Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

—Ahora estoy bien, gracias —dijo Agatha. Estaba a punto de añadir que se sentía bien durante el día, aunque seguía durmiendo con la luz encendida y se despertaba al menor ruido, empapada en sudor, pero John se lo impidió pulsando el timbre.

Un hombre vestido con atuendo de golfista salió a abrir la puerta. Agatha soltó su habitual discurso de la productora de televisión y dijo que quería entrevistar a Ann Trump. El hombre se presentó como señor Trump, el padre de Ann, y luego se volvió hacia atrás y anunció a voz en grito:

—¡Ann! ¡Ha venido esa señora que decías, la de la tele!

—Los acompañaré al salón —dijo—. Mi mujer ha salido de compras y yo me voy a jugar al golf. Pónganse cómodos.

Agatha y John se sentaron uno al lado del otro en el sofá tapizado en terciopelo verde.

Tras echar un vistazo a su alrededor, llegó a la conclusión de que buena parte de la vida familiar debía de tener la cocina por escenario, porque todo lo que había en el salón parecía nuevo y sin apenas usar. Además, la estancia estaba destemplada.

Instantes después de que su padre saliera, Ann entró en el salón. Era bastante guapa, con un rostro redondo de grandes ojos marrones enmarcado por una cascada de rizos oscuros.

—¿Les apetece beber algo? —preguntó Ann, yendo hacia el mueble bar que había contra la pared.

Los primeros acordes de «Believe Me If All Those Endearing Charms» llenaron la habitación al tiempo que un neón rosado iluminaba el mueble por dentro.

Agatha advirtió que las botellas estaban todas llenas y que había copas de distintos tamaños metódicamente ordenadas.

Estaba claro que no eran una familia de bebedores.

Miró de reojo a John, que negó con la cabeza. Agatha pensó que, si no tenía por costumbre beber alcohol, difícilmente podría ablandarlo.

—No, gracias —contestó en nombre de ambos—. Ven a sentarte, Ann. He decidido que es mejor entrevistaros a todas por separado.

Agatha le preguntó por su trabajo, sus aficiones y las formas de ocio disponibles en Evesham antes de pasar a la cuestión de la muerte de Kylie.

—No me cabe en la cabeza que alguien pudiera asesinarla —dijo Ann—. Quiero decir, no había nada que asesinar.

—¿A qué te refieres? —preguntó John.

—Bueno, se llevaba bastante bien con todo el mundo, era de trato fácil.

—¿Había salido con alguien más aparte de Zak? —preguntó Agatha.

—Había estado prometida con un chico llamado Harry McCoy, pero lo dejó por Zak.

—¿Alguien más? ¿Qué hay de los jefes?

Ann se echó a reír.

—¿Se refiere al señor Barrington? No, imposible.

De modo que Harry no se había ido de la lengua con las chicas.

—Háblame de su relación con Zak. ¿Eran felices? —preguntó Agatha.

De pronto miró irritada a John, que se había levantado inopinadamente para ir hasta el mueble bar, cuya tapa abría y cerraba, dejando escapar ráfagas intermitentes de un irritante tintineo musical.

—No dude en servirse —le dijo Ann.

John volvió a tomar asiento.

—El mecanismo me tenía fascinado.

—Me ha preguntado usted por la relación de Kylie y Zak —dijo Ann—. Diría que ella era más feliz que nunca. Tenía un precioso anillo de diamantes. Phyllis se puso hecha una fiera, por supuesto. —Ann se ruborizó—. No le diga que he dicho nada. Tiene muy mal genio.

—Tengo entendido que Phyllis salía con Zak antes de que él se prometiera con Kylie.

—Phyllis se lo tomó fatal —dijo Ann—. Y es verdad que Kylie le restregó el anillo por las narices.

—¡Y dices que nadie tenía motivos para asesinarla!

—Ah, bueno, ya sabe cómo somos las chicas, siempre estamos a la greña —concluyó Ann en tono sentencioso.

—¿Entonces no crees que Phyllis haya sido capaz de matarla?

Ann soltó una risita.

—No me diga que están preparando uno de esos programas tan truculentos sobre crímenes reales… Eso es lo que parece, al menos.

—No, no —se apresuró a decir Agatha—. Lo que pasa es que me intriga la muerte de Kylie. Y John Armitage es un famoso escritor de novelas policíacas.

Ann observó a John sin demasiado interés.

—Creía que ya nadie leía libros, habiendo tantas cadenas de televisión.

—John vende millones de libros —dijo Agatha.

—Supongo que es cosa de la gente mayor —repuso Ann—. Últimamente están por todas partes.

Para evitar levantar sospechas, Agatha volvió a centrar sus preguntas en las aficiones de la juventud de Evesham, y poco después se marcharon.

—Aquí no hay mucho que rascar —concluyó John reprimiendo un bostezo.

Se está aburriendo, pensó Agatha. No me sorprende. Los hombres de su edad y con su aspecto suelen ir detrás de mujeres más jóvenes. Me estoy haciendo mayor. Pronto nadie me deseará.

Mientras se subía al coche, dijo con un hilo de voz:

—Lo entenderé perfectamente si quiere usted dejarlo.

—Todavía no. ¿Quién nos queda?

—Mary Webster y Joanna Field.

—Vale, quitémonos de encima a una de ellas y luego nos vamos a almorzar.

Agatha consultó sus notas.

—Mary Webster vive en esa urbanización nueva de Four Pools Estate. Doble aquí a la izquierda.

Sin embargo, cuando llegaron a la dirección que le había dado Mary Webster, comprobaron que no había nadie en casa.

—Eso nos deja a Joanna Field —dijo Agatha.