Agatha Raisin y el día del gran diluvio (Agatha Raisin 12) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—No lo sabían. Ella nunca se lo dijo. Yo lo sabía porque estaba loco por ella.

—Harry se sonrojó más aún que antes—. Solía seguirla.

Les dijo a las demás que se había apuntado a una academia de Evesham para aprender francés al salir de trabajar, pero en realidad se iba andando hasta el aparcamiento de la academia, donde él la recogía en su coche.

—¿Y tenían una aventura?

—Kylie me juró que nunca se habían acostado. Me dijo que él la llevaba a cenar a restaurantes de los alrededores, que le hacía regalos.

—¿Qué clase de regalos? —preguntó John.

—Le dio un collar de oro macizo, de eso estoy seguro. Ella me lo enseñó y me contó que le había dicho a su madre que sólo era chapado en oro.

—¿Y cómo acabó la relación? —preguntó Agatha, revisando sobre la marcha su opinión de Kylie.

—Una amiga de la mujer de Barrington los vio juntos en ese restaurante griego que hay en Chipping Camden y se chivó.

Fue entonces cuando se supo que ella está forrada y que él nunca había tenido intención de pedirle el divorcio.

Barrington se las arregló para convencer a su mujer de que Kylie estaba pensando en dejar la empresa y, como era tan buena trabajadora, la había llevado a cenar con la esperanza de persuadirla para que se quedara.

El caso es que por entonces Kylie empezó a salir conmigo.

Yo creía que me había tocado la lotería. Era una chica despampanante.

—Pero ¿cómo era, en realidad? —preguntó Agatha.

—Es verdad, ustedes no llegaron a conocerla. Tenía una cara de ángel, una larga melena rubia y una silueta de modelo de pasarela, y…

Agatha no quiso decirle que había coincidido con Kylie en el centro de estética para que Harry no sospechara que vivía cerca de allí.

—No me interesa su aspecto físico —lo atajó—, sino su carácter.

Harry parpadeó varias veces seguidas y frunció el ceño, desconcertado. John pensó que el joven nunca se había molestado demasiado en conocer a Kylie.

—Siempre estaba hablando sobre el trabajo, sus compañeras y todo eso. Cosas de chicas, ya saben. Decía que tenía ambiciones. No quería quedarse atrapada en Evesham el resto de su vida.

Agatha soltó un suspiro.

—Pero eso es exactamente lo que hubiese pasado si se hubiese casado contigo. ¿Era virgen?

Harry se sonrojó.

—Esa pregunta es muy personal.

—No veo qué tiene de malo contestarla, ahora que Kylie está muerta.

—No, no lo era —farfulló—. Pero es que estaba muy buena.

—Creo que deberíamos tener una charla con Marilyn —dijo Agatha—, aprovechando que vive arriba. ¿Crees que ya se habrá despertado?

—La llamaré.

Harry sacó el móvil del bolsillo y llamó a un número. Se apartó un poco de ellos y habló en susurros, pero Agatha captó lo esencial de la conversación: que estaba con unas personas que habían venido de la tele y no quería que Phyllis se enterase porque querría colarse en la entrevista.

La imagen mental que Agatha tenía hasta entonces de Kylie, reforzada por la visita de su abnegada madre, estaba empezando a cambiar.

Suponiendo que las afirmaciones de Harry fueran ciertas, Kylie había sido una pequeña casquivana con la cabeza llena de pájaros.

Aun así, la habían asesinado y nadie debería salirse con la suya después de cometer semejante vileza.

Al poco llegó Marilyn, jadeante y emocionada, luciendo unas mallas negras, unos zapatos blancos destalonados, una brevísima camiseta y una cazadora morada de piel sintética.

Sus delgados hombros se veían encorvados y tenía la boca pequeña, perpetuamente abierta bajo una larga nariz y unos ojos de párpados pesados.

—¿Dónde está la cámara oculta? —preguntó, mirando a su alrededor con expectación.

—No, esto no es Objetivo indiscreto —dijo Agatha—. Sólo estamos haciendo unas preguntas sobre la juventud de Evesham en general, y sobre Kylie Stokes en particular.

—¿Cómo se llaman ustedes? —preguntó Marilyn.

—Yo soy John Armitage —contestó John con una sonrisa—. Y mi compañera se llama Pippa Davenport.

Se le podía haber ocurrido un nombre mejor para mí, pensó Agatha. John le tomó el relevo como entrevistador y empezó preguntándole a Marilyn por su vida. La joven coqueteó con él, soltando risitas y salpicando sus respuestas con cientos de «ya sabe».

