Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 5
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Capítulo 5

Joanna Field vivía en un piso de Port Street situado encima de una tienda que había sufrido daños a consecuencia de la riada. Llamaron al timbre de la planta baja.

—No creo que hayan restablecido el suministro eléctrico todavía —dijo John. Empujó la puerta—. Está abierta. Subamos.

En las escaleras se veía la marca de la subida del agua. Al llegar arriba, John llamó a la puerta.

Joanna Field salió a abrir. Tan acaparadora había sido la presencia de Phyllis cuando Agatha conoció a las chicas que no se había dado cuenta de lo guapa que era Joanna. Tenía una mata de rizos color caoba y en su rostro joven y terso destacaban unos ojos grises de mirada inteligente.

—Ah, es usted —musitó—. Pasen.

—Confío en que no sea mal momento —comentó John.

Joanna los condujo a una estancia soleada en la que reinaba un acogedor desorden de libros, flores y muebles tapizados en chintz. De fondo, sonaba el Concierto para violín en sol menor de Max Bruch. La joven quitó la música y los invitó a tomar asiento.

Agatha empezó por las preguntas habituales, a las que Joanna contestó que pasaba buena parte de las tardes en la Escuela Politécnica de Evesham, estudiando programación informática.

—Aspiro a algo más que esto —dijo—. Mi padre murió poco después de que yo naciera, y mi madre enfermó de cáncer cuando yo iba a la escuela. Renuncié a la universidad para cuidarla hasta que se murió.

—Lo siento —dijo Agatha de forma mecánica, sintiéndose bastante rastrera por involucrar a esa chica en sus patrañas sobre la tele, pero determinada a seguir indagando—. También estamos preguntando por la muerte de Kylie, como bien sabes.

—He estado pensando en eso —apuntó Joanna—. Creo que la pobre Kylie era una de esas personas que acaban buscándose su propia perdición.

—¿De veras? ¿Por qué lo dices?

—En otros tiempos la habrían llamado «ligera de cascos». Le gustaba manipular a los hombres. Disfrutaba ejerciendo poder sobre ellos y quería hacerse rica. Ésa es la única razón por la que se lió con el viejo Barrington.

Agatha la miró de hito en hito.

—¿Sabías lo de Barrington? Creía que era un secreto bien guardado. ¿Cómo te enteraste?

—Un día Kylie fue a retocarse el maquillaje y yo me acerqué a su escritorio buscando unos formularios.

Había un mensaje en la pantalla de su ordenador: «Nos vemos esta noche, pichón.

Donde siempre. Arthur.» Ése es el nombre de pila del señor Barrington, y sólo hay un Arthur en toda la empresa.

Después de aquello, me di cuenta de que él la llamaba a menudo a su despacho bajo cualquier pretexto y, cerca de media hora después, ella salía con el pintalabios corrido y el pelo revuelto.

—Eres una chica muy observadora —comentó John, dedicándole una sonrisa.

Esos ojos grises de mirada inteligente se volvieron hacia él.

—Su cara me suena —dijo. Entonces se levantó, fue hacia la estantería, cogió un libro y miró la foto de la contracubierta—. Es usted John Armitage, ¿verdad?

—En efecto.

—¿Y qué interés tiene en la juventud de Evesham?

Para horror de Agatha, John se inclinó hacia delante cuando Joanna volvió a sentarse y dijo:

—Te contaré la verdad. Mi acompañante, que se llama Agatha Raisin, ha sido contratada por la madre de Kylie para averiguar quién mató a su hija. Yo soy vecino de Agatha y he decidido ayudarla. Por favor, no se lo cuentes a nadie.

—Ya decía yo que había gato encerrado en esa curiosidad por todo lo relacionado con Kylie —repuso Joanna—. Puedo indagar un poco, intentar averiguar algo que les sea de utilidad.

—Aquí tienes mi tarjeta —dijo John—. Si te enteras de algo, no dejes de decírmelo.

Sonrió a Joanna, que le devolvió la sonrisa. Agatha se aclaró la garganta sin molestarse en disimular su irritación.

—¿Quién crees que puede haber matado a Kylie? —preguntó—. ¿Zak?

—No creo. La verdad es que bebía los vientos por ella.

De pronto, Agatha se acordó de aquella pareja de la isla de Robinson Crusoe. Había olvidado que Zak y Kylie le habían hecho pensar en ellos, pero había comprobado con sus propios ojos lo destrozado que estaba el chico por la muerte de su novia.

—¿Y qué me dices de Harry McCoy?

—No, él tampoco. En realidad, no tengo ni idea. He oído decir que su muerte tuvo algo que ver con las drogas. Tal vez escuchó algo que no debería saber.

—Bueno, estate atenta a todo lo que pase a tu alrededor —dijo John—. Podrías sernos de mucha ayuda.

De nuevo esa sonrisa.

Agatha y John se levantaron.

—No puede marcharse sin firmarme sus libros —dijo Joanna, dirigiéndose a él.

Agatha se removió impaciente mientras John le dedicaba cuatro novelas.

—Gracias —dijo Joanna, y John le plantó un beso en la mejilla.

Cuando salieron de nuevo a la calle, Agatha dijo entre dientes:

—Bueno, Humbert Humbert, ¿adónde vamos ahora?

Él se volvió bruscamente.

—¿Qué ha dicho? —replicó.

—Me preguntaba dónde podríamos ir a almorzar —se apresuró a decir Agatha.

—Me contento con picar algo rápido. ¿Qué tal un pub?

