Capítulo 4
Una vez dentro, Agatha dejó a John en la sala de estar con una copa y se fue arriba. Se quitó la peluca y las gafas y se retocó el maquillaje, diciéndose que no había mejor remedio para una conmoción como la que acababa de sufrir que la compañía de un hombre apuesto.
John levantó la vista al verla entrar y pensó que parecía notablemente recuperada.
Agatha se sirvió una copa de brandy y se sentó frente a él.
—Gracias por su ayuda —dijo—. No quiero que la policía se entere de esto. Verá, alguien acaba de intentar matarme.
John no puso el grito en el cielo, ni intentó convencerla para que llamara a la policía, sino que se limitó a mirarla con gesto inquisitivo.
Agatha le habló de la muerte de Kylie y le reveló que se estaba haciendo pasar por una productora de televisión. John Armitage sonrió.
—¿Dónde está la gracia? —preguntó Agatha.
—Eso explica la peluca rubia. Le recomiendo encarecidamente que se la quite antes de entrar en Carsely. Su disfraz ha dado pie a toda clase de rumores, y la señora Anstruther-Jones cree tener la respuesta.
—¿Y cuál es?
—Que es usted una asaltacunas y pretende aparentar menos edad de la que tiene.
Agatha se ruborizó de ira.
—¡Esa vieja arpía no tiene dos dedos de frente!
—Pero continúe, se lo ruego. Me estaba hablando de un misterio.
Agatha le contó todo lo que sabía y al finalizar le dijo que no quería denunciar el atentado contra su vida porque la policía montaría en cólera.
—¿Y qué va a hacer?
—Seguir adelante. Si me han atacado sólo porque había intentado visitar a Harry McCoy, será que no voy desencaminada.
Él la miró con aire pensativo y luego dijo:
—¿Ha hecho este tipo de cosas antes?
—Sí —contestó Agatha. Se disponía a alardear de sus otros casos cuando le empezaron a temblar las rodillas.
Aún no se había recuperado de la conmoción.
Si se hubiese jactado de sus logros, como de costumbre, John Armitage habría perdido todo interés en ella, pero se ganó su simpatía por el mero hecho de no coquetear con él, ni sonreírle tontamente, ni tratar de impresionarlo.
—Es usted muy valiente —dijo John—. ¿Siempre se ha enfrentado sola a este tipo de situaciones?
—Por lo general, tenía a alguien a mi lado. Mi ex marido James, o un amigo llamado Charles. Pero esta vez estoy sola. Debo reconocer que me he llevado un gran susto. Puede que lo deje por unos días.
John Armitage miró su reloj.
—Cielos, es la una de la madrugada. La dejaré descansar.
Hasta aquí hemos llegado, pensó Agatha. Se devanó los sesos pensando en una manera de retenerlo o sugerir que volvieran a verse, pero estaba demasiado aturdida y cansada.
John se levantó.
—Se me ocurre algo —dijo—. ¿Por qué no lo deja todo en suspenso hasta el sábado? La acompañaré e iremos a hablar con ese hombre por la mañana, aprovechando que seguramente tendrá el día libre.
—Se lo agradezco —dijo Agatha—. ¿A qué hora quedamos?
—La recogeré a las nueve de la mañana.
De pronto, Agatha torció el gesto.
—En el escaparate de la librería de Evesham aparece su cara en la contracubierta de un libro. Alguien podría reconocerlo. Yo no sabía qué aspecto tenía usted hasta que vi la foto. Sabe, cuando llamó a mi puerta con esa biblia, pensé que era un mormón.
John Armitage se echó a reír.
—¿Qué tiene contra los mormones?
—Nada en absoluto. Estoy segura de que son excelentes personas, pero no me gusta que me sermoneen a la puerta de mi propia casa.
—No pienso disfrazarme —dijo él—. Siempre podrá decir que ha reclutado a un escritor para ayudarla con el guión. No sería la primera vez que escribo guiones para la tele.
—En ese caso, nos vemos el sábado.
Después de que él se fuera, Agatha subió al piso de arriba, se desvistió, se aseó, se puso un voluminoso camisón y se metió debajo del nórdico.
De pronto le parecía que había soñado lo sucedido unas horas antes.
John era un hombre apuesto. ¿Cuántos años tendría?
A pesar de su aspecto, seguramente rondaba los cincuenta, pero los hombres que conservaban la figura y seguían resultando atractivos pasados los cuarenta eran por lo general homosexuales.
Aun así, le reconfortaba contar con su apoyo.
Y, además, se dijo con firmeza, no iba a hacerse ilusiones.
Se quedó dormida y se despertó dos horas después, sudorosa y asustada.
La vieja casa crujía y el viento susurraba al otro lado de las ventanas.
Agatha encendió la lámpara de la mesilla de noche y luego se levantó y encendió también la del techo.
Sus gatos, que solían dormir abajo, en su cestita, se presentaron en el dormitorio y treparon a la cama.
Agatha se acomodó con un gato a cada lado y su ronroneo no tardó en tranquilizarla hasta que volvió a quedarse dormida.
—¿Cuántos años diría que tiene John Armitage? —preguntó a la señora Bloxby cuando ésta fue a verla al día siguiente.
—Más de los que aparenta. La señorita Simms dijo que había leído un artículo sobre él. En realidad, tiene cincuenta y tres años.
