Capítulo 4 #2
—Ya te lo he dicho, se me escapó lo nuestro y por eso Anne-Marie no me dejó invitarte. No quería empezar nuestra relación con mal pie. No me gustaría tener un matrimonio fallido como el tuyo, Aggie. Las relaciones conyugales requieren cierto esfuerzo —afirmó con solemnidad.
Agatha se inclinó sobre la mesa y le apartó la taza de delante.
—Vete, Charles. Había olvidado lo insensible que puedes llegar a ser.
—¿Ni siquiera vas a darme un beso, por los viejos tiempos?
—¡¡¡QUE TE LARGUES!!!
—No hace falta que te pongas así. Ya me voy.
Charles se marchó todo envarado y Agatha se quedó contemplando su ahora enorme trasero. Echó a correr hacia la puerta y le dijo a voz en grito, mientras él se subía al coche:
—¡No te molestes en volver!
Entonces vio a John Armitage, que estaba entrando en su casa con una bolsa del súper y se la había quedado mirando con los ojos como platos. Agatha le dedicó una tibia sonrisa antes de encerrarse en casa.
—Odio que la gente cambie —refunfuñó Agatha, desahogándose con sus gatos. En realidad, Charles sólo había cambiado en apariencia, pero reconocer eso para sus adentros la habría hecho sentirse peor aún.
El sábado, el despertador de Agatha no sonó y, cuando abrió los ojos, eran las nueve menos cuarto, de modo que en vez de dedicar un buen rato a maquillarse y elegir la ropa que luciría, como había planeado, se aseó a toda prisa, se puso lo primero que encontró.
Luego se aplicó un poco de base, se pintó los labios y salió pitando escaleras abajo en el preciso instante en que sonaba el timbre.
—¿Lista? —preguntó John. Llevaba puesta una camisa azul, una chaqueta de ante aterciopelado y un pantalón de estilo informal.
—¡Lista! —contestó Agatha sin aliento.
—¿No va a ponerse el disfraz?
—¡Cachis! Ahora mismo vuelvo. —Agatha subió corriendo al piso de arriba y se puso la peluca rubia y las gafas.
—Iba a recomendarle que se pusiera el disfraz en el coche —dijo John cuando ella volvió a bajar—. No, ahora déjelo —añadió al ver que Agatha alargaba una mano para quitarse la peluca otra vez—. Iremos en mi coche.
John conducía con suavidad y destreza y, mientras dejaban atrás el pueblo, Agatha se esforzó por sacar algún tema de conversación, pero se sentía inusualmente tímida. Al final se limitó a decir:
—Espero que Harry McCoy esté en casa.
—Probaremos suerte de todos modos. ¿Cómo se siente?
—Estoy bien. Las cosas nunca dan tanto miedo a la luz del día.
—Yo nunca había hecho nada parecido —dijo John—. De hecho, nunca había vivido en un pueblo, siempre en ciudades.
—¿Ciudades como Birmingham? Leí una de sus novelas y transcurría allí.
—Sólo fui a documentarme. No, he vivido siempre en Londres, hasta que me divorcié.
—¿Y eso cuándo fue?
—Hace dos años.
—¿Un divorcio amistoso?
—Tuvo que serlo por su parte. Me había puesto los cuernos demasiadas veces para ponerse a malas conmigo.
—¿Ha sido muy difícil para usted? —preguntó Agatha con sincera curiosidad.
—Ya no. Me alegro de que todo se haya acabado. ¿Y qué me dice de usted?
—Mi marido me dejó por la Iglesia. Lo último que sé de él es que está en un monasterio francés.
—Eso tiene que haber sido duro.
Agatha soltó un suspiro.
—En realidad, nunca me perteneció. El nuestro era un matrimonio extraño. Éramos como dos solteros que vivían juntos, más que una pareja casada.
—No sería el hombre al que la oí increpar hace unos días, ¿verdad?
—No, era otro. Pero no quiero hablar de eso.
—De acuerdo.
—¿Por qué ambienta sus novelas en barrios marginales? —preguntó Agatha—. No tiene usted pinta de haber vivido en esa clase de ambientes.
John hablaba en un tono educado y afable, sin rastro del deje que delataba a los ingleses de orígenes humildes.
—Quería escribir sobre la gente real.
—Los entornos sórdidos no hacen que la gente sea más real —dijo Agatha con repentina vehemencia al recordar la miseria de su propia infancia—. Suelen estar mal de la cabeza por el alcohol o las drogas, y la comida basura hace que envejezcan prematuramente.
—Se diría que habla usted por experiencia propia.
Agatha era una esnob y no iba a reconocer que se había criado en una barriada de Birmingham.
—Soy buena observadora —se apresuró a decir.
—Yo también creía serlo. Me gustaría seguir hablando de esto.
Cuando llegaron a Evesham, Agatha le indicó que aparcara en Merstow Green.
Se apearon del coche y no tardaron en enfilar la calle de la que Agatha había huido despavorida unos días atrás.
La gente paseaba tranquilamente: mujeres que empujaban cochecitos de bebé, hombres charlando en grupos. Todo parecía de lo más inofensivo.
Cuando llegaron a la casa, John le preguntó:
—¿Cuál de los timbres es? No hay nombres.
—La noche que me atacaron, había una luz encendida en la planta de arriba.
—Empecemos por ahí.
John pulsó el timbre y, tras esperar unos minutos, dijo:
—Ya que estamos, probemos también con la planta baja.
