
La mujer se hizo a un lado mientras su hija salía, poniéndose una gabardina.
—¿Sigue lloviendo? —preguntó.
—Acaba de parar —dijo John.
—Llévalos a algún sitio donde puedan sentarse a tomar café —le indicó su madre—. Bunty tiene hambre.
Un llanto airado vino a confirmar sus palabras.
—Es horrible —se quejó Mary, mirando hacia atrás mientras los guiaba por el corto sendero del jardín—. Mi madre es demasiado mayor para tener otro bebé, pero lo ha tenido de todos modos.
—Hay un Little Chef a la vuelta de la esquina —comentó Agatha—. Podemos ir allí.
Mary era una chica bajita encaramada a unos taconazos.
Tenía facciones pizpiretas y una nariz respingona.
Al verla, John pensó que le recordaba a Piglet, el cerdito de Winnie the Pooh .
Cerca de cinco minutos después, mientras tomaban café, la joven los observaba con esos ojillos curiosos, muy unidos entre sí.
Sintiéndose como un disco rayado, Agatha presentó a John y luego repitió las mismas preguntas sobre la oferta de ocio en Evesham antes de centrarse en el asesinato de Kylie.
—Lo que realmente queremos saber por ahora —dijo Agatha— es si crees que tomaba drogas o no.
—Sé que las tomaba, o que lo hizo por lo menos una vez.
—Háblanos de eso.
De pronto, la chica se mostró alarmada.
—Esto no saldrá en la tele, ¿verdad? Mi madre me mataría.
—No, te lo prometo —dijo Agatha—. Mira, no hemos traído grabadora, ni cámara.
—De acuerdo. Un día entré en el lavabo de chicas de Barrington’s y Kylie estaba allí fumando.
Yo le dije: «Ese cigarrillo huele raro.» Ella se echó a reír, dijo que era maría y me preguntó si me apetecía darle una calada, así que compartimos el porro y nos partimos de risa.
Kylie me hizo prometer que no se lo diría a nadie.
—¿Cuándo fue eso? —preguntó John.
—Pues… tuvo que ser el año pasado.
—¿Entonces salía con Zak?
—No, se había prometido con Harry, Harry McCoy.
—¿Te contó de dónde sacó el porro?
Mary negó con la cabeza.
—Lo único que sé es que Harry y ella habían estado de fiesta en Birmingham. Seguramente compraron allí la maría.
—¿Sabes si tomaba heroína? —preguntó Agatha.
—No, nunca vi la menor señal de que lo hiciera. ¿Qué me pongo para salir en la tele?
—Rodaremos la mayor parte del documental en la discoteca, así que ponte lo que sueles ponerte para ir allí.
—¿Nos darán dinero para comprar ropa?
—No me lo dan ni a mí.
—No hace falta que lo jure —replicó Mary con el escaso tacto de la juventud, observando con mirada crítica el sencillo conjunto de falda, blusa y chaqueta que lucía Agatha—. Tendría que pasarse a un estilo más moderno. Se quitaría años de encima.
—Yo no me pongo delante de la cámara. Me limito a producir los programas.
—Ya, pero a lo mejor, si mejorara su forma de vestir y se hiciera algún retoque, triunfaría por todo lo alto —insistió Mary en tono condescendiente—. Fíjese en Joan Collins.
—No recuerdo haberte pedido consejo —le espetó Agatha—. Mejor sigamos con la entrevista.
Mary se encogió de hombros.
—No parece usted muy interesada en mí, sólo en Kylie. Y ella está muerta.
En ese momento, John tomó el relevo y redirigió las preguntas hacia la vida de Mary mientras Agatha reprimía un bostezo y miraba los coches que pasaban al otro lado de la ventana.
Finalmente, para su alivio, John sonrió a Mary y dijo:
—Con esto tenemos más que suficiente, de momento. ¿Te vienes, Pippa?
Agatha recordó que supuestamente se llamaba así.
—Será mejor que vuelva a casa —iba diciendo Mary.
La acompañaron en coche.
—Volvamos al pueblo —concluyó John—, y podemos sentarnos a repasar lo que hemos averiguado hasta ahora. ¿En tu casa o en la mía?
—Pensaba que nunca me lo preguntarías —bromeó Agatha, haciéndose la coqueta, pero comprendió al instante, por la expresión de sorpresa de John, que la suya había sido una pregunta sin segundas, no una invitación a recrearse en algo más agradable que la investigación de un homicidio—.
En la mía —dijo—. Tengo que dar de comer a los gatos.
—Deberíamos llamar a la policía de Worcester —dijo John, sentado en la cocina de Agatha.
—¿Por qué demonios íbamos a hacerlo? —preguntó Agatha, que estaba agachada acariciando a sus gatos y se enderezó para mirarlo.
—Porque tenemos que contarles lo del extracto bancario.
—Creo, por el bien de Freda Stokes, que deberíamos tratar de proteger la reputación de su hija. Al fin y al cabo, es bastante posible que ese dinero no tenga nada que ver con Barrington.
—Tal vez no tenga nada que ver con Barrington, pero alguien lo habrá ingresado en su cuenta. La policía puede averiguar a través del banco si el ingreso se hizo mediante cheque y, llegado el caso, saber quién lo ordenó. No podemos guardarnos esta clase de información.
—¡Pero todo el trabajo lo hemos hecho nosotros!
—Aun así, me sentiría mejor si esa información estuviera en manos de la policía.
—Sólo un día más —suplicó Agatha—. Mañana iremos a ver a Barrington y luego se lo contaremos todo a la policía.
John frunció el ceño.
—Entonces tendremos que explicar por qué retuvimos ese dato.
—Les diremos que acabamos de enterarnos —repuso Agatha con impaciencia.
—Ya, y entonces irán a hablar con la señora Stokes para ver el extracto bancario, y ella les dirá que lo sabíamos desde hoy.
—Entrevistaremos a Barrington a primera hora de la mañana y desde allí nos iremos directamente a la comisaría.
—Bueno, de acuerdo. Veo que te han traído los periódicos. Echémosles un vistazo para ver si traen alguna novedad.
Agatha preparó café y se sentaron uno frente al otro a la mesa de la cocina con los diarios desplegados ante sí. Ella se esforzaba por leer la letra impresa, entornando los ojos, hasta que se levantó, cogió una gran lupa de un cajón de la cocina y regresó a la mesa.
—Tendrías que ponerte gafas —dijo John.
—No las necesito —replicó Agatha—. Lo que pasa es que se ha ido la luz en la cocina.
John se encogió de hombros y se concentró de nuevo en la lectura.
Agatha alzó la lupa y lo observó a través de la lente.
Le costaba reconocer que su vista ya no era la de antes.
Por primera vez, se fijó en las arrugas que John tenía en la frente, alrededor de la boca y en torno a los ojos.
Él levantó la vista de pronto, y ella se sonrojó y bajó la lupa, avergonzada.
—¿Qué buscas? —preguntó John—. ¿Puntos negros?
—Tienes un aire tan juvenil… —empezó Agatha—. Pero ahora veo que también te han salido arrugas.
—Eso es señal de que sí necesitas gafas. El tabaquismo es una manera segura de cargarte la vista y hacer que te salgan montones de arrugas alrededor de la boca.
Sin apenas darse cuenta, Agatha se llevó una mano a la boca como para taparla. En ese instante, el sol salió y la cocina se llenó de luz.