—Para mí que es gay —dijo Agatha.
—¿Aunque haya estado casado? ¿Por qué lo dice?
—Los hombres heterosexuales no se cuidan tanto.
—No necesariamente. Fíjese en mi marido. Alf sigue estando de buen ver.
Agatha pensó en el vicario —un hombre canoso, con gafas, pinta de erudito, ligeramente encorvado— y se dijo que el amor era en verdad ciego.
—Pero, volviendo al atentado contra su vida —dijo la señora Bloxby—, eso me tiene muy preocupada. ¿No podría comentárselo a Bill Wong, por lo menos?
—Bill Wong es un buen amigo, pero ante todo es policía. Se sentiría obligado a informar de ello.
—Todo lo que tiene que ver con las drogas implica un gran peligro —le advirtió la señora Bloxby.
—No lo entiendo —dijo Agatha, medio en broma—.
Creía que todos los capos de la droga se habían pasado al contrabando de tabaco.
Su precio no ha parado de subir, de manera que esto empieza a parecerse un poco a Estados Unidos durante la Ley Seca.
Sabe, en las noticias dijeron que el veinticinco por ciento de la población británica se abastece de tabaco en el mercado negro.
A mí nunca me han ofrecido cigarrillos de contrabando.
—Diría que no necesita usted más problemas —repuso la señora Bloxby muy seria—. De todos modos, tenía entendido que iba a dejarlo.
—Lo haré, lo haré —dijo Agatha, y acto seguido encendió un cigarrillo—. Cuando se acabe este caso.
—Si es que sigue viva. ¿Por qué cree usted que Phyllis miente cuando dice que se acostó con Zak?
—Porque es una víbora, además de una mentirosa compulsiva.
—Aun así… Pensemos en Zak. Todo indica que Kylie era una buena chica y su madre es una mujer irreprochable.
¿Qué clase de hombre le ordena a su prometida que se depile la zona del pubis antes de la boda?
Muchas lo hacen por costumbre antes de irse de luna de miel, claro está, no por nada relacionado con el sexo, sino para poder ponerse esos bikinis tipo tanga, o incluso un bañador de esos muy escotados en las ingles.
—¿Y usted cómo sabe todo eso?
—No vivo totalmente al margen del mundo.
—Pero Zak parecía de veras afectado por la muerte de Kylie. Esas lágrimas no eran falsas.
—No descarte ninguna posibilidad y haga el favor de tener cuidado, mi querida señora Raisin.
—Ahora tengo a John para cuidar de mí.
—¿Me permite un consejo?
—Odio que me digan eso, pero adelante.
—Creo que es importante que cuente usted con algún tipo de protección mientras investiga —dijo la señora Bloxby—, pero a los hombres no les gustan las mujeres dependientes. Créame, huelen la dependencia a la legua. Por favor, no se haga ilusiones con él. Eso sólo serviría para ahuyentarlo.
—John Armitage no me gusta —dijo Agatha, enfurruñada—. Parece que me ve usted como una especie de frívola adolescente.
En efecto, así la veía la mujer del vicario, pero se abstuvo de decirlo.
Media hora después de que la señora Bloxby se marchara, alguien llamó al timbre de nuevo.
Agatha no pudo evitar estremecerse, pero se tranquilizó diciéndose que el sol brillaba con fuerza y el asesino o asesinos, quienesquiera que fuesen, no conocían su verdadera identidad.
Salvo que la hubiesen seguido hasta su casa, pensó con el corazón encogido.
Se asomó a la mirilla que había mandado instalar en la puerta.
En un primer momento no reconoció al hombre que estaba plantado en el umbral, pero al cabo de un instante abrió la puerta con gesto sorprendido.
—¿Charles?
En efecto, era sir Charles Fraith, su viejo amigo y amante ocasional. Sin embargo, su silueta menuda, pulcra y esbelta se había visto reemplazada por otra decididamente rechoncha. Además, había perdido bastante pelo y le había salido papada.
—Pasa —dijo Agatha—. Estoy haciendo café, aunque no debería dirigirte la palabra. ¿Por qué no me invitaste a tu boda? Podría haber cogido un avión hasta París.
Charles se sentó a la mesa de la cocina.
—No podía. Verás, le había dicho a mi mujer, Anne-Marie, que habíamos sido… bueno… íntimos en el pasado. Salió a colación, por así decirlo, mientras le hablaba de los casos de asesinato que habíamos ayudado a resolver, y me prohibió que te invitara.
—¿Y qué opina de que hayas venido a verme?
—No lo sabe. No quiero darle un disgusto, está embarazada de gemelos.
Agatha dejó una taza de café sobre la mesa, frente a él.
—Y bien, ¿a qué has venido? —preguntó en tono desabrido.
—Me preguntaba qué tal te iba.
—De maravilla, gracias.
—¿Has tenido noticias de James?
—No.
—¿Algún asesinato? ¿Y qué me dices de todo lo que ha pasado últimamente en Evesham?
—No tengo nada que ver con eso —mintió Agatha—.
Escucha, Charles, será mejor que te marches en cuanto te acabes el café.
Estoy dolida porque no me invitaste a la boda.
Aunque te fueras de la lengua con tu novia, podrías haber insistido, o por lo menos haber tenido el valor de llamarme para contármelo.