Un joven de aspecto pulcro salió a abrir la puerta. Se había peinado con esmero el pelo castaño claro que enmarcaba su rostro redondo y vestía una resplandeciente camisa blanca de manga corta y unos vaqueros con pliegues marcados como filos de cuchillo.
—¿Señor McCoy? —aventuró Agatha.
—Sí, pero si vienen a venderme algo…
—No, representamos a una cadena de televisión. No podemos hablar de la juventud de Evesham sin mencionar la muerte de Kylie. Por descontado, también nos gustaría saber qué formas de ocio practican los jóvenes en un pueblo como éste. ¿Podemos pasar?
—Ahora mismo tengo compañía —dijo el joven—. ¿Podemos ir a otro sitio? Hay una cafetería más adelante, cerca del río.
—Eso sería perfecto.
—Iré por mi chaqueta.
Harry McCoy cerró la puerta.
—Parece un tipo bastante agradable —comentó John.
—¡Shhh! —susurró Agatha.
—¿Por qué no puedo ir yo también? —preguntó una estridente voz femenina. Harry McCoy farfulló algo y luego la puerta se abrió. Parecía sonrojado de vergüenza.
Avanzaron juntos por la calle hasta llegar a una cafetería de las que servían tentempiés y aperitivos. Ocuparon una mesa junto a la ventana. Fuera, el Avon fluía entreverado de verde y negro. Una lancha pasó de largo, rizando el agua a ambos lados del río.
—Me sorprende que este sitio siga abierto —comentó Agatha—. Pensaba que se habría inundado con la riada.
—El agua llegó hasta la mismísima puerta —informó Harry—.
La dueña del local, la señora Joyce, que está detrás de la barra, apiló sacos de arena delante.
Además, la cafetería está situada en lo alto de una loma, por encima de la mayoría de las casas que hay a ambos lados del río, que salieron peor paradas.
John volvió de la barra, donde había ido a pedir café para los tres.
Agatha empezó preguntando a Harry cómo se divertían los jóvenes de la zona. Él comentó que a veces iban hasta Birmingham, compartiendo coche entre varios amigos y turnándose al volante, ya que el conductor se abstenía de probar el alcohol.
—¿Y qué me dices de Hollywood Nights, la discoteca?
—No me dejaría ver allí ni muerto —dijo Harry—. Menudo antro.
—¿Estuviste prometido con Kylie?
—Sí.
—¿Qué salió mal?
—Zak. Eso fue lo que salió mal —contestó Harry, visiblemente molesto—. ¿Ha visto ese coche suyo?
Agatha negó con la cabeza.
—Es un Jaguar. Kylie cayó rendida a sus pies.
Él iba a esperarla cuando ella salía de trabajar en Barrington’s y se ofrecía para acercarla a casa.
Phyllis Heger, que por entonces estaba prometida con Zak, le había dicho que Kylie era virgen, a lo que él contestó algo así como que ya se encargaría de remediarlo.
Yo intenté avisarla. No podía creerlo cuando rompió conmigo y se prometió con él.
—Esperaba ver aparecer a Phyllis en cualquier momento —insinuó Agatha.
—¿Por qué lo dice?
—Era ella la que estaba contigo en el piso. He reconocido su voz.
—Le he dicho que nos íbamos a Butler’s, que está en High Street —confesó Harry, y se ruborizó bajo la inquisitiva mirada de Agatha.
—¿Sales con ella?
El joven volvió a sonrojarse.
—Qué va. Phyllis es… Bueno, una chica, sin más. No la clase de chica con la que te planteas algo serio.
—¿Y crees que Kylie estaba realmente enamorada de Zak?
—No. Creo que no veía nada más allá de la boda.
El padre de Zak se había empeñado en organizar una ceremonia por todo lo alto, y tenían pensado irse de luna de miel a las Maldivas.
Kylie nunca había salido del país, nunca se había subido a un avión, ni siquiera había estado en Londres. No hablaba de otra cosa.
—Me parece un poco insensible por su parte contártelo a ti.
—Hablaba con las demás chicas de la oficina, y ellas me lo contaban todo.
—¿Quién vive en el piso de arriba? —preguntó John, interviniendo por primera vez.
—Marilyn Josh.
Agatha consultó sus notas.
—¿Trabaja en Barrington’s?
—Así es.
Agatha se preguntó si habría sido Marilyn quien la había visto la otra noche y alertado a la persona que había intentado atropellarla.
—Tal vez vayamos a entrevistarla después —dijo John—. ¿Sabes si se ha ausentado por algún motivo? No contesta al timbre.
—Los sábados duerme hasta tarde, y por lo general nada la despierta.
—Dime —insistió Agatha—, ¿qué clase de chica era Kylie?
—Era muy guapa. Me refiero a que es normal ver chicas así en la tele —precisó Harry—, pero no te esperas encontrarlas aquí. Yo no podía creer lo afortunado que era cuando aceptó prometerse conmigo, aunque reconozco que me preocupaba un poco que lo hiciera por despecho.
John y Agatha intercambiaron una mirada fugaz.
—¿Con quién estaba despechada? —preguntó John.
—Con el señor Barrington.
—¿Qué? ¿El dueño de Barrington’s?
—El mismo, sí.
—Espera un momento. Ese hombre no puede ser joven, si tiene una empresa como ésa.
Harry frunció el ceño.
—Es un viejo verde de casi cincuenta años.
—¿Y no está casado? —preguntó Agatha.
—Sí, pero le dijo a Kylie que se divorciaría.
Agatha miró a Harry sin salir de su asombro.
—¿Y qué opinaban las demás chicas de que Kylie saliera con el jefe?