—Hay uno tranquilo en High Street. La comida no es para tirar cohetes, pero nunca se llena de gente y podremos hablar sin interrupciones.

Una vez que se acomodaron en The Grapes, pidieron cerveza y sándwiches. Éstos estaban tan resecos que el pan empezaba a levantarse por los bordes.

—Ya veo por qué no se llena esto de gente —dijo John—.

Repasemos lo que hemos averiguado hasta la fecha.

Phyllis, quizá con la ayuda de Harry McCoy, engatusó a Kylie de algún modo para que saliera de casa llevando puesto el vestido de novia y la mató.

A lo mejor le pidieron que les enseñara el vestido de novia o algo por el estilo.

—No me gusta este sándwich —repuso Agatha, renunciando a comer y consolándose con la idea de que por lo menos se anotaba un tanto en su batalla contra las curvas de la mediana edad.

—Y luego está Barrington. Temía que su mujer se enterara de lo suyo con Kylie. Sabemos que ella iba detrás de su dinero, o eso podemos deducir. Me pregunto qué aspecto tendrá. Una chica como ésa no se lía con un hombre de mediana edad si no es por la pasta.

—Exacto —convino Agatha con vehemencia, pensando en Joanna.

—Entonces podemos suponer que ella le estaba haciendo chantaje.

—Es una posibilidad. Me pregunto si la policía habrá comprobado los movimientos de su cuenta bancaria.

—No tienen ningún motivo para hacerlo. Para eso tendrían que saber lo de Barrington, y apuesto a que no lo saben.

—Podríamos hacerle una visita a Freda Stokes —sugirió Agatha—. Pero ¿qué excusa podemos darle para consultar los extractos bancarios de su hija?

—Yo le pediría que nos deje verlos sin más. Tal vez dé por hecho que forma parte de la investigación. ¿Dónde vive?

—Cerca de Joanna. Calle arriba, cerca de la oficina de correos.

—Pues no se hable más. ¿Va a comerse el sándwich?

—No me entra.

—Entonces vayamos a ver qué podemos sacar de Freda Stokes.

Freda vivía en una casa adosada de obra vista.

—Sharon Heath también vive aquí cerca —comentó Agatha.

Freda Stokes salió a abrir la puerta. Se los quedó mirando unos instantes y luego sonrió a Agatha.

—Ah, es usted. ¡Madre mía! Quién hubiese dicho que una peluca y unas gafas bastarían para cambiar tanto el aspecto de alguien. Pasen. Debería estar trabajando, pero he decidido tomarme un descanso.

La pequeña sala de estar de la planta baja en la que se acomodaron se había convertido en una especie de altar dedicado a su hija.

Había fotos enmarcadas de Kylie por todas partes: sobre la mesa, en las paredes.

Kylie en el colegio, Kylie reina de la primavera, Kylie de pequeña, en brazos de un hombre menudo.

—¿Es su marido? —preguntó Agatha, señalando al hombre de la foto.

—Sí, ése es Bill. El cáncer se lo llevó cuando Kylie era pequeña.

Agatha pensó con remordimientos en el paquete de tabaco que guardaba en el fondo del bolso y se juró por enésima vez que dejaría de fumar.

—¿Puedo ofrecerles algo de beber? ¿Un té?

—Quizá dentro de un rato —contestó Agatha—. Nos preguntábamos si podríamos echar un vistazo a los extractos bancarios de Kylie.

—¿Por qué?

—Es algo rutinario, forma parte de la investigación —intervino John.

—¿Y quién es usted?

—Perdone —dijo Agatha, y le presentó a John.

—Iré a buscarlos, pero sigo sin entender para qué los quieren.

No hubo réplica a su comentario, de modo que, tras mirarlos con cierta suspicacia, Freda abandonó la estancia. La oyeron subir las escaleras.

—Es una buena mujer —dijo John—. Por su bien, espero que no haya nada interesante en esos extractos.

Esperaron pacientemente. Fuera empezó a llover y la habitación quedó sumida en penumbra. La lluvia azotaba los cristales y una ráfaga de viento barrió la calle.

Al fin, Freda regresó con un fajo de extractos ban­carios. Tenía los ojos enrojecidos por haber estado llorando.

—Aquí tienen —dijo—. Ahora vuelvo. Me ha afectado bastante remover sus cosas.

John dividió los extractos bancarios en dos pilas.

—Tenga. Coja ésos y yo miraré éstos.

Revisaron los extractos. A primera vista, daba la impresión de que Kylie se gastaba la paga semanal nada más cobrarla. Entonces John soltó una exclamación y le pasó un extracto a Agatha.

—Fíjese. ¡Hay un depósito de quince mil libras la semana antes de su muerte!

—No tiene por qué ser de Barrington —observó Agatha—. Podría ser del padre de Zak, para comprar un ajuar o algo por el estilo.

En ese momento, Freda volvió a la sala de estar.

—Iré a preparar el té.

—Antes hay algo que quisiéramos comentar con usted —dijo Agatha—. La semana anterior a la muerte de Kylie, alguien ingresó quince mil libras en su cuenta corriente.

—No puede ser. ¡Déjeme ver!

Agatha le enseñó el extracto en cuestión, que Freda le arrebató de las manos.

—No lo entiendo —dijo la mujer en tono lastimero—. Siempre estaba sin blanca, pidiéndome dinero para todo. Debe de ser un error del banco.

Agatha respiró hondo.

—Lamento tener que decírselo, Freda, pero Kylie tenía una aventura con su jefe, el señor Barrington. Es posible incluso que le estuviese haciendo chantaje.

El rostro de Freda se tiñó de un violento rojo.