—¿Alguna de vosotras ha tenido problemas con las drogas? —preguntó John.

—No creo. —Marilyn miró de reojo a Harry bajo sus párpados caídos—. Pero ahí está Phyllis. Es de armas tomar, ya sabe. Puede que vaya puesta de algo, usted ya me entiende.

—Pero ¿ninguna de vosotras ha tenido problemas con la policía?

Marilyn negó con la cabeza.

—¿Cuánto hace que os conocéis?

—Cerca de un año, ya sabe. Phyllis es la que más tiempo lleva en Barrington’s, puede que tres años.

Yo llevo sólo uno. Las demás se habían incorporado poco antes de que entrara yo.

Es un negocio reciente, ya sabe. Desde entonces la plantilla no ha parado de crecer.

Antes era una pequeña empresa de Worcester, ya sabe.

Se dedicaba exclusivamente a la fontanería.

Luego el señor Barrington decidió ampliar el negocio a los accesorios de baño.

—¿Cuántos años tenía Kylie?

—Dieciocho, como yo. Cuando dejó los estudios, a los dieciséis, empezó a trabajar en el mercado con su madre. Había hecho un cursillo de informática en la escuela politécnica. Decía que tenía aspiraciones. Toda una señoritinga —concluyó Marilyn con súbito rencor.

—Me da la impresión de que no te caía bien —dijo Agatha.

Bajo la chaqueta morada, sus delgados hombros se encogieron en un gesto de indiferencia.

—No obstante, le organizasteis una despedida de soltera entre todas.

—Bueno, es lo que pasa en las oficinas, ya sabe. Te llevas bien con la gente, quedas de vez en cuando para echar unas risas.

—Háblame de la despedida.

—El señor Barrington nos dejó usar la oficina después del horario laboral.

Tomamos unas copas, nos reímos un rato y luego envolvimos a Kylie con serpentinas, nos pusimos unos sombreros graciosos y la acompañamos un trecho de camino a su casa, ya sabe.

Íbamos un poco borrachas, ya sabe, riendo, soltando barbaridades a los chicos que pasaban por la calle.

Luego, al llegar a High Street, nos separamos.

—¿Y hubo alguna discusión?

—Qué va. Phyllis no había venido.

—Es conflictiva, ¿verdad?

—Sí, pero no le digan que yo lo he dicho. Tiene muy mal carácter.

Le hicieron unas pocas preguntas más y, antes de marcharse, esquivaron como pudieron su curiosidad sobre la fecha de emisión del programa.

—En Evesham hay mucha gente encantadora —dijo Agatha mientras John y ella se dirigían al aparcamiento.

—Si excluimos ese grupito de Barrington’s —repuso John—. ¿Cuántas chicas le quedan por entrevistar?

—Tres —contestó Agatha con un suspiro—. Ann Trump, Mary Webster y Joanna Field.

—¿Tiene sus direcciones?

—Sí.

—Vayamos a verlas.

—Diría que está usted disfrutando con esto.

—Bueno, me da una excusa para no sentarme delante del ordenador, y es mucho más interesante que la ficción.

Cuando llegaron al coche, Agatha repasó sus notas.

—Ann Trump vive en Cheltenham Road. Podríamos empezar por ella.

—¿Algún otro avispero que agitar? —preguntó John, pisando el embrague.

—Tenemos que ir a ver a Barrington, el dueño de la empresa.

—Será mejor que lo entrevistemos en su despacho. Aunque averigüemos dónde vive, no hablará libremente delante de su mujer.

Agatha miró con disimulo a John mientras éste se abría paso entre el tráfico.

Allí estaba ella, con un hombre de lo más atractivo, pero, en vez de ilusión, sentía perplejidad.

Él parecía cómodo en su compañía, pensó Agatha, como supuso que lo estaría con otro escritor al que hubiese conocido en un congreso literario.

¡Eso era! Su actitud hacia ella era la de un compañero de trabajo, la clase de relación en la que no cabía nada remotamente relacionado con el sexo. Ni por asomo.

Aun así, la señora Bloxby le había recomendado que fuera con cuidado para no espantarlo, que se hiciera de rogar. Pero ¿qué sabría la mujer del vicario acerca de los hombres?, se dijo Agatha, enfurruñada.

Esperaban encontrar un piso similar al de Harry McCoy, pero Ann Trump residía en un chalet de aspecto señorial.

—Debe de vivir con los padres —comentó John mientras enfilaban el sendero del jardín—. No le he preguntado cómo se siente, después del susto del